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Relatos Ardientes

La primera vez que hice de chica de prostíbulo

La idea de producirme como chica callejera no había sido mía. Era la fantasía que Marcos, un cliente con el que llevaba meses intercambiando mensajes cada vez más atrevidos, me había propuesto desde el principio. Al principio me sorprendió. Después me pareció excitante. Y con Andrés, mi marido, hablábamos de todo, así que lo pusimos sobre la mesa como cualquier plan de fin de semana.

Había otro cliente que me había pedido lo mismo antes, y fue él quien los presentó. Marcos y yo acordamos una fecha, una esquina, un hotel de paso cercano. Todo calculado.

El plan era para el viernes. A las ocho y media de la tarde. Una esquina cerca del centro, zona que yo conocía bien, con un lugar que Andrés había chequeado personalmente. Simple.

Lo que no estaba en el plan era la lluvia.

El jueves por la tarde el pronóstico anunció temporal para el viernes. Viento fuerte, lluvia intensa desde el mediodía. Yo no estaba dispuesta a plantarme en una esquina con frío y agua encima. Marcos venía de otra ciudad, había planificado el viaje con excusa laboral, y yo tampoco quería perder la cita.

Lo hablé con Andrés esa misma noche.

—Preguntale a tu padre —le dije—. Él conoce gente.

El padre de Andrés es un hombre de mundo. Discreción absoluta, contactos en sitios donde la gente corriente no entra. En media hora teníamos una solución.

—Hay un lugar —me dijo Andrés—. Si Marcos te quería como callejera y el tiempo no lo permite, que te tenga como chica de club. Mi viejo lo arregla todo.

Nunca había pisado un prostíbulo en mi vida. Ni de lejos. Ni de curiosa. Era un territorio que yo asociaba con otra clase de experiencia, con otro tipo de mujeres. No con alguien como yo.

Pero la fantasía de Marcos era exactamente esa: que yo fuera una chica más. Una entre varias. Que él entrara sin saber a quién iba a elegir y que el desfile me incluyera a mí. La idea me pareció tan perversa que empecé a excitarme esa misma noche, mientras todavía llovía afuera.

Llamé a Marcos el jueves, ya metida en el personaje.

—¿Viste el pronóstico para mañana? Me voy a congelar entera esperándote en la calle. Hay un lugar donde trabajo a veces. ¿Qué te parece si vamos ahí?

Hubo un segundo de silencio.

—¿Un lugar donde trabajás de verdad?

—Sí, de vez en cuando. Más cómodo para los dos.

—Me parece sensacional —dijo—. ¿Y cómo funciona?

—Entrás, te muestran las chicas y elegís. Podés pedir por mí si querés, o esperar a que te desfilemos y ver si me encontrás.

—Prefiero el desfile.

—¿Y si otro te me gana?

—Me arriesgo.

—Te voy a cobrar el doble que a los demás para que nadie más se me lleve.

Se rió.

—No me importa. Que no te lleve cualquiera.

Le mandé la dirección y quedamos a las nueve.

***

El lugar estaba en una calle lateral, tranquila, de esas que nadie recuerda si no tiene por qué. Casa antigua, con portón de rejas y pasillo cubierto que daba a un pequeño jardín. Por adentro: sala de espera, cuatro habitaciones, una encargada que llevaba el lugar con mano firme y sin estridencias.

El padre de Andrés había hablado con ella y había arreglado una compensación generosa para cada una de las chicas y para la misma madame, que nos cedió la única habitación con baño propio. Yo llevé sábanas nuevas. Era lo mínimo.

Llegamos Andrés y yo una hora antes. Pusimos las sábanas, ordené mis cosas y esperamos.

Salieron dos clientes de las habitaciones mientras estábamos en la sala. Uno me miró sin disimulo. Yo sostuve la mirada hasta que él giró la cabeza primero.

Andrés se instaló en la sala de espera como si fuera un cliente cualquiera. Tranquilo, mirando el teléfono. Nadie habría dicho que era mi marido.

Llegaron dos hombres más, mojados por la llovizna. Se sentaron. Preguntaron a la encargada si yo era nueva.

—Viene a probar —dijo ella—. Cobra bastante más que las demás. Si quieren, la ven en el desfile cuando llegue otro cliente.

Los dos me evaluaron de arriba abajo y asintieron.

Cuando sonó el timbre de la puerta de calle, me escabullí detrás de la cortina que separaba la sala de la cocina. Las otras chicas esperaban ahí: tres mujeres de entre veinte y treinta años, con ropa cómoda, zapatillas, sin apuro. Me miraron cuando entré y ninguna dijo nada. Sus caras hablaban solas.

Me quedé en tacos altos, tanga de hilo y un corpiño de aro que no tiene copa, de esos que rodean y sostienen pero dejan los pechos completamente al aire. Los pezones erectos por el frío del ambiente. Las chicas seguían sin decir nada.

—Chicas, pasen —llamó la encargada.

Fueron saliendo de a una. Cada una dijo su nombre. Jeans, camiseta, short, vestido corto. Cuerpos naturales, sin artificio, sin apuro.

Yo salí última.

Caminé despacio por la sala. Tacos altos, micro tanga de encaje, el corpiño de aro enmarcando los pechos al aire, firmes, con los pezones duros por el frío y por algo más. Di una vuelta completa. Di otra. Desaparecí detrás de la cortina.

Se oyó claramente cómo los hombres preguntaban el precio.

La encargada mencionó una cifra escandalosa. Y entonces escuché la voz de Marcos:

—Me la llevo yo.

Y enseguida, la de Andrés:

—Yo pago más.

—El caballero la pidió antes —dijo la madame, sin dudar—. La señorita ya tiene cliente.

***

Marcos me esperaba en la puerta de la habitación. Cuando entré, cerré la puerta y le puse las manos en el cuello antes de que dijera nada.

Lo besé despacio, con calma, como si tuviera todo el tiempo del mundo.

Cuando nos separamos, él dijo:

—Mejor que la calle. Mucho mejor.

—¿Te gustó el desfile?

—Me encantó. Sobre todo saber que si no te pedía yo, te pedía otro.

—Para eso estaba.

Se desnudó rápido, con esa eficiencia de alguien que no quiere perder tiempo. Yo me quedé con el corpiño puesto, porque me lo pidió. Solo me saqué la tanga.

Lo que tenía entre las piernas era algo que yo no había visto en persona, solo en pantalla. Grueso, con el prepucio cubriendo completamente el glande aunque ya empezaba a ponerse duro. Me arrodillé y empecé a trabajar con la lengua, retirando la piel con cuidado, dejando al descubierto la cabeza brillante.

Él apoyó la mano en mi cabeza sin presionar.

—Qué boca —murmuró.

Cuando lo tenía completamente duro, me puse de pie. Él se arrodilló ante mí y me chupó despacio, tomándose el tiempo que yo no le había dado. Gemí fuerte, calculadamente. Si había alguien en la sala de espera, quería que nos oyeran.

—Ahora de pie —dijo Marcos, incorporándose.

Me di vuelta hacia la pared, apoyé las palmas sobre el azulejo frío y eché las caderas hacia atrás. Sentía la humedad entre las piernas, mitad excitación propia, mitad lo que él había hecho con la boca.

Entró de un solo envión.

Grité. Y esa vez no fue teatro.

—¡Ay, qué bueno! —se me escapó, y el sonido rebotó en las paredes.

Nos golpearon la puerta.

—Menos escándalo —dijo la voz de la encargada desde afuera.

Marcos soltó una carcajada sin parar. Yo tampoco paré.

Me dio fuerte, con ritmo, empujando a fondo en cada movimiento. Se corrió rápido, como suele pasar cuando hay demasiada excitación acumulada. Lo sentí claramente: la pulsación, el calor dentro. Cuando se retiró, la mancha en el suelo nos obligó a limpiar antes de seguir.

Pasamos a la cama.

Le limpié el pene con la lengua, despacio, con calma. Le retiré la piel otra vez y saqué los últimos restos. Él me chupó el culo, como si eso fuera lo más natural del mundo, y yo me dejé hacer, porque me encanta aunque nunca lo espero.

Hablamos. Me preguntó qué se había sentido hacer el desfile con mujeres reales, si me había puesto nerviosa, si el lugar me había parecido muy diferente a lo que imaginaba. Yo respondía mientras lo masajeaba con la mano y él me chupaba un pezón.

—¿Y el que ofertó más? —preguntó—. ¿Lo conocés?

—Es mi marido —dije.

Se rió tanto que tardé un rato en calmarlo.

—¿Y está afuera todavía?

—Supongo que sí. Esperando.

—Eso es lo más perverso que escuché en mi vida.

—¿Te molesta?

—Para nada. Me excita más.

Ya lo notaba.

***

Volvía a estar duro cuando me pidió que me pusiera en cuatro. Quería el culo.

No es algo que rechace, pero tiene su protocolo. Él lo entendió sin que yo explicara demasiado. Lamió, chupó, usó el pulgar en círculos lentos sobre el esfínter, fue despacio. Cuando puso el dedo adentro yo ya estaba dilatada en el punto justo. Gel, más trabajo, otro dedo, más pausa.

Me apoyó la punta gruesa en la entrada.

—Todo —dije.

Empujó con cuidado, luego con más decisión. Costó un segundo. Después entró bien, de corrido, y el grosor fue exactamente lo que hacía falta.

Me trabajó despacio al principio, luego más rápido. Tenía esa costumbre de sacarla entera y volver a entrar de golpe que me descontrola. Lo hacía una y otra vez mientras me agarraba de las caderas con las dos manos.

Cuando iba a correrse no dijo nada. Sacó y me la metió en la concha de un solo movimiento.

Lo sentí vaciarse dentro mientras seguía masajeándome los pechos.

—Los corpiños sin copa son lo mejor que inventaron —dijo, todavía jadeando.

—Lo sé —respondí.

Ensuciamos las sábanas nuevas, claro que sí. Era inevitable.

***

Nos quedamos un rato conversando. Me preguntó si podría contar conmigo para el mes siguiente, si le había parecido demasiado cara, si repetiríamos este juego u otro distinto.

Yo lo besé en la comisura de los labios y le dije que sí a todo mientras le hacía circular la mano por el pecho.

—Otra vez, entonces —dije—. Si querés, con la boca esta vez.

—Si podés, sí.

Podía.

Me acomodé en 69 y me dediqué a él con tiempo, sin apuro. Lengua, labios, garganta, los dedos recorriendo lo que quedaba fuera. Él me chupaba a mí al mismo tiempo, metía la lengua donde podía, ponía los dedos en mi trasero.

Acabó sin avisar. Lo recibí, lo tuve un segundo en la lengua y tragué. Se lo mostré antes, porque sé que eso gusta verlo.

Él no podía más.

Se duchó en el único baño del lugar que tenía ducha propia. Se vistió. Me dijo en la puerta que había sido la mejor cita que recordaba. Le creí, porque no tenía cara de mentiroso.

***

Cuando salí de la habitación, me puse solo la tanga. El corpiño de aro también. Los pechos al aire, los tacos altos, el cuerpo todavía brillante de saliva y fluidos.

Crucé la sala de espera para buscar mi ropa, que había dejado detrás de la cortina de la cocina.

Andrés estaba sentado donde lo había dejado. Levantó la vista cuando pasé.

—Querido, me ducho y nos vamos —le dije.

—Sí, amor —respondió, como si estuviéramos en el living de casa.

Los otros hombres que esperaban el siguiente desfile me miraron sin disimulo. Sabían que mi marido estaba ahí. Sabían lo que yo acababa de hacer. Yo caminé de ida y de vuelta sin bajar los ojos, los pechos firmes bajo la luz de la sala, la tanga con el encaje ligeramente corrido.

Volví a la habitación, me duché rápido y me vestí.

Al salir, saludé a las chicas, le agradecí a la madame lo que había arreglado.

—Si necesitás repetir para otra fantasía, podés volver —me dijo—. Aunque lo que cobrás a tus clientes podrías dejarnos un poquito más.

—Claro que sí —le dije, y le di un beso en la mejilla.

Salimos a la calle. La lluvia había parado. El asfalto brillaba mojado bajo los faroles.

Andrés esperó hasta que estuvimos en el auto para hablar.

—¿Cómo estuvo?

—Bien —dije—. Muy bien.

—El desfile estuvo bueno.

—¿Lo viste todo?

—Todo.

Arrancó el auto. Yo me recosté en el asiento y cerré los ojos un momento.

Veinticuatro horas antes, esa noche era una cita callejera de manual. La lluvia lo cambió todo. Y gracias a eso entré a un mundo que nunca había imaginado pisar: más directo, menos brillante, sin pretensiones. Con buena gente adentro.

No había sido mi primera vez en muchas cosas. Pero en ese lugar, con ese desfile y esas reglas, sí lo había sido.

Y lo repetiría.

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Comentarios (5)

CristinaM

Increible relato, me enganchó desde la primera linea!!

Fenix_BA

Por favor necesito la segunda parte, no puede terminar asi jajaja

curiosa_del_sur

Me tuvo en tension todo el tiempo. Qué valiente, yo nunca hubiera podido hacer algo así.

lectornocturna22

Contame, fue real o es ficcion? se siente muy autentico todo, como si lo hubieras vivido de verdad.

SandroNoche

buenísimo!!!

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