Mi primera vez con un hombre fue más de lo que esperaba
Llevaba dos semanas sin trabajo y sin saber qué hacer con tantas horas libres. Me la pasaba dando vueltas por el apartamento, abriendo el refrigerador sin hambre, mirando el teléfono cada cinco minutos como si alguien fuera a llamarme con buenas noticias. No llamaba nadie. La cabeza, mientras tanto, se me iba a otro lado.
Hacía meses que daba vueltas con la misma idea: quería probar lo que era estar debajo. Lo había imaginado tantas veces que ya no me alcanzaba con imaginarlo. Una tarde, después del tercer café, abrí un chat de esos donde uno cuelga fotos y espera. Subí una de mi espalda y otra de mis nalgas, de cerca, con la cámara del teléfono apoyada en el espejo del baño.
Me escribió un tal Tobías a los pocos minutos. Foto de pecho liso, brazos marcados y una verga que parecía dibujada. Pensé que la imagen era trucada, pero la mandó desde dos ángulos distintos. Hablamos un rato, le conté que era mi primera vez, que estaba nervioso y caliente en partes iguales. Quedamos en vernos al día siguiente en la plaza que está enfrente del centro comercial. Cara visible, nada de cuartos de hotel todavía.
Llegué quince minutos antes. Caminé tres veces alrededor de la fuente, contando palomas para no pensar. Cuando lo vi acercarse me temblaron las manos. Era más alto en persona y tenía esa seguridad que dan los gimnasios y el dinero. Me miró de arriba abajo dos veces sin disimular.
—Pensé que eras más llenito, amor —dijo, y se acomodó la chaqueta—. No vas a poder conmigo. Discúlpame, en serio, pero mejor lo dejamos aquí.
Me quedé parado con la respuesta atragantada. Lo único que me salió fue un «está bien» que sonó a despedida de funeral. Lo vi alejarse con el mismo paso firme con el que había llegado. Volví caminando hasta la parada del autobús y me senté en el banco mirando el piso, con un calor raro subiéndome por la cara. No sabía si era vergüenza, rabia o las dos cosas mezcladas.
En casa me tiré en la cama vestido. Eran las siete de la tarde y afuera ya casi no había luz. Pensé en bañarme, en cocinar algo, en ponerme a buscar trabajo de una vez. No hice nada de eso. Abrí de nuevo el chat.
Esto no se queda así.
Bajé el dedo por la lista de conectados. Me detuve en un perfil que decía «versátil, casa propia, discreto». Sin foto de cara, pero con una descripción larga y bien escrita. Lo saludé con un «hola» tímido. Me respondió en segundos. Se llamaba Damián, vivía en una zona alejada del centro y la propuesta fue directa: que fuera a su casa esa misma noche, que durmiera allá y volviera por la mañana. Sin compromisos, sin presiones, «lo que salga».
Le dije que sí antes de que el miedo me cambiara la respuesta.
***
El taxi tardó casi una hora en llegar a la dirección. Salimos del centro, después de las avenidas iluminadas, después de los barrios con farolas, hasta un camino de tierra donde las casas estaban separadas por terrenos vacíos. La del fondo, blanca, con una luz amarilla en la puerta, era la suya. Le pagué al taxista una propina exagerada, como si así pudiera asegurarme una vuelta segura, y bajé.
Damián me abrió en camiseta y pantalón deportivo. Calvo, de barba prolija, más bajo que yo y bastante más fornido. Me dio la mano primero, después un abrazo corto. Olía a colonia barata y a cebolla salteada.
—Llegaste justo, estaba terminando de cocinar —dijo, y me hizo pasar.
La casa era pequeña y tenía pocos muebles. Una mesa, dos sillas, un sillón de pana marrón, un televisor enorme colgado de la pared. Comimos pasta con salsa y tomamos vino tinto de cartón. Mientras masticaba, me preguntó todo con calma: cómo me había decidido, qué había hecho antes, qué cosas me daban curiosidad. Le conté lo de la plaza esa misma tarde. Se rió bajito.
—Hay tipos que son lindos y tontos al mismo tiempo. No te preocupes.
Le aclaré que nunca había estado abajo. Que sí había chupado, sí me había tocado con otro hombre, pero penetración propiamente dicha, nada. Asintió como si la información le importara y le diera lo mismo a la vez.
—¿Quieres que probemos algunas cosas? —preguntó—. A mí me gustan los juegos. Pero si en algún momento quieres que pare, paras. Te lo digo en serio. Acordemos una palabra. Algo que no se te confunda con nada.
Me reí nervioso.
—Andén.
—Andén —repitió—. Si dices «andén», paro todo. ¿De acuerdo?
***
Después del baño me llevó a la habitación. La cama era ancha y baja, con sábanas grises y cuatro postes de madera en las esquinas. Sobre la mesa de luz, una caja de plástico cerrada que evité mirar fijo. Damián prendió el televisor y puso un video. Dos hombres en una cocina, con luz natural. Me dio vergüenza al principio y después no.
—Ven —dijo, y se sentó al borde de la cama.
Se quitó la camiseta primero, después el pantalón. La tenía mediana, ni grande ni chica, y se la acariciaba con la mano izquierda mientras me miraba. Yo me desnudé más despacio, dándole la espalda parte del tiempo. Cuando me di vuelta, me hizo señas con un dedo.
—Acércate. Mírame.
Lo besé sentado en sus piernas. Tenía la lengua suave y sabía a vino. Me agarró de la nuca con una fuerza que no me esperaba y me bajó la cabeza hasta su entrepierna. Lo chupé sin pensar, lento, con los ojos cerrados, mientras él me acariciaba el pelo con una calma que contrastaba con la presión de la mano.
Cuando me soltó, se acostó boca abajo y abrió las piernas.
—Átame —dijo, y señaló con el mentón la caja de plástico.
Adentro había cuerdas blandas, de las que se usan para escalada pero recubiertas en tela. Me explicó cómo pasarlas por las muñecas y los tobillos, cómo dejar nudos que apretaran sin cortar la circulación. Se dejó atar como quien se deja medir un traje. Cuando terminé, le miré las nalgas. Tenía el ano un poco abierto, marcado, como si fuera la rutina de muchos años. Me dijo que se preparaba todos los días, que era parte del placer.
—Entra —pidió—. Acostúmbrate tú también.
Lo penetré despacio. Casi no me ajustaba. Me pidió que me moviera con fuerza igual, que no le tuviera miedo. Lo hice un rato, hasta que me detuvo con un gesto y me señaló un frasco en la repisa.
—El aceite. Quiero que pruebes algo más.
Lo que me pidió fue meterle el puño. Le dije que no me animaba. Me explicó paso a paso: pulgar adentro, los otros cuatro dedos juntos, presión constante pero suave, esperar a que cediera, retroceder cuando se quejara, volver a empujar. Lo hice con un nudo en la garganta. Tardé largos minutos. Cuando la mano entró entera, hasta la muñeca, lo escuché soltar un gemido grave que me erizó la nuca. No me parecía algo posible y, sin embargo, estaba pasando, ahí, frente a mí.
—Quieta. Déjala quieta un rato —pidió.
Le obedecí. Sentía el calor del cuerpo de Damián cerrado alrededor del puño, los latidos suyos en la palma de la mano. La saqué con más cuidado todavía. Después lo desaté.
***
Estiró los brazos, se sentó al borde, me besó largo. Sentí que algo había cambiado entre los dos. Me agarró de la cara con las dos manos y me sostuvo así un rato, mirándome.
—Ahora tú. ¿Te animas?
Asentí. Y ahí me equivoqué de ritmo. Pensé que iba a empezar con los dedos, con calma, como me había leído. Pero antes me invitó a acostarme boca arriba, abrió la caja de nuevo y sacó una vela gruesa, con forma de pene, de color verde oscuro. Me la mostró sin sonreír, como si me estuviera enseñando una herramienta.
—Esto primero. Para que vayas conociendo.
Me ató las muñecas a los postes del cabecero. Después los tobillos, separados. Me sentí expuesto de una manera que no había sentido nunca, ni siquiera en mi cabeza cuando lo había imaginado. Cerró las cortinas. La luz del televisor parpadeaba sobre mi pecho.
La vela entró con dificultad, incluso con el aceite. Me ardió desde el primer centímetro. Me quejé, pero él me dijo que respirara, que aflojara, que confiara. Lo intenté. La vela subía y bajaba con un ritmo lento y obstinado. En algún momento empecé a sentir algo que no era solo dolor: una mezcla rara, un latido nuevo más adentro. Cerré los ojos.
—Estás listo —dijo, y la sacó.
Lo que vino después fue distinto a lo que había imaginado. Se puso encima, me agarró las piernas y empujó. Tenía la verga más pequeña que la vela, pero la metió entera de una sola vez, sin pausas. Grité. No tuve tiempo de pensar la palabra. Tiré de las cuerdas y no cedieron. Él se quedó quieto adentro de mí, me besó la frente, me dijo que respirara, que ya estaba, que lo peor era el primer minuto. Me pasaba la mano por el pelo.
Empezó a moverse despacio. El dolor seguía, no se iba, pero algo en mí dejó de pelear. Cerré los ojos y sentí la respiración suya en la oreja, la barba raspándome el cuello, el peso del cuerpo aplastándome contra el colchón. Lloré sin darme cuenta, lágrimas finas, sin sollozos. Me las secó con el pulgar mientras me embestía.
Aceleró. Le sentí los músculos del abdomen apretándose contra los míos, los muslos contra mis muslos. Acabó adentro con un gruñido corto, casi vergonzoso. Se quedó así, encima, hasta que se le bajó. Cuando salió, me ardió tanto que pensé que estaba sangrando. No estaba. Era solo el ano que pulsaba como un segundo corazón, latiendo descompasado.
Me desató. Me hizo girar de costado y se acostó atrás, abrazándome. Me besó la nuca, los hombros, la espalda. Me acarició el vientre con la palma abierta. No me pidió permiso ni explicaciones. Estuvimos así mucho rato, sin hablar, mientras el televisor seguía pasando videos en silencio.
—¿Estás bien? —preguntó al fin.
—Sí. Creo que sí.
—No mientas.
—No miento.
Me quedé dormido pegado a su cuerpo, con su aliento en mi pelo y un dolor sordo que ya no era miedo.
***
Amanecí con sol y con el ano hinchado. Damián ya estaba en la cocina. Olía a café y a pan tostado. Me costó caminar derecho los primeros pasos. Al verme entrar, sonrió como si no hubiera pasado nada raro entre nosotros, como si fuéramos viejos amigos.
Intentamos otra vez en la cama, antes del desayuno, pero apenas me tocó allí me retorcí del dolor. Me dijo que no era nada, que el cuerpo se acostumbraba, que la próxima sería distinta. Le dije que sí, que la próxima.
Desayuné en silencio, escuchándolo hablar de su trabajo, de su perro que estaba en casa de un amigo, del jardín que quería plantar atrás. Pedí un taxi desde su teléfono. Cuando me despedí en la puerta, me agarró de la nuca con esa misma fuerza que me había sorprendido la noche anterior y me besó largo, sin apuro.
—Avísame cuando quieras volver.
—Te aviso.
En el taxi de vuelta, mirando los terrenos vacíos pasar por la ventana, pensé en la palabra que habíamos acordado. «Andén.» En ningún momento se me había cruzado decirla. Eso me asustó casi más que todo lo demás.