Mi primera vez fue con la empleada de mis padres
Tengo más de cuarenta años y todavía recuerdo aquella madrugada como si hubiera pasado anoche. Antes de contar lo que ocurrió conviene aclarar de dónde venía aquella muchacha, porque sin ese detalle nada tiene sentido.
Mis padres habían viajado a Lima invitados por unos amigos. Allí conocieron a una familia que la pasaba mal, casi sin qué comer, y se ofrecieron a traerse a dos de las hijas para emplearlas como muchachas de servicio. Las dos eran jóvenes, no habían terminado la escuela y no tenían un oficio. A la mayor la mandaron con unos amigos en otra provincia. La menor se quedó con nosotros.
Se llamaba Catalina, tenía diecinueve años recién cumplidos y, desde que la vi bajar del taxi con su maleta, supe que iba a complicarme la vida. No era muy alta, quizá un metro sesenta y cinco, con la piel tostada por el sol del trópico y el pelo castaño claro, ondulado, atado a un lado con un cordón. Las caderas, anchas. La cintura, mínima. Los pechos, redondos y firmes bajo cada blusa que se ponía.
Yo tenía veintiuno entonces y todavía exploraba mi cuerpo a escondidas, sin haber tocado a nadie en serio. Catalina entró a nuestra casa como una empleada más, pero yo dejé de dormir bien desde la primera semana. Me pajeaba pensando en ella casi todas las noches, imaginándome sus tetas, imaginándome cómo sería meterle la polla y correrme dentro. Me venía en la mano en menos de un minuto y me quedaba mirando el techo, con vergüenza y con ganas de más.
A los pocos meses cayó una de esas reuniones largas que organizaba mi madre: tíos, primos, sobrinos, todos llegaron a pasar el fin de semana en casa. Se ofrecieron habitaciones, sofás y colchones. Los más jóvenes organizaron una salida a una discoteca del centro y se llevaron a Catalina con ellos. Yo me quedé. No me gustaba el baile y prefería leer.
Cuando empezaron a repartirse las camas, presté la mía a una prima y me fui al segundo piso, todavía en obra. Entre cajas y muebles viejos había un cuarto de trastos con una cama matrimonial enorme. La armé con sábanas limpias, apagué la luz y me quedé dormido alrededor de la una.
A las tres y pico, la luz se encendió de golpe. Catalina estaba en la puerta, con un vestido corto y la mirada de quien todavía no se ha sacudido el ruido de la discoteca. Pidió perdón en voz baja al verme. Pensaba que el cuarto estaba vacío.
—Toda la casa está copada —dijo—. No hay ni un sofá libre.
—Hay sitio aquí —contesté antes de pensarlo.
Se le había olvidado el pijama. Antes de meterse en la cama, sin la menor incomodidad, se quitó el vestido y lo dejó doblado en una silla. Quedó solo en ropa interior. Un sujetador negro apretándole las tetas hasta hacerle un canalillo profundo y una braguita minúscula que le marcaba la raja del coño. Yo no pude apartar la mirada. Apagó la luz y se acostó en el otro extremo del colchón, lo más lejos que pudo. Pero la noche estaba fría y la única manta que había era individual, la mía.
—Yo no traje nada —dijo, frotándose los brazos.
—Podemos compartirla —ofrecí.
Tuvo que pegarse a mí para que la manta nos cubriera a los dos. Su olor era una mezcla rara: humo de cigarrillo en el pelo, perfume dulce en el cuello y algo más, una calidez animal, un tufillo a sudor y a coño mojado que me puso alerta de inmediato. Yo dormía solo en franela y calzoncillo. La polla se me puso dura antes que cualquier pensamiento, empujando la tela hasta hacer bulto.
Me quedé quieto, intentando que no se notara. Catalina cambiaba de postura buscando dónde poner el brazo. En uno de esos movimientos me tocó. Al principio retiró la mano como si se hubiera quemado. Un minuto después volvió, esta vez con más calma, recorriéndome por encima de la tela, apoyando la palma sobre el bulto y apretando despacio.
—La tienes dura —susurró, y el aliento le olía a un trago dulce.
No supe qué contestar. Mi mano se quedó pegada al colchón. Catalina deslizó los dedos por debajo del calzoncillo, me agarró la polla a piel desnuda, la apretó con firmeza, la soltó, volvió a apretar. Me la recorrió entera, desde la base hasta el glande, escupiéndose en la mano para deslizarla mejor. Cada vez que la mano se movía yo sentía un cosquilleo que me subía por el vientre y la respiración se me iba entrecortando.
—Para el tamaño que aparentas, la tienes grande —dijo, casi divertida—. Y bien gruesa.
—No sé qué hacer —admití.
—Ya te enseño yo. Tú déjate.
Bajó la cabeza por debajo de la manta. Sentí primero el aliento tibio, después la punta de la lengua rozándome el glande, en círculos, sin prisa. Me chupó despacio, como saboreando un caramelo, cerrando los labios alrededor de la corona y jugando con la lengua justo en el sitio donde más aprieta. Después se la metió entera en la boca, hasta el fondo, y la sentí golpear contra el paladar. Sacaba y metía, sacaba y metía, con un ruido húmedo que me nublaba la cabeza. Me tapé los ojos con el antebrazo, no por vergüenza sino porque pensé que si la miraba me correría en menos de un minuto. Ella siguió a su ritmo, sin prisa, alternando la boca con la mano, escupiéndome encima y masturbándome mientras me lamía los cojones uno por uno.
—Aguanta un poquito más —murmuró—. Todavía no.
Salió de debajo de la manta con los labios brillando, se sentó a horcajadas sobre mí, se llevó los dedos a la boca, se los ensalivó y se los pasó por debajo de la braguita. La oí gemir bajito mientras se frotaba el coño con dos dedos, mirándome fijo. Después apartó la tela de la braguita hacia un lado sin quitársela, se agarró mi polla, se la puso en la entrada y se hundió despacio sobre mí. Sentí el coño tragarme centímetro a centímetro, apretado, ardiendo, chorreando.
—Quieto, no hagas nada —ordenó, con la voz ronca—. Déjame a mí.
Empezó a moverse en círculos, despacio al principio, luego cada vez más rápido. Tenía las dos manos apoyadas en mi pecho y las tetas se le sacudían sueltas cuando se soltó el sujetador y lo tiró a un lado. Se las agarró ella misma, se las apretó, se pellizcó los pezones oscuros y duros como piedritas. La luz tenue del pasillo le pintaba la cara a medias y le sacaba brillo al sudor entre los pechos.
—Mira cómo me la tragas, mira cómo se me mete entera —jadeó—. Qué rica la tienes, chiquito.
Yo intentaba retrasar lo inevitable pensando en cualquier cosa, en la lista de deberes, en el nombre de mis primos, pero ella sabía exactamente qué hacer para que no pudiera. Se inclinó hacia adelante, me metió una teta en la boca y empezó a montarme más fuerte, dando saltos secos que se oían en toda la habitación, con el coño chupándome la polla en cada bajada. Terminé al cabo de unos minutos, sin avisar, soltando toda la corrida dentro de ella entre temblores, con un espasmo largo que me dobló la espalda. Catalina siguió un poco más, moviéndose despacio, exprimiéndome hasta la última gota, se dejó caer encima de mí con un suspiro largo y se rio bajito. Sentí el semen escurrirse entre los dos, tibio, resbalando por mis huevos hasta la sábana.
—Para ser la primera vez, no estuvo mal —dijo, y me besó por primera vez en la boca, con un beso lento que olía a anís y a mi propia corrida.
Le pregunté si me dejaba volver a hacerlo. Se rio.
—Mañana. Y pasado. Y todas las veces que quieras, mientras no nos pillen.
Se dio la vuelta y se durmió. Yo no pegué ojo hasta que entró la luz por la ventana, con la polla todavía a medio bajar y la mano de ella descansándome sobre el muslo.
***
Catalina cumplió su palabra. A partir de la semana siguiente, los martes por la mañana y, cada quince días, los jueves, mis padres salían a trabajar, mis hermanos a clase, mi padre a la oficina, y nosotros nos quedábamos solos durante dos horas, a veces tres. El primer martes me costó dormir esperando que amaneciera. Apenas se cerró la puerta del último que salía de casa, Catalina entró en mi cuarto con dos cafés y me cogió de la mano.
—Hoy mandas tú —dijo—. Vamos a hacerlo bien.
Esa segunda vez fue distinta. La vi desnuda por primera vez, sin manta, sin ropa interior. Se sacó la bata delante de mí, se quitó el sujetador, se bajó las bragas hasta los tobillos y las apartó de una patada. Se me quedó parada al lado de la cama, con las manos en las caderas, dejándose mirar. Tenía las tetas más grandes de lo que yo había imaginado, con los pezones oscuros y anchos, y una mata de vello castaño entre las piernas, recortada pero abundante, que no ocultaba los labios del coño gordos y ya un poco brillantes.
—Míralo bien —dijo—. Tócalo. Todo lo que quieras.
Se acostó en mi cama y me indicó cada paso con paciencia: cómo besarle el cuello sin morderlo, cómo bajar despacio por el canalillo, cómo chuparle las tetas turnando una y otra hasta ponerle los pezones tiesos. Me guio la mano entre sus piernas, me abrió los labios del coño con mis propios dedos y me enseñó a encontrarle el clítoris.
—Aquí —susurró—. Suave. Con la yema, en círculo. Así, así, muy bien.
Cuando la vio empapada, me empujó por los hombros hacia abajo. Me arrodillé entre sus piernas para usar la boca. No paraba de hablarme bajito, como una maestra que enseña una receta complicada.
—Más despacio —decía—. Sácame la lengua plana. Ahora un poco más arriba. Ahí, no te muevas. Chupa, chupa fuerte, mételo entre los labios. Métemela dentro, ahora sí, muévela.
Yo obedecía cada orden y aprendía a leer sus jadeos. Le lamí el coño hasta cansarme la mandíbula, sintiendo cómo se ponía más y más resbaladiza en mi boca, con un sabor salado y espeso. Ella se agarraba las tetas, se las pellizcaba, se me clavaba los talones en la espalda y me sujetaba la cabeza contra su entrepierna con las dos manos.
—No pares, no pares, no pares —repetía, con la voz cada vez más rota.
Cuando terminó debajo de mí por primera vez, se le arqueó la espalda y le tembló la voz de un modo que no había oído nunca en una mujer. Sentí el coño contraerse contra mi lengua, apretando y soltando, empapándome la cara de flujo. La rodeé con los brazos hasta que el temblor le pasó. Después me hizo subir por el cuerpo besándole el vientre, las tetas, el cuello, y me puso encima de ella con las piernas abiertas.
—Ahora métemela —dijo—. Despacito. Quiero sentir cómo entras.
Me agarró la polla y se la puso en la entrada. Empujé despacio y sentí el coño abrirse alrededor de mí, tibio y estrecho, tragándome de una sola pasada. Me quedé quieto un segundo, con la frente pegada a la suya, sintiendo el pulso de ella contra el mío. Empecé a moverme como me enseñaba, con embestidas largas y lentas, hundiéndome hasta el fondo y saliendo casi entero antes de volver a entrar. Ella me acompañaba levantando las caderas.
—Más fuerte —pidió—. No tengas miedo. Rómpeme.
Cambié el ritmo. La follé de frente, contra el colchón, con las tetas rebotándole a cada golpe. Después ella se dio vuelta y se puso a cuatro patas, arqueando la espalda y ofreciéndome el culo. Le volví a meter la polla desde atrás, agarrándola por las caderas, y me clavé en ella con embestidas secas que la hacían gemir contra la almohada. Le vi el culo levantado, la espalda arqueada, la nuca sudada, y le solté una nalgada que le dejó la marca de la mano roja.
—Así, así, así, dámela toda —jadeaba—. No pares, chiquito, no pares.
Después se puso encima otra vez, sin prisa, sentada sobre mí a horcajadas, meciéndose despacio, mirándome desde arriba con una sonrisa turbia. Me montó dulce, tomándose su tiempo, hasta que yo terminé también, dentro de ella, sin pensar en consecuencias, agarrándola de la cintura y clavándola contra mi cadera mientras me corría a chorros. Ella se dejó caer sobre mi pecho, con la polla todavía dentro, sintiendo cómo se me iba bajando poco a poco.
Aprendí mucho aquel año. Aprendí a no acabar tan rápido, a fijarme en qué le gustaba y qué no, a leerle la respiración. Aprendí a mamársela también, a lamerle el culo cuando ella se ponía a cuatro patas, a metérsela justo cuando ya estaba a punto y aguantar hasta que se corriera antes que yo. Catalina hablaba poco mientras trabajaba en la casa, pero cuando cerrábamos la puerta de mi cuarto soltaba la voz, se reía, me empujaba, me daba órdenes, me pedía que le acabara en la boca, en las tetas, en el coño, según el día. Era mi maestra particular, mi secreto a media casa.
***
Aquel verano viajé al campo con mi abuelo a ayudarlo con la cosecha. Estuve fuera diez días. Cuando volví, encontré la casa sin Catalina. No había aviso, no había explicación. Mi madre me dijo que se había despertado un viernes con la idea fija de regresar a su país y que no había forma de hacerla cambiar de opinión. Hizo la maleta, despidió a todos uno por uno, le pagaron lo que se le debía y la llevaron al terminal. Y ya.
Yo no podía preguntar más sin levantar sospechas. Pasé semanas sin entender. Quizá se cansó de mí. Quizá hay otro. Quizá hice algo mal. Tardé meses en aceptar que se había ido y que probablemente no volvería a verla.
***
Veinte años. Cuarenta y dos años tenía Catalina el día que la volví a ver. Yo andaba por los pueblos del sur comprando unos toretes para revender en la sierra, y entré en una tienda de productos agrícolas a preguntar por sales minerales. Detrás del mostrador estaba ella. Más llena, con el pelo más corto, un par de arrugas finas en los ojos, pero la misma cara que había soñado durante años.
Se quedó muda dos segundos. Después sonrió como si me esperara desde siempre.
—Pasa, pasa —dijo, saliendo del mostrador.
Su marido andaba en la trastienda, descargando bultos. Me saludó cordial, sin desconfianza. Catalina hizo las presentaciones con una naturalidad que me dejó frío. Nos sentamos en una mesita del fondo a tomar un café. Él se disculpó y volvió al patio a seguir descargando. Quedamos ella y yo.
No tuve que preguntar. Catalina lo soltó como si lo llevara guardado todo ese tiempo esperando.
—Me fui porque estaba embarazada —dijo—. De ti. De aquel último martes, antes de que te fueras al campo.
Sentí que algo se me apretaba en el estómago. No supe qué decir.
Me contó el resto sin dramatismo. Había salido de casa de mis padres directa al terminal con la idea de regresar a su pueblo. Se sentó en un banco a esperar el bus y se puso a llorar bajito. A su lado había una pareja de ancianos esperando transporte a este mismo pueblo del sur, vendedores también. Se acercaron a preguntarle qué le pasaba. Catalina, agotada y sin fuerzas para mentir, les contó la verdad. Los ancianos la llevaron con ellos. Tenían un nieto que les ayudaba en la tienda, tres años mayor que ella, y la recibieron como a una hija. El nieto, antes de que el embarazo se le notara, se ofreció a casarse con ella si ella aceptaba. Catalina aceptó. El chico crió al niño como suyo, le puso su apellido y nunca preguntó por nada. Después tuvieron tres hijas más, dos de ellas gemelas.
—Mi marido es un buen hombre —dijo—. Mejor de lo que yo merezco.
—¿Y el chico? —pregunté, con la garganta seca.
—Ahora viene.
Apareció a los pocos minutos. Un muchacho alto, delgado, con la sonrisa torcida que yo veía en el espejo todas las mañanas. Catalina me lo presentó como un proveedor de la sierra. Nos dimos la mano. El apretón fue firme, educado, lleno de buenas costumbres campesinas. No me miró a los ojos más que un segundo, y volvió a la trastienda con un saco al hombro.
Tuve que sentarme. Catalina me sirvió otro café.
—No vine a romperte nada —dije al fin—. Y no lo voy a hacer.
—Lo sé —respondió—. Por eso te lo cuento.
Me levanté para irme. Tenía que volver a mi camioneta, al ganado, a mi vida en otra parte del país. Catalina me acompañó hasta la puerta y, antes de soltarme la mano, se acercó a mi oreja.
—¿Sabes qué echo de menos de ti? —susurró.
—No.
—Aquellas mañanas en tu cuarto. Cómo me la metías. Cómo me acababas dentro.
Me dejó un papelito doblado entre los dedos. Un número de teléfono escrito a mano, sin nombre. Me dio un beso muy cerca de los labios, sonrió como sonríe una mujer que sabe que sigue mandando, y se metió en la tienda.
Conduje en silencio hasta el siguiente pueblo. El papelito iba en el bolsillo de la camisa, junto al pecho. No lo tiré. Lo que vino después es para contarlo otra noche.