Mi confesión: vendí sexo mientras me moría por dentro
Tengo un secreto que solo conoce una persona en el mundo, y ni siquiera se lo conté yo directamente: lo descubrió por un descuido mío.
Empezó durante los últimos años de la carrera. Tenía entonces una novia que —aunque cambiaré el nombre— se llamaba Cristina. Era activa, apasionada, de esas personas que viven sin frenos visibles. Estuvimos juntos casi dos años, y con ella exploré cosas que no había explorado antes en ningún sentido. Cuando rompimos, me dijo que necesitaba espacio, que las cosas habían llegado a un techo. Lo acepté con más calma de la que realmente tenía. Me dije que era normal, que pasaría.
Pero no pasaba.
Los meses siguientes funcioné en automático: clases, trabajos de grupo, salidas donde ponía una cara que no correspondía a lo que sentía por dentro. El dolor lo guardé en algún rincón que no sabía cómo abrir. Así pasaron tres meses.
Hasta aquella noche de viernes.
Salí con amigos al centro. El plan era cenar y acabar en un bar de siempre. Pedí la primera copa y fue entonces cuando la vi: estaba contra la pared del fondo, con las manos de un chico en su cintura y la boca pegada a la de él. Parecía completamente feliz. No fingida, no a medias: completamente. Fue como si alguien me empujara hacia adentro desde el centro del pecho.
No lo pensé. Pedí otra copa. Luego otra. Salí a la calle sin decirle nada a nadie y caminé sin un destino claro. Llegué a una zona del centro que conocía de oídas: había un bar de ambiente en una calle lateral, poca luz, sin letrero llamativo. Entré porque me daba exactamente igual estar ahí que en cualquier otro sitio. Pedí algo en la barra y seguí bebiendo.
No recuerdo bien cómo empezó la conversación. Un hombre de unos cuarenta y tantos llevaba un rato mirándome desde el otro extremo de la barra. Se acercó, preguntó si estaba solo. Hablamos de nada durante un rato y cuando me propuso ir a su apartamento, dije que sí. No porque lo deseara. Sino porque necesitaba que algo, cualquier cosa, ocupara el espacio que ella había dejado.
En el apartamento no perdió el tiempo. Apenas cerró la puerta me empujó contra la pared del recibidor y me metió la lengua en la boca con un sabor a whisky y tabaco que me revolvió el estómago antes incluso de empezar. Me bajó la cremallera del pantalón allí mismo, sacó mi polla y se puso a masturbarme con una mano gruesa y áspera mientras me susurraba al oído lo que iba a hacerme. Yo miraba el techo por encima de su hombro. Se arrodilló y se metió mi verga en la boca de golpe, hasta el fondo, chupando con un ruido húmedo que rebotaba en las paredes vacías del pasillo. Se me puso dura casi contra mi voluntad, y él sonrió al notarlo. Me llevó al dormitorio tirándome del brazo. Me ordenó que me desnudara y me pusiera a cuatro patas en la cama. Lo hice. Me abrió las nalgas con las dos manos y me lamió el culo con la lengua entera, largo, insistente, hasta que sentí que se me iban las piernas. Después escupió, se puso lubricante, y me metió la polla despacio pero sin detenerse. Ardía. Me agarró de las caderas y empezó a follarme a ritmo, cada embestida hasta el fondo, con esa respiración pesada de hombre mayor. Sus huevos me golpeaban una y otra vez, y él iba diciendo cosas —«qué culo, qué culo tienes, joder»— que yo no quería escuchar. Cuando se corrió lo hizo dentro, con un gemido ronco, apretándome tan fuerte las caderas que al día siguiente encontré los dedos marcados. Luego me hizo darme la vuelta y me la volvió a meter en la boca, aún blanda y sucia, para que la limpiara. Me terminó de masturbar él con la mano, escupiendo sobre mi polla, hasta que me corrí en su pecho sin ganas, con un espasmo seco y triste. Todo el tiempo mi cabeza solo tenía una imagen: ella con las manos del otro en su cintura. Cuando terminó, me vestí en silencio y salí. Nada más pisar la calle, vomité contra la pared del edificio de enfrente. El alcohol, el estómago vacío y algo que no sabía cómo nombrar salieron juntos.
Los días siguientes estuve muy afectado. No me arrepentía exactamente de lo que había hecho, pero tampoco me sentía bien. Había algo en ese estado de «todo me da igual» que no remitía, una corriente de fondo sin salida. Y fue ahí donde tomé una decisión que tardé años en contarle a alguien.
***
Empecé de forma discreta: primero a través de un foro que encontré casi por casualidad, luego con un perfil en una plataforma específica. No había un plan. Solo la idea de que, si iba a estar con gente que no me importaba, al menos podía sacar algo de ello.
Las expectativas y la realidad chocaron bastante rápido.
La mayoría de los clientes eran hombres de mediana edad, algunos mayores. Casados, la mayor parte. Venían a buscar algo que no podían pedir en casa o que habían dejado de pedir porque la respuesta siempre era no. Una cosa se repetía con mucha frecuencia: el sexo anal. Muchos llegaban con esa fantasía guardada durante años, algo que habían querido pedirle a su pareja y que nunca se habían atrevido a mencionar. Así que llegaban aquí. Y yo lo cumplía, tanto en un sentido como en otro, según lo que cada uno necesitara: unos querían que se la metiera hasta el fondo mientras se agarraban al cabecero, otros querían ponerse encima y cabalgarme hasta correrse solos sobre mi vientre, otros querían que los follara de pie contra la ventana con la cortina medio abierta. Aprendí a ponerme el condón con una mano, a escupirme en la palma para lubricar la polla en dos segundos, a saber por el temblor de los muslos cuando estaban a punto de correrse.
Había bisexuales que nunca se lo habían confesado a nadie. Hombres que llevaban décadas viviendo una vida que no encajaba del todo con lo que sentían por dentro. Se corrían mamándomela con los ojos cerrados, agarrándose a mis muslos como si tuvieran miedo de caerse. Solitarios que pagaban tanto por el tiempo como por lo que venía después: por poder chupar una polla joven despacio, sin prisa, sintiéndola crecer en la boca hasta llenarla del todo, y luego tragarse la corrida sin apartar la cara.
Aprendí a leerlos rápido. Los había que llegaban directos al grano, se bajaban los pantalones antes de que yo cerrara la puerta y me empujaban de los hombros hacia abajo para que me arrodillara. Y los había que necesitaban hablar primero. Había uno, un señor de unos cincuenta con traje siempre bien planchado, que cada vez que venía me pasaba veinte minutos hablándome de sus hijos antes de que ocurriera nada. Después se quitaba la corbata con calma, me pedía que me quitara la ropa despacio delante de él, y terminaba pidiéndome que me lo follara yo a él, a cuatro patas sobre la alfombra, mientras se agarraba la polla y se corría con la cara enterrada contra el suelo. Nunca me dio su nombre real. Yo tampoco le di el mío.
Algunos eran amables, incluso cuidadosos. Otros no tanto. Hubo encuentros que cumplí en piloto automático, empalmándome de puro reflejo mientras pensaba en cualquier otra cosa, dejando que me la mamaran, que me la metieran, que se corrieran encima de mis tetillas o en mi cara sin ni siquiera sentir el semen caliente resbalando. Fantasías que satisfice sin ganas: hacer de sumiso para uno, de dominante para otro, escupir en la boca del siguiente, decirle guarradas al oído al de más allá. Cuerpos contra los que me puse como si estuviera ensayando una escena repetida. El dinero no hacía todo más fácil, pero daba la sensación de que había un límite claro: esto empieza aquí y termina allá. Para alguien que en ese momento no sabía dónde estaba el límite de ninguna otra cosa, eso tenía cierto valor práctico.
Me decía que era temporal. Que cuando acabara el semestre lo dejaría. No lo dejé tan pronto como había pensado.
Con las mujeres fue diferente, aunque también menos frecuente. La mayoría eran mayores, buscaban discreción. Alguna separada que quería algo sin historia, que se abría de piernas sobre la cama con una copa de vino todavía en la mano y me pedía que le comiera el coño hasta que se corriera dos veces antes de follarla. Con ellas el trabajo se parecía más a lo que había conocido antes: chupar tetas, meter dos dedos, buscar el clítoris con la lengua hasta que se agarraban a las sábanas, follarlas por detrás mirando cómo se movía su culo bajo mis manos. Pero con esa capa de distancia que lo cambia todo: la de saber que es una transacción, no una conexión.
Había aprendido a funcionar con esa distancia. Se había convertido en algo casi automático.
Hasta que vino ella.
***
Era joven. Aproximadamente de mi edad, o quizás un poco menos. Me dijo que se llamaba Verónica, aunque no estoy seguro de que fuera su nombre real. Llegó con una mochila pequeña y un jersey de cuello alto, aunque afuera hacía calor. Se sentó en el borde de la cama y me miró sin saber muy bien qué hacer con las manos: las puso sobre las rodillas, las cruzó, volvió a ponerlas sobre las rodillas.
—Nunca había hecho nada así —dijo, mirando el suelo.
No se refería solo a venir a verme a mí.
Me senté a su lado, pero dejé distancia entre los dos. Le pregunté cómo estaba.
—Nerviosa —dijo.
—Normal.
Hablamos durante un buen rato antes de que me acercara. Me contó que llevaba tiempo queriendo tener su primera vez pero que cada vez que estaba cerca de alguien, los nervios la bloqueaban completamente. Que salía con chicos y cuando llegaba el momento se cerraba, se ponía rígida. Que había pensado en venir aquí como una forma de hacerlo en un espacio donde el otro no tuviera expectativas sobre lo que vendría después: si habría una segunda vez, si sería su pareja, qué significaba todo aquello. Que ese peso era lo que la paralizaba.
Era una lógica extraña y completamente comprensible al mismo tiempo.
Le dije que íbamos a ir al ritmo que ella marcara. Que si en algún momento quería parar, parábamos. Asintió y noté cómo soltaba un poco de tensión en los hombros.
Empezamos despacio. Besos primero, sin ningún apresuramiento. Ella al principio mantenía la boca entreabierta, un poco rígida, sin saber bien cómo responder. Pero fue encontrando el paso sola. Le acaricié el cuello, la espalda, esperé a que fuera ella quien se acercara más. Y lo hizo: un pequeño movimiento hacia delante, casi imperceptible, pero era suyo. Le fui subiendo el jersey de cuello alto muy despacio, dándole tiempo a detenerme, hasta sacárselo por la cabeza. Debajo llevaba un sujetador blanco sencillo. Le besé el hombro, la clavícula, bajé hasta el borde de la tela. Le solté el broche con una mano y dejé que el sujetador cayera al suelo. Sus tetas eran pequeñas, con los pezones muy rosados y erizados por el frío o por los nervios, no supe cuál. Se los besé uno a uno, chupándoselos con la lengua plana, y ella soltó un pequeño quejido que pareció sorprenderla a ella misma.
Cuando le pregunté si podía continuar, asintió en silencio. Me arrodillé frente a ella y le pregunté una vez más si estaba bien.
—Sí —dijo, muy bajito.
Le desabroché el botón del pantalón y se lo bajé con calma junto con las bragas, y ella levantó las caderas para ayudarme sin mirarme a los ojos. Le abrí las piernas despacio. Tenía el coño casi lampiño, con los labios apretados de tensión, y ya brillaba un poco de humedad entre ellos. Le besé la cara interna de los muslos, primero uno, después el otro, subiendo poco a poco hasta que noté su respiración detenerse. Cuando pasé la lengua por primera vez sobre su clítoris, todo su cuerpo dio una sacudida. Le puse las manos en las caderas para tranquilizarla y volví a hacerlo, esta vez más despacio, dibujando círculos con la punta de la lengua. Era la primera vez que alguien la tocaba así. Lo noté en cómo cerró los ojos, en cómo su respiración fue cambiando de ritmo, volviéndose más lenta y más profunda al mismo tiempo. Le abrí los labios del coño con dos dedos y le pasé la lengua entera de abajo arriba, deteniéndome arriba, chupándole el clítoris con los labios como si fuera una fruta pequeña. Ella empezó a mover las caderas sin darse cuenta, buscando más contacto. Le metí un dedo muy despacio, sintiendo cómo se apretaba alrededor y cómo se iba relajando otra vez. Le metí un segundo, buscando arriba, mientras seguía comiéndole el coño sin apartar la boca. Su cuerpo respondía solo, sin que nadie tuviera que forzar nada. Le llevó un tiempo encontrar dónde poner las manos —terminó agarrándome del pelo con las dos, no fuerte pero sin soltarme—, cómo respirar, cómo dejar de contenerse. Cuando llegó al orgasmo no hizo casi ruido: solo exhaló largo, de golpe, apretó los muslos contra mi cara, y se quedó quieta durante unos segundos con los ojos todavía cerrados y las piernas temblándole.
Después guié su mano hacia mí, le expliqué con calma lo que funcionaba mejor: cómo cerrar los dedos, con qué presión, dónde apretar más. Siguió las indicaciones con una concentración que tenía algo de conmovedor: atenta, presente, aprendiendo. Me la estuvo masturbando así un rato largo, mirándomela como si estuviera memorizando algo. Cuando me metió en su boca fue despacio, tanteando primero con los labios, dando pequeños besos en el glande antes de abrirla más. Luego con más confianza: la lengua alrededor, chupando la punta, bajando poco a poco hasta la mitad. Aprendió rápido a hacerlo sin dientes, a respirar por la nariz, a usar la mano al mismo tiempo. Para ser la primera vez, lo hacía bien. Mejor que bien, en realidad. Cuando levantó los ojos y me miró con la polla en la boca, tuve que apartarle la cara suavemente para no correrme demasiado pronto.
La penetración fue muy lenta. La tumbé de espaldas, le abrí las piernas, y le pasé el glande por encima del coño mojado varias veces sin meterla todavía, para que se acostumbrara al contacto. Usé lubricante, más del necesario, y fui centímetro a centímetro, deteniéndome cada vez que su respiración cambiaba. Al principio noté el obstáculo, esa resistencia mínima que ella también sintió porque cerró los ojos y apretó los labios. Me quedé quieto, aguantando el peso sobre los brazos, dejando que su cuerpo decidiera. Volví a empujar despacito, un poco más, y entré del todo. Ella soltó el aire de golpe. En un momento hice una pausa completa y le pregunté si quería que siguiéramos.
—Sí —dijo—. Sigue.
Empecé a moverme muy despacio, entrando y saliendo apenas, dejando que sintiera cada centímetro. Ella me rodeó la espalda con los brazos y me apretó contra su pecho, como si necesitara sentir mi peso encima. Le fui besando el cuello mientras seguía embistiendo suave, encontrando poco a poco un ritmo que no la incomodara. Cambiamos de postura una vez: se puso de lado, con una pierna sobre mi cadera, y la penetré así, más profundo, viendo cómo su tetita se movía con cada empujón. Su coño era estrecho, caliente, y me apretaba de una forma que me obligaba a parar cada pocos segundos para no correrme. Le pasé la mano por el clítoris mientras la follaba, y ella gimió por primera vez con la boca abierta, un sonido pequeño y sin filtro. No fue el mejor polvo de mi vida. Pero sí fue el más honesto que recuerdo de toda aquella época. No hubo piloto automático. Éramos dos personas presentes en la misma habitación, haciendo algo real. Cuando sentí que me iba a correr, salí y me acabé sobre su vientre con dos, tres tirones de la mano, dejando dos hilos blancos sobre su piel. Ella miraba, curiosa, sin apartar la vista. Le limpié el vientre con una toalla, y ella se quedó mirando el techo un momento, soltó el aire despacio y dijo:
—Gracias. De verdad. Por cómo lo has hecho.
No suelo guardar recuerdos de ese período. Ese sí lo guardo.
***
No duré mucho más tiempo después de aquello. No por ninguna revelación dramática ni por un momento de crisis: simplemente, un día me di cuenta de que el dolor ya no estaba igual. Habían pasado casi diez meses desde que la vi en ese bar. Ya no la buscaba en las caras de los desconocidos. Ya no me imaginaba qué estaría haciendo en ese momento.
Así que lo dejé. Sin ceremonia, sin cierre oficial.
No lo cuento como un orgullo ni tampoco como una vergüenza. Lo cuento como lo que fue: algo que hice en un momento en que no sabía qué hacer con lo que sentía, y que continué hasta que dejé de necesitarlo. De todo ese tiempo me quedo con algo que no esperaba aprender: que detrás de cada encuentro en que alguien paga hay una historia que empieza mucho antes de la transacción. Que los cuerpos cuentan lo que la boca no dice. Y que la ternura puede aparecer en los lugares más inesperados, aunque sea una sola vez, aunque sea brevemente.
Eso también lo aprendí en ese período.