La primera clase que le di al amigo de mi hijo
Martes. La tarde ya iba cayendo y a mí todavía me quedaban mil cosas por organizar antes de mi hora favorita de la semana.
Justo cuando pensaba que lo tenía todo resuelto, me vibró el teléfono. Era un mensaje de Tomás, mi hijo: que ya venía en camino, que había invitado a dos amigos a jugar videojuegos.
Le había pedido mil veces que no hiciera eso los martes. Él sabía perfectamente que los martes por la noche eran míos. Mi ritual de mascarillas, mi pedicura, mi copa de vino. Mi único momento de paz en toda la semana.
Le contesté algo corto, sin regaños. A sus dieciocho años, lo último que quería era discutir por tonterías.
—¡Mamá, ya estoy aquí! —gritó desde la entrada un rato después.
Le respondí desde el segundo piso sin bajar. Acababa de salir de la ducha y no iba a aparecerme frente a sus amigos en bata, con el pelo goteando y la cara sin una gota de maquillaje.
—Les dejé lasaña en el horno —grité—. Tres minutos en el microondas y listo.
—Gracias, ma —respondió.
Todo transcurría normal. Escuchaba las risas, los gritos frente a la consola, el típico caos de chicos jugando. Yo seguía en mi cuarto, frente al tocador, aplicándome una mascarilla de arcilla verde que me había traído mi hermana de España.
Pero algo me hormigueaba por dentro.
Mejor bajo un momento a la cocina, pensé. Así me aseguro de que no hayan dejado un desastre.
Bajé con cuidado. Tomás y dos muchachos jugaban en la sala, tirados en los sillones, completamente absortos en la pantalla. Ni me notaron. O al menos eso me hicieron creer.
—Voy a estar arriba un rato largo —les anuncié, asomando la cabeza desde la cocina—. Si necesitan algo, me avisan, mi amor.
—Sí, ma —contestó Tomás, sin despegar la vista del televisor.
Subí con un par de pepinos recién lavados y un aguacate maduro para una segunda mascarilla casera. También me llevé una copa de Malbec y un plato con aceitunas negras. Me tiré en la cama con la bata de seda verde, encendí la tele más por compañía que por otra cosa, y me dejé caer en el silencio.
Entonces, sin aviso, alguien abrió la puerta de mi habitación.
Uno de los amigos de Tomás.
—Perdón, señora, perdón —balbuceó, rojo hasta las orejas—. Andaba buscando el baño y creo que me confundí de puerta.
—Tranquilo, tranquilo —le dije, incorporándome a medias—. El baño está dos puertas más adelante, a la derecha.
Pero el muchacho no se movía. Se quedó ahí, parado en el marco, como si los pies le pesaran.
—Oye —le dije, con una sonrisa suave—. A ti no te había visto antes por aquí.
—Soy el hermano mayor de Iván —explicó—. El amigo de su hijo. Tomás nos invitó a los dos.
—Ah, mira tú —respondí—. ¿Y cómo te llamas?
—Damián. Mucho gusto.
—Yo soy Marisol —dije, tendiéndole la mano desde la cama—. Pero puedes decirme así, sin lo de señora. Me haces sentir más vieja de lo que ya estoy.
Sonrió. Y yo también. Pero sus ojos no acompañaban la sonrisa. Sus ojos estaban haciendo un recorrido completo de mi cuerpo, de arriba abajo, despacio. Se detuvieron sin disimulo en la abertura de la bata, ahí donde la seda se abría y dejaba adivinar el nacimiento de mis tetas, y bajaron después por mis piernas cruzadas hasta el muslo desnudo que se me asomaba.
No era mi imaginación. Damián me estaba desnudando con la mirada sin el menor disimulo. Y yo ahí, con la bata apenas cerrada, las piernas cruzadas, el escote más visible de lo que normalmente permitiría frente a alguien de la edad de mi hijo. Sentí cómo se me endurecían los pezones contra la seda y supe que él también los estaba viendo marcarse.
Al fin reaccionó. Se disculpó otra vez, bajó la mirada y cerró la puerta despacio detrás de él.
Me quedé un momento quieta, con la copa a medio camino entre la mesa y mis labios. Algo en el aire había cambiado. Y no era solo el aroma de la mascarilla. Entre las piernas ya sentía una humedad tibia, insistente, que me pedía atención.
***
Pasó una hora y media, tal vez un poco más. Yo seguía en mi burbuja: música suave, luz tenue, la piel tirante por la mascarilla que ya empezaba a secarse. Me la retiré con agua fría frente al espejo, me puse un poco de crema de rosas y volví a la cama.
Entonces golpearon la puerta.
Dos golpes suaves. Casi tímidos.
—Pasa —dije, sin pensar mucho.
Era Damián, de nuevo.
—Hola —murmuró, desde el umbral.
—Hola, Damián —le respondí, con esa misma sonrisa de antes—. ¿Otra vez perdido?
—No, no… esta vez sí toqué —dijo, medio riéndose—. ¿Puedo pasar un momento al baño? Es que el otro está ocupado.
—Claro. Ya sabes dónde es.
Entró. Caminó hacia el baño interno, y desde donde yo estaba lo veía a través del reflejo del espejo. Le temblaban las manos. Se mojó la cara. Respiró hondo dos veces antes de salir. También vi cómo se acomodaba disimuladamente el bulto del pantalón, tratando de esconder una erección que no le entraba en el vaquero.
—¿Te pasa algo? —le pregunté cuando volvió a cruzar mi habitación.
Se detuvo. Miró al piso. Después al techo. Después a mí.
—Sí —admitió, con la voz apretada.
—Cuéntame. Sin vergüenza.
Se quedó callado un momento largo. Tragó saliva un par de veces. Y después soltó, casi sin respirar:
—Tomás nos dijo que usted no tiene pareja… y yo quería invitarla a tomar algo.
—¿En serio? —le contesté, mordiéndome el labio para no reírme—. ¿Y a dónde piensas llevarme?
—Pues… a algún lugar tranquilo. A un hotel, si usted quiere.
Me mordí el labio más fuerte. Quería ver hasta dónde llegaba este atrevimiento.
—¿Así, de una, directo al hotel?
—Es que… eso se hace cuando a uno le gusta alguien, ¿no? —dijo, con una mezcla de convicción e inocencia que me dejó sin palabras por un segundo.
—¿Y tú quieres que yo sea tu novia, Damián?
—Sí —contestó, y esta vez me miró a los ojos sin apartar la vista.
Respiré hondo. Dejé la copa en la mesita. Palmeé la cama a mi lado.
—Ven, siéntate aquí un segundo.
Se sentó en la orilla. Sus piernas se sacudían como si tuviera frío. Las manos las tenía apretadas entre las rodillas, tapando el bulto que se le marcaba clarísimo debajo de la tela.
—¿Cuántos años tienes? —le pregunté, aunque su cara ya me lo decía.
—Veinte.
—Yo tengo treinta y nueve, Damián. Casi te doblo la edad.
—No me importa. Yo quiero una mujer como usted.
—¿Por qué?
Bajó la mirada. Le temblaba el labio inferior. Y cuando por fin habló, lo hizo casi en un susurro:
—Porque… porque nunca he estado con nadie. Y quiero aprender con alguien que sepa.
Me quedé quieta. No me esperaba esa honestidad. Y esa confesión —un pibe de veinte años, virgen, mirándome como si yo fuera un milagro— me apretó el coño de golpe. Sentí cómo se me contraía por dentro, cómo se me humedecía otra vez la entrepierna.
Le acaricié la mejilla con el dorso de la mano. Estaba caliente. Tenía esa barba incipiente de los muchachos que todavía no se resignan a afeitarse todos los días.
—Para eso no necesitamos ser novios —le dije, suavemente—. Puede ser entre amigos.
Sus ojos se abrieron grandes. Brillaron.
—¿En serio?
—Claro. Si de verdad quieres aprender, yo puedo enseñarte. Todo. Desde cómo tocar a una mujer hasta cómo hacerla acabar. Pero se hace a mi manera. ¿Entendido?
—Sí —susurró, y tragó saliva tan fuerte que le vi moverse la nuez de Adán.
—¿Ahora? —preguntó, casi ahogándose.
—Ahora no, Damián. Están los chicos abajo. Pero esta noche, más tarde, puedes volver.
—¿A qué hora?
—A las diez.
—Sí —respondió, y una sonrisa se le escapó sin poder contenerla.
Le dicté mi número. Le dije que me escribiera desde afuera cuando llegara. Salió de mi habitación caminando como si flotara, tropezándose con sus propios pies.
Apenas cerró la puerta, me acosté de espaldas, me abrí la bata y me metí dos dedos entre las piernas. Estaba empapada. Chorreaba. Me toqué el clítoris pensando en cómo iba a mirarme cuando me viera desnuda, en la cara que iba a poner cuando le agarrara la verga por primera vez. Me vine así, mordiéndome el brazo para no gritar, con los chicos todavía jugando en la sala del piso de abajo.
***
A las diez en punto, el celular me vibró sobre la mesa.
«Ya estoy afuera, doña Marisol.»
Le respondí con el pulso firme:
«Ven, despacito. Directo a mi cuarto. No hagas ruido.»
Me terminé de arreglar frente al espejo. Sin exagerar. Solo un toque de rubor, los labios un rojo oscuro, el pelo suelto sobre los hombros. Me puse la bata de seda negra, la que reservaba para ocasiones en que quería sentirme poderosa. Debajo, nada. Ni bragas, ni sostén, ni medias. La seda me rozaba los pezones a cada respiración y me los mantenía duros como piedras.
Me serví otra copa de vino. Me la tomé despacio.
Escuché los pasos en el pasillo. Lentos, cuidadosos. La puerta de mi cuarto se abrió con apenas un chirrido.
Damián entró, cerró la puerta detrás de él y se quedó pegado a la pared, como si no supiera qué hacer a continuación.
—Ven —le dije, desde el borde de la cama.
Se acercó. Lo tomé de la mano y lo hice sentarse frente a mí. Le temblaba todo: las manos, la mandíbula, las rodillas.
—Respira —le susurré—. Hoy no tienes que hacer nada. Yo me encargo.
Le puse la palma abierta sobre el pecho. El corazón le retumbaba como un tambor. Bajé la mano despacio, siguiéndole el esternón, el estómago tenso, hasta apoyarla sobre el bulto del pantalón. Ahogó un gemido apenas lo toqué. Estaba duro como un fierro, tan tenso que la verga se le marcaba entera contra la tela.
—Tranquilo —le repetí—. Déjate.
Le bajé el cierre del pantalón despacio, sin dejar de mirarlo a los ojos. Le tiré del vaquero hacia abajo, con calzoncillos y todo, y cuando la polla saltó libre casi le golpea el vientre. Estaba tiesa, gruesa, con la punta roja y una gota espesa de líquido preseminal ya asomándole. Se la envolví con la mano y él soltó un jadeo largo, como si le hubiera hecho daño.
—¿Nunca te la han tocado así? —le pregunté.
—Nunca —susurró—. Solo yo.
—Ahora vas a aprender la diferencia.
Empecé a masturbarlo despacio, con la mano bien apretada, deslizándome desde la base hasta la punta y volviendo a bajar. Se la trabajé con calma, midiendo el peso, sintiendo cómo se le hinchaba todavía más entre mis dedos. Le pasé el pulgar por el glande y le esparcí el líquido caliente que ya le brotaba a chorritos.
—Marisol… —jadeó—. Espere… espere que me voy a…
—Todavía no —le corté, apretándole fuerte en la base para cortarle el impulso—. No te me vengas ahora. Aprende a aguantar.
Lo terminé de desnudar. Le quité la camiseta sacándosela por arriba, con él levantando los brazos como un niño al que le cambian la ropa. Cuando quedó desnudo frente a mí, vi lo que había estado aguantando todas esas horas: una erección dura, tensa, impaciente, la verga latiéndole visiblemente al ritmo del corazón.
Me imaginé el calvario que debió ser cenar con su hermano y mi hijo sabiendo lo que le esperaba.
Lo empujé con suavidad hasta que quedó acostado. Me arrodillé en el piso, entre sus piernas abiertas, y le agarré la polla otra vez con la mano. Él levantó la cabeza para mirarme, sin entender lo que iba a hacer.
—Mírame bien —le dije—. Esto también tienes que aprender.
Le pasé la lengua desde la base hasta la punta, despacio, saboreándole la piel caliente y la sal del preseminal. Le dio un espasmo tan brusco que casi me golpea la cara con la cadera.
—¡Marisol!
—Shh. Aguanta.
Me la metí entera en la boca. Tan al fondo que le sentí la punta rebotarme contra la garganta. Empecé a chupársela con ganas, mamándosela entera, subiendo y bajando con los labios apretados alrededor. Le pasé la lengua por el frenillo, le lamí los huevos uno por uno, le devolví la polla a la boca y se la trabajé con hambre. Él tenía los puños cerrados contra las sábanas, la mandíbula apretada, gimiendo bajito como si tuviera miedo de que lo escucharan.
—Marisol, por favor —suplicó—. Me voy a correr… se lo juro que me voy a correr…
Le solté la polla de la boca con un ruido húmedo. Le tenía la punta empapada en saliva, brillante, palpitándole.
—No todavía —le dije, limpiándome la comisura con el pulgar—. Todavía no probaste lo mejor.
Me paré a los pies de la cama y me desaté el cinturón de la bata. La dejé caer al piso, despacio, sin apuros.
Sus ojos se abrieron como si estuviera viendo algo imposible. Recorrió cada centímetro de mi cuerpo desnudo: las tetas pesadas con los pezones duros, el vientre suave, el vello prolijamente recortado entre las piernas, los muslos separados.
—Marisol… —susurró.
—Sin hablar —le ordené—. Solo mira.
Me subí a la cama. Me acomodé a horcajadas sobre él, sintiendo su respiración acelerada contra mi piel. Antes de dejarme caer, le agarré la polla y me la pasé por los labios del coño, restregándomela en el clítoris. Estaba tan empapada que la punta se me deslizaba con un ruido húmedo que llenó la habitación.
Él gemía y le temblaba todo el cuerpo, mirándome como si yo fuera una aparición.
—¿Ves cómo estoy, Damián? —le susurré—. Así de mojada me tienes.
—Sí… lo veo…
—Toca. Con los dedos.
Le agarré la mano y me la llevé entre las piernas. Le hice pasar dos dedos por mis labios abiertos, meterlos, sentir la humedad tibia por dentro. Le enseñé a tocarme el clítoris con la yema del pulgar mientras me los movía adentro. Aprendía rápido. Le corregía apenas: más suave, más redondo, así.
—Ahora sí —le dije, apartándole la mano.
Me incliné y le besé el cuello, la clavícula, el pecho. Él no se atrevía a moverse. Apenas respiraba.
Lo guié. Con una mano lo ayudé a entrar en mí, despacio, centímetro a centímetro. Cuando por fin estuvo dentro del todo, solté un suspiro involuntario y él soltó un gemido ahogado que le salió del alma.
Su cara valía la espera. Los ojos apretados, la boca entreabierta, los labios sacudiéndose como si estuviera rezando en silencio.
—¿Sientes cómo te aprieta? —le susurré al oído, sin moverme todavía—. ¿Sientes lo caliente que está por dentro?
—Sí… ay, dios mío, sí…
—Así —le susurré—. No hagas nada. Quédate quieto y siéntelo.
Empecé a moverme. Arriba y abajo, marcando yo el ritmo. Lento al principio, solo para que se acostumbrara. Sentía cómo su cuerpo se acomodaba al mío, cómo dejaba de temblar y empezaba a responder. Me la clavaba entera cada vez que bajaba, sintiendo la punta llegarme hasta el fondo.
—Doña Marisol… —jadeó.
—Nada de doña —le susurré—. Solo Marisol.
—Marisol… —repitió, y algo en su voz se rompió.
Aceleré. Un poco. Y después otro poco más. Me apoyé con las palmas en su pecho y empecé a cabalgarlo en serio, subiendo casi hasta la punta y volviéndome a clavar la polla entera de un golpe. Cada bajada me sacaba un gemido que ya no me molestaba en aguantar. Los chicos abajo con la música de la consola no iban a escuchar nada.
Su respiración se volvía corta, entrecortada, caliente contra mi pecho. Me incliné hacia adelante y le metí un pezón en la boca.
—Chúpalos —le ordené—. Fuerte.
Me obedeció sin dudarlo. Me mordisqueaba, me lamía, me chupaba con desesperación mientras yo seguía moviéndome sobre su polla. Se le escapó un jadeo cada vez que la tenía adentro.
Me aferré al respaldo de la cama para tener más control. Lo cabalgué con más fuerza, sintiendo cómo su cuerpo se arqueaba debajo del mío. La polla se le hinchaba todavía más adentro, palpitándome contra las paredes del coño.
Le hubiera gustado durar más. Eso lo supe. Lo deseaba con toda su alma. Pero su cuerpo era joven y no tenía idea de cómo aguantar.
—Marisol… —se le escapó—. No puedo… no voy a aguantar…
—No aguantes —le dije, sin bajar el ritmo—. No tienes que hacerlo. Córrete adentro. Lléname toda.
—¿Adentro? —jadeó, con los ojos abiertos de golpe.
—Adentro. Quiero sentir cómo te vienes en mi coño.
Sus manos, que habían estado aferradas a las sábanas, se soltaron y subieron a mis caderas. Apretaban fuerte. Muy fuerte. Como si tuviera miedo de que desapareciera. Los dedos se me clavaban en la carne, marcándome.
—Se me va a salir —susurró—. Marisol, se me sale…
—Déjalo ir —le dije—. Eso es exactamente lo que quiero.
Aumenté el ritmo una vez más. Me la ensarté con fuerza, una y otra vez, apretándole la polla con los músculos del coño cada vez que subía. Sentí que ya no daba más. Yo tampoco. Me llevé una mano al clítoris y me lo froté a la velocidad que me hacía falta.
Él se tensó debajo de mí. Todo el cuerpo se le puso rígido. Un sonido ronco, profundo, le salió desde el pecho. Su espalda se arqueó y yo sentí el pulso caliente llenándome entera, chorro tras chorro, tan abundante que se me escapaba por los costados y le mojaba los huevos.
Ese calor, esa polla vibrándome adentro mientras se vaciaba, me terminó de empujar. Me vine encima de él, apretándole la verga con espasmos, mordiéndome el labio para no aullar. Sentí cómo el orgasmo me sacudía en oleadas, cómo el coño se me contraía una y otra vez alrededor suyo, ordeñándole hasta la última gota.
Me quedé quieta, dejando que terminara dentro de mí. Sus dedos se relajaron. Su respiración se fue calmando de a poco. La polla le seguía latiendo adentro, todavía dura, todavía llenándome.
Cuando abrió los ojos, me miraba como si acabara de presenciar algo sagrado.
Me incliné y le di un beso breve en los labios. Después me levanté despacio, sintiendo cómo su semen tibio me chorreaba por el interior de los muslos. Ni me molesté en limpiarlo.
—Para ser tu primera vez —le dije—, no estuvo nada mal.
—¿Primera vez? —preguntó, sin aliento—. ¿Esto no fue…?
—Esto fue una introducción —le expliqué, sonriendo—. La primera clase de muchas, si te portas bien y eres un buen alumno.
Sus ojos se encendieron como si le hubiera prometido el cielo.
—¿Muchas? —preguntó, con la voz temblándole.
—Muchas —confirmé, bajándome de la cama y recogiendo la bata del piso—. Te voy a enseñar a comer un coño hasta hacer llorar a la mujer. Te voy a enseñar a durar. Te voy a enseñar a coger de todas las formas que existen. Pero eso va a ser en las próximas clases.
Le vi la polla otra vez. Ya empezaba a levantársele de nuevo, con veinte años y el semen todavía fresco encima.
—Guárdate esa energía para el próximo martes —le dije, riéndome—. Vístete. Y sales igual que entraste: despacito, sin hacer ruido. Y sin contarle a nadie.
—¿Ni a mi hermano?
—A nadie, Damián. Esto es entre tú y yo.
Se vistió con manos todavía torpes. Antes de salir, se acercó con cuidado y me dio un beso en la mejilla, como un chico que le da las gracias a la maestra.
—Gracias, Marisol —susurró.
—De nada, mi amor —le respondí—. Nos vemos pronto.
Salió. Cerré la puerta con llave. Me apoyé contra la madera y cerré los ojos, con el corazón todavía a mil y el coño todavía chorreando semen caliente entre las piernas.
Sonreí.
Los martes por la noche, definitivamente, iban a dejar de ser solo de mascarillas y pedicura.