Desde su foto supe que sería así entre nosotros
Llevaba tres días mirando esa foto. Adrián, de espaldas, con las manos en la nuca y la luz de la tarde cayéndole sobre los hombros. Una foto de perfil sin más intención aparente que la de existir, pero que me había tenido pensando en él cada vez que intentaba dormir. Había algo en la postura, en la forma en que la espalda se curvaba levemente hacia la cintura, que hacía difícil mirar otra cosa. Me la había cascado tres noches seguidas imaginándome esa espalda arqueada, ese culo que se adivinaba firme bajo el vaquero, mi polla hundiéndose despacio entre esas dos nalgas.
Le escribí un martes por la tarde con más calma de la que sentía. Quedamos para el jueves.
Cuando abrió la puerta del edificio y subió las escaleras hacia mi apartamento, me di cuenta de que la foto era honesta. Adrián era exactamente como se había mostrado: delgado, con esa forma de moverse un poco cautelosa que tienen las personas que aún están aprendiendo a ocupar el espacio que merecen. Me saludó con un beso en la mejilla y entró como si ya conociera el lugar.
Le ofrecí algo de tomar. Dijo que no. Nos sentamos en el sofá y hablamos durante veinte minutos de cualquier cosa —su trabajo, una película que había visto, el calor que hacía ese mes en la ciudad— y en algún momento dejamos de hablar. No hubo señal clara. Solo ese instante en que el silencio cambia de naturaleza.
Me acerqué y lo besé. Respondió de inmediato, sin dudar. Le metí la lengua hasta el fondo y él me la chupó con hambre, como si la estuviera esperando desde antes de tocar el timbre. Le pasé la mano por encima del pantalón y ahí estaba, dura, marcándose contra la tela. Se la apreté sin miramientos y soltó un gemido ahogado dentro de mi boca.
***
Lo llevé al cuarto sin prisa. Quería que disfrutara cada parte, que no sintiera que esto era algo que había que atravesar rápido para llegar a algún lado. Me había dicho, sin darle demasiada importancia en la conversación previa, que tenía poca experiencia con hombres. Lo entendí como lo que era: una advertencia y una invitación al mismo tiempo. Quería decir que nadie le había abierto el culo todavía, que esa era la primera polla que iba a entrar ahí.
Le pedí que se desnudara y se pusiera cómodo boca abajo en la cama. Se sacó la ropa despacio, sin mirarme, y cuando quedó desnudo entendí por qué la foto me había tenido tres noches en vela. Tenía un culo pequeño, blanco, con dos hoyuelos justo encima de las nalgas, y una polla larga y fina que se le movía entre las piernas cuando caminaba. Se tumbó boca abajo y separó apenas las piernas, dejándome ver el hueco entre los muslos, la sombra rosa entre las nalgas.
Agarré el aceite de la mesita y le pregunté si le parecía bien. Asintió. Me arrodillé a su lado y empecé a masajearle la espalda con movimientos lentos y amplios, dejando que el aceite lo cubriera todo: los hombros, los omóplatos, la cintura, los glúteos. Adrián apoyó la frente en el brazo cruzado y cerró los ojos. Sentí cómo los músculos de la espalda se iban soltando poco a poco bajo mis manos.
Su respiración se volvió más pausada. Fui bajando. Cuando mis manos llegaron a las nalgas, lo noté tensarse apenas un segundo antes de dejarse ir completamente. Las fui abriendo con cuidado, separándolas hasta dejar el ojete a la vista, pequeño, rosado, cerrado. Pasé el pulgar por la entrada con un movimiento circular y lento, sin presionar, solo para que sintiera que estaba ahí y que no había urgencia de ningún tipo. El culo se le contraía y se abría bajo mi dedo como una boca que no sabe si quiere hablar.
—¿Bien? —le pregunté.
—Sí —dijo en voz baja, casi para el colchón.
Seguí así un buen rato. La yema dibujando círculos pausados en el borde del ojete, dejando que se acostumbrara a la sensación sin que yo la forzara. Bajé la cara y le pasé la lengua por el surco entre las nalgas, de arriba abajo, una vez, otra, y él soltó un gemido corto que no pudo tragarse. Le abrí bien el culo con las dos manos y le comí el ojete despacio, hundiendo la punta de la lengua justo donde el músculo empezaba a ceder. Adrián empezó a moverse levemente, un pequeño empuje hacia atrás casi involuntario que fue haciéndose más evidente con cada minuto, ofreciéndome el culo, restregándose contra mi cara.
Tomé más aceite, lo eché directamente sobre el ojete y lo vi resbalar entre las nalgas. Lo apliqué con el dedo, empapando bien la entrada, y deslicé el índice despacio. Entró sin resistencia hasta el nudillo. Un gemido suave escapó de él, retenido a medias, y noté cómo el culo se le apretaba alrededor del dedo como si no quisiera soltarlo.
—No pares —dijo.
No paré. Empecé a moverlo adentro y afuera con movimientos lentos y regulares, buscándole el punto por dentro, esa hinchazón que sabía que iba a hacerle perder la cabeza. Lo encontré. Adrián soltó un jadeo largo y su culo se levantó de la cama para pedir más. Añadí un segundo dedo cuando sentí que estaba listo, entrando los dos juntos, abriéndoselo con paciencia. La reacción fue inmediata: un cambio de respiración, las manos aferrándose a la almohada, ese sonido gutural que se hace cuando algo te llena de una manera que no esperabas.
—Joder —susurró contra la almohada—. Joder, joder.
Los dos dedos entraban y salían de su ojete con un sonido húmedo y pegajoso que llenaba el cuarto. Le follaba el culo con la mano y con la boca al mismo tiempo, alternando la lengua entre los dedos, empapando todo, dejándole el interior de las nalgas y los muslos brillantes de saliva y aceite.
***
Con los dedos todavía adentro, mis labios viajaron por su espalda hacia arriba, besándole la nuca, mordiéndole el hombro con suavidad. Adrián se dio vuelta despacio, como si supiera exactamente qué venía. Me miró desde abajo con una expresión que mezclaba calma y algo más difícil de nombrar: una especie de gratitud anticipada, o tal vez simplemente deseo sin disimulo. La polla se le levantaba contra el vientre, dura y roja, con una gota transparente escurriéndole por el glande.
Me bajó la cabeza hacia su vientre. El mensaje era claro.
Se la tomé en la boca sin rodeos. Adrián soltó el aliento de golpe, un sonido corto y sorprendido que se convirtió en algo más largo cuando se la tragué hasta la base. Sus manos buscaron mis hombros, mis cabellos, cualquier cosa a la que aferrarse. Fui despacio al principio, aprendiendo su ritmo: lo que le hacía apretar los dedos y lo que le hacía soltar un suspiro largo y entrecortado. Le chupé el glande con la punta de la lengua, luego bajé y le lamí los huevos uno por uno, metiéndomelos en la boca sin dejar de acariciarle la polla con la mano. Cuando encontré la cadencia adecuada, me quedé en ella, subiendo y bajando la boca por toda su verga, dejando que el pre-semen se me acumulara en la lengua.
Al cabo de un rato me detuvo con una mano firme pero tranquila en la frente.
—Todavía no —dijo—. Quiero que dure. Si sigues así me corro ya.
Me incorporé con los labios brillantes de saliva. Nos besamos largo. Sus manos me recorrían con más seguridad que antes, como si la primera hora hubiera sido un período de calibración y ahora estuviera listo para algo completamente distinto. Me quitó la ropa sin apuro, observando cada parte con atención. Cuando llegó a mi polla, dura y goteando, se quedó mirándola un segundo largo antes de agarrármela con la mano.
—Es grande —murmuró, más para él que para mí.
—Te va a entrar —le dije—. Con calma, pero te va a entrar toda.
Me recosté y él bajó por mi cuerpo. Se tomó su tiempo antes de empezar: me miraba, evaluaba, parecía calcular algo. Luego lo hizo. Se llevó el glande a la boca primero, chupándolo con los labios cerrados alrededor, sacándolo con un ruido húmedo, volviendo a metérselo. Adrián tenía instinto para esto aunque no lo supiera del todo: sabía cuándo presionar más y cuándo retirarse, cuándo pasarme la lengua por debajo del glande y cuándo tragarme la polla entera. Le puse una mano en la nuca, sin empujar, solo acompañando, y él se dejó guiar. Me la mamó con hambre, ahogándose un poco cuando llegaba al fondo, apartándose con hilos de saliva colgándole del mentón antes de volver a metérsela hasta la garganta. Me quedé mirando el techo un rato antes de cerrar los ojos y dejarme llevar.
Me detuve antes de llegar al límite.
—Ven aquí —le dije—. Si sigues así te voy a llenar la boca y quiero llenarte otra cosa.
***
Le tomé tiempo. Primero dos dedos bien lubricados, moviéndolos despacio dentro de su culo mientras él respiraba en mi cuello con los brazos alrededor de mis hombros. Adrián no decía mucho, pero su cuerpo era elocuente: ese pequeño arco en la espalda, la forma en que apretaba y aflojaba el ojete de manera rítmica alrededor de mis dedos, los gemidos que iba soltando cada vez con menos reserva. Cuando añadí el tercero, apretó la mandíbula un segundo y después exhaló largo. Se lo abría con paciencia, girando los dedos adentro, presionándole el punto ese que le hacía temblar los muslos.
—¿Duele? —pregunté.
—Un poco. Pero no quiero que pares. Sigue, sigue abriéndomelo.
Seguí. Los gemidos fueron cambiando de tono, haciéndose más profundos, más abiertos. Dejaron de ser contenidos. Le sacaba los tres dedos y volvía a metérselos de golpe, y cada vez el culo cedía con menos resistencia, más blando, más listo.
—Quiero que me la metas —dijo finalmente, con una voz que no dejaba margen a interpretaciones—. Quiero que me folles ya.
Lo acomodé boca abajo, con una almohada bajo las caderas para elevarlas y dejarle el culo bien alto. Me tomé un momento para mirarlo: los glúteos brillantes de aceite, el ojete abierto y palpitando, todavía dilatado por los dedos, la curvatura de su espalda, la tensión en los hombros que era mitad nervios y mitad anticipación. Le abrí las nalgas con una mano, le escupí encima del ojete y vi cómo la saliva se le colaba dentro. Me puse el preservativo, eché más lubricante y me posicioné. El glande apenas rozando la entrada, sin entrar todavía, restregándoselo arriba y abajo por el surco.
Empujé con lentitud calculada. Sentí cómo el músculo se abría, cedía centímetro a centímetro alrededor de mi polla. Adrián soltó un sonido que no era del todo cómodo pero que tampoco pedía que parara. Me detuve a la mitad y esperé, dejando que el culo se le acostumbrara al grosor.
—¿Seguimos? —pregunté.
—Sí —dijo, y él mismo se impulsó hacia atrás hasta que le entré del todo, hasta que sentí mis huevos apoyados contra sus nalgas.
El gemido que soltó entonces fue diferente a todos los anteriores. Más hondo, más desde adentro. Como algo que había estado esperando sin saber que lo esperaba. Me quedé quieto un momento, hundido hasta el fondo en su culo, sintiendo cómo se le apretaba y se le aflojaba alrededor de la polla en oleadas.
***
Nos movimos juntos con paciencia. Empecé a salir despacio, casi hasta la punta, y a volver a entrar entero. Adrián fue encontrando su ritmo desde el principio: movimientos pequeños al comienzo, luego más amplios, más deliberados, echando el culo hacia atrás cada vez que yo empujaba hacia adelante. Yo seguía su cadencia y no al revés, dejando que fuera él quien marcara el tempo de todo esto. Cuando aceleré un poco, sus dedos se aferraron a la sábana y sus caderas respondieron con la misma fuerza, chocando contra las mías con un ruido seco de piel contra piel.
—Así —dijo—. Justo así. Más fuerte, no pares.
Le agarré las caderas y empecé a follármelo en serio, entrando y saliendo con embestidas largas y firmes. El colchón se movía, la cama crujía, y Adrián gemía contra la almohada con la boca abierta, mordiéndola cada vez que le tocaba la próstata. Le pegué una palmada en el culo y el ojete se le apretó alrededor de mi polla como respuesta. Le pegué otra en la otra nalga y gimió más fuerte.
Cambié de posición. Salí de él con cuidado —el ojete le quedó abierto un segundo, rosado y brillante— y me recosté de espaldas. Le hice que se sentara encima de mí, mirándome. Quería ver su cara mientras se ensartaba solo. Adrián se instaló despacio, con mi polla apuntándole el culo, y fue bajando poco a poco, dejando que el peso de su cuerpo lo empalara. Apoyó las manos en mi pecho para equilibrarse, cerró los ojos cuando lo tuvo todo dentro, y empezó a moverse con movimientos circulares que intercalaba con pequeños saltos hacia arriba y abajo. Me quedé quieto y lo dejé hacer. Había algo en verlo así, montándome, con la polla dura rebotándole contra el vientre, concentrado, completamente presente, que valía más que cualquier prisa que pudiera sentir.
Le tomé la polla con la mano mientras se movía y empecé a pajeárselo al ritmo de las cabalgadas. Adrián cerró los ojos y la respiración se le cortó un segundo. La combinación de mi verga hundiéndose en su culo y mi puño subiendo y bajando por la suya lo hizo detenerse un instante para encontrar el equilibrio, y después continuó con más intensidad. Sus caderas encontraron un movimiento propio, ondulante y circular, que me estaba llevando hacia el límite más rápido de lo que quería. Le veía la cara: la boca entreabierta, el sudor en la frente, esa expresión de estar a punto de romperse.
Me detuve. Le agarré las caderas para frenarlo.
—¿Por qué paras? —preguntó con los ojos todavía cerrados y la polla goteándome sobre el abdomen.
—Porque quiero que dure —le devolví sus propias palabras de antes.
Cuando abrió los ojos y me miró, sonrió. Fue la primera sonrisa de verdad en toda la tarde.
***
Lo levanté con cuidado, saliendo de él, y lo acosté boca arriba. Empecé a bajar por su cuerpo con la boca. Quería tomarle la polla otra vez, pero me desvié. Besé los muslos, las ingles, el vientre. Pasé la mejilla junto a su miembro sin tomarlo, solo para sentir el calor que irradiaba. Seguí bajando. Le levanté las piernas, se las doblé contra el pecho y me detuve en los glúteos, mirándole el ojete abierto, todavía brillante de lubricante y follado.
Lo que vino a continuación no tiene un nombre que le haga justicia. Le hundí la lengua en el culo despacio, empujándola hasta donde llegaba, comiéndoselo con hambre, sin apuro. Le pasé la lengua plana por todo el surco y volví a hundirla en el ojete, follándoselo con la punta, entrando y saliendo. Adrián intentó decidir si gemir, si hablar, si simplemente existir en ese momento. Eligió gemir, y los gemidos fueron altos y descompuestos. Le agarré la polla con una mano y se la pajeaba despacio mientras le comía el culo. Me quedé ahí hasta que sus caderas empezaron a moverse solas, buscando más lengua, buscando dedos, buscando lo que fuera sin que yo le pidiera nada.
—Marcos —dijo en voz baja, con la voz rota—. Sube. Métemela otra vez. No aguanto más.
Me incorporé y fui subiendo por su cuerpo hasta su boca. Nos besamos despacio, sin la urgencia que habíamos tenido antes, aunque él podía sentir su propio sabor en mi lengua. Sus manos me recorrían la espalda con una seguridad nueva, como si en las últimas horas hubiera aprendido algo sobre cómo quería tocar y ser tocado. Bajó una mano hasta mi polla y me la guio hasta su ojete.
—Quiero terminar así —dijo—. Como antes, pero mirándote.
Me coloqué entre sus piernas. Le levanté los muslos, se los apoyé sobre mis hombros, y entré de nuevo, esta vez con los dos mirándose. La polla se le hundió sin resistencia, todo el camino, hasta el fondo. Adrián no cerró los ojos. Yo tampoco. Nos movimos con ritmo firme, con una sincronía que se construye sola cuando dos personas dejan de pensar y se limitan a sentir lo que tienen delante. Cada embestida le sacaba un gemido corto de la boca, y cada gemido me hacía empujar más fuerte.
Le tomé la polla con la mano mientras empujaba, pajeándosela al mismo ritmo con el que le follaba el culo. Sentí los espasmos antes de que llegaran: el ojete apretándose alrededor de mi verga, los muslos temblando contra mis costados. Su cuerpo se arqueó, se apretó sobre el mío, y se corrió con un sonido que no intentó controlar, disparándose chorros gruesos de semen sobre su propio vientre y su pecho, algunos llegándole hasta el cuello. Se me estrujó el culo con tanta fuerza alrededor de la polla que fue suficiente. Unos segundos después me corrí yo también, adentro de él, con las manos aferradas a sus caderas, vaciándome en el preservativo con embestidas cortas y profundas mientras él seguía apretándome con espasmos.
***
Nos quedamos quietos durante un rato. Salí despacio, tirando el preservativo lleno en el suelo al lado de la cama, y me recosté a su lado. Adrián miraba el techo con una expresión que no supe interpretar del todo: no era tristeza ni arrepentimiento, era algo más parecido a la calma que viene después de resolver algo que llevabas tiempo sin entender. Tenía el semen todavía sobre el vientre, secándose despacio.
—¿Estás bien? —pregunté.
—Mejor que bien —dijo—. Es que estoy procesando.
Esperé. Conocía ese silencio. No necesitaba llenarlo con nada.
Al cabo de unos minutos, habló sin mirarme.
—Era la primera vez —dijo—. No lo de estar con un hombre en general. Sino esto, lo que hicimos. Que me la metieran. Me alegra que hayas sido tú. Dudé mucho antes de escribirte, ¿sabes? Fui para atrás y para adelante durante días.
No supe qué responder de inmediato. Le puse una mano en el brazo, sin decir nada todavía.
—Gracias por decírmelo —dije finalmente.
—Tanto que dudé —continuó— y tan seguro que me siento ahora. Eso que dijiste de que querías que durara, que no había apuro… ayudó. No sé si lo sabías.
Me giré hacia él. Le pasé el dorso de la mano por la mejilla.
—Lo sabía —dije—. Por eso lo hice.
Adrián asintió despacio. Afuera, la tarde se había convertido en noche sin que nos diéramos cuenta. Le dije que podía quedarse si quería. Dijo que sí sin pensarlo mucho.
Nos quedamos callados un buen rato más. Su respiración fue haciéndose más regular, más pesada. Antes de quedarse dormido del todo, dijo algo en voz baja, casi para él mismo.
—La foto era mía. Pero lo que imaginé que pasaría fue completamente distinto. Fue mejor.
Le respondí que sí, que casi siempre lo es cuando no se fuerza nada.
Se durmió. Yo tardé un poco más, mirando el techo, pensando en que a veces una foto de perfil es solo el comienzo de algo que todavía no tiene nombre.