Fui su primer amor y su primera vez
El primer día que vi a Valeria en el campus, todos la notamos. Era imposible no hacerlo: alta, piel clara, cabello negro que le caía hasta la cintura, y unos ojos de ese color extraño entre el verde y el gris. Era de primer año y yo cursaba el segundo, pero la distancia entre esos dos mundos se redujo a nada en el momento en que cruzó el pasillo principal.
Era callada de un modo que no era timidez ordinaria, sino algo más profundo, como si hubiera aprendido muy pronto que el silencio protege. Se sentaba sola en el cafetín, comía sola, y cuando alguien le dirigía la palabra, respondía con una sonrisa breve y volvía a mirar hacia otro lado. El tipo de persona que parece frágil pero que en realidad ha tenido que ser muy fuerte.
Me enteré después de cómo había crecido. Su padre, un hombre que nunca supo quedarse quieto, había arrastrado a su madre fuera de casa cuando ella era apenas adolescente. Vivieron en la pobreza durante años, en una habitación sin ventanas ni agua caliente, hasta que él terminó preso por meterse en los negocios equivocados. Cuando lo deportaron, su madre volvió a la familia con sus dos hijas, Valeria y su hermana menor Sofía, a rehacer lo que él había deshecho.
Todo eso dejó marca. Valeria había crecido sin un hombre cerca que le mostrara cómo debían tratarla, y eso la hacía vulnerable de una manera que las personas equivocadas reconocen antes que las correctas. En el campus, las primeras en acercársele fueron las peores: La Mosca y su grupo, chicas con historial de problemas, capaces de olerse la soledad a distancia.
Yo las conocía de vista. La Mosca era de esas personas que dejan rastro sin hacer nada notable: siempre cerca de los tipos que vendían pastillas a los estudiantes, siempre en el lugar equivocado. Verla rodear a Valeria me generó una incomodidad que tardé unos días en entender del todo.
Empecé a buscar pretextos para cruzar palabras con Valeria. No fue difícil: un café en el cafetín, un asiento libre en la biblioteca, un apunte prestado. Ella respondía con esa amabilidad educada que tenía para todo, pero cada vez que La Mosca o alguna de sus amigas aparecían, la conversación se cortaba. Se la llevaban como si fuera de su propiedad.
El jueves por la tarde fui al parque donde acostumbro correr. Había dos tipos en un banco, hablando sin molestarse en bajar la voz. Hablaban de una chica, de que La Mosca iba a presentársela el viernes, de que estaba muy buena y que había que aprovechar la ocasión. Uno de los dos sacó algo del bolsillo: unas pastillas. Dijo que se las echaría en la bebida antes de llevarla al hotel.
Describieron a la chica con suficiente detalle como para que no me quedaran dudas. Era Valeria. Me fui del parque caminando despacio para no llamar la atención, pero por dentro algo se me había encendido y no tenía intención de apagarlo.
Tenía un amigo de mi abuelo en la policía, un hombre serio y de pocas palabras al que le debía un favor. Lo llamé esa misma noche y le conté todo lo que había escuchado. Al día siguiente me confirmó que la operación estaba lista: intervendrían en la fuente de soda donde habían quedado, antes de que los tipos pudieran entrar.
El viernes por la mañana busqué a Valeria antes de que llegaran sus amigas. Le ofrecí un café y ella aceptó. Le pregunté con quién iba a salir esa tarde y me lo contó sin sospechar nada. Lo único que le dije, como de pasada, fue que tuviera cuidado con lo que tomaba. Ella se rió y me dijo que de todos modos no bebía licor.
Cuando Valeria se fue con su grupo, La Mosca se giró hacia mí antes de seguirlas.
—Ella no es para ti —me dijo—. Ya tiene quien la atienda. Tú estás de más.
No respondí. No valía la pena.
Esa tarde, la policía esperó en la puerta de la fuente de soda. Los tipos llegaron en moto con La Mosca, los detuvieron antes de que pudieran entrar, y encontraron suficiente material encima como para llevárselos a todos. Valeria, que ya estaba adentro esperando, salió a ver el escándalo sin entender qué pasaba. No la tocaron. No tenían nada contra ella.
La dejé caminar un trecho antes de alcanzarla en mi moto. Le pregunté qué había pasado como si no supiera nada. Ella lo contó con la voz un poco alterada: los amigos de La Mosca habían sido arrestados por llevar droga encima. Me dijo que estaba nerviosa y que no podía llegar a casa así porque su madre se daría cuenta de que algo había salido mal.
—Te invito algo —le dije—. Lo que quieras. Se te pasará el susto.
Dudó un segundo y luego se montó en la moto. Fuimos a una hamburguesería al otro lado de la ciudad, de esas con mesas de madera y servilletas de papel. Comimos sin prisa. Ella habló más de lo que nunca la había escuchado hablar, y en algún momento se le olvidó completamente por qué estaba nerviosa.
Le tomé la mano sobre la mesa y ella no la retiró. Le limpié una mancha de mostaza de la comisura de los labios con una servilleta y tampoco se apartó. Había algo en cómo respondía al contacto, no con nerviosismo sino con una especie de alivio, como si el tacto fuera algo que llevaba mucho tiempo sin recibir.
Al despedirnos frente a su edificio, la rodeé por la cintura y la acerqué. Cerró los ojos. La besé despacio, con cuidado, y ella respondió con más intensidad de la que esperaba, como si hubiera estado esperando ese momento desde antes de que yo lo supiera. El beso duró hasta que desde arriba, en el último piso, una voz cortó el silencio.
—¡Mamá te está esperando!
Valeria se separó con una sonrisa avergonzada.
—Eres el primero —me dijo—. El primer novio que tengo. Me gustas mucho.
Y subió corriendo.
***
El lunes llegó con ella esperándome en el lugar donde siempre aparcaba la moto. Desayunamos juntos en el cafetín. Cuando apareció La Mosca, vino directa hacia nosotros.
—Aléjate de ella —me dijo—. Ya tiene pretendiente.
—El pretendiente soy yo —respondí—. ¿No es así, Valeria?
Valeria la miró sin parpadear.
—Mateo es mi novio —dijo—. Y tú eres alguien de quien quiero alejarme. Ese pretendiente que tenías pensado para mí es un delincuente. Déjame en paz.
La Mosca se fue sin decir más, aunque dejó claro con la mirada que eso no había terminado. Valeria me hizo caso desde ese día y no volvió a frecuentarla. Era así: cuando tomaba una decisión, la tomaba sin vuelta atrás.
***
Un viernes de esos que llegan con el calor pegado al asfalto, salimos temprano del campus. Le propuse ir a mi apartamento antes de devolverla a casa. Compramos pizza en el camino. Hacía tanto calor que el solo hecho de subir las escaleras dejaba la ropa húmeda, y el aire acondicionado del apartamento era el argumento más sólido que tenía.
Valeria se sentó en el sofá con un vaso de té helado entre las manos y miró el apartamento con esa curiosidad tranquila que tenía para todo. Me senté a su lado. El silencio entre nosotros era el tipo de silencio que no pide ser llenado con palabras. La besé. Ella dejó el vaso en la mesa de centro y me devolvió el beso con las dos manos libres, primero tímidas y después clavándose en mi nuca, arrastrándome hacia ella como si tuviera miedo de que me apartara.
Mis manos empezaron a moverse por su cuerpo sin apuro. Recorrí la curva de su cintura, el borde de sus hombros, la parte baja de su espalda. Valeria se dejaba llevar con esa facilidad suya, no pasiva exactamente, sino presente, atenta a cada cosa que sucedía. Le desabotoné la blusa lentamente y ella no detuvo mis manos. Cada botón que cedía dejaba a la vista más piel clara, más tela blanca del sostén, más de esa respiración corta que ya se le empezaba a escapar por la boca entreabierta.
Tenía la piel suave y muy cálida. Cuando le quité el sostén, se cubrió por instinto un segundo antes de dejar caer los brazos. La miré. Ella me dejó mirarla. Tenía las tetas más lindas que había visto en mucho tiempo: llenas, firmes, con los pezones rosados y ya erectos, apuntando hacia arriba como si me estuvieran esperando. Bajé la boca hacia uno de sus senos y sentí cómo se le aceleraba la respiración. Cerré los labios alrededor del pezón, chupé despacio, lo dejé escaparse entre mis dientes y volví a atraparlo con la lengua. Valeria dejó salir un jadeo largo, sorprendido, y me agarró la cabeza con una mano para que no me apartara.
Pasé al otro seno sin soltar el primero, ahora amasándolo con la mano. Le mordí el pezón con cuidado y ella soltó un —Ay, joder— tan bajo que casi no lo oigo, pero lo dijo, y algo en cómo lo dijo me confirmó que debajo de esa calma que traía por defecto había otra Valeria esperando salir. Le lamí entre los pechos, subí por el esternón, por el cuello, y volví a bajar. Ella arqueaba la espalda cada vez que la lengua tocaba un pezón, ofreciéndomelos, y yo me tomé mi tiempo con los dos hasta que los tenía brillantes de saliva y ella se retorcía debajo de mí en el sofá.
Le guié la mano hacia mí, hacia el bulto que ya me tensaba el pantalón. La sintió dubitativa al principio, sin saber bien qué hacer, apretándolo por encima de la tela como si tuviera miedo de romper algo. Eso me dijo todo antes de que ella lo dijera con palabras.
—Nunca lo he hecho —dijo en voz baja.
Me separé un poco para verle la cara. Estaba ruborizada pero no asustada. Sus ojos me buscaban.
—¿Quieres parar? —le pregunté.
Negó con la cabeza despacio.
—No puedo parar —dijo—. No sé qué me pasa pero no puedo. Solo quiero que lo hagas tú. Hazme sentir que existo.
Le tomé la mano y le mostré cómo abrirme el cinturón, cómo bajar el cierre. Cuando le saqué la polla, se le abrieron los ojos. La tenía dura, gruesa, con la punta ya mojada. Se quedó mirándola un segundo largo, como calculando algo, y después la rodeó con los dedos con una torpeza que me puso todavía más caliente. La movió arriba y abajo, sin ritmo, aprendiendo. Le puse mi mano sobre la suya y le enseñé cómo apretar, cómo llevar el prepucio hacia atrás, cómo pasar el pulgar por el glande.
—Así —le dije—. Más despacio. Eso.
Aprendió rápido. Y entonces, sin que se lo pidiera, se agachó y me la metió en la boca. No mucho: solo la punta, tanteando con la lengua, con los labios apretados alrededor. Solté un gemido que no pude contener. Ella subió los ojos hasta los míos sin sacársela, y esa mirada — de novata pidiendo instrucciones con la boca llena de mi verga — me hizo apretar los dientes para no correrme ahí mismo.
—Sacala un poco, respirá, y volvela a meter —le dije con la voz raspada—. Chupá como si fuera un helado. Usá la lengua. No tengas miedo.
Obedeció. Me la sacó de la boca, la lamió por el costado hasta la base, chupó los huevos con un cuidado que era casi de reverencia, y después la volvió a subir y se la metió más profundo. Cada vez un poco más. Cuando se le atoró en la garganta, tosió, se rió sin sacársela del todo, y volvió a intentarlo. Le puse la mano en el pelo — sin apretar, solo guiándola — y ella cerró los ojos y se dejó llevar por el ritmo que yo le marcaba con los dedos.
Aguanté hasta donde pude. Cuando sentí que se me venía todo desde abajo, la levanté por los hombros y la aparté antes de correrme en su boca. No quería terminar todavía. Quería que la primera vez fuera adentro suyo.
Le quité los pantalones sin prisa. Le dejé la bombacha puesta un momento más, solo para verla: el triángulo de tela blanca oscurecido en el medio por una mancha húmeda, redonda, delatora. Pasé el dedo por encima de la tela y Valeria pegó un respingo, cerró las rodillas de golpe y las volvió a abrir apenada. Estaba empapada.
—Mirá cómo estás —le dije—. Chorreando.
Ella se tapó la cara con las manos, colorada, pero no cerró las piernas. Al contrario: las abrió un poco más.
Le corrí la bombacha hacia un lado, sin bajársela del todo, y le pasé dos dedos por la raja de arriba hacia abajo. Estaba tan mojada que los dedos entraron sin resistencia, resbalaron por los labios, y cuando le rocé el clítoris con la yema del pulgar Valeria dio un grito corto y se agarró al respaldo del sofá con las dos manos.
—Shhh —le dije—. Tranquila. Vas a gritar mucho más que eso.
Le terminé de bajar la bombacha, se la saqué por los tobillos y la tiré al piso. La tenía toda desnuda debajo de mí. Le abrí las piernas con las dos manos, me arrodillé en el suelo entre sus muslos y la miré de cerca. Tenía el coño rosado, brillante, con una mata corta de vello negro arriba y los labios hinchados de deseo. Me acerqué y le soplé despacio. Ella se estremeció entera.
—Por favor —murmuró—. Por favor, hazlo ya.
Bajé la boca y la lamí de abajo hasta arriba, en un solo movimiento largo, apretando la lengua contra la carne. Valeria arqueó la espalda del sofá y soltó un gemido que le salió del fondo. La lamí otra vez, más despacio, deteniéndome en el clítoris para trabajarlo en círculos con la punta de la lengua. Le metí un dedo mientras la seguía chupando y sentí cómo el coño se le cerraba alrededor, apretado, caliente, virgen todavía.
—Ay, Mateo, no pares, no pares por favor —empezó a decir, ya sin controlar la voz.
No paré. Metí el segundo dedo, curvándolos hacia arriba, buscándole el punto por dentro mientras la lengua seguía dándole vueltas al clítoris. Sus caderas empezaron a moverse solas, embistiendo contra mi boca, contra mis dedos, con una desesperación que no le conocía. Se agarró a los cojines del sofá con los puños cerrados, soltó el aire en fragmentos cortos, intentó decir algo y no terminó la frase. Estaba a punto.
Antes de que llegara al límite, le saqué los dedos y levanté la boca. Ella soltó un quejido de protesta, casi de dolor.
—¿Por qué paras? —jadeó.
—Porque quiero que te vengas con mi polla adentro —le dije—. No con mi boca.
Me levanté a buscar un preservativo. Cuando volví, ella estaba recostada con los ojos todavía entrecerrados, el cuerpo suelto y cálido, las piernas abiertas sin vergüenza ya. Me miró rasgarme el envoltorio con los dientes y colocármelo. Se mordió el labio.
Le separé las rodillas con suavidad y me coloqué encima. La punta le rozó los labios del coño y ella soltó todo el aire de golpe.
—Mírame —le dije.
Abrió los ojos.
Empujé con cuidado, sin prisa. Encontré resistencia y la noté tensarse de golpe. Seguí despacio, sin retirarme, ganando un centímetro por vez. Ella apretaba los dientes, respiraba por la nariz, me clavaba las uñas en los brazos. Cuando el dolor la hizo contraerse, le tomé la cara con la mano y la besé hasta que se relajó. Tardó un momento. La sentí ceder por dentro, abrirse, dejarme entrar hasta el fondo.
—Ya está —le susurré contra la boca—. Ya está adentro toda. ¿Estás bien?
Asintió sin abrir los ojos. Después sus caderas se movieron hacia mí, un movimiento pequeño pero deliberado, un pedido silencioso.
Empecé a moverme con ritmo suave. Salía casi hasta la punta y volvía a entrar despacio, dejándole sentir cada centímetro. Valeria cerraba los ojos y los volvía a abrir, como si no terminara de decidir si quería estar aquí o en cualquier otro lugar. Sus manos se aferraron a mis hombros. A medida que la incomodidad inicial desaparecía, ella empezaba a encontrar el ritmo también, a moverse a la misma cadencia que yo, subiendo las caderas para recibirme.
—Así, mi amor —le dije al oído—. Movete conmigo. Sentí cómo te la meto.
—Sí —soltó ella, sorprendida por su propia voz—. Sí, así, más.
Le levanté una pierna, se la pasé por encima del hombro y la penetré más profundo. Ella soltó un gemido largo, con la boca abierta, sin importarle ya cómo sonaba. Le bajé la boca al pezón mientras seguía embistiendo y ella empezó a decir cosas a medias, palabras rotas, mi nombre repetido. El sofá crujía debajo de nosotros. El coño ya no estaba tenso: estaba mojado, blando, chupándome hacia adentro.
La saqué de golpe y la giré. La puse de rodillas contra el respaldo del sofá, con el culo hacia mí. Le pasé la mano por la espalda, desde la nuca hasta la cintura, y le apreté las nalgas con las dos manos, abriéndoselas. Desde ese ángulo se le veía todo: el coño hinchado, mojado, brillando bajo la luz, y más arriba el otro agujerito apretado. Me quedé mirándola unos segundos, hasta que ella miró hacia atrás por encima del hombro con impaciencia.
—No me hagas esperar —dijo—. Ya no aguanto.
Le clavé la polla de una sola embestida, hasta el fondo. Valeria gritó — un grito verdadero esta vez, sin filtros — y se sujetó al respaldo del sofá con las dos manos. Desde atrás, la penetré con más profundidad, más fuerza, sintiendo cómo mis huevos le golpeaban contra el clítoris cada vez que entraba. Sus gemidos eran contenidos al principio, como si no terminara de creer que podía hacer ese ruido, y después dejaron de serlo. Empezó a gemir sin vergüenza, alto, con la boca abierta contra el cojín.
—Así, follame así, no pares —jadeaba entre embestida y embestida—. Dios mío, Mateo, no pares.
Le tiré del pelo hacia atrás, con suavidad primero, comprobando cómo lo tomaba. Le arrancó un gemido más grave. Tiré un poco más, hasta que la espalda se le arqueó y la cabeza se le fue hacia mí. Le mordí el hombro, la nuca, mientras la seguía embistiendo. Le pasé la mano por el frente, agarrándole una teta primero y después bajando hasta el clítoris para frotárselo con dos dedos al ritmo de las embestidas.
Aceleré. Sentí cómo todo su cuerpo se tensaba en oleadas regulares, cada vez más intensas. Le apretaba las caderas con la otra mano, cogiéndomela con toda la fuerza que tenía, hasta que las nalgas se le sacudían con cada golpe y la carne me quedaba marcada de rojo bajo los dedos.
—Me voy, me voy, me estoy viniendo —empezó a repetir, la voz ahogada—. No pares, no pares, ay Dios.
Llegó al orgasmo con un temblor largo que la recorrió de abajo arriba, un espasmo que le apretó todo el coño alrededor de mi polla como si me quisiera drenar. Soltó los brazos y dejó caer la cara contra el cojín, todavía convulsa, con la respiración quebrada y los muslos temblándole sin control. Yo aguanté dos o tres embestidas más, sintiendo cómo se me contraía dentro, y después no pude más.
Me la saqué en el último segundo, me arranqué el preservativo con un tirón y me corrí sobre su espalda con dos o tres sacudidas fuertes. El semen cayó en una línea larga que iba desde la cintura hasta los omóplatos, caliente, tirante. Ella se quedó quieta, con la cara todavía contra el cojín, respirando profundo, dejándome terminar sobre su piel.
Nos quedamos quietos unos minutos. Fui a buscar una toalla y le limpié la espalda despacio, pasando la tela por cada gota, mientras ella suspiraba con los ojos cerrados. Después se giró despacio y se acomodó a mi lado en el sofá, el cuerpo pegado al mío, todavía desnuda, todavía cálida, con el pelo pegado a la sien por el sudor. El aire acondicionado zumbaba. Afuera, el sol todavía calentaba las paredes del edificio.
En algún momento recordamos la pizza. La comimos en la cocina, sin ropa, ella sentada en el mostrador y yo de pie frente a ella. Hablamos de nada importante. Ella comía despacio y me miraba de vez en cuando con algo que no sabía muy bien cómo clasificar. Cada tanto yo le abría las rodillas con la mano, me acercaba, y le pasaba la lengua entre los muslos hasta hacerla soltar la porción de pizza sobre el mostrador. Se reía, me apartaba con las dos manos, y volvía a masticar como si nada. Después me miraba y volvía a abrir las piernas.
Cuando se vistió para irse, me tomó la mano con las dos suyas.
—No me dejes después de esto —dijo—. Por favor. Haré lo que quieras. Solo no me eches cuando ya no te interese.
Lo dijo con una calma que hacía el peso de la frase más difícil de sostener.
Me di cuenta, no por primera vez esa tarde, de que esta chica necesitaba que alguien no se fuera. Había crecido viendo irse a todos los hombres, y ahora me estaba pidiendo que yo fuera diferente. El problema era Daniela, que me esperaba en casa con nuestra hija. No le dije nada de eso. La llevé en la moto hasta su edificio y la besé en la entrada antes de que subiera.
Me quedé un rato aparcado en la calle, mirando las ventanas del edificio. En alguna de ellas había luz encendida. Pensé en lo que habría pasado con ella si aquellos tipos hubieran conseguido lo que planeaban. Pensé también en si lo que yo había hecho era tan distinto, o si simplemente había sido más cuidadoso. No tenía una respuesta clara. Encendí la moto y me fui.