La noche en que dos hombres me hicieron suyo
Hay cosas que nadie espera de mí. Mis compañeros de trabajo me ven llegar puntual, con la camisa bien planchada y el café todavía caliente en la mano, y dan por sentado que llevo una vida tan ordenada como mi escritorio. Mi familia tiene una idea muy clara de quién soy: el responsable, el tranquilo, el que nunca da sorpresas. Los fines de semana voy a las cenas que me tocan, ayudo cuando me piden y vuelvo a casa sin hacer ruido.
Lo que nadie sabe es que hay noches en que el cuerpo pide algo que no cabe en ninguno de esos moldes. Que hay noches en que se me para la polla pensando en cosas que en la oficina no podría ni nombrar. Que hay noches en que me toco solo, en silencio, imaginando otra boca en la mía, otra mano en mi verga, y me corro mordiéndome el labio para no hacer ruido.
No soy de los que se quejan de eso. Aprendí hace tiempo que lo que uno hace en privado es solo suyo, y que la vida que se vive de puertas para adentro no tiene por qué parecerse a la que se muestra afuera. Funciono bien en los dos registros. El problema, si es que se puede llamar problema, es que a veces los dos mundos se rozan. Y esa noche de sábado fue una de esas veces.
***
A Marcos y a Rodrigo los conocí hace un par de años, en el edificio donde vivo. Ellos ocupan el cuarto piso; yo el segundo. Al principio solo eran vecinos de ascensor: un saludo, un comentario sobre el tiempo, la puerta que se abre y se cierra. Pero un fin de semana me invitaron a subir a ver un partido de fútbol y algo hizo clic. Después de eso empezamos a vernos cada dos o tres semanas. Cervezas, películas, naipes. Sin compromisos, sin dramas. Eran una pareja estable y eso se notaba en la manera que tenían de moverse por su apartamento, cada uno sabiendo dónde estaba el otro sin necesidad de mirarlo.
Esa noche de sábado no había partido. Me llamó Marcos a media tarde con el mismo tono de siempre: «¿Subes? Tenemos cervezas.» Fui.
El apartamento olía a algo que habían cocinado más temprano. Rodrigo estaba en el sofá con una baraja en la mano cuando entré. Me señaló el hueco a su lado con un gesto de cabeza.
—¿Sabes jugar al póker?
—Lo básico.
—Bien —dijo—. Jugamos con prendas. El que pierde una mano, deja algo.
Me reí. Me pareció de esas propuestas que uno hace para ver cómo reacciona el otro. Miré a Marcos, que estaba en la cocina abriendo tres latas de cerveza con esa calma que tiene para todo.
—¿Y si me niego? —pregunté.
—Entonces bebes —dijo Rodrigo, muy serio. Después sonrió—. Pero no te vas a negar.
Tenía razón. No me negué.
***
Las primeras manos las perdí yo. Primero los zapatos. Después los calcetines. Me los fui quitando sin darle demasiada importancia, mientras Rodrigo perdía la camisa en la siguiente ronda y Marcos aguantaba más tiempo del que nadie esperaba. La habitación fue cambiando de temperatura a medida que el juego avanzaba. No solo por la calefacción o por las cervezas. Había algo más en el ambiente, algo que no se nombraba pero que estaba ahí desde el principio, posado encima de la mesa como una carta boca abajo.
Cuando me quedé solo con el pantalón y la ropa interior, noté que Rodrigo ya no miraba las cartas con el mismo interés de antes. Me miraba a mí. O más bien miraba el bulto que se me marcaba en el pantalón, la manera en que yo sostenía las cartas para tapármelo, la postura que había adoptado en el sofá para disimular. Detalles que antes pasaban desapercibidos y que ahora él estudiaba con la sonrisa de quien ya sabe cómo termina la partida.
Perdí otra mano. Tuve que levantarme para quitarme el pantalón.
El problema fue que llevaba un rato pensando en lo que estaba pasando y la polla no sabe mentir cuando la tela es fina. Me puse de pie y el calzoncillo me tiraba, mojado de una gota de precum que se había filtrado en la tela. Marcos, que había vuelto a sentarse, también miraba. Rodrigo dijo algo en voz muy baja, algo como «mírale la polla, cómo la tiene». Marcos se rió con esa risa corta que tiene cuando algo le parece justo.
—¿Qué? —pregunté, y la voz me salió más ronca de lo que quería.
—Que el juego te gusta más de lo que decías —dijo Rodrigo—. Se te nota la verga desde aquí.
No contesté. No fui a buscar la cerveza que había ido a buscar. Me quedé parado en el centro del salón con la polla dura empujando la tela, mientras Rodrigo se levantaba del sofá y se acercaba por detrás. Su mano se apoyó en mi pecho, abierta, sin apretarme. Después bajó, despacio, hasta cerrarse encima del bulto y apretármela por encima del calzoncillo. Se me escapó un jadeo.
Sus labios rozaron mi oreja antes de hablar.
—Nadie te obliga a nada —dijo—. Solo dinos si quieres parar.
Y ahí estaba el problema: que yo no quería parar. Que quería que me la sacara, que me la agarrara sin la tela de por medio, que hiciera con ella lo que le diera la gana.
Giré la cabeza y Rodrigo me besó. No fue un beso tentativo. Fue un beso que sabía adónde iba y que no se disculpaba por eso: lengua profunda, labios que mordían, una mano que ya se había colado por dentro del calzoncillo y me estaba pajeando lento, con la palma medio seca y los dedos justo en la punta. Le devolví el beso con la boca abierta. Sentí la mano de Marcos en mi hombro, desde el otro lado, y luego en la nuca, apretando. Durante unos segundos estuve entre los dos sin que nadie tuviera que decir nada más, con la polla al aire, el calzoncillo bajado hasta la mitad del muslo y la boca de Rodrigo comiéndose la mía.
Marcos me giró la cara hacia él y me besó también. Sabía a cerveza y a algo más caliente. Mientras él me devoraba la boca, Rodrigo se había arrodillado y estaba terminando de bajarme el calzoncillo. Sentí su lengua caliente lamerme el glande de abajo hacia arriba, dos veces, tres, hasta que abrió la boca y me metió la polla entera de un solo movimiento. Se me doblaron las rodillas. Marcos me sujetó por la cintura.
—Tranquilo —me dijo al oído—. Ahora vas a aprender lo que es que te la chupen bien.
Rodrigo se la sabía de memoria. Me la mamaba con las dos manos: una apretando la base, la otra jugando con los huevos, y la lengua girando alrededor del glande cada vez que subía. Cerraba los labios como si no quisiera perder ni una gota. Yo miraba hacia abajo y verle la boca llena de mi verga, los ojos entornados, el hilo de saliva cayéndole por el mentón, me tenía al borde en menos de un minuto. Tuve que apartarme.
—Espera —dije, jadeando—. Espera o me corro ya.
Rodrigo se rió sin sacársela del todo. Marcos me giró y me besó otra vez, esta vez metiéndome dos dedos en la boca para que se los chupara. Se los chupé.
***
Me arrodillé delante de Rodrigo porque quise hacerlo, no porque nadie me lo pidiera. Le bajé la ropa interior y su polla saltó afuera dura, gruesa, la punta ya brillante. Era la primera vez que iba a chupar una en la vida real y no solo en la imaginación. Cerré los ojos, saqué la lengua y le lamí toda la longitud desde los huevos hasta la punta. Rodrigo respiró hondo por la nariz. Después abrí la boca y me la metí.
Era más grande de lo que esperaba. No imposible, pero sí lo suficiente para que tuviera que encontrar el ángulo antes de poder tragarla más adentro. Me tomé el tiempo que hizo falta. Empecé por la mitad, chupando con los labios apretados, dejando que la saliva corriera. Después bajé más, hasta que la punta me tocó el fondo de la garganta y las arcadas me obligaron a subir. Rodrigo apoyó una mano en mi cabeza sin empujar, solo poniéndola ahí como quien acaricia, y el sonido que hizo —un gemido bajo, casi de fastidio de lo mucho que le gustaba— me llegó hasta los huevos.
—Así, joder —murmuró—. Chúpamela así, sin miedo.
Le hice caso. Me la volví a meter hasta el fondo, esta vez aguantando las arcadas, y me quedé ahí con la nariz pegada a su vientre unos segundos antes de subir tosiendo. Marcos se había arrodillado detrás de mí. Sus manos recorrían mis caderas, mi espalda, la parte baja de la espalda. Sentí sus labios en mi nuca y después en un punto entre los omóplatos que no sabía que era tan sensible. Después bajó más y me abrió las nalgas con las dos manos.
La primera lamida me hizo saltar. Marcos me estaba comiendo el culo con la lengua entera, plana al principio y después endureciéndola hasta hacer punta y meterla adentro. Se me escapó un gemido con la polla de Rodrigo todavía en la boca. Rodrigo se rió por encima.
—Le encanta —le dijo a Marcos—. Mira cómo aprieta el culo cada vez que se la metes.
Marcos siguió. Me lamía, me escupía, me metía la lengua hasta donde le daba y después la sacaba para chuparme los huevos por atrás. Un dedo suyo empezó a rondar el agujero. Me lo mojó bien de saliva antes de meterlo. Entró hasta el fondo sin resistencia. Después metió el segundo.
Rodrigo enredó los dedos en mi pelo, despacio.
—Vamos al cuarto —dijo—. Aquí te vamos a dejar el sofá hecho una mierda.
***
En el dormitorio había una lámpara pequeña encendida que lo iluminaba todo en naranja. La cama era grande. Me pusieron en el centro y los dos se colocaron donde tenían que colocarse sin que nadie dirigiera nada. Rodrigo se acomodó contra el cabecero con la polla apuntando al techo. Marcos se puso detrás de mí, de rodillas, con un bote de lubricante que había sacado del cajón.
—Mírame —dijo Rodrigo, agarrándome del pelo y guiando mi cabeza hacia su verga—. Chúpamela mientras Marcos te prepara.
Obedecí. Volví a metérmela en la boca despacio, esta vez con más técnica, chupando la punta, bajando hasta el medio, subiendo con la lengua girando. Rodrigo miraba mi boca como quien no se cree lo que ve. Detrás, oí el clic del bote y sentí el lubricante frío correr entre mis nalgas.
Marcos tardó. Fue meticuloso, sin ninguna prisa. Primero un dedo, hasta el fondo, girándolo. Después dos, abriendo. Después tres. Con la mano libre me acariciaba la espalda, la nuca, los muslos. Cuando lo sacó todo y sentí la punta de su polla, gruesa y caliente, apoyarse contra mi agujero, se me tensó todo el cuerpo. Marcos lo notó.
—Respira —dijo—. Sigue chupándosela a Rodrigo y respira.
Empujó. La punta entró de una y me arrancó un jadeo ahogado, con la polla de Rodrigo todavía en la boca. El ardor cuando Marcos entró fue inesperado pero no insoportable: una sensación aguda que me tensó todo el cuerpo durante unos segundos antes de empezar a transformarse en otra cosa. Marcos se quedó quieto, dejándome acomodarme. Después empujó más. Un centímetro. Otro. Otro más, hasta que sentí sus huevos contra los míos y supe que ya la tenía entera adentro.
Me concentré en la respiración. Me concentré en Rodrigo, en el peso de su polla en mi boca, en el ritmo que habíamos encontrado, y poco a poco el ardor se fue convirtiendo en calor. En presión. En algo que quería más. En una picazón por dentro que solo dejaba de picar cuando Marcos empujaba.
—Muévete —murmuré con la boca llena—. Fóllame.
Marcos comenzó a moverse. Lento al principio, con embestidas largas que salían casi hasta la punta y volvían a entrar hasta el fondo. Después con más intención. Cada movimiento suyo me empujaba hacia Rodrigo y el resultado era que todo ocurría al mismo tiempo, sincronizado sin que nadie lo hubiera planeado: cuando Marcos me la metía, la polla de Rodrigo se me hundía más adentro de la boca. Yo estaba en el centro de todo eso, con dos vergas dentro, y el pensamiento que me cruzó por la cabeza, si es que fue un pensamiento y no solo una sensación, fue que hacía mucho tiempo que no estaba tan presente en nada. Sin el cerebro analizando. Sin la parte que siempre está mirando para otro lado.
Solo eso. Solo ahí. Con un culo lleno y una boca llena y las manos de dos hombres en mi cuerpo.
Marcos cambió el ritmo. Me agarró de las caderas y empezó a darme más fuerte, con embestidas cortas y secas que me hacían chocar los huevos contra el colchón. Cada envite me arrancaba un gemido que Rodrigo se comía con su polla. Yo apenas podía chupar ya, solo sostener la boca abierta y dejar que él me follara la garganta desde su lado.
Rodrigo me apartó de él de pronto, tirándome del pelo hacia atrás. Me miró.
—¿Quieres recibirlo? —preguntó—. ¿Quieres que me corra en esa cara de niño bueno que tienes?
No dije que sí con palabras. Abrí la boca y levanté la cara. Saqué la lengua para que la viera.
Rodrigo se pajeó rápido, tres o cuatro veces, con la punta a un palmo de mi boca. Marcos, detrás, no había parado de embestirme; me tenía la nuca sujeta con una mano para mantenerme en posición.
Fue mucho. Los primeros disparos me llegaron a la lengua, calientes, espesos, con ese sabor salado que siempre había imaginado más ligero. El segundo chorro me cayó en los labios y en la comisura. El tercero le tembló en la punta y le cayó a Rodrigo por el puño. Me lo limpié despacio, sin apartar los ojos de él, pasándome el dedo por la mejilla y llevándomelo a la boca. Me lo tragué entero mientras Rodrigo hacía ese sonido grave y largo que tiene cuando algo lo deja sin palabras.
—Joder —jadeó—. Joder, mírate.
***
Marcos no había terminado. Lo noté en la manera en que sus manos apretaron mis caderas, en cómo cambió el ritmo a algo más urgente. Rodrigo se apartó y se dejó caer a un lado, con la polla todavía babeando encima del vientre, para mirar. Me incliné hacia adelante, apoyé las palmas en el colchón, arqueé la espalda y saqué el culo hacia atrás para dárselo mejor. Marcos entendió.
Las embestidas eran directas y fuertes, sin la cautela de antes. Las sentía todas. La polla de Marcos me golpeaba adentro un punto que hacía que se me nublara la vista cada vez. Mi propia erección, olvidada en el centro de tanto, pulsaba sola contra el aire sin que nadie la tocara, con hilos de precum cayendo sobre las sábanas.
—Tócatela —dijo Rodrigo desde el lado—. Córrete con él dentro.
Me la agarré. Me la pajeé al mismo ritmo con el que Marcos me follaba: rápido, sin arte, con la palma bien apretada. Duré poco. Sentí el orgasmo subir desde los pies, agarrarme por la espalda, y me corrí a chorros sobre la sábana con un gemido largo, apretando el culo alrededor de la polla de Marcos.
Ese apretón lo terminó a él. Marcos gruñó, largo y ronco. Sus dedos se cerraron con fuerza en mis caderas y terminó adentro. Sentí cada embestida final, más cortas, más profundas, mientras se vaciaba. Después se quedó quieto, apoyado en mi espalda, respirando contra mi nuca durante un minuto entero. Cuando la sacó, sentí su semen escurrirse tibio por dentro del muslo.
El silencio que vino después duró varios segundos. Los tres nos derrumbamos en la cama sin coordinación, cada uno en su parte, cada uno respirando a su manera. Rodrigo fue el primero en levantarse. Volvió con tres latas frías.
***
Me quedé mirando el techo. La lámpara naranja proyectaba sombras en ángulo sobre las paredes. Marcos tenía un brazo detrás de la cabeza. Rodrigo estaba sentado en el borde de la cama con la lata a medio terminar.
—¿Estás bien? —preguntó Marcos. Sin ironía. Sin segunda intención. Solo la pregunta.
—Sí —dije.
Era una verdad simple. Sin matices, sin análisis. Hacía mucho que no sentía ese tipo de bien.
—Primera vez, ¿no? —preguntó Rodrigo.
Bebí un sorbo antes de responder.
—En la práctica, sí.
Rodrigo asintió. Marcos también. Ninguno de los dos hizo ningún comentario más. Eso era lo que me gustaba de ellos: que no necesitaban convertir nada en un momento.
***
Me levanté para ir al baño. La ducha tardó un poco en calentar. Me quedé bajo el agua más tiempo del necesario, con la cabeza agachada y el chorro cayéndome en la nuca. Sentía todavía el culo abierto, el ardor tibio de haberla tenido dentro, la garganta un poco irritada. Me metí un dedo para lavarme por dentro y salió con restos de la corrida de Marcos. Pensé en el trabajo del lunes. Pensé en mis compañeros con sus suposiciones y sus cajones bien ordenados. Pensé en la cena familiar del mes siguiente.
Después dejé de pensar en todo eso.
Salí de la ducha, me sequé, volví al cuarto. La cama seguía siendo grande. Rodrigo había dejado sitio en el lado derecho sin decir nada. Me metí entre las sábanas, contra su cuerpo caliente. Él me pasó un brazo por encima.
A las dos de la madrugada sentí una mano en mi cadera. Exploratoria. Sin apresurar nada. Después bajó y me la agarró por delante, encontrándome ya medio duro.
Me di la vuelta hacia Rodrigo.
—Otra vez —dije. No como pregunta.
Él sonrió en la oscuridad.
***
Esta vez fui yo quien tomó la iniciativa. Rodrigo se quedó tumbado boca arriba y yo lo cabalgué, colocándome sobre su polla despacio, ensalivándola primero con la boca y después escupiéndome en la mano para untárselo por encima. Bajé las caderas con cuidado. La punta forcejeó un segundo en la entrada y después entró de golpe, hasta el fondo. Los dos gemimos a la vez.
Aprendí el ángulo sobre la marcha. Me apoyé en su pecho con las dos manos y empecé a moverme, arriba y abajo, primero lento, después más deprisa, sintiendo cómo su polla me tocaba adentro cada vez que bajaba. Rodrigo me miraba desde abajo con los dientes apretados, las manos en mis caderas guiándome el ritmo.
Marcos se despertó con los movimientos. Se arrodilló frente a mí en la cama, con la polla ya dura otra vez, y yo lo tomé en la boca mientras seguía cabalgando a Rodrigo. Los tres encontramos un compás que nadie había ensayado y que funcionó de todas formas: yo subía, y la polla de Marcos se me hundía más en la boca; bajaba, y la de Rodrigo llegaba hasta el fondo de mí.
Marcos me agarró de la nuca y empezó a follarme la boca a su ritmo. Rodrigo, debajo, me la clavaba desde abajo. Yo era solo un cuerpo abierto entre los dos, y no había pensamiento capaz de meterse ahí.
Marcos se corrió primero, esta vez adentro, en la boca. Me hizo tragar y no me dejó opción: me la tuvo apretada contra el fondo de la garganta mientras se vaciaba, la mano detrás de la cabeza. Cuando la sacó, tosí y sonreí y me limpié la comisura con el dorso de la mano. Enseguida bajé todo el peso encima de Rodrigo, apretándole el culo lo más fuerte que pude con cada bajada, hasta que él también terminó dentro con un gruñido largo. Yo me corrí encima de su vientre, sin tocarme apenas, solo por la fricción de mi polla contra su piel cada vez que bajaba.
Terminamos cuando terminamos. Sin alardes. El calor de Rodrigo debajo de mí, la mano de Marcos en mi hombro, la respiración de los tres mezclándose en el cuarto pequeño.
Me derrumbé de lado. Alguien apagó la lámpara.
***
Dormí profundo, sin sueños que recordar. Me desperté cuando la luz gris de la mañana se colaba por la persiana mal cerrada y tardé un momento en ubicarme. La cama grande. La ropa tirada por el suelo. Marcos dormía con la boca entreabierta. Rodrigo me miraba desde el borde de la cama con una taza de café en la mano.
—Hay más en la cocina —dijo.
Me levanté. Fui a la cocina. Me serví el café y me quedé de pie junto a la ventana, mirando la calle vacía del domingo por la mañana. En el edificio de enfrente, alguien paseaba un perro. Una mujer cruzaba con el abrigo sin abotonar.
Bebí el café despacio.
Aquella noche no cambió nada de lo que soy de puertas afuera. El lunes llegué puntual. La camisa bien planchada. El café caliente. Respondí correos, asistí a reuniones, dije lo que correspondía decir.
Pero en el ascensor, cuando Marcos me saludó con ese gesto corto de cabeza que compartimos desde hace dos años, sostuve la mirada un segundo más de lo habitual.
Y él también.