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Relatos Ardientes

Con Marcos en el bosque, cruzamos una línea

Dormí mal aquella noche. No era insomnio propiamente dicho, porque el sueño sí llegaba, pero venía roto, partido en mitades que se deshacían antes de que yo pudiera agarrarme a ellas. Me despertaba dos, tres, cuatro veces, con el corazón acelerado y la imagen de Marcos flotando en ese territorio extraño entre el sueño y la vigilia. Una mezcla de miedo y de algo que no me atrevía a nombrar todavía.

En el entrenamiento del día siguiente no di una. Las piernas no me respondían bien, las manos tampoco, y cada vez que Marcos pasaba cerca algo dentro de mí se contraía. Él no hizo nada especial. No me buscó con la mirada, no sonrió, no cambió un milímetro su manera de moverse por el campo. Se comportó exactamente igual que siempre, como si el día anterior no hubiera existido.

Eso era, quizás, lo más desconcertante de todo.

Cuando terminó la sesión me duché deprisa, casi sin secarme, y salí del vestuario sin esperar a nadie. El sendero que bajaba hacia el bosque lo conocía ya de memoria. Lo había recorrido durante los últimos días como si no tuviera otro camino posible. Llegué al punto donde los pinos se espesaban y el ruido de la carretera desaparecía, y ahí estaba Marcos, con las manos metidas en los bolsillos del chándal, mirando hacia los árboles.

No me dijo hola. Yo tampoco. Echó a andar y yo lo seguí.

Nos detuvimos en el pequeño claro donde el suelo estaba más seco, lejos del barro que el arroyo dejaba en los márgenes del camino. Marcos sacó el paquete de tabaco y encendió un cigarrillo con la calma que tenía para todo. Aspiró despacio, soltó el humo hacia arriba y me extendió el cigarrillo sin decir nada.

—Ya no toses —observó.

Era verdad. Cogí el cigarrillo y di una calada sin drama. El humo me raspó la garganta igual que la primera vez, pero ya sabía cómo recibirlo. Se lo devolví y él sonrió un poco, de lado, sin abrir la boca del todo.

—Aprendes rápido.

No contesté. Con Marcos siempre me ocurría lo mismo: las frases que debería decir llegaban tarde, cuando ya no servían de nada. Él, en cambio, hablaba como si tuviera todo el tiempo del mundo y ninguna duda sobre qué dirección tomar.

Fumó otro momento en silencio. Luego bajó la vista hacia mis zapatillas.

—A ver una cosa —dijo.

—¿Qué?

—Pon el pie al lado del mío.

Lo hice sin pensar. Las puntas quedaron casi a la misma altura. Marcos se inclinó hacia adelante como si necesitara confirmar algo que ya sabía.

—Cuarenta y tres —dijo.

—Yo también.

Podría haber terminado ahí, pero deslizó la punta de su zapatilla contra la mía, milímetro a milímetro, como si la longitud exacta importara de verdad. Cuando se incorporó noté que respiraba un poco más rápido que antes.

—El brazo ahora —dijo.

Lo miré sin moverme.

—¿También lo vas a medir?

—Claro. Hay que hacerlo bien.

Giró el codo y apoyó su antebrazo contra el mío desde el hombro hasta los dedos. Desde esa distancia llegaba el olor del jabón de la ducha por debajo del tabaco, y algo más suyo, cálido y limpio a la vez, que me hizo perder el hilo de lo que estaba pensando.

—Quieto —murmuró.

Mantuvo el brazo pegado al mío más tiempo del necesario. Lo suficiente para que yo empezara a notar el peso de ese contacto no solo en la piel, sino más adentro, en un sitio donde normalmente no llegaba ninguna sensación. Cuando volvió la cara hacia mí, la tenía tan cerca que pude ver una pequeña cicatriz en la mandíbula que nunca había notado.

—El mío es un poco más largo —dijo.

—Un poco.

—Habrá que comprobar las manos.

Lo dijo con una calma exasperante. Como si estuviéramos haciendo algo completamente normal, como si aquello no fuera nada, como si el aire entre nosotros no se hubiera vuelto más denso y más difícil de respirar en los últimos minutos.

Alzó la mano entre los dos, con la palma abierta. Dudé apenas un segundo antes de levantar la mía. Nuestras palmas se encontraron primero con timidez, luego por completo. Sus dedos eran un poco más largos, sí, pero lo que importaba era otra cosa: la manera en que no retiró la mano. La dejó ahí, abierta sobre la mía, y con la otra fue acomodando nuestros dedos como si necesitara medir cada uno por separado. Me tocó la yema del índice. Luego el anular. Bajó después hasta la base de la palma y apretó apenas, lo justo para que yo sintiera el pulso en mis propios dedos.

—No tienes la mano tan pequeña como pensaba —dijo, y esbozó una sonrisa.

Me habría gustado responderle con algo ingenioso, devolverle la media broma, protegerme detrás de una frase ligera. Pero lo único que conseguí fue tragar saliva. Marcos lo notó. Estoy seguro de que lo notó, porque en ese instante dejó de fingir que aquel juego no significaba nada. Su manera de mirarme cambió: se volvió más quieta, más directa, más seria.

Tomó el cigarrillo con la misma mano con que había acomodado mis dedos y dio una calada sin soltarme del todo. Luego me acercó el filtro a la boca. Aspiré con la mano todavía encajada bajo la suya. El humo entró despacio y salió más despacio aún, mezclándose entre los dos en el aire quieto del claro. Fue entonces cuando levantó la mano libre y me rozó la boca con el pulgar.

No fue un toque brusco. Solo el paso lento de la yema por el borde del labio inferior, como si acabara de encontrar lo que llevaba tiempo buscando.

—Nos falta esto —dijo.

No pregunté a qué se refería. Lo sabía.

Me quedé paralizado. Marcos volvió a tocarme el labio, esta vez con una precisión tan cuidadosa que noté las rodillas flojear. Me miraba mientras lo hacía, no a la boca: a los ojos. Como si quisiera asegurarse de que yo seguía allí, de que no iba a echarme atrás en el último momento.

—A ver si tienen el mismo grosor —murmuró.

Levanté la mano casi sin darme cuenta. Él la tomó por la muñeca y la guió hasta su boca. Sentí el calor de sus labios antes de rozarlos siquiera. Eran más blandos de lo que había imaginado, más llenos, más vivos. Pasé apenas la yema del dedo y él no se movió. Solo abrió un poco la boca al respirar, lo justo para que ese calor me alcanzara la mano entera.

Marcos tiró el cigarrillo al suelo y lo aplastó con la zapatilla sin apartar la vista de mí. Después se acercó. Ya no quedaba distancia entre nosotros. Noté el calor de su pecho, la humedad tibia de su respiración en la cara, el olor del tabaco mezclado con su piel recién lavada. Tuve tiempo de pensar, con una claridad casi cruel, que aquel era el momento exacto en que todavía podía retroceder. No lo hice.

Fue él quien terminó de cruzar la distancia.

Primero me rozó la boca, apenas un contacto que podría haber pasado por accidente si no hubiera vuelto a hacerlo un segundo después. La siguiente vez ya no fue un roce, sino un beso entero, directo, con una decisión que me borró de golpe todas las dudas que había acumulado desde la noche anterior. Sentí sus labios sobre los míos y durante un instante me quedé sin reacción, no porque no quisiera, sino porque mi cuerpo no sabía todavía cómo sostener algo que había imaginado tantas veces sin creer que fuera a ocurrir de verdad. Marcos sí lo sabía. Me sujetó por la nuca y profundizó el beso con una calma ardiente, como si llevara tiempo pensándolo, como si hubiera ido construyendo ese momento desde el primer cigarrillo compartido.

Entonces reaccioné. Lo agarré por la cintura, torpe al principio, y él respondió acercándome más, hasta que el beso dejó de ser sorpresa y se volvió hambre. Su lengua rozó la mía y me recorrió un temblor entero, limpio, brutal. No había nada suave en lo que me pasó por dentro, aunque el gesto de él sí lo fuera. Era intensidad pura, un incendio que empezaba despacio y no tenía ninguna intención de detenerse. Cada vez que me faltaba el aire, Marcos se apartaba apenas lo justo para respirar sobre mi boca y volver a besarme, manteniéndome suspendido exactamente en ese borde donde todo era demasiado y al mismo tiempo no bastaba.

No sé cuánto duró. El tiempo en el bosque había dejado de funcionar de la manera habitual.

Cuando por fin separamos las bocas, Marcos sonrió con los labios todavía húmedos y me miró como si acabara de confirmar algo que ya sabía desde el principio.

—No —dijo en voz baja—. No los tenemos iguales.

Quise responder, pero solo me salió una risa rota, más nerviosa que divertida. Entonces noté cómo acercaba sus caderas a las mías. Un movimiento sutil al principio, casi imperceptible, que fue volviéndose más evidente hasta que sentí la dureza de su cuerpo contra el mío a través de las telas del chándal.

—Supongo que ahora toca comprobar lo demás —dijo.

Lo miré sin entender del todo.

—Lo demás —repitió con esa calma suya que me desarmaba—. Que el otro día en los vestuarios vi cómo mirabas. No te culpo. Yo también miraba.

No supe qué decir. No dije nada.

Marcos se bajó el pantalón del chándal con la misma naturalidad con que habría abierto una ventana. Y lo que vi me dejó sin palabras. Completamente duro, grueso, de un tamaño que no había imaginado tan cerca. Él me observaba con una media sonrisa mientras yo procesaba lo que tenía delante. Me bajé el mío también, movido por un impulso que no pasaba por ningún razonamiento consciente. Nos quedamos uno frente al otro, cerca, con los cuerpos casi tocándose, y la diferencia entre nosotros era evidente.

—¿Puedo? —preguntó.

Solo eso. Y yo asentí.

Rodeó mi erección con la palma de la mano y me fallaron las rodillas. No fue un agarre brusco, sino algo más curioso que impaciente, como si de verdad quisiera entender cómo era desde dentro de su mano. Noté el calor de sus dedos y se me cerró la garganta.

—¿Quieres tocar la mía? —preguntó.

—Sí —dije. Y lo dije demasiado rápido.

Fue la sensación más intensa que había experimentado hasta ese momento. Caliente, dura y al mismo tiempo suave en la piel exterior. Noté el pulso bajo mis dedos, regular y firme. Marcos empezó a mover las caderas despacio, con una seguridad que me resultó más excitante que cualquier otra cosa que hubiera sentido antes. Yo comencé a moverme también, a bajar y subir la mano con un ritmo que fui encontrando solo, mientras él soltaba mi erección para llevar las manos a mi cara y a mi pelo, recorriéndome con una ternura que no esperaba de él.

Me besó de nuevo. Más largo, más hondo. Con la mano en mi nuca me fue inclinando hacia adelante, y yo entendí lo que quería antes de que lo dijera. Apoyé las rodillas en el suelo, sobre las hojas húmedas del otoño, y levanté la vista hacia él.

Marcos me miraba desde arriba con los ojos oscuros y la respiración ya irregular. Asentí despacio con la cabeza.

Empecé lamiendo despacio, recorriendo toda la longitud, saboreando su piel caliente y salada, acostumbrándome al tacto, al peso, al olor. Besé la punta y sentí cómo se le tensaban los muslos. Cuando lo tomé en la boca, noté sus dedos abrirse en mi pelo.

No había urgencia en ese primer momento. Había curiosidad y algo parecido al asombro. Fui encontrando el ritmo por mí solo, lo que le hacía cerrar los dedos en mi cabeza, lo que le hacía respirar más hondo. Sus caderas comenzaron a moverse al compás, suave al principio, con más decisión después. Mis manos subían y bajaban acompañando lo que entraba y salía de mi boca, mojadas con mi propia saliva. Lo chupé fuerte y lo sentí temblar.

—Para —dijo de pronto—. Que llego.

No me aparté.

Sus dedos se cerraron en mi pelo con más fuerza.

—¿Seguro? —murmuró.

Respondí apretando más y tomándolo más adentro, y eso fue suficiente respuesta. Lo sentí contraerse entre mis labios y un segundo después el calor llegó al fondo de mi garganta, espeso y urgente. Me lo tragué entero, sin soltar, hasta que sus caderas dejaron de moverse y sus manos se aflojaron en mi pelo.

Lo limpié despacio, con la lengua, de arriba abajo. Él se había quedado quieto, apoyado con una mano en el tronco de un pino, mirando el cielo entre las copas de los árboles.

Me puse de pie. Las piernas me sostenían, aunque apenas.

Marcos me miró un momento sin decir nada. Luego me subió el pantalón él mismo, con cuidado, como si fuera lo más natural del mundo. Después hizo lo mismo con el suyo.

—Esto queda entre nosotros —dijo—. Nadie más lo sabe. ¿Me lo juras?

—Te lo juro —respondí.

—Mañana hablamos —dijo.

Me besó una última vez, despacio, con una dulzura que no encajaba con nada de lo que acababa de pasar y al mismo tiempo encajaba con todo. Luego se dio la vuelta y desapareció entre los árboles sin mirar atrás.

Yo me quedé solo en el claro, con el sabor del tabaco y de él en la boca, con las hojas pegadas a los pantalones del chándal y con la certeza absoluta de que algo había cambiado en mí de una forma que no tenía marcha atrás.

Marcos. Ya nunca podría mirarlo de la misma manera.

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Comentarios (5)

Fede_lee

increible, no pude parar de leer!!

Tomas_960

hay segunda parte? quede con ganas de saber que paso despues entre ellos...

NachoDelSur

me gusto mucho como fuiste construyendo la tension. Se siente autentico, no forzado. Seguí así

Rodrigo_ba

buenisimo

pampero1979

me recordo a algo que me paso con un amigo hace años, en un viaje de camping. Tremendo relato, muy bien narrado

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