Saltar al contenido
Relatos Ardientes

La tarde en que compré algo más que un reloj

Hace casi dos años publiqué en un grupo de compraventa de Instagram que buscaba un reloj de cuarzo, vintage, con correa de cuero marrón. No tenía grandes expectativas. Esas cosas suelen terminar en mensajes sin respuesta o en fotos borrosas de algo que no es lo que parece. Pero me respondió Valeria esa misma tarde, con tres fotos nítidas y el precio escrito sin rodeos.

Su perfil era abierto. Vendía bisutería, ropa usada, accesorios. Las fotos eran limpias, bien encuadradas, como si le importara la presentación. Me escribió que prefería hacer la entrega en su taller —así lo llamó ella—, que resultó ser el garaje de su casa, a unos veinte minutos de la mía en carro. Había tenido un mal episodio con un comprador y ya no se fiaba de los encuentros en lugares abiertos. Lo entendí sin necesidad de más explicaciones.

Llegué puntual un martes a las cuatro de la tarde. Llamé al timbre y ella abrió casi de inmediato, como si hubiera estado esperando justo al otro lado de la puerta.

—Pasa, no muerde —dijo, y había algo en la forma en que lo dijo que hacía pensar que no era del todo cierto.

Era más guapa en persona. Piel clara, cabello oscuro y rizado que le caía sobre los hombros, algo menos de metro sesenta y cinco. Llevaba una camiseta de tirantes negra, unos jeans ajustados que marcaban bien sus caderas y unas sandalias de goma que azotaban suavemente el suelo con cada paso. Tenía una sonrisa muy fácil, de esas que no requieren preparación, y me la dio desde el primer segundo como si nos conociéramos de antes.

El garaje olía a tela y a madera vieja. Había cajas apiladas contra las paredes, un perchero largo lleno de ropa, estantes con bisutería ordenada por colores, y en el centro, una mesa pequeña con tres relojes sobre un paño oscuro.

—Este es el de las fotos —dijo, señalando el del medio—, pero traje los otros dos por si acaso te convencen más.

Me los probé uno por uno. El primero era demasiado grande. El segundo tenía la correa en mal estado. El de las fotos era exactamente como lo había descrito. Me lo dejé puesto y empecé a hacer tiempo mientras hablábamos.

Me contó que había estudiado Ciencias Políticas, que vivía sola desde los veintiún años, que le gustaba el rock de los noventa y que llevaba tres años vendiendo cosas por internet, mucho antes de que todo el mundo lo hiciera. Tenía esa facilidad de quien está acostumbrada a tratar con desconocidos sin incomodarse. Respondía a las preguntas directa, sin adornos, y a la vez preguntaba con genuina curiosidad.

—También vendo zapatos —dijo en un momento, señalando una caja grande en el rincón—. Si tienes pareja o hermanas que calcen del treinta y siete al treinta y nueve, diles que me escriban.

Me acerqué a la caja por curiosidad. Había zapatillas de tacón medio, flats de varios colores, sandalias de tiras, algunos stilettos que parecían haber tenido poco uso.

—¿Son todos tuyos?

—La mayoría. Algunos de mi compañera de piso que se fue a vivir al extranjero y me dejó sus cosas. Por la carrera teníamos que ir siempre arregladas, así que acumulamos mucho. Ahora muchos ya no me quedan o simplemente no me los pongo.

—Debes verte muy bien con tacones —dije, sin pensarlo demasiado.

Ella levantó una ceja. Luego sonrió despacio, como quien acepta un desafío menor.

—¿Eso crees?

Sin esperar respuesta metió la mano en la caja y sacó unas zapatillas cerradas de tacón medio, negras, con una pequeña hebilla dorada en el tobillo. Se quitó las sandalias de goma de un manotazo y se las puso con la soltura de quien lo ha hecho miles de veces. Luego se irguió y dio una vuelta lenta frente a mí, con la espalda recta.

—¿Qué tal?

—Bien. Formales. Pero me gustan más esas de allí —dije, señalando unas sandalias doradas con tiras cruzadas que había visto desde que entré al cuarto y que no había dejado de notar.

Ella las miró. Luego me miró a mí.

—Esas son mis favoritas —dijo en voz baja, casi como una confesión.

Se sentó en el sofá que había al fondo y sacó las sandalias de la caja. Se las puso despacio, con cuidado, ajustando la tira del tobillo con dos dedos. Cuando se levantó, la luz que entraba por la ventana le caía desde un ángulo que cambiaba algo en todo. Caminó hacia mí con una calma que no era exactamente indiferencia.

—¿Así?

No respondí con palabras. Me acerqué, le puse una mano en la cintura y la atraje hacia mí muy despacio. Le di tiempo de sobra para alejarse si quería. No lo hizo. La besé.

Fue un beso corto, sin apuro. Ella no cerró los ojos del todo al principio. Luego sí.

La acomodé en el sofá con cuidado de no dejar caer mi peso encima. Le levanté una pierna y empecé a besar su tobillo, justo por encima de la tira dorada. Pasé los labios por el hueso fino del tobillo, por el empeine, por la curva lateral del pie.

Le quité la sandalia despacio y la sostuve un momento en la mano antes de soltarla.

Empecé por el arco. La lengua despacio, siguiendo la curva desde el talón hasta la base de los dedos. Era salado, cálido, con ese sabor particular que tienen los pies cuando han estado dentro de sandalias toda la tarde. Ella no dijo nada durante varios segundos. Luego:

—¿Qué estás haciendo? —preguntó, con la voz un poco diferente a como la había escuchado hasta ese momento.

No respondí. Pasé a los dedos, uno por uno, con la lengua en los espacios entre ellos. Ella tensó la pierna y soltó el aire muy despacio. Tomé el otro pie y repetí el recorrido. Talón, planta, arco, dedos. Cuando apreté los labios contra su arco y pasé la lengua en una sola línea lenta, hizo un sonido que no era exactamente una palabra.

—Nunca nadie había hecho esto —murmuró, más para ella que para mí.

Ella apoyó un pie en mi hombro y me miraba desde arriba con los ojos a medio cerrar, con una mezcla de curiosidad y algo más que no sabría nombrar con precisión. Yo seguí. Alternaba entre los dos pies, sin prisa, mientras notaba que la excitación se me marcaba claramente debajo del pantalón. No me importó. Me concentré en ella: en la textura de su piel, en cómo cambiaba la presión de su pierna cada vez que yo variaba el ritmo.

De repente se incorporó. Se puso de pie, todavía con una de las sandalias doradas puesta y la otra en el suelo. Me miró un momento desde arriba.

—Ven conmigo.

Me tomó de la mano y me llevó hacia el interior de la casa sin soltar el agarre.

***

Su habitación era ordenada, más de lo que uno esperaría de alguien que vive sola. Una cama grande, una ventana con la persiana a medio bajar, luz de tarde que entraba en diagonal y dibujaba franjas sobre el suelo de madera. Olía a algo suave que no supe identificar.

Se quitó la camiseta y el sostén de un solo movimiento rápido y los dejó caer sin mirar dónde. Tenía el cuerpo que yo había intuido debajo de la ropa: hombros angostos, cintura marcada, pecho generoso con una peca pequeña justo debajo de la clavícula izquierda que me llamó la atención sin razón especial.

Me arrodillé para bajarle los jeans. Desde ahí besé sus muslos, sus rodillas, el empeine de sus pies. Ella enredó los dedos en mi cabello y los dejó ahí sin presionar, solo acompañando.

Cuando me levanté, me miró a los ojos y desabrochó mi cinturón sin apartar la mirada. Lo hizo con calma, como si tuviera todo el tiempo del mundo. Me empujó hacia la cama con una mano en el pecho.

Se subió encima de mí y empezó a moverse. Despacio al principio, buscando el ritmo. Tenía los ojos cerrados y la cabeza ligeramente echada hacia atrás. Yo le sujeté las caderas sin forzar nada, dejando que fuera ella quien marcara el tempo. La persiana proyectaba una sombra rayada sobre su espalda que se movía con ella.

Cuando llegó, lo hizo en casi completo silencio: un jadeo corto y contenido, los dedos clavados en mi pecho, tres o cuatro movimientos más lentos y luego quietud. Se quedó así unos segundos, con los ojos todavía cerrados, antes de bajar la cabeza y mirarme.

—Bien —dijo, y eso fue todo.

Cambiamos de posición y continuamos. En un momento ella apoyó ambas plantas de los pies sobre mis hombros y eso fue lo último que recuerdo con nitidez. El resto llegó en oleadas.

***

Después nos quedamos tendidos en la cama, con la persiana todavía a medio bajar y la luz ya casi ida. Ella tenía un brazo doblado bajo la cabeza y miraba el techo. Yo miraba la peca debajo de su clavícula.

—Es la primera vez que hago algo así con alguien que... le gustan los pies —dijo al cabo de un rato.

—¿Te pareció raro?

Pensó un momento, genuinamente.

—Al principio sí. Después no tanto. —Hizo una pausa—. Después bastante bien, para ser honestos.

Me reí. Ella también.

Nos levantamos sin apuro. Mientras me vestía en el cuarto, ella fue al garaje y volvió con una bolsa de tela. Adentro estaban las sandalias doradas y las sandalias de goma negras que había llevado puestas al principio.

—Las doradas te las vendo —dijo—. Las otras te las regalo. Para que tengas algo que recordar.

Las doradas me las cobró a un precio que era claramente un precio de amistad. No discutí.

El reloj lo dejé sobre la mesa del garaje. Nunca llegué a comprarlo. No sé si fue un olvido o una decisión inconsciente. Salí de su casa con la bolsa de tela colgada del hombro y la tarde todavía tibia afuera.

Le mandé un mensaje tres días después. Me respondió con cordialidad, sin distancia, pero tampoco con prisa. Ninguno de los dos propuso volver a vernos y los dos lo entendimos sin decirlo.

Sé en qué calle vive. Podría buscarla. Pero hay experiencias que funcionan exactamente porque ocurrieron una sola vez, en ese martes específico de ese mes específico, cuando ni ella ni yo teníamos nada planeado. Repetirlo sería arriesgarse a que fuera distinto, y yo prefería conservar la tarde tal como quedó: ella de pie frente a mí con las sandalias doradas, la luz entrando desde la ventana, y esa sonrisa que no era del todo inocente.

Aunque, si soy completamente honesto, tampoco lo descarto.

Valora este relato

Comentarios (7)

MarioRO

Excelente!!! Se hizo cortisimo, quiero mas

lectora_nocturna22

No esperaba ese giro desde el principio, me engancho de entrada. Muy bueno!

Tomas_84

Me recorde de una tarde similar en una tienda... digamos que tambien sali con algo mas que lo que fui a buscar jaja. Genial el relato.

MiriamCba

La forma en que describe ese momento inicial... se siente de verdad. Escribis muy bien.

CuriosaBA77

Primera vez que comento aca y lo hago por este relato. Increible, gracias!

Pacheco_22

jajaja el titulo lo dice todo, clasico. Me mato

Rosa_leyente

Espero que haya segunda parte, quede con muchas ganas de saber como siguio todo entre ellos.

Deja un comentario

Iniciar sesión o crear cuenta

Elegí cómo querés continuar.