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Relatos Ardientes

Valeria, mi vecina trans del piso de enfrente

Me mudé a finales de septiembre. El departamento era amplio, luminoso, en un edificio de nueva construcción en el centro de la ciudad, y llevaba varios días cargando cajas cuando la vi por primera vez.

Salió de la puerta de enfrente justo cuando yo arrastraba una cómoda hacia el interior. Era alta, de piel clara y movimientos lentos y deliberados, como quien sabe que la están mirando y no tiene ningún problema con eso. Piernas largas, caderas marcadas, y unos pechos que incluso bajo un camisón holgado era imposible ignorar. Me miró, sonrió y se acercó.

—Soy Valeria, vivo enfrente —dijo, dándome la mano—. Si necesitas algo, ya sabes dónde estoy.

Le devolví el saludo con más torpeza de la que me hubiera gustado. Andaba en camiseta sudada y no era exactamente la primera impresión que quería dar. Valeria sonrió de nuevo y se marchó hacia el ascensor. Ni en ese momento ni en los días siguientes se me ocurrió pensar que hubiera algo más detrás de lo que veía.

Las semanas siguientes pasaron con esa rutina de vecinos que se reconocen pero no se conocen: un cruce de miradas en el ascensor, un «buenos días» en el estacionamiento, una sonrisa cuando coincidíamos en el gimnasio del edificio. Valeria siempre iba impecable, siempre olía bien, siempre tenía esa forma de mirarte que te hacía sentir que eras el único en el pasillo.

Sabía que me gustaba. No me hacía el tonto al respecto.

***

Un sábado salí con un grupo de amigos a un bar que quedaba a unas pocas cuadras del edificio. La noche empezó tranquila: cervezas, conversación, algo de música en el fondo. Hacia la medianoche el lugar se fue llenando y la pista de baile cobró vida.

Fue Rodrigo quien me lo señaló primero.

—Oye, ¿no es tu vecina?

Giré la cabeza y sí, era Valeria. Había llegado con un grupo de cinco o seis chicas, todas arregladas, todas llamando la atención, pero ella era la que hacía girar las cabezas sin esfuerzo aparente. Vestido negro corto, espalda descubierta, el pelo recogido de un modo que dejaba ver su cuello. Me vio desde el otro lado del bar y levantó la mano en un saludo breve.

Pedí que le llevaran una copa de mi parte. El mesero fue, la señaló con discreción, y en menos de dos minutos Valeria cruzó el bar hacia donde estábamos. Caminaba de un modo que ocupaba el espacio sin apresurarse, apartando gente sin tener que pedirlo.

—Vecino —dijo, dándome un beso en la mejilla—. No sabía que venías aquí.

—Tampoco yo a ti —respondí.

Estuvimos un rato hablando, pidiendo más bebidas. Cuando el DJ subió el volumen y el ritmo cambió, Valeria me tomó de la mano y me llevó a la pista. Sabía bailar. Sabía cómo pegarse sin que pareciera una invitación y al mismo tiempo dejar claro que lo era. Sus caderas contra las mías, su mano deslizándose por mi costado, su forma de mirarme por encima del hombro mientras se movía. Mi cuerpo respondía con una obviedad que no podía disimular del todo, y ella lo notaba y sonreía.

Estuvimos en la pista más de una hora. Pedimos copa tras copa entre baile y baile, y en algún momento dejé de contar cuántas llevaba. Después volvió con sus amigas y yo con mis amigos, que no perdieron la oportunidad de hacer comentarios sobre el estado evidente de mi pantalón.

Hacia las tres de la madrugada decidí marcharme. Pasé a despedirme de Valeria, le di un beso en la mejilla, le dije que la veía otro día. Ella me sujetó del brazo un instante antes de soltarme.

—Cuídate —dijo.

Me fui.

***

Estaba en mi departamento, cambiándome para dormir, cuando escuché ruido en el pasillo. Me asomé por la mirilla. Valeria estaba frente a su puerta, rebuscando en el bolso, introduciendo la mano en cada bolsillo sin encontrar lo que buscaba. La observé durante unos minutos. Luego tocó mi puerta.

Abrí. Andaba en short y sin camiseta. Valeria estaba más tomada de lo que la había visto en el bar, aunque se sostenía bien.

—Vecino, qué pena —dijo—. Creo que perdí las llaves o las dejé dentro. A estas horas no puedo llamar a mis padres para que me traigan la copia. ¿Te importa si me quedo un momento en tu sofá hasta que se me pase?

—Claro que no. Pasa.

Entró, miró alrededor, hizo un comentario sobre la decoración. Le ofrecí agua. Aceptó. No me había dado cuenta hasta ese momento de que seguía sin camiseta, y tampoco me di cuenta de que Valeria no dejaba de mirarme hasta que lo hizo una segunda vez y se mordió el labio inferior.

—¿Quieres que me ponga algo? —pregunté.

—No te preocupes —respondió—. Estás en tu casa.

Me fui a la habitación a buscar una camiseta de todos modos. Valeria me siguió hasta la puerta y luego entró.

Estábamos los dos de pie en la habitación. El short que llevaba no disimulaba nada, y Valeria lo notó. No hizo nada inmediato. Solo me miró.

—Antes de que sigamos —dijo con calma—, quiero decirte algo. Para que no haya malentendidos después.

—Dime.

—Soy una mujer trans. —Hizo una pausa—. No tengo vagina. Tengo lo mismo que tú.

Se quedó quieta, esperando. Procesé eso durante unos segundos. La calentura que llevaba encima toda la noche no desapareció. Tampoco apareció ningún rechazo. Lo que sí apareció fue una duda que no sabía cómo nombrar, y fui honesto con eso.

—Nunca he estado con una mujer trans —dije—. Te lo digo directo.

—Lo sé —respondió ella—. Y si me dejas, puedo hacer que la primera vez valga la pena.

No dije nada más. Ella se arrodilló.

***

Sacó mi pene del short con cuidado, lo sujetó con los dedos y empezó despacio. Su lengua recorría la punta con movimientos lentos y precisos, sin apresurarse, como si tuviera todo el tiempo del mundo. Miraba hacia arriba mientras lo hacía. Puse la mano en su cabello sin presionar.

Poco a poco fue abriendo la boca y metiéndolo más adentro. Cuando llegó demasiado al fondo hizo una arcada, lo sacó, lo lamió desde la base hasta la punta y volvió a intentarlo. La segunda vez llegó más lejos. La tercera, mi mano sí presionó, y ella dejó que lo hiciera. Escupía saliva, lo sacaba, lo metía de nuevo, y cada vez que lo hacía me miraba fijo.

La ayudé a levantarse. Le desabroché el vestido por la espalda. Cayó en una sola pieza al suelo. No llevaba sujetador. Sus pechos eran grandes, redondos, con esa firmeza que solo se logra con mucha dedicación o con una buena decisión quirúrgica. Empecé a besárselos sin pensarlo demasiado, con las manos en su cintura, y Valeria echó la cabeza hacia atrás y dejó escapar un sonido que no era exactamente un gemido, sino algo más íntimo y más honesto.

—¿Quieres ver lo que tengo? —preguntó.

—Sí.

Se corrió la tanga hacia un lado. Lo que había ahí era lo que me había dicho que habría. Sin saber muy bien por qué, lo tomé con la mano como si lo hubiera hecho antes y empecé a moverla despacio. Valeria arqueó la espalda. Su pene fue creciendo entre mis dedos hasta que estuvo completamente duro, y ella me miraba con los ojos entrecerrados y los labios separados.

Abrí el cajón de la mesita de noche. Valeria tomó el condón, lo puso entre sus labios y lo deslizó en mi pene con una habilidad que me dejó sin palabras.

La giré de espaldas, tomé su cadera con una mano y con la otra la guié.

El primer empuje fue lento. Valeria apoyó ambas manos en la pared frente a ella y dejó escapar un sonido largo, sostenido, que tenía tanto de alivio como de dolor. Esperé. Volví a empujar.

A partir de ahí dejé de pensar.

Le tomé el cabello con una mano y le bajé la otra a sus pechos. Ella marcaba el ritmo con las caderas y yo lo seguía, acelerando cuando ella aceleraba, deteniéndome cuando necesitaba un momento para recobrar el aliento. Notaba su pene duro contra mi muslo y lo tomé con la mano libre, moviéndolo al mismo ritmo que el resto. Valeria empezó a gemir en serio. A pedir más. A decir que llevaba mucho tiempo sin sentir algo así.

Estuvimos así cerca de diez minutos. Cuando noté que no aguantaría mucho más, saqué el condón y Valeria se giró, se arrodilló y se lo metió en la boca antes de que yo terminara de moverse. Me vació completamente. Siguió succionando después, con calma, hasta que mi pene empezó a recuperarse entre sus labios.

Me empujó hacia la cama.

Me puso otro condón, se montó encima dándome la espalda y empezó a moverse. Despacio al principio, con movimientos circulares, dejando que los dos nos acomodáramos a la posición. Luego más rápido. Sus nalgas golpeaban contra mis caderas con un sonido seco y repetido. Me agarré a ellas con las dos manos.

Se giró hacia mí y me puso los pechos en la cara. Seguí con las manos en su cintura y los ojos abiertos porque no quería perderme nada de lo que estaba pasando.

Cuando la vi alcanzar el orgasmo fue algo que no había visto antes. La eyaculación la tomó en mitad de un movimiento de caderas y cayó sobre su abdomen y sobre el mío, un chorro que no esperaba. Metió los dedos, los llevó a su boca y los limpió sin pestañear.

Eso me hizo terminar por segunda vez.

***

Me desperté pasadas las diez. Valeria dormía a mi lado, completamente desnuda, con el pelo extendido sobre la almohada. La calentura de la noche anterior no se había ido a ninguna parte.

Me metí en la ducha. A los dos minutos escuché que tocaba la puerta del baño.

—¿Puedo?

—Pasa.

Lo que pasó en la ducha no llegó más lejos que sus labios, porque los condones estaban en la habitación y ninguno de los dos quiso salir a buscarlos. Pero fue suficiente. Más que suficiente.

Salimos del baño, nos secamos, le presté una camiseta mía y unos shorts que le quedaban enormes. Valeria buscó en su bolso con calma y encontró las llaves en el bolsillo interior, donde siempre habían estado.

—Plan con maña —admitió, sin el menor asomo de arrepentimiento.

Me pareció bien.

Preparó el desayuno en mi cocina como si supiera dónde estaba cada cosa. Nos sentamos en la barra, comimos, hablamos de nada importante. Al irse me dio un beso en la boca, largo, sin apuro, y cruzó el pasillo hacia su puerta.

***

A partir de esa mañana, Valeria tocaba mi puerta cuando le apetecía y yo tocaba la suya cuando me apetecía a mí. No le pusimos nombre a eso durante meses. No hacía falta.

Meses después le pedí que fuera mi novia. Aceptó.

Sigo saliendo de vez en cuando con otras personas, porque uno es como es, pero el mejor sexo de mi vida vive al otro lado del pasillo. Y lo que empezó esa noche, con ella arrodillada frente a mí después de contarme su secreto, fue la mejor primera vez que pude haber tenido.

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Comentarios (6)

martin_lector

buenísimo, me tuvo pegado hasta el final!!!

curiosito77

Por favor una segunda parte, quede con muchísimas ganas de mas jaja

ConfesaLectora

Me enganché desde el primer parrafo. Que bien narrado todo, se siente real y cercano.

Tomas_1989

me recordo a situaciones del pasado jaja. El protagonista tuvo mas valor que yo sin duda

PabloRosario22

Increible relato, de los mejores que lei en mucho tiempo. Seguí escribiendo!

tinta_y_morbo

La tensión que fuiste construyendo al principio es lo mejor del relato. Muy bien logrado.

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