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Relatos Ardientes

La primera vez que un hombre entró en mí

Después de aquella noche con Esteban, no podía sacarme el sexo de la cabeza. Lo que habíamos hecho —mi primer oral, torpe y emocionante a la vez— me había dejado encendida por dentro, con una urgencia que no sabía muy bien cómo manejar. Me masturbaba en la ducha, antes de dormir, a veces a la tarde cuando llegaba de trabajar. Tenía ganas de coger con el primero que se me cruzara.

Nicolás era dos años mayor que yo. Tenía esa clase de fama que las chicas repetíamos entre nosotras como advertencia: salía con muchas, las dejaba, volvía con otras, y ninguna parecía durarle más de dos meses. Lo había visto mil veces en el bar del barrio sin prestarle demasiada atención, pero ese verano, con todo lo que me pasaba por la cabeza, empecé a notarlo diferente.

Empezó a acercarse gradualmente. Me miraba desde lejos, me mandaba algún mensaje sin compromisos, me rozaba el brazo cuando pasaba cerca. Yo lo esquivaba porque no quería ser una más en su lista, pero el deseo hace cosas raras cuando lleva demasiado tiempo encerrado.

Una noche salí con mis amigas. Bebí demasiado, bailé mucho, y cuando Nicolás se acercó por detrás y pasó la lengua despacio por mi cuello sin decir nada, sentí que toda la piel se me erizaba de golpe. No pensé. Le agarré la mano y le dije que lo acompañaba a mi casa.

***

Llegamos a la puerta y nos besamos en la vereda. Él besaba bien, con una seguridad que me mareó un poco más que el alcohol. Sus manos recorrían mi cintura por encima del vestido, bajaban hacia mis caderas, volvían a subir.

—Entramos —dijo, más como afirmación que como pregunta.

Me separé. No sé bien qué me frenó. Tal vez no quería darle la razón a su reputación tan fácil, o tal vez simplemente tenía miedo y no me animé a reconocerlo. Le dije que no, que la próxima vez. Me miró con una sonrisa sin impaciencia, como si supiera exactamente lo que iba a pasar.

Cuando entré a mi cuarto y me saqué el vestido, la ropa interior estaba empapada. Me acosté boca arriba y me toqué pensando en él durante un buen rato antes de dormirme.

***

A la noche siguiente me lo encontré otra vez en el mismo bar. Mis amigas ya sabían lo de la noche anterior y me miraban con esa mezcla de complicidad y expectativa que tienen las amigas cuando saben que algo va a pasar. Tomé más de lo habitual. Bailé más también.

Nicolás llegó tarde, con sus amigos, y tardó un rato en acercarse. Cuando lo hizo, me rodeó por detrás, puso la boca cerca de mi oreja y me dijo algo que no llegué a escuchar bien por la música. Pero sentí el calor de su aliento en el cuello y no me moví.

Bailamos juntos un buen rato. A la una de la mañana le dije que me llevara a casa.

Esta vez no me frené en la puerta.

—Hacemos silencio —le pedí—. No quiero que me escuchen.

Asintió. Entramos sin encender luces.

***

El living estaba oscuro, lejos de las habitaciones. Nos tiramos en el sofá y él empezó a desabrocharme el vestido por delante, sin apuro, como si tuviera todo el tiempo del mundo. Me besaba el cuello mientras abría los botones, y cuando el vestido cayó hasta mi cintura quedé con los pechos al aire.

Se tomó un momento para mirarme. No dijo nada. Después bajó la cabeza y empezó a besarlos despacio, pasaba la lengua por el pezón, lo mordía apenas, y yo apretaba los ojos y contenía los gemidos porque no quería hacer ruido. Me costaba respirar de forma normal.

Sentí su cuerpo encima del mío, su erección rozando entre mis piernas a través de la ropa. Le dije que me gustaba cómo se sentía. Él se echó hacia atrás, bajó el pantalón y siguió frotándose contra mí con menos tela de por medio. El roce separaba apenas mis labios, sin entrar, sin parar.

Después me incorporó con los brazos y me sacó el vestido del todo. Se paró frente a mí para desnudarse. Lo miré. Era la primera vez que veía a un hombre desnudo en persona, completamente desnudo y excitado frente a mí, y me quedé quieta unos segundos sin saber bien qué hacer con esa imagen.

Él volvió al sofá. Me abrió las piernas con suavidad y fue bajando con la boca: el estómago, la cadera, el borde de la tanga. Me la sacó con los dedos, sin prisa.

Era la primera vez que alguien me hacía eso.

***

Pasó la lengua por mis labios, los separó, encontró el clítoris y empezó a trabajarlo en círculos lentos. Metía la lengua adentro y volvía, alternaba velocidad, cambiaba la presión. Yo tenía una mano apoyada en su cabeza sin saber bien si empujarlo o sujetarme de algo.

No sabía que se podía sentir así.

Dejé escapar un sonido que no pude controlar. Me tapé la boca con el antebrazo. Él no paró. Apretaba los muslos contra sus orejas sin darme cuenta, y la respiración se me había ido a otro lado: corta, rápida, con algo que se acumulaba en el centro de todo y no cedía.

Enredé los dedos en su pelo y lo sostuve ahí. Cuando finalmente aflojé fue casi sin aviso, un espasmo que me recorrió desde las caderas hasta las puntas de los pies. Me quedé quieta unos segundos, con la respiración todavía revuelta y los ojos cerrados.

Él levantó la cabeza y me miró.

—Ven —le dije—. Quiero que seas el primero.

***

Se acomodó entre mis piernas. Antes de moverse, acercó la cara a la mía.

—¿Estás segura?

—Sí. Pero despacio. Es mi primera vez.

No puso cara de sorpresa. Solo asintió, y en esa calma había algo que me tranquilizó más que cualquier palabra.

Sentí la presión de su punta contra mi entrada. Un segundo de resistencia, y después la apertura. Gemí con la boca cerrada y me concentré en respirar.

Fue entrando poco a poco, muy lento, como había pedido. Sentía cada centímetro, la sensación de ser abierta por algo más grande que mis propios dedos, más cálido, más presente. En algún momento paró.

—¿Estás bien?

Asentí sin hablar.

Siguió. Cuando por fin lo sentí completamente adentro —sus caderas tocando las mías, su peso completo sobre mí— me di cuenta de que estaba conteniendo el aliento. Lo solté despacio.

Nos quedamos quietos unos segundos así, sin movernos. Él apoyó la frente en mi sien y esperó.

***

Empezó a moverse. Primero muy lento, casi sin sacar nada, solo un vaivén suave que me dejaba sentir cada movimiento. Yo tenía los brazos alrededor de su espalda y lo fui soltando a medida que el dolor inicial se fue convirtiendo en otra cosa.

Porque se convirtió en otra cosa.

A medida que el ritmo fue subiendo, el calor interno también subió. Empecé a mover las caderas para encontrarlo, sin pensar, siguiendo lo que me pedía el cuerpo. Le clavé las uñas en la espalda sin querer. Lo besé fuerte en la boca para ahogar el sonido que quería salir.

Él aceleró. Besaba mis pechos mientras embestía, levantaba mis caderas con las manos para cambiar el ángulo. Yo ya no pensaba en hacer silencio. Giraba la cabeza, apretaba los dientes, y le pedía sin palabras que no parara, que siguiera igual, que siguiera así exactamente.

Era esto. Era exactamente esto lo que había querido todo ese tiempo.

El segundo orgasmo llegó diferente al primero. Más profundo, arrancando desde adentro, más largo también. Apoyé la cara en su cuello y me dejé ir por completo, con los dedos enterrados en su espalda y las piernas apretadas alrededor de su cintura.

***

Poco después sentí que él también llegaba. Un par de embestidas más rápidas y fuertes, un quejido que contuvo contra mi piel, y el calor de él dentro de mí. Se desplomó sobre mi cuerpo sin peso brusco, apoyándose en los codos.

Nos quedamos enredados en el sofá sin separarnos durante un buen rato. Me acariciaba la espalda despacio. Yo tenía los ojos cerrados y la mente en blanco, de esa manera que pocas veces se consigue.

—¿Cómo estás? —preguntó en voz baja.

—Muy bien —dije.

Y era completamente verdad.

***

Cuando se fue, fui al baño y me miré en el espejo un momento. Esperaba sentir algo distinto en la cara, alguna señal visible de lo que había pasado. No había nada. Solo un poco de color en las mejillas y el pelo revuelto.

Me duché despacio, dejando que el agua caliente corriera sobre los hombros, y me acosté. Tardé en dormirme porque no podía dejar de repasar todo en la cabeza: cada detalle, cada sensación, cada momento en que había pensado que iba a pedirle que parara y no lo había hecho. No con vergüenza. Con curiosidad, como quien acaba de descubrir algo que existía desde siempre y simplemente no sabía.

***

Estuvimos juntos unos meses. Nos veíamos cada vez que podíamos, en su casa o en la mía cuando no había nadie, y con el tiempo fui aprendiendo lo que me gustaba y empecé a pedirlo sin rodeos. Aprendí también a decir que no cuando algo no me interesaba. Él no se quejaba de ninguna de las dos cosas.

En esos meses cambié más de lo que habría podido explicarle a alguien. Mi cuerpo me resultaba más familiar, más mío. Sabía lo que quería y cómo conseguirlo. Eso no me lo había enseñado nadie antes de él.

Duró hasta que una amiga me contó, sin mala intención, que lo había visto con otra chica en un bar del centro. No una vez: varias. Lo encaré directamente y no lo negó demasiado.

Lo mandé a pasear.

Me dolió un rato, pero no demasiado. Esa relación había cumplido su función, aunque no de la manera en que él creía. Me había dado la primera vez que quería tener, y cuando se terminó, yo ya era otra persona. No de forma dramática, no de golpe. Simplemente había algo asentado adentro que antes no estaba.

A partir de ahí empecé a elegir con quién estar y en qué términos. Sin disculparme por querer lo que quería. Pero esa ya es otra historia.

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Comentarios (7)

CarlaM33

Que relato tan bien contado!! me enganche desde la primera linea y no pude parar

SantiG92

Por favor publicá una segunda parte, quede con ganas de saber como siguio todo. Muy bueno

Romina_84

Me recordo a algo que vivi hace años, esa mezcla de nervios y emocion al mismo tiempo... lo describis perfecto. Gracias por compartirlo

lagarto46

buenisimo!!!

NordikLector

Raro que un relato de esta categoria tenga tanta carga emocional sin perder el morbo. Se nota que hay talento real para escribir, no es un relato mas del monton. Espero ver mas cosas tuyas por aca.

Tere_GBA

esa mirada que describis al principio... tremendo. Me quede pensando en eso

CuriosoMx

Esta basado en algo real? se siente muy autentico, tiene un detalle que los relatos inventados no tienen

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