La noche que una ladrona me robó la inocencia
El viernes es el día que más odio de la semana. No porque llegue el fin de semana, sino porque marca el final del ciclo antes de que todo vuelva a empezar. Trabajo de peón en un almacén de distribución a las afueras, turno de tarde, ocho horas de cajas y montacargas. Lo hacía por inercia, como casi todo lo demás desde que murió Nori.
Nori era mi conejo. Tres kilos de pelo gris ceniza que había sido mi única compañía durante cuatro años. Antes de él estaba mi abuela, que me crió desde los once después de que mis padres murieran en un accidente de tráfico. La abuela aguantó hasta que yo cumplí trece, y luego también se fue. A los diecisiete ya había aprendido a vivir sin nadie. A los veintiuno seguía practicando.
La muerte de Nori, seis semanas antes de esta historia, había convertido el piso en algo que ya no era un hogar. Era solo un espacio con paredes, con plantas que se iban secando porque nadie las regaba con ganas, con fregadero lleno y luz apagada.
Esa noche llegué a las diez y media, como siempre. Mochila al suelo, camiseta sucia al cesto, pantalón de trabajo colgado en la silla. Me hice una sopa de sobre porque no tenía energía para cocinar nada que oliera a las recetas de mi abuela. Dejé el cuenco en el fregadero encima de otros dos platos que llevaban allí desde el martes. Mañana los lavaría, como llevaba diciéndome toda la semana.
Me dejé caer en el sofá. No encendí la televisión. Me quedé mirando el techo en la oscuridad, esperando que el sueño tuviera la amabilidad de aparecer sin que yo tuviera que buscarlo.
Entonces escuché algo.
Un roce. Luego nada. Luego el clic inconfundible de la cerradura.
Me quedé paralizado. En el barrio llevaban semanas hablando de robos: tres pisos vaciados en el mismo bloque, uno de los vecinos había acabado en el hospital por una dosis de alguna cosa que le pusieron en la bebida para que no recordara nada. La policía no sabía muy bien qué hacer, o fingía no saberlo.
La puerta se abrió despacio. Una franja de luz de la calle cortó el salón durante un segundo y luego desapareció. Alguien había entrado.
Si me tumbo y no me muevo, quizá piense que no hay nadie.
Me estiré en el sofá con cuidado, sin respirar. Vi el haz de una linterna moverse por las paredes, rastrear los muebles, detenerse un momento en el fregadero lleno de platos. Que se lleve lo que quiera. No tenía nada de valor. El portátil era de 2019 y la tele era una marca blanca de quince pulgadas que había encontrado en la basura del vecino del cuarto.
Pero entonces la linterna me dio de lleno en la cara y solté lo primero que me salió del cuerpo:
—Me niego a morirme siendo virgen.
Silencio.
—¿Cuántos años tienes? —preguntó una voz de mujer.
Una voz. De mujer. No lo había esperado.
—Aparento casi treinta. Tengo veintiuno.
Una carcajada baja, casi contenida, como si no quisiera despertarse a sí misma.
La linterna se alejó de mis ojos. La chica la dejó sobre la caja de madera que yo usaba como mesa de centro, orientada hacia el techo para que iluminara el salón sin cegar a nadie. Un gesto deliberado. Conocía lo que hacía.
La vi entonces. Alta, morena, pelo hasta los hombros con ese tipo de volumen desordenado que algunas personas consiguen sin intentarlo. Piel de tono cálido, tirando a miel. Un piercing de aro en la aleta derecha de la nariz. Ropa oscura y holgada, funcional. Me miraba con los brazos cruzados y una expresión que no era amenazante sino más bien evaluadora, como si estuviera tomando una decisión.
—Parece que de aquí no me llevo gran cosa —dijo mirando alrededor— salvo, quizá, una cosa.
Se me acercó despacio y se sentó a horcajadas sobre mis caderas antes de que yo pudiera procesar lo que estaba ocurriendo.
—Con la condición de que no digas nada. ¿Trato?
—Supongo que te refieres a que no te denuncie —acerté a decir.
No respondió con palabras. Me besó.
Había besado a una chica antes, en el instituto, una vez. Se llamaba Débora y el recuerdo era tan vago que casi podía convencerme de que no había pasado. Esto era diferente. Tomó su tiempo, sin prisa, como si tuviera toda la noche. Su lengua encontró la mía con una precisión que me hizo pensar que ella sí había hecho esto antes, muchas veces. Sabía a menta con algo frutal debajo, frambuesa o algo así. Me mordió el labio inferior al separarse y yo me quedé con los ojos entreabiertos, sin saber muy bien dónde poner las manos.
—Relájate —dijo.
Fácil decirlo.
Comencé a besarle el cuello. Olía a algo cítrico mezclado con el aire de la noche. Le aparté el pelo con cuidado y seguí bajando hacia las clavículas mientras ella me quitaba la camiseta con movimientos prácticos, sin hacer aspavientos. Empezó a deshacerse de su propia ropa: primero la chaqueta ligera, luego la camiseta. Sujetador negro, sencillo. Lo desabrochó ella misma.
Tenía un tatuaje que le bajaba por el costado izquierdo hasta perderse bajo la cintura del pantalón. No alcancé a leerlo.
Me puse a acariciarle los pechos, de un tamaño mediano, muy firmes. Pellizqué los pezones con suavidad y ella emitió un sonido que me recorrió la espalda. Me agarró de la cabeza y me la llevó hacia ella sin brusquedad. Pasé la lengua por el pezón izquierdo, noté cómo se endurecía, y luego por el derecho, alternando, sin apresurarse. Ella tenía una mano enredada en mi pelo y la otra intentando con poca fortuna desatar el nudo de mis cordones desde arriba.
—Eso ya lo hago yo —dije.
Se levantó para darme espacio. Se bajó el pantalón de una sola sacudida y las bragas después. Se quedó de pie frente a mí, iluminada por la linterna desde un ángulo lateral, y yo tuve que hacer un esfuerzo consciente para recordar respirar. El tatuaje del costado llegaba casi hasta el hueso de la cadera.
Me quitó los pantalones con algo más de paciencia. Luego me empujó suavemente hacia atrás en el sofá, se colocó sobre mí y se sentó sobre mi boca.
Nunca había hecho esto. Lo había leído, lo había visto, pero ejecutarlo era otra cosa. Empecé con la lengua, movimientos lentos, intentando orientarme. Ella no me dio instrucciones al principio, solo ajustó su postura un par de veces hasta encontrar el ángulo que buscaba. Cuando lo encontró, lo supe porque sus caderas empezaron a moverse hacia delante y hacia atrás con un ritmo propio.
—Succiona —dijo.
Lo hice. Sus gemidos subieron de volumen de inmediato.
—Así. Justo así.
Me acordé de lo que había leído sobre el clítoris y moví la lengua hacia arriba buscando el punto donde los labios se unen. Cuando lo encontré, ella arqueó la espalda y apretó con los muslos. Seguí ahí. Alterné la succión con movimientos lentos de lengua y rápidos de succión, sin perder el ritmo. Con las manos alcancé sus pechos y los acaricié.
Ella estiró el brazo hacia atrás y me encontró erecto. Me rodeó con la mano y comenzó a masturbarse con mi pene, un movimiento circular, lento, mientras yo seguía trabajando con la boca. Era la primera vez que alguien me tocaba así y el contraste entre lo que yo le estaba dando y lo que ella me estaba dando me resultó casi insoportable.
—Sigue —dijo.
Sus gemidos se volvieron más cortos, más agudos. Le metí los dedos por el pelo y ella los apretó contra su cabeza. Cuando se apartó, lo hizo despacio, recuperando el aliento, y me besó con una intensidad diferente a la del principio. Más directa. Menos paciente.
Se levantó del sofá y fue a buscar algo en el bolsillo de la chaqueta.
—¿Condones robados? —pregunté.
—Por supuesto —respondió con una sonrisa que no era de disculpa— los extrafinos de marca son caros, y yo soy profesional.
Me lo puso ella, con manos tranquilas. Luego se colocó encima, despacio, con cuidado. El calor fue lo primero que noté, antes incluso de procesar nada más. Una sensación intensa, envolvente, que me hizo apretar los dientes.
—Respira —me dijo.
Respiré.
Empezó a moverse con suavidad, arriba y abajo, sin prisa. El dolor inicial, que era más tensión que dolor, se fue disolviendo en los primeros treinta segundos y lo que quedó fue algo para lo que no tenía nombre previo. Ella apoyó una mano en el respaldo del sofá y con la otra me tocó la cara, me pasó el pulgar por la sien con una ternura que no encajaba del todo con el contexto pero que yo agradecí en silencio.
Aumentó el ritmo de manera gradual. Yo acompañé con las caderas, inseguro al principio, luego con más convicción. Puse las manos en su cintura. Luego en sus pechos. Ella emitió un sonido más grave y aceleró un poco más.
—Así —dijo— no pares.
Se inclinó hacia atrás, cambiando el ángulo. Cerró los ojos y mordió el labio inferior. La vi entera desde abajo: el cuello echado hacia atrás, la curva del tatuaje en el costado, el pelo cayendo en mechones sobre los hombros. Guardé esa imagen en algún lugar donde no tenía nombre todavía.
Mi mano derecha bajó hasta donde nos uníamos y busqué el clítoris. Lo encontré. Ella dejó escapar un gemido cortado y me miró con los ojos entreabiertos.
—Tienes buenas ideas —dijo.
Continuó moviéndose mientras yo usaba los dedos. Sus gemidos se volvieron irregulares, menos controlados. Luego se detuvo, respirando rápido. Salió de mí con cuidado y se arrodilló en el suelo frente al sofá.
—Siéntate.
Lo hice.
Me quitó el preservativo y empezó a masturbarme despacio mientras pasaba la lengua por la base, subiendo. Lo hizo con paciencia, sin urgencia, como alguien que sabe exactamente adónde va. Cuando me tomó en la boca el tiempo se volvió impreciso. Alternaba el movimiento de la mano con la presión de los labios, la fricción de la lengua en los laterales y luego la punta concentrándose en el frenillo.
—Avísame —dijo sin detenerse del todo.
—Ya casi —logré decir.
Se apartó y me tomó entre los pechos. Lo que vino después fue inevitable y ella lo recibió con una sonrisa tranquila, sin dramatismo.
***
Fue al baño. Escuché el grifo. Volví en treinta segundos y ya estaba recogiendo la ropa del suelo con los movimientos eficientes de alguien acostumbrado a vestirse rápido.
—¿Cómo te llamas? —preguntó mientras se abrochaba la chaqueta.
—Marcos.
—¿Y qué vas a decir cuando te pregunten por tu primera vez, Marcos?
Pensé un momento.
—Allanamiento de morada.
Sonrió. Una sonrisa real, no la traviesa de antes. Esta llegaba a los ojos.
—De acuerdo. Te dejo con vida si no das más detalles.
—Tienes mi palabra.
Recogió la linterna. Miró el piso un momento: las plantas secas, el fregadero lleno, la oscuridad que lo cubría todo como una capa de polvo.
—No me meto donde no me llaman —dijo en voz baja— pero esto no es un hogar, es un sitio donde esperar. ¿Qué pasó?
—Se independizaron de mí. Todos, uno detrás de otro.
Asintió sin pedir más. Entendió lo suficiente.
—Ha sido un placer, Marcos.
—¿Tú cómo te llamas?
—Irene.
Se dirigió a la puerta, la abrió con el mismo cuidado con que la había cerrado al entrar, y antes de salir se giró.
—La próxima vez que entres en un sitio oscuro, enciende una luz. —Una pausa.— Y lávate los dientes antes de dormir.
La puerta se cerró sin ruido.
Me quedé sentado en el sofá un rato largo, en la misma oscuridad de siempre, pero algo en ella se sentía diferente. No más amable, no exactamente. Solo diferente. Como si el espacio hubiera cambiado de tamaño sin que las paredes se hubieran movido.
Por primera vez en semanas, me fui a dormir sin esperar que el sueño llegara solo.