Mi mejor amiga me pidió que fuera su primera vez
De Camila les quiero contar hoy. Después de aquello con su madre, historia que ya conté en otro relato, se me hace difícil pensar en ella sin recordar la noche del motel y todo lo que vino antes. Camila era el opuesto exacto de su madre: delgada, casi frágil, con un trasero pequeño pero firme, redondo, de esos que se sostienen solos. Lo que más me gustaba era su cara y esa voz un poco ronca que me recordaba a las cantantes de baladas viejas, las que sonaban en la radio los domingos. Era tímida en apariencia, pero conmigo encontró algo que no encontraba con los chicos de su escuela: confianza para hablar sin filtros.
Nos conocíamos desde la pubertad. Ella vivía al final de la colonia, en una casa con piscina, y yo iba todas las semanas a limpiarla porque su padre, sargento de la policía, me pagaba unos pesos por hacerlo. Camila y yo cruzábamos saludos en el jardín, comentarios sobre la escuela, nada más. Hasta que un sábado, sin venir a cuento, su padre me agarró por el hombro y me soltó:
—Si algún día le sacas panza a mi hija, te juro que te saco los sesos.
Le conté a mi madre. Mi madre fue a la comisaría. El sargento dejó de hablarme y yo dejé de ir a limpiar la piscina. Nos distanciamos durante años. Camila estudiaba en un colegio privado, yo en la pública, y cada uno hizo su vida sin cruzarse con la del otro.
Volvió a aparecer en mi puerta cuando ya teníamos diecisiete. Estaba más delgada, llevaba el pelo recogido y me dijo, sin preámbulo, que necesitaba salir a caminar. Caminamos hasta el parque y hablamos durante tres horas. Esa misma semana retomamos la costumbre de vernos. Sus padres estaban en pleno divorcio y la casa se había vuelto un campo de batalla; ella aprovechaba cualquier excusa para no estar ahí.
Fue Camila la que empezó a preguntar por mi vida sexual. Lo hizo con una naturalidad rara, casi clínica. Yo le conté de mis primeras experiencias y ella me confesó, con la cara colorada y los ojos en el suelo, que todavía era virgen y que nunca había tenido novio.
—Lo que te diga queda entre nosotros, ¿no? —me preguntó.
—Lo que tú me digas y lo que yo te diga —contesté.
Desde esa tarde nos volvimos algo raro, algo para lo que en esa época todavía no teníamos nombre. Años después aprendí que se llamaba «amigos con derechos». En las noches que las peleas de sus padres se ponían feas, ella se escapaba y se venía a dormir conmigo. Compartíamos la cobija, nos abrazábamos, nos calentábamos sin pasar la línea. Más de una vez sentí su muslo contra el mío y se me puso dura sin remedio. Pero su situación me daba más pena que ganas. La dejaba dormir.
***
Un sábado llegó pasada la medianoche. Traía los ojos rojos y olía a discusión vieja. Yo me había servido un par de tragos y le ofrecí uno. Aceptó. Terminamos la botella entre los dos, que estaba a medias, y a Camila se le aflojaron primero las palabras y después la postura. Se acurrucó contra mí en el sillón y, sin avisar, me besó.
Nos besamos largo. Cuando bajé la mano a uno de sus pechos por encima de la camiseta, me la apartó con suavidad.
—Si vamos a hacerlo, no quiero que sea así —me dijo en voz baja, mirándome de frente—. Quiero que sea especial. No con miedo a que tu mamá entre por la puerta.
Dormimos abrazados. A partir de esa noche éramos amigos con un permiso nuevo: podíamos tocarnos hasta donde quisiéramos, menos eso último que ella se estaba reservando.
***
Cuando terminó el ciclo escolar consiguió trabajo en la recepción de un motel recién inaugurado, a siete minutos a pie de la colonia. Una tarde llegó a mi casa con cara de tener algo planeado. Se sentó en el borde de la cama, se pasó la mano por el pelo y soltó:
—Mateo, quiero que seas tú.
—¿Yo qué?
—Mi primera vez. Si lo voy a hacer, quiero que sea con mi mejor amigo. ¿Tú quieres?
Quería desde hacía años. Lo que no podía era decírselo así.
Me explicó que tenía acceso a las llaves de las habitaciones del motel, sobre todo a las suites del tercer nivel, que casi no se rentaban porque eran caras. De diez suites, en un mes habían usado cinco. Ella elegiría el día y la hora. Yo me encargaba de los preservativos.
—Te aviso el martes —dijo, y se fue como si acabara de cerrar un trato de oficina.
***
El martes me llamó a las cuatro de la tarde. Suite 312, nivel tres. Le dije que estaba allí en veinte minutos. Salí de mi casa con la mochila al hombro como si fuera al gimnasio, pasé por la tienda de la esquina y compré una caja de tres condones. La cajera ni me miró. Mejor.
Subí las escaleras del motel para no cruzarme con nadie en el elevador. Toqué dos veces. Camila abrió.
Estaba pálida y le temblaban las manos. Le toqué los dedos y los sentí helados.
—Si no estás segura, no pasa nada —le dije—. Podemos quedarnos un rato, ver tele y nos vamos.
—Quiero —contestó—. Si tú no quieres, también está bien. Seguimos siendo amigos.
—Quiero. Solo pensé que la que dudaba eras tú.
Nos besamos parados, junto a la puerta corrediza que daba al estacionamiento. La cortina estaba medio abierta y entraba una franja de luz naranja del exterior. Le toqué la espalda por debajo de la camiseta y la sentí estremecerse. De a poco se fue relajando. La fui guiando hacia la cama sin dejar de besarla.
Camila llevaba una minifalda blanca, una camiseta negra, tenis y unas calcetas cortas que apenas le cubrían el tobillo. Le saqué la camiseta primero. Ella se sentó al borde de la cama y se ayudó a quitarse el sostén, también negro. Era la primera vez que veía sus pechos: pequeños, alargados, con la areola café oscuro y los pezones puntiagudos. La besé en el cuello, fui bajando hasta los pezones y me los llevé a la boca con cuidado. Camila dejó escapar un gemido bajo, casi un suspiro.
Le bajé el cierre lateral de la minifalda. Ella arqueó la espalda para ayudarme a sacársela. Debajo llevaba unas bragas mínimas, negras, ya empapadas. Cuando se las quité, los hilos se estiraron entre la tela y su sexo como una telaraña. Yo me deshice de la camisa, los zapatos y el pantalón. Me quedé en bóxers.
Me eché sobre ella y seguí besándole los pechos hasta llegar al ombligo. Cuando bajé un poco más, Camila levantó la cabeza:
—¿Qué haces?
—Te voy a besar de la cabeza a los pies y de los pies a la cabeza. Hoy entera.
Intentó cerrar las piernas pero ya tenía mi pecho contra su pubis. Le pasé la lengua por el sexo y noté que paró de respirar un segundo. Después soltó el aire entero. No dijo nada más. Me dejó hacer.
La trabajé despacio. Primero con la punta de la lengua, después con toda la boca, deteniéndome en el clítoris hasta sentirla temblar. La acomodé con las nalgas en el borde de la cama, me arrodillé en el piso con una almohada bajo las rodillas y le besé el perineo. De ahí me animé al ano. Camila me hundió los dedos en el pelo. No sé en qué momento dejó de tener miedo. Pasó de la rigidez a la entrega en cuestión de minutos.
Se vino con un gemido largo, que se cortaba y volvía, como si tuviera varios orgasmos pegados uno detrás del otro. Tardó tres o cuatro minutos en respirar normal otra vez. Cuando abrió los ojos los tenía vidriosos.
—Nunca había sentido nada así —me dijo, y se rió bajito, como avergonzada de sí misma.
***
Me limpié la cara con una toalla. Ella se acomodó. Me vio sacarme la verga y ponerme el primer condón sin apartar la vista. Se acostó boca arriba, en misionero, y abrió las piernas.
Le apoyé el glande en la entrada. Empujé lento. La cabeza entró y Camila apretó la mandíbula. Seguí avanzando, milímetro a milímetro, hasta hundirme entero. Sentí el momento exacto en que se rompió el himen, un cambio físico, como cuando un cierre cede. Le pregunté si le dolía.
—No es dolor —contestó con los ojos cerrados—. Es como un ardor.
Empecé a moverme despacio. Camila me miraba a los ojos. Me pasaba las manos por la espalda. No hablaba; respondía con la cadera, marcaba un ritmo, y cuando ese ritmo se acomodaba al mío yo aceleraba un poco. En algún momento se le mojaron los ojos. No de llanto. De placer.
—Ay, qué rico —susurró, y la sentí contraerse alrededor de mí.
Yo no aguanté mucho más. Terminé adentro del condón con una intensidad que casi me hizo perder el equilibrio. Cuando me fui al baño, vi unas líneas rojas en el látex: la marca de su himen roto.
***
Esa tarde usamos los tres condones. Camila se vino otra vez en cuatro patas, conmigo agarrándola de la cintura, y una tercera vez sentada sobre mí, mirándome desde arriba, descubriendo cómo se movía su propio cuerpo. A esa edad uno se recupera en quince minutos y la cabeza ya está pensando en lo siguiente.
Me estaba haciendo sexo oral por primera vez —una mamada de principiante, torpe pero entusiasta— cuando le pregunté:
—¿Probarías por atrás?
—No creo que pueda. Me da miedo.
—¿Lo pensaste alguna vez?
—Mis amigas hablan de eso. Unas lo disfrutan, otras dicen que les dolió mucho.
—Si quieres, intentamos. Si te incomoda, paramos. Así sabes tú, no por lo que te cuentan.
—Mateo… —se detuvo, sonrió—. Está bien. Intentemos.
La puse en cuatro otra vez. Antes de cualquier cosa volví con la lengua, ahora un poco más arriba. Le pasé la boca por el ano hasta que sentí que se entregaba de nuevo. Después fue el dedo, con saliva y paciencia, hasta la primera falange. Cuando le apoyé el glande, se tensó y me expulsó dos veces. No me dijo que parara. Insistí despacio. Y de a poco fui entrando entero.
Gimió fuerte. Me dijo que dolía y que le gustaba al mismo tiempo. Mientras yo me quedaba quieto, le pasé la mano por delante y le acaricié el clítoris. Ella misma empezó a moverse contra mí, marcando un vaivén lento. Yo apenas la acompañaba; lo que se sentía más fuerte era el contraste entre la presión y la caricia. En diez minutos me avisó que se venía. Se vino primero ella, con un grito que tuvo que ahogar contra la almohada, y enseguida me vine yo. Cuando salí, había sangre. Poca, pero había.
***
A partir de esa tarde Camila se aficionó a esa combinación: anal con clítoris. La repetimos cada vez que pudimos. Su padre ya se había ido de la casa y yo entraba por la noche al cuarto, por la ventana del jardín, como un adolescente de película. Lo hacíamos en silencio para no despertar a su mamá. Eran horas largas, eternas, de esas que solo existen a los diecisiete.
Meses después pasó lo de su madre, esa otra historia que ya conté. Una vez le pregunté a Camila si alguien sabía lo nuestro. Me dijo que no, mirándome a los ojos. Le creí. Décadas más tarde me confesó que sí, que se lo había contado a su madre desde el principio. Nunca supe si la madre se metió conmigo por curiosidad o por venganza, y a estas alturas prefiero no saberlo.
Me confesó también, en ese mismo encuentro tardío, que se había enamorado de mí en aquellos años. Que sabía que yo andaba con varias y que nunca habría una relación seria. Lo dijo sin rencor, como quien cierra un cajón viejo y le quita el polvo por última vez.
De Camila guardo un recuerdo limpio y a la vez intenso, de esos que se vuelven más nítidos con el tiempo. La suite 312, las cortinas naranjas, sus manos frías al abrir la puerta, la risa avergonzada después del primer orgasmo. Algunas mujeres pasan. Otras se quedan en la memoria como una habitación que uno puede volver a abrir con los ojos cerrados.