Camila volvió al motel y me confesó un secreto
La cité a las cinco en la misma esquina de la primera vez, frente al kiosco donde la avenida se quiebra y empieza el barrio viejo. Llegó cuatro minutos tarde, con una mochila pequeña y el pelo recogido en una cola alta que dejaba ver su cuello fino. Llevaba un vestido negro de algodón, ajustado en la cintura, y unas zapatillas blancas que no combinaban con nada. Eso me gustó.
—Hola —dijo, y se inclinó para besarme la mejilla.
—¿Cómo estás, Camila?
—Nerviosa —contestó, con una sonrisa que la delataba—. Pero bien.
Arranqué sin contestar. Llegamos al motel en menos de quince minutos. Era uno de esos lugares de la ruta vieja, con cocheras individuales y persianas automáticas, donde nadie te mira a la cara. Pedí la habitación del fondo, la que tenía un espejo grande pegado a una de las paredes. Sabía lo que iba a hacer apenas la viera entrar.
Subimos por la escalera angosta y, en cuanto cerré la puerta, ella se me tiró encima. No fue un beso medido como los de la primera tarde. Fue otra cosa. Me clavó la boca con una urgencia que no esperaba, me mordió el labio inferior y me empujó contra la pared. Le respondí del mismo modo. Le sostuve la nuca con una mano, le pegué la cintura con la otra y dejé que la lengua de los dos se buscara hasta perder el aire.
—Vení —le dije cuando me solté.
La llevé al espejo. La paré de frente al cristal, con los hombros relajados y los pies apenas separados. Yo me ubiqué detrás y dejé que viera mi reflejo por encima del suyo.
—No cierres los ojos —le pedí.
Le pasé las palmas por los costados del vestido, muy despacio. Sentí el algodón tibio bajo los dedos y, debajo, la piel reaccionando. Le subí la tela hasta la cintura y se la dejé enrollada. Tenía una tanga finita color crema que se le hundía un poco en las caderas. Cuando se vio así, en el espejo, con el vestido arriba y la ropa interior a la vista, se mordió el labio igual que aquella tarde en el auto.
—Mirate —le dije al oído—. Mirate, no te apures.
Le terminé de sacar el vestido por encima de la cabeza. Después el corpiño, deshecho de un solo enganche en la espalda. Le acuné los pechos desde atrás, los amasé con calma, le pellizqué los pezones hasta que se le pusieron duros y la sentí inclinarse contra mí, buscando el contacto. Mi propio cuerpo respondía a esa altura sin disimulo. Me apreté contra su cola por encima de la tanga y la oí soltar el aire de golpe.
—¿Te gusta sentirla ahí? —pregunté.
—Sí —dijo, casi sin voz.
Le tomé las muñecas y le apoyé las manos contra el espejo. Las mías subieron desde sus dedos, le acariciaron los antebrazos, los codos, los hombros. Era un recorrido lento, calculado para que ella sintiera cada centímetro. Le besé el cuello y le rocé el lóbulo de la oreja con la punta de la lengua. Se le erizó la piel. Vi cómo le brotaban los escalofríos en los brazos.
Bajé por la espalda. Pasé las palmas por los costados, por la curva donde la cintura se ensancha en cadera. Cuando llegué a las nalgas le di una palmada seca, no fuerte pero firme, y ella sonrió con los ojos cerrados. Le di otra, le mordí la nuca, le pasé los dientes por la línea del hombro.
—Abrí las piernas —le pedí.
Obedeció. Se sostuvo contra el espejo con los brazos estirados, los pies separados, y me dejó la espalda larga, lisa, brillando bajo la luz amarilla de la pieza. Le bajé las manos por la cara interna de los muslos hasta los tobillos. Después subí por afuera, sin tocarle todavía la entrepierna. Quería que esperara. Lo quería más para ella que para mí.
Cuando finalmente le pasé los dedos por encima de la tanga, estaba empapada. La tela cedía con el menor roce. Le tracé el contorno del clítoris con la yema del pulgar, le hundí dos dedos por encima del algodón mojado y la oí gemir bajito, controlado, casi avergonzado.
La di vuelta. Me arrodillé. Le bajé la tanga con los dientes, despacio, hasta los tobillos, y ella levantó un pie y después el otro para deshacerse de la prenda. Le besé el ombligo, le mordí la cadera, le pasé la lengua por el surco que se forma donde el muslo se une con el pubis. Ella me apoyó las manos en la cabeza, sin presionar, solo sosteniéndose. Cuando le abrí los labios con los dedos y le pasé la lengua plana por el centro, su rodilla se aflojó. Tuve que sostenerle el muslo para que no se cayera.
—Vení a la cama —le dije.
***
La acosté boca arriba, con la cabeza al borde del colchón. Me terminé de desvestir y me quedé un momento mirándola desde arriba: el pelo deshecho contra la sábana, el pecho subiendo y bajando, la boca entreabierta. Volví a arrodillarme entre sus piernas y le hice lo que quería hacerle desde que la había vuelto a ver. Le chupé el clítoris con paciencia, alterné la lengua y los labios, le metí dos dedos curvados hacia arriba y le encontré ese punto blando que la hizo arquear la espalda y agarrarse de las sábanas.
—Esperá, esperá —pidió—. Quiero hacerlo yo.
Se sentó en la cama. Me hizo parar frente a ella. Me bajó el calzoncillo con los dos pulgares enganchados en el elástico y, cuando me tuvo enfrente, me la tomó con una mano y la besó en la punta como si me estuviera pidiendo permiso. Después me la metió entera, sin desviar la mirada, y empezó a moverse despacio, encontrándole el ritmo. Camila era muy chica de cuerpo, pero tenía una manera de mamar que no parecía aprendida en la prisa. Se tomaba su tiempo. Subía hasta la punta, daba dos vueltas con la lengua, volvía a bajar. A veces me la sacaba para morderme el muslo o pasarme la lengua por la base. Yo le sostenía el pelo en una cola improvisada para verle mejor la cara.
—Pará —le dije después de un rato—. No quiero terminar así todavía.
La empujé suave para que se diera vuelta. La puse en cuatro, le abrí las piernas con la rodilla y me puse el preservativo. Le pasé la punta por la entrada, una, dos veces, y se la metí entera de un solo envión. Ella soltó un grito corto, ronco, y enterró la cara en la almohada.
—Dios —dijo bajo, contra la tela—. Estás muy adentro.
Me quedé quieto un instante, hasta que sentí que se acomodaba. Empecé despacio, embistiéndola con golpes largos, controlados. Le agarré la cintura con las dos manos y aceleré de a poco. Camila apoyaba la frente contra el colchón y subía la cola para encontrarme. Cuando le metí dos dedos en la boca, los chupó con la misma intensidad con la que se movía. Le di una palmada en la nalga, le clavé las uñas en la cadera, la sostuve cuando empezó a temblarle todo el cuerpo.
—Voy a… —fue lo único que alcanzó a decir.
Convulsionó debajo de mí, con un temblor que le subió desde las pantorrillas hasta los hombros, y se vino con un grito que se le ahogó en la almohada. Quedó quieta, jadeando, con el pelo pegado a la nuca.
***
—Sacátelo —dijo después, todavía sin moverse.
Me senté en el borde de la cama y me saqué el preservativo. Camila se giró, se acomodó entre mis piernas y me la tomó con las dos manos. La lamió de la base a la punta, lentamente, mirándome desde abajo.
—Quiero terminarte arriba —dijo, y se señaló el escote con un dedo—. Acá.
—Donde quieras.
Empezó a moverse más rápido. Me la chupaba con la boca abierta y la lengua plana, dejaba caer saliva con descaro, sin cortarse. Yo le agarraba un pecho con una mano y le hundía los dedos de la otra en el pelo. Cuando sentí el calor subir desde la base, le avisé. Ella se apartó la boca y se llevó la verga a la altura del cuello. La descargué en sus pechos, en chorros que le bajaron por el esternón. Camila se sonrió, mojada, y empezó a pasarse los dedos por la piel, repartiéndose la leche como si fuera una crema cualquiera.
—Me encanta cómo queda —dijo.
La acosté boca arriba, le pasé un trapo húmedo por el pecho y la besé entre los pechos limpios. Le pasé la mano por la entrepierna y la encontré empapada otra vez. Le metí los dedos despacio, le lamí el clítoris en círculos lentos, sin urgencia, hasta que ella volvió a temblar y tuvo otro orgasmo, más largo, más callado, casi sin grito.
***
Descansamos un rato así, ella apoyada contra mi pecho, yo con la mano en su pelo. La televisión estaba apagada, el aire acondicionado zumbaba bajito. Le pregunté cosas sin importancia: cómo iba la facultad, qué materia odiaba, si seguía durmiendo poco. Me respondió con frases cortas, mirándome la mandíbula desde abajo.
Al rato me la volvió a tomar con la mano y se inclinó otra vez. Me la mamó hasta dejarme duro de nuevo, sin apuro, mientras me explicaba con la boca llena que le gustaba más así, en confianza, que con su novio. Me puse otro preservativo y la dejé subirse encima.
Camila cabalgaba con los ojos cerrados, las manos apoyadas en mi pecho, balanceando la cadera. Cada tanto se echaba para atrás, arqueaba la espalda y se sostenía con las palmas en mis muslos. Decía que así me sentía hasta los ovarios, que le tocaba un lugar adentro que con nadie había sentido. Yo le sostenía la cintura con las dos manos y la acompañaba, cuidándole el ritmo cuando se aceleraba demasiado.
—Date vuelta —le pedí en un momento.
La acomodé en cuatro otra vez. Le pasé la mano por la espalda, por la cintura, por la nalga. Le acaricié el ano con la yema del pulgar, suave, sin presionar, solo para probar. Camila se tensó un segundo y giró la cabeza.
—¿Qué vas a hacer? —preguntó, con una sonrisa nerviosa.
—Nada que no quieras.
—Por ahí no —dijo enseguida, todavía sonriendo, pero firme—. No, no. Eso no se lo di a mi novio. Soy virgen de ahí.
Levanté las dos manos, en broma, como si me estuviera rindiendo.
—Tranquila.
—Tal vez más adelante —agregó, y le brillaron los ojos al decirlo—. Pero no hoy. No así, sin pensarlo.
—No así.
La di vuelta otra vez. Le subí las piernas a los hombros y se la metí lento, sosteniéndola por la cintura. Después le llevé las rodillas atrás, casi tocándole los hombros, y la embestí con golpes más profundos. Camila tenía esa flexibilidad que le permitía aguantar posiciones imposibles, y se reía bajito cuando le costaba.
—Más fuerte —pidió—. Así, así te siento bien adentro.
Le hice caso. Empujé hasta que el colchón empezó a moverse y la cabecera golpeó dos veces contra la pared. Después la dejé acomodarse otra vez encima. Cabalgó con la espalda recta, después echada hacia atrás, hasta que sentí que se le iba el aire. Su cuerpo se puso rígido, le tembló el muslo izquierdo, soltó el grito ronco de costumbre y se vino una vez más.
—No puedo más —dijo, dejándose caer sobre mí.
***
Cuando recuperó el aire, se incorporó, me sacó el preservativo con una habilidad nueva y me la tomó otra vez con la boca.
—Esta vez quiero la leche acá —dijo, y se señaló los labios con la punta del índice.
No le faltó mucho para conseguirlo. La sostuve por la nuca, le marqué el ritmo, sentí cómo me apretaba con la lengua cuando me subió el primer espasmo y descargué dentro de su boca. Camila no apartó la cabeza. Tragó, se relamió y me sonrió con la mirada todavía vidriosa.
Nos quedamos abrazados un rato, sin hablar. Después nos metimos juntos en la ducha. Le pasé el jabón por la espalda, ella me lo pasó por el pecho. Nos besamos bajo el agua, despacio, sin que esa vez fuera el principio de nada. Solo un final.
Cuando salimos, se vistió en silencio. Se ató el pelo en la misma cola alta con la que había llegado y se miró un segundo en el espejo, el mismo donde dos horas antes había aprendido a no apartarse la vista.
La llevé hasta la esquina donde la había recogido la primera vez. Antes de bajarse, se inclinó y me besó en la boca con calma, sin apuro.
—¿La próxima? —preguntó.
—La próxima.
—Tal vez ese día —agregó, y se mordió el labio—. Pero pensándolo.
Cerró la puerta y caminó hacia su edificio sin darse vuelta. Yo me quedé un rato más, con las manos en el volante, pensando en lo que acababa de prometerme sin pronunciarlo.