Saltar al contenido
Relatos Ardientes

El mensaje que me hizo viajar a la capital

Todo empezó con una solicitud de amistad en una red social. Mariano tenía treinta y dos años, una sonrisa pausada en la foto de perfil y un modo de presentarse que no se parecía al de los chicos del pueblo. Yo cursaba el último año de la preparatoria y no entendí del todo por qué le di aceptar.

Vivía en Las Cañadas, un pueblo polvoriento del norte donde casi todo el mundo sembraba algo o cuidaba a alguien. Me habían criado mis abuelos. La idea que tenían del mundo cabía en tres calles, una iglesia y la tienda de don Heriberto. Mi rutina era ir a la prepa, volver, ayudar en la cocina y dormir. Para salir a la esquina necesitaba justificarme tres veces.

Con tantos noes encima y poco más que hacer, contestar sus mensajes se volvió mi único hueco propio. Hablábamos de cualquier cosa: una película que él había visto, una canción que yo había escuchado, lo que pensaba sobre el clima, sobre el futuro, sobre la gente. Lo absurdo le quedaba interesante. Es solo el chat, me decía a mí misma, nadie tiene por qué enterarse.

Pero algo crecía. Empecé a esperar la hora en que se conectaba como antes esperaba el recreo. Empecé a ver el pueblo distinto, como si me hubieran ajustado los lentes. Mariano me hacía preguntas que nadie me había hecho nunca. Me escuchaba. Y yo, que casi no tenía amigas, me descubría confesándole cosas que ni a mí misma me había dicho en voz alta.

Quería verlo. Lo soñaba. Pensaba que era mi príncipe azul, aunque me daba vergüenza decirlo así ni en mi cabeza. Cuando lograba escaparme una hora a la plaza del pueblo de al lado, ahí estaba él, esperándome al lado de su camioneta. Eran encuentros cortos, vigilados por el reloj y por el miedo a que alguien me viera. Lo más que me daba era un abrazo y un beso en el cachete al despedirse, y aun así yo regresaba flotando.

Pasaron casi dos años así, chateando casi todos los días, viéndonos contadas veces. Hasta que una tarde me escribió que lo cambiaban a la capital. Que se iba al día siguiente. Que si quería despedirme tenía que ser esa misma noche, en el lugar de siempre.

Me temblaban las piernas mientras lo esperaba al borde del camino, escondida entre los álamos. Cuando bajó de la camioneta, no me dio el abrazo de costumbre. No dijo nada. Me tomó la cara con las dos manos y me besó en la boca. Fue largo. Mucho más largo de lo que yo me había atrevido a imaginar. Y cuando se separó, supe por su mirada que él también se había enterado de algo. Yo me disculpé. Era mi primer beso.

Esa noche no dormí. Mi cuerpo no entendía qué tenía que hacer con todo lo que le acababa de pasar.

***

Después vinieron meses de silencio. Mis mensajes se quedaban en visto, o no llegaban a destino. La vida volvió a su cauce de regaños, tareas y misas de domingo. Aprendí, casi a la fuerza, a vivir sin esperar nada.

El jueves diez de septiembre encontré su nombre en la pantalla. No me explicaba la ausencia. No me pedía perdón. Solo escribía: «Te espero el domingo a las once en la central de autobuses de la capital. Estaré en la salida de pasajeros. Sé que no es fácil para ti. Si no tienes para el boleto, yo te lo pago aquí. Es la única oportunidad de volver a vernos. Besos».

Lo leí cinco veces. Haré lo posible, respondí.

Llamé a Camila, mi mejor amiga, que vivía en el pueblo de al lado. Me dijo que estaba loca, que ni se me ocurriera. Cinco minutos después estaba pensando cómo prestarme la plata sin que su padre se diera cuenta. Inventamos una urgencia familiar para que el viejo aflojara la cartera y, con mis abuelos, dijimos que era el cumpleaños de Camila y que yo dormiría allá. A las siete de la mañana del domingo crucé caminando hasta su casa, tomé un camión local y, dos transbordos después, estaba sentada en un autobús con destino a la capital, apretando el boleto entre los dedos.

***

Nunca había estado en una ciudad tan grande. Cuando bajé del autobús, me dejé llevar por la corriente de gente porque no sabía a dónde ir. Y de pronto él estaba ahí, recargado contra una columna, esperándome.

Mi corazón se detuvo y se aceleró en el mismo segundo. Se acercó, me preguntó cómo me había ido, me tomó de la mano sin preguntarme y me llevó hasta el estacionamiento. Su coche era nuevo, distinto al de antes. Adentro olía a colonia cara y a tabaco viejo.

Antes de arrancar, se giró hacia mí. Me agarró por la nuca con una firmeza que no había usado nunca conmigo, y me jaló suave hacia su boca. Pensé que me besaría como en la despedida. Pero no. Apenas un roce a un lado de los labios. Después se separó, me miró la boca y dijo:

—Tengo que pasar a resolver un asunto. Cuando termine, te llevo a un lugar donde podamos hablar tranquilos.

El asunto resultó ser un operativo en la carretera, dos hombres con radios, un sobre que cambió de manos. Después una nave grande llena de máquinas y cuatrimotos. Me presentó a sus compañeros como su novia. Lo dijo en voz alta, sin titubear, y yo sentí que el piso se levantaba un palmo. Me subió a una cuatrimoto y me paseó por el terreno haciendo caballitos hasta que grité y me reí y olvidé por un rato dónde estaba. Era la primera vez en años que algo me hacía gritar de pura adrenalina.

—Vámonos —dijo cuando bajamos—. Te llevo a un lugar donde podamos estar solos.

***

Cuando entró al motel no entendí. Era un edificio largo, con cocheras individuales tapadas con cortinas. Le pregunté por qué me llevaba ahí, y me contestó sin mirarme:

—Para hablar. Vemos una película, descansamos un rato, te regreso temprano.

Le creí. Quise creerle. Bajé del coche detrás de él como una sonámbula.

La habitación me pareció de otra galaxia. Luz tenue color ámbar, un jacuzzi en una esquina, una cama enorme cubierta de almohadas. Olía a sándalo. Había un tubo de acero que iba del piso al techo, iluminado por detrás con un humo apenas perceptible. Yo había visto cosas así solo en películas. Mariano notó cómo se me iban los ojos.

—Ven —dijo—. Siéntate. Te preparo algo.

Me sirvió una bebida dulce con hielo. La tomé despacio. Después abrió una botellita de vino tinto y me llenó la mitad de una copa.

—De un trago —ordenó.

Obedecí. Unos segundos después sentí el calor subiéndome por el pecho hasta las orejas. La cara me ardía. Algo en la entrepierna empezó a latir con un ritmo propio, como si tuviera un pulso aparte del mío. El coño se me contraía sin permiso, y cada vez que apretaba los muslos, un tirón húmedo me recordaba que ahí abajo la sangre me pesaba distinto.

Mariano se acercó. Me veía distinto, o yo lo veía distinto. Se paró frente al banco donde estaba sentada y, sin decir una palabra, me abrió las piernas con las dos manos. Se metió entre ellas. Me besó. Esta vez fue otro tipo de beso: la lengua entera dentro de mi boca, buscando la mía, empujándola, chupándomela como si quisiera arrancármela. La respiración se me cortó. Su mano me bajó por la cintura y me jaló hacia él, y entonces sentí, contra la falda, el bulto duro de su verga clavándose en mi vientre. No dije nada. No supe qué decir. Me sentía desnuda sin estarlo, y el corazón me golpeaba entre las piernas con la misma fuerza que en el pecho.

Cuando se separó, me tapó la boca con la mano de un modo casi cariñoso, ladeó mi cabeza y empezó a besarme el cuello, a lamerlo, a chuparlo despacio detrás de la oreja. Una corriente me bajó por la columna y se me quedó atorada entre las piernas. Sentí los pezones endurecerse contra el sostén, tan duros que dolían. Era nuevo. Era demasiado. La pantaleta se me había pegado a la carne, empapada, y cada vez que él me apretaba contra su verga por encima de la ropa yo movía la cadera sin querer, buscando fricción.

—Estás caliente —me susurró al oído, y la palabra sola me sacó un gemido corto que no supe callar.

Me tomó de la mano y me llevó a la cama. La voz le cambió.

—Tranquila. Abrázame.

Yo seguía sentada en el borde, con la cara a la altura de su cintura. Su cuerpo olía a algo entre madera y sudor limpio. Me apoyé contra él como pude, y sentí, en el cachete, el bulto firme bajo el pantalón, palpitando contra mi mejilla. Se me quedó grabada esa sensación: la tela áspera del jean y, debajo, algo vivo, denso, que se movía cuando él respiraba. Me quedé quieta, tratando de entender qué se hacía con esa parte de la información. Él me tomó la mano y la puso encima, por sobre el pantalón, y me hizo apretar. Retiré los dedos por reflejo, y él, sin enojarse, volvió a ponerlos ahí.

—No te va a morder —dijo, y se rio bajito.

—Acuéstate en medio —dijo después.

Obedecí.

Se sacó el cinto y me alarmé. Pero solo fue eso. Lo dejó caer sobre la silla, se acostó a mi lado y me besó otra vez, más hondo, mordiéndome el labio de abajo hasta hacerme abrir la boca del todo. La mano le empezó a viajar. Me recorrió el cuello, los hombros, los pechos por encima de la blusa. Me pellizcó los pezones a través de la tela, primero suave, después con una torcida más firme que me arrancó un jadeo. Cuando bajó hacia el vientre, alcancé a decir que no.

—Solo voy a tocarte por encima —murmuró—. Calla un momento.

Sus dedos rozaron por encima de la pantaleta. Una pierna, luego la otra, despacio. Me acariciaba el pubis con la palma abierta, apretando apenas, y cada vez que subía la mano al montículo me tiraba de la tela y esa tela mojada se me metía entre los labios y me rozaba el clítoris. Algo en mí cambió. Estaba empapada y no terminaba de entender por qué. Me daba vergüenza, quería levantarme a verme, a limpiarme, pero mi cuerpo había decidido sin consultarme y ya se movía solo, buscándole la mano.

—Abre las piernas —ordenó.

Las abrí. Sentí su cara contra el muslo, su lengua dibujando un camino por el borde de la tela, subiendo desde la rodilla, respirando fuerte contra mi piel. Después un dedo enganchó la pantaleta y la corrió a un lado. Me quedé expuesta, con el coño abierto frente a su cara, y él me miró unos segundos como quien reconoce el terreno antes de entrar.

—Qué mojado —dijo, y me lo dijo como si le gustara, y a mí me quemó la cara.

La lengua se me plantó entre los labios, plana, ancha, y empezó a lamerme de abajo hacia arriba, lenta, como quien saborea algo. Se me escapó un sonido que no sabía que podía hacer. Me retorcí. No fue elegante. No fue como en las películas. Fue intenso de un modo que no había vivido nunca. Me chupó los labios uno por uno, me metió la punta de la lengua adentro y la sacó, y después subió a buscarme el clítoris y se quedó ahí, dando vueltas, chupándolo, dibujándome círculos con la punta hasta que yo empecé a levantar la cadera contra su boca sin poder frenarme. Cerraba los muslos alrededor de su cabeza y él me los abría con las manos, sin dejarme escapar, sin dejar de chupar. Yo apretaba las sábanas, gemía por primera vez en mi vida sin importarme quién me oyera, y el placer se me iba acumulando en un punto entre las piernas y la boca del estómago que no reconocía.

Justo cuando sentía que estaba por irme a alguna parte, se detuvo.

Me metió la punta de un dedo. Apenas. Lo dejó ahí, mirándome. Después lo empujó un poco más, con cuidado, y sentí cómo se hundía en algo apretado y caliente que era yo misma. Lo sacó despacio, lo volvió a meter, y con la otra mano me pellizcaba un pezón hasta hacerme arquear la espalda.

—Estás lista —dijo, casi en voz baja—. Va a ser raro al principio. Confía.

Me pidió que me quitara la blusa y el sostén. Otra vez la vergüenza, otra vez la obediencia. Cuando me los quité, me observó largo, sin tocarme, y dijo que tenía las tetas de una diosa, que le habían crecido para él, que iba a llenárselas de saliva y de semen antes de que terminara la tarde. En ese momento me sonó a promesa. Me tomó un pezón entre los dientes y tiró apenas, y después lo chupó entero, hundiendo la lengua en la areola, mordisqueándome el otro con los dedos. Yo no paraba de moverme, la pantaleta empapada bajándose sola con cada arqueo de la cadera.

Se desnudó. Cuando salió la verga, me quedé mirando sin poder disimular. Era la primera vez que veía una de verdad. Estaba parada contra el vientre, gruesa, dura, con la punta brillante de una gota transparente. Me tomó la mano y la llevó a su sexo. Por instinto lo apreté demasiado. Él me corrigió el agarre con paciencia, sin reírse de mí, cerrando mi puño alrededor de la base, guiándomelo arriba y abajo con la piel corriéndose sobre la carne dura. Se le escapó un gemido bajito la primera vez que le arranqué la piel hacia atrás y le dejé la punta al aire.

—Así, despacio —me dijo—. No te pido que la chupes. Solo que sepas que está ahí. Y que vas a sentirla en un rato.

Pero acercó la punta a mi boca igual, la restregó contra mis labios, dejando un rastro pegajoso y salado. La lengua se me asomó sola. Le lamí la punta apenas, y él soltó un sonido ronco que me apretó algo por dentro.

Hubo algo en su mirada en ese momento que no había estado antes. Un brillo distinto. Lo registré sin saber qué hacer con él.

Se acomodó entre mis piernas. No me dejó caer todo su peso encima. Me abrió los muslos con las rodillas, se acomodó, y agarró la verga con la mano para dirigirla. Sentí la punta apoyada en la entrada, perfectamente acomodada, resbalándose entre los labios mojados, buscándome el agujero. Cuando lo encontró, la empujó apenas, y yo sentí cómo la carne se me abría de a poco alrededor de algo que no cabía.

—Imagínala entrando —dijo—. Imagina que eres tú quien la pide.

Y yo, sin reconocerme, la pedí.

—Métemela —murmuré, con la voz partida.

No fue de un solo golpe. Fue milímetro a milímetro, como si midiera. La punta entró primero, ensanchándome, y después el tronco, empujando contra una resistencia que era mi propio himen. Sentí el momento exacto en que algo se rasgó dentro de mí. Un ardor limpio, cortado, seguido de la sensación de estar llena por primera vez. Lo sentí tan claro que me asusté. Quise llorar y a la vez quise que no parara. Se quedó quieto unos segundos, hundido hasta la base, dejándome sentir el pulso de su verga adentro. Después dolió menos. Después dolió de un modo distinto, mezclado con algo cálido y profundo que me hacía levantar la cadera para buscarlo.

Empezó a moverse. Salidas largas, entradas hondas, un ritmo lento que fue creciendo. Cada embestida me sacaba un jadeo. Él me miraba la cara, atento a cada mueca, y cuando vio que yo dejaba de cerrar los ojos por el dolor y empezaba a cerrarlos por otra cosa, aceleró. La cama empezó a crujir. Mis tetas rebotaban con cada golpe de cadera, y él bajó la cabeza y me chupó un pezón sin dejar de cogerme, mordiéndolo apenas cada vez que entraba hasta el fondo.

—Así, mi amor, así —jadeaba contra mi oído—. Aprieta la panocha. Apretala fuerte.

Yo no sabía cómo, pero apreté. Y él soltó un gruñido y me clavó las manos en las caderas y empezó a follarme más rápido, subiéndome las rodillas contra el pecho para entrar más hondo. En esa postura sentí cómo me golpeaba el fondo con cada envión, un dolor sordo mezclado con un placer que me subía a la garganta. Me di cuenta de que estaba gimiendo alto, sin vergüenza, y de que le clavaba las uñas en los hombros para pedirle más.

Me dio la vuelta. No sé cómo. Me puso boca abajo, me levantó de las caderas y me dejó con las rodillas en la cama y la cara contra las almohadas. Volvió a metérmela desde atrás, de un solo empujón esta vez, hasta el fondo, y yo grité contra la tela. Ahí adentro se sentía distinto. Más profundo. Más ancho. Me agarró un mechón de pelo y tiró apenas, como para hacerme levantar la cabeza, y con la otra mano me dio una nalgada que me sonó en toda la habitación.

—Dime que te gusta —jadeaba—. Dímelo.

—Me gusta —susurré, ahogada—. Me gusta, no pares.

—Más fuerte.

—¡Me gusta! —grité, sin reconocer mi voz.

Me la clavaba con una cadencia larga, sacándomela casi entera y volviendo a hundírmela, y cada vez que la enterraba hasta el fondo se me escapaba un gemido que ya no controlaba. Sentí algo apretándose en el bajo vientre, algo enroscándose, subiendo, y de pronto se me soltó. Todo el cuerpo se me tensó, el coño se me cerró en espasmos alrededor de la verga, y me vine por primera vez en mi vida, mordiendo la almohada, temblando de la cintura para abajo, con un grito ahogado que me salió del pecho.

Él lo sintió. Se dio cuenta. Me la sacó de golpe, me giró boca arriba y se subió a horcajadas sobre mi vientre. Se agarró la verga con la mano, empapada de mí, y empezó a masturbarse rápido, apuntándome a las tetas y a la boca del estómago. Los ojos se le pusieron vidriosos. La respiración se le entrecortó. Con dos gemidos guturales, la corrida le salió en chorros calientes, uno tras otro, sobre mis pechos, mi vientre, un hilo largo que me llegó al cuello. Cayó sentado sobre mis muslos, jadeando, con la verga todavía en la mano y goteándome encima.

Lo que me habían contado de la primera vez no se parecía a esto. No era solo dolor. No era solo placer. Era un cruce de las dos cosas, y de algo más que todavía no sé nombrar.

Cuando él terminó, se dejó caer a mi lado un rato, con la mano abierta sobre mi vientre, corriéndome el semen por la piel como si me lo untara. Me ordenó que me vistiera así, sin limpiarme del todo, con la corrida secándose entre las tetas y la sangre secándose entre los muslos. Que así me iba a regresar a casa. Obedecí, como había obedecido todo lo demás.

***

En el coche, camino a la central, hablamos poco. No me dio nunca la explicación de los meses de silencio, y yo no se la pedí. Le dije que me dolía por dentro. Me contestó que el cuerpo aprende. Que con el tiempo iba a disfrutarlo más. Me dijo que había quedado complacido conmigo. Sacó un billete del bolsillo, me lo puso en la mano y me dejó en el estacionamiento. No me acompañó a comprar el boleto. Se despidió con un beso en el cachete, igual que antes de todo, y se fue.

Subí al autobús con la cara apoyada en la ventanilla. El sol caía sobre los maizales del valle como si nada hubiera cambiado. Yo, por dentro, era otra. No sabía si lo volvería a ver. Tampoco sabía si quería volverlo a ver. Solo sabía que la niña que había salido de Las Cañadas esa mañana no era la misma que estaba volviendo, y que esa frontera, una vez cruzada, no admitía regreso.

Ver todos los relatos de Primera Vez

Valora este relato

Comentarios(8)

Cami_lectora

que relato tan lindo, me engancho desde el principio!!

ElViajero_ok

Una segunda parte por favor, quede con ganas de saber como termino todo

Silvieta88

Me recordo a cuando yo tambien conocí a alguien por internet de joven... esas cosas te marcan para siempre

koque56

Muy bien narrado, se siente autentico. Espero mas relatos tuyos

LuciaR_cba

y bueno?? como te fue jajaja quedo incompleto!

HernanPY

excelente!!!

PatriciaVigo

Este tipo de relatos son los que mas me gustan, de experiencias reales. Seguí así!!

MateoNqn77

Cuantos años tenia el cuando te escribio? me genero curiosidad esa parte

Deja un comentario

Iniciar sesión o crear cuenta

Elegí cómo querés continuar.