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Relatos Ardientes

La primera vez que me atreví a dejarlo entrar

Siempre fui del tipo de persona que pasa inadvertida. En los pasillos del colegio, en las reuniones familiares, en los transportes públicos. Llevaba lentes desde los ocho años y nunca aprendí a usarlos como algo más que un obstáculo entre yo y el mundo. Mi cabello era largo y lacio, siempre suelto porque no sabía peinarlo, y mi manera de hablar era tan baja que la gente me pedía que repitiera lo que decía casi en cada conversación.

Valeria, me llamaba mi madre, con esa mezcla de ternura y preocupación con la que los padres miran a los hijos que no terminan de encajar. Veintidós años, soltera, estudiante de último año de diseño gráfico, sin historial romántico que valiera la pena mencionar. No por falta de ganas, sino por exceso de miedo.

Ese martes de octubre fui al mercado a hacer las compras de la semana. Llevaba la lista en papel porque el teléfono siempre se me quedaba sin batería, y cargaba una bolsa de tela que mi abuela me había dado y que era demasiado grande para mí. Estaba eligiendo naranjas, una por una, apretándolas con cuidado como me había enseñado mi madre, cuando se me cayó la bolsa.

Las naranjas rodaron en todas direcciones. Cinco, seis, siete naranjas moviéndose por el suelo del mercado como si tuvieran vida propia. Me agaché a recogerlas con la cara encendida, murmurando disculpas a nadie en particular, cuando una mano grande apareció delante de mí con tres naranjas.

Me quedé paralizada.

Era una mano con las venas marcadas, de esas manos que parecen saber exactamente lo que hacen. Levanté la vista despacio. Pantalón oscuro, camiseta gris, mandíbula cuadrada con un poco de barba de dos días, y una sonrisa que no era de lástima sino de algo genuinamente divertido.

—Se te escaparon —dijo.

Su voz era grave. No amenazante, sino tranquila, como la de alguien que habla despacio porque no tiene prisa.

—Gracias —conseguí decir—. Perdona, soy un desastre.

—No lo pareces —respondió, y había algo en su tono que no era galantería barata. Era una observación.

Me dio las naranjas. Las metí en la bolsa sin mirarle, convencida de que eso era todo, de que él seguiría su camino y yo el mío, como siempre pasaba. Pero cuando me incorporé, él seguía ahí.

—¿Vives por aquí? —preguntó.

—A tres manzanas —dije, señalando sin pensar hacia la derecha.

—Yo también. Voy para allá si quieres que te acompañe.

Di que no, Valeria. Di que no y sigue con tu lista.

—Bueno —dije.

***

Se llamaba Rodrigo. Tenía veinticinco años, trabajaba en diseño de interiores, y vivía en el mismo barrio desde hacía un año. Me lo contó todo mientras caminábamos, sin prisa, con esa facilidad de las personas que no necesitan silencio para sentirse cómodas.

Yo hablé poco, como siempre, pero él no pareció importarle. Me hacía preguntas concretas: qué estaba estudiando, si me gustaba lo que hacía, qué tipo de música escuchaba. No las preguntas genéricas de quien está llenando tiempo, sino las de alguien que quería saber.

Cuando llegamos a la puerta de mi edificio, me dijo que había sido un placer y se despidió sin pedir mi número. Eso me sorprendió más que cualquier otra cosa.

Al día siguiente lo vi en la panadería de la esquina. Al siguiente, en la papelería donde yo compraba mis marcadores. A la semana, empezamos a quedar para tomar café sin que ninguno de los dos lo propusiera exactamente: simplemente nos encontrábamos y nos quedábamos.

Me costó semanas entender que me gustaba. No estaba acostumbrada a esa sensación, ese estado de alerta permanente que me daba cuando el teléfono vibraba con su nombre en la pantalla. Me costó semanas más admitirlo, y más semanas todavía decírselo. Él se me adelantó.

Estábamos en un café un miércoles por la tarde cuando lo dijo, sin rodeos y sin dramatismo:

—Me gustas, Valeria. Me gustas desde el día de las naranjas. ¿A ti te pasa algo parecido o lo estoy interpretando mal?

Me quedé mirando mi taza.

—No lo estás interpretando mal —dije por fin.

***

Lo que siguió fue extraño y hermoso al mismo tiempo. Salíamos, nos mandábamos mensajes hasta tarde, hablábamos de trabajo y de proyectos y de películas. Nos besamos por primera vez en el portal de mi edificio un jueves por la noche, un beso corto que ninguno de los dos había planeado, y cuando se separó seguí con los ojos cerrados un segundo más de lo necesario.

Rodrigo era paciente. No empujaba. Nunca hizo ningún gesto que me pusiera en una posición incómoda, y esa paciencia, lejos de calmarme, hacía que yo pensara en él constantemente.

El problema era yo.

Tenía veintidós años y no había estado con nadie. No lo había mencionado porque no había surgido la ocasión, pero cargaba con eso como con algo que debía confesarse antes de que fuera demasiado tarde. Me lo imaginaba reaccionando mal, quedándose callado con esa incomodidad específica que aparece cuando algo no cuadra con lo que esperabas.

Mis padres se fueron de viaje un viernes. Un congreso de mi padre en otra ciudad, mi madre los acompañaba. Dos semanas fuera. Esa noche le escribí a Rodrigo.

—¿Quieres venir a ver algo? Estoy sola y no me apetece estarlo.

Llegó en media hora con una bolsa con palomitas y una expresión tranquila que me desarmó antes de que abriera la boca.

***

Pusimos algo en el televisor pero ninguno de los dos prestaba atención. Estábamos sentados en el sofá con una distancia que se fue reduciendo sola, como si la gravedad operara de una manera distinta esa noche. En un momento de la película, una escena que no venía a cuento, él se giró a mirarme.

—¿Estás bien? —preguntó.

—Tengo que decirte algo —dije.

Lo dije de golpe, sin ordenarlo: que nunca había estado con nadie, que no era por nada especial, que simplemente había pasado así y que no quería que se enterara después y se sintiera engañado. Lo dije mirando el mando a distancia en mis manos.

Hubo un silencio.

—¿Me estás diciendo que no quieres seguir, o que estás nerviosa? —preguntó él.

—Que estoy nerviosa.

—Eso lo podemos manejar —dijo, y lo dijo con una sencillez que me aflojó todos los músculos del cuerpo.

Se acercó despacio. Me quitó el mando de las manos y lo dejó en la mesita. Luego me miró, esperando, y yo fui la que me incliné hacia él.

El beso fue diferente a los anteriores. Más lento, más decidido. Sus manos en mi cara, en mi pelo, moviéndose con esa calma que tenía para todo. Me gustaba cómo olía, cercano y real, sin nada artificial.

Cuando nos separamos para respirar, tenía las manos en su pecho y el corazón demasiado alto.

—¿Seguimos? —preguntó.

—Sí —dije.

***

Me ayudó a quitarme la camiseta con la misma naturalidad con la que hacía todo, sin gestos teatrales, sin prisa. Cuando me quedé en sujetador lo miré buscando algo en su expresión: distancia, decepción, cualquier cosa que confirmara todos mis miedos. No encontré nada de eso.

Lo que vi fue atención. Fijarse en mí de verdad.

—Para —dije.

Se quedó quieto al instante.

—Estoy pensando demasiado —admití.

—Lo sé —dijo—. No tienes que apagar la cabeza. Solo déjala en un segundo plano un momento. Estoy aquí.

Estoy aquí. Dos palabras que sonaron distintas a cualquier cosa que me hubieran dicho antes.

Me solté el sujetador yo misma. Vi cómo seguía mi mirada, sin disimulo pero sin insolencia, y algo en esa atención directa me hizo querer que siguiera mirando. Estiré el brazo y lo acerqué hacia mí.

Sus labios recorrieron mi cuello, mi clavícula, bajando despacio por mi pecho. Sus manos eran firmes en mi espalda y en mis costados, memorizando cada curva sin prisa. Sentía la temperatura subir en capas, como si cada cosa que hacía encendiera algo que yo no sabía que tenía ahí.

Cuando metió la mano entre mis piernas, por encima de la tela, solté el aliento de golpe. Me miró.

—¿Bien? —preguntó.

—Sí —dije, y apenas reconocí mi propia voz.

Bajó la mano dentro de la ropa interior y encontró exactamente donde quería ir. Empezó despacio, prestando atención a cómo respondía yo, ajustando, repitiendo lo que funcionaba. Tenía los dedos mojados casi de inmediato y eso pareció satisfacerlo de un modo que no era presumido sino genuino. Yo tenía los ojos cerrados y la respiración entrecortada y las caderas moviéndose solas contra su mano sin que yo lo decidiera conscientemente.

En algún momento dejé de pensar. No sé exactamente cuándo.

—¿Quieres más? —preguntó, con la boca cerca de mi oído.

—Sí —dije—. Quiero todo.

***

Fuimos al dormitorio. La luz que entraba por las persianas era suficiente para ver sin ser demasiada, ese punto intermedio que me hizo sentir menos expuesta y más presente al mismo tiempo.

Me tumbé en la cama mientras él se desnudaba. Cuando lo vi del todo, sentí una mezcla de cosas: nervios, sí, pero también algo más directo que los nervios. Estaba excitada. Era distinto a lo que había imaginado la excitación, más físico y menos abstracto.

Se arrodilló frente a mí antes de subir a la cama y me bajó la ropa interior despacio. Luego se inclinó y usó la boca.

No esperaba eso.

Nadie me había dicho que eso podía sentirse así. Sus labios y su lengua trabajando con la misma paciencia metódica con la que hacía todo, sin apresurarse, sin saltar hacia el siguiente paso. Me agarré a las sábanas con ambas manos. Gemí sin proponérmelo. Él siguió.

Cuando paré de temblar lo suficiente para hablar, le dije que subiera.

Se puso el preservativo que yo había sacado del cajón antes de que llegara, uno que llevaba ahí meses esperando una ocasión que nunca terminaba de llegar. Me miró mientras lo hacía, y en esa mirada había algo que no era urgencia sino algo más parecido a la certeza.

Fue incómodo al principio, ese tipo de incomodidad que nadie describe bien y que existe en algún lugar entre el dolor leve y la sensación de estar aprendiendo la gramática de algo nuevo. Rodrigo no lo aceleró. Esperó. Se movió despacio.

Y luego dejó de ser incómodo.

Lo que vino después fue algo que no tengo palabras para describir con exactitud porque no tengo referencia con qué compararlo. Sentía su peso, su calor, el ritmo que fuimos encontrando juntos. Oía mi propia respiración acelerarse y no me daba vergüenza. Tenía las manos en su espalda y las piernas me temblaban y en algún momento me di cuenta de que ya no pensaba en nada que no fuera esa habitación, esa cama, ese momento exacto.

Me tomó de las caderas cuando cambió el ángulo y algo dentro de mí respondió de una manera que no había anticipado. Presioné la cadera hacia él. Él lo notó y repitió el movimiento. Y otra vez.

Cuando terminé lo hice con los ojos abiertos, mirándolo, lo cual no había planeado pero que después pensé que era exactamente como debía haber sido.

Rodrigo tardó poco más. Se quedó quieto sobre mí unos segundos antes de rodar a un lado, y los dos nos quedamos mirando el techo con la respiración alta.

—¿Estás bien? —preguntó por tercera vez esa noche.

Me reí. No sé por qué exactamente, pero me reí.

—Sí —dije—. Estoy muy bien.

***

Se quedó a dormir. No lo planeamos, simplemente pasó. A la mañana siguiente me desperté antes que él y me quedé mirando el techo durante varios minutos, haciendo inventario de cómo me sentía.

No había nada de lo que me habían dicho que sentiría. Ninguna pérdida, ninguna tristeza, ningún peso extraño. Lo que había era algo más parecido a la ligereza, como si hubiera estado cargando algo durante años sin darme cuenta y lo hubiera dejado en el suelo la noche anterior.

Rodrigo abrió los ojos cuando yo ya tenía el café hecho.

—Buenos días —dijo, con la voz ronca del que acaba de despertar.

—Buenos días —respondí.

Hubo un silencio cómodo, de esos que no necesitan llenarse. Me quedé con la taza entre las manos mirando por la ventana, y por primera vez en mucho tiempo no pensé en lo que podría salir mal.

—¿Quedamos mañana? —preguntó.

—Sí —dije—. Quedamos mañana.

Pensé en lo que ya había pasado y en todo lo que podría venir después, y no sentí miedo. Solo curiosidad.

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Comentarios (7)

Valeria_88

increible!!! me atrape leyendo desde el principio sin darme cuenta

SolitarioAlex

Muy bien escrito, se nota que viene del corazon. Por favor seguí contando como fue todo despues, quede con ganas de mas

MartinaPlaya22

Me recordo tanto a mi primera vez... esa mezcla rara de miedo y ganas que no te podes sacar. Gracias por animarte a compartirlo

Rocko

la parte del mercado me parecio super original, nunca lei algo planteado asi. Queremos segunda parte!!!

Tomás_Nocturno

buenisimo, me gusto como contaste ese momento de duda interna. Sigue asi

CuriosaRosario

Dios que lindo, justo lo que necesitaba leer esta noche jaja. Muy recomendable

Susi_leo

Que historia tan bonita... la chica invisible que de repente ya no lo es mas. Se me emociono el corazon un poco la verdad

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