Mi primera vez con un hombre fue una Nochebuena
Llevaba casi un año metido en esas páginas de contactos donde la gente publica anuncios buscando lo mismo que yo. Había escrito a decenas de hombres, había recibido respuestas a medias, citas que se cancelaban, fotos que no coincidían con la persona que aparecía después. Cada vez que parecía que iba a concretarse algo, surgía un pretexto: el trabajo, la pareja, el miedo. Sobre todo el miedo. El mío y el de ellos.
Era el 24 de diciembre cuando por fin pasó. Llevaba toda la mañana intercambiando mensajes con un tipo al que voy a llamar Iván. No habíamos cruzado fotos hasta ese mismo día. Lo único que sabía de él era lo que él quería, lo que yo quería, y que vivía a una hora de mi casa. No nos hicieron falta más mensajes. A veces, cuando una cosa lleva años atorada en la garganta, la decisión se toma en treinta segundos.
—Plaza Las Acacias, a las cinco —escribió.
—Ahí estaré —respondí.
Le mandé la patente del auto. Él me mandó una descripción rápida: chamarra gris, gorra negra, mochila al hombro. Suficiente.
Salí de casa con la excusa de hacer las compras de última hora para la cena. Mi familia me esperaba a las nueve. Tenía cuatro horas. Más que de sobra, pensé entonces. Hoy, mirándolo en perspectiva, sé que cuatro horas son nada cuando llevas media vida cargando una pregunta.
Llegué al estacionamiento con veinte minutos de anticipación. Me quedé en el auto, mirando el espejo retrovisor, intentando convencerme de que no estaba haciendo nada raro, de que era solo una curiosidad como cualquier otra. Pero las manos me temblaban. La radio sonaba con villancicos y yo no podía concentrarme en ninguna palabra. Pensé en irme. Lo pensé tres veces. La cuarta lo vi acercarse.
No era un modelo. Tampoco era feo. Era un hombre normal, de unos treinta y pocos años, con cara de cansado y una sonrisa nerviosa cuando me identificó. Abrió la puerta del copiloto y se subió sin mirarme demasiado.
—Hola —dijo.
—Hola —contesté.
Las dos sílabas pesaban como una piedra.
—¿Y ahora? —preguntó.
—Hay un hotel a tres cuadras —dije—. Lo conozco. Es discreto.
Asintió. No hablamos en el trayecto. Yo iba contando las cuadras y revisando el espejo en cada esquina, como si esperara que alguien conocido me viera. Él miraba por la ventana, con las manos cruzadas sobre las piernas. Llegamos al hotel, pagué la habitación por dos horas en la ventanilla, recibí la llave y subimos en silencio.
***
La habitación olía a desinfectante y a otro tiempo. Una cama doble, una mesita de noche, una televisión encendida con el canal de bienvenida. Cerré la puerta con seguro. Él dejó la mochila en una silla y se quedó parado en el centro del cuarto, sin saber muy bien qué hacer con los brazos.
—¿Y entonces? —dijo, intentando reírse—. ¿Quién empieza?
—No sé —respondí—. Es mi primera vez con un hombre.
—La mía también.
Nos miramos un segundo más de lo necesario. Algo se soltó en el pecho.
—A ver —dije—. Quítate la camiseta.
Se la quitó. Tenía el cuerpo de alguien que no va al gimnasio, pero que tampoco se descuida. Pecho ancho, vello oscuro bajando hasta el pantalón, una cicatriz pequeña en el costado. Yo me quité la mía. Nos miramos un instante, los dos en jeans y descalzos, y de pronto la pena que llevaba colgada desde la mañana se desinfló.
—Acércate —pidió.
Me acerqué. No sabía si debía besarlo o no. Decidí que no, todavía no. Le puse una mano en el cuello y bajé despacio por el pecho, sintiendo cómo se le erizaba la piel bajo mis dedos. Él hizo lo mismo, con menos seguridad, y por un momento estuvimos los dos parados en medio del cuarto, recorriéndonos como si estuviéramos comprobando que el cuerpo del otro era real.
—Bájate los pantalones —murmuré.
Lo hizo. Yo lo imité. Nos quedamos en ropa interior y el aire de la habitación pareció hacerse más denso. Después de tantos meses imaginándolo, ahí estaba: otro hombre, frente a mí, esperando lo mismo.
Se hincó.
No me lo pidió, no avisó. Simplemente bajó hasta quedar de rodillas frente a mí, me tomó por la cintura del calzoncillo y lo deslizó hasta los tobillos. Sentí su mano, dudosa al principio, ajustándose a la forma de algo nuevo. Me rodeó la base con los dedos, alzó la mirada un segundo —como pidiendo permiso— y se lo metió en la boca.
—Despacio —pedí—. No tienes que apurarte.
No fue la mejor mamada de mi vida, pero pocas veces algo me había parecido tan caliente. No por la técnica. Por la imagen. Por la confirmación de que ese hombre, un desconocido al que había contactado por una página de internet, estaba arrodillado frente a mí en una habitación de hotel un veinticuatro de diciembre, y por primera vez en mi vida yo no estaba imaginándolo: lo estaba viviendo.
Lo levanté después de unos minutos. Le besé la frente, sin pensarlo. Él se rio.
—¿Y eso?
—No sé —dije—. Me dio.
Lo guié hasta la cama. Le pedí que se acostara y me hinqué entre sus piernas. Le bajé el calzoncillo. Hice lo que él había hecho conmigo, pero más despacio, intentando registrar cada cosa: la textura, el sabor distinto, la forma en que el cuerpo de un hombre responde al de otro. Iván cerró los ojos. Tenía una mano en mi nuca, sin presionar, solo posada.
—Para —dijo después de un rato.
Paré.
—¿Qué pasa?
—Si seguimos así me voy a venir —dijo—. Y quiero más.
***
Se dio vuelta sobre la cama. Se hincó con el pecho contra las sábanas y el culo en alto, y giró la cabeza para mirarme por encima del hombro. No dijo nada. No hacía falta.
Le pregunté si estaba seguro. Asintió. Le humedecí la entrada con saliva, con los dedos, intentando hacerlo despacio, recordando todas las cosas que había leído de noche en foros, en chats, en historias de otros como yo. Cuando me sentí listo, me acomodé y empujé. Suave. Centímetro a centímetro. Sentí cómo se abría, cómo cedía, cómo lo apretado del cuerpo de otro hombre era una sensación que ninguna mujer me había dado nunca.
—Espera —dijo, con la voz apretada—. Espera un segundo.
Esperé. Le puse la mano en la espalda baja, le acaricié los riñones. Sentí cómo respiraba, cómo se relajaba alrededor mío.
—Sigue —pidió—. Despacio.
Empecé a moverme. Despacio al principio, después un poco más rápido, leyendo cada uno de sus jadeos como si fueran instrucciones. Cuando estuve seguro de que no le dolía, le di una nalgada. Solo una. Floja.
—Otra vez —susurró.
Lo hice otra vez.
—Más fuerte.
Lo hice más fuerte. Él soltó un sonido contra la almohada, agarrándola con las dos manos, y empezó a empujar hacia atrás, marcando el ritmo.
—Aprietas riquísimo —le dije.
—Y tú —contestó, sin girarse—, no sabes lo que estás haciendo.
Me reí. Era verdad. No sabía. Estaba aprendiendo en tiempo real, con un manual escrito por su cuerpo.
Después de unos minutos lo saqué. Quería que el primer turno fuera completo, y todavía no había sido el suyo.
—Es tu turno —le dije.
Me acosté boca arriba al borde de la cama, levanté las piernas y me abrí con las manos. Él se acomodó entre mis muslos. Cuando sentí la punta presionando contra mi entrada, supe que iba a doler. Y dolió. Mucho más de lo que esperaba.
—Para —murmuré—. Para un segundo.
Paró. No salió. Solo se quedó quieto, mirándome, con la mano apoyada en mi pecho como si me estuviera midiendo el pulso. Esperé. Respiré hondo. Le hice una seña.
—Sigue. Más despacio.
Siguió. Yo me concentré en respirar, en aflojar el cuerpo. Después de unos segundos largos, el dolor empezó a cambiar de forma. No desapareció, pero dejó de ser dolor solamente. Era una mezcla rara de incomodidad, de tensión, de algo que se abría dentro de mí. Cuando sentí sus muslos chocando contra los míos supe que estaba todo adentro.
—¿Bien? —preguntó.
—Bien —dije.
Empezó a moverse. Y en algún punto, entre la cuarta y la quinta embestida, lo que era dolor se convirtió en otra cosa. Una sensación que no había sentido nunca y que voy a recordar siempre: la confirmación de que mi cuerpo podía dar y recibir, sin reglas, sin manual, sin permiso de nadie.
***
Estuvimos así un rato largo. Cambiamos de posición dos veces. En algún momento se le bajó la erección y me pidió que se la chupara para volver a empezar. Lo hice. Volvió a ponerse duro en mi boca y eso, por alguna razón, me pareció lo más íntimo de toda la tarde.
Después fui yo el que se vino dentro de él. Le pedí permiso antes, sin retirar, jadeando contra su oreja.
—¿Dónde quieres? —pregunté.
—Donde quieras —dijo.
—¿Adentro?
—Adentro.
Y me dejé ir. Sentí mi cuerpo descomponerse en oleadas, sentí sus manos cerrándose alrededor de las mías, sentí su voz susurrando algo que no entendí pero que sonaba parecido a alivio.
Nos quedamos quietos un rato. Después él se vino dentro de mí, en otra ronda, ya sin contar el tiempo. La habitación estaba en penumbra y la televisión seguía con su canal de bienvenida silencioso. Afuera, el mundo seguía siendo veinticuatro de diciembre. Adentro, yo estaba dejando de ser otra persona.
Nos duchamos por separado, sin hablar mucho. Nos vestimos. Bajamos las escaleras del hotel con la misma cara de antes, como si no hubiera pasado nada. Lo llevé hasta la parada del autobús que él me indicó. Antes de bajarse, me miró.
—Feliz Nochebuena —dijo.
—Feliz Nochebuena —contesté.
Cerró la puerta. Lo vi alejarse por el espejo retrovisor hasta que se confundió con la gente de la parada. Nunca más volvimos a escribirnos. No por enojo, ni por arrepentimiento. Por algo más extraño. Como si los dos supiéramos que insistir habría sido empujar contra una puerta que ya se había abierto del todo.
Llegué a la cena familiar a las nueve y cinco, con la bolsa del supermercado todavía a medio llenar. Mi madre me preguntó por qué tardé tanto. Le dije que había mucho tráfico. Comimos. Brindamos. Mi sobrino me abrazó a medianoche.
Esa fue mi primera vez con un hombre. No sé si será la última. Llevaba años cargando esa fantasía como un peso silencioso, y aquella tarde de Nochebuena —en un hotel cualquiera, con un desconocido cualquiera— por fin la dejé en el suelo. Quizá no fue la más romántica. Quizá faltó preparación, calentamiento, conversación. Pero al final del día fue eso lo que tenía que ser: un hombre y otro hombre, en una habitación, descubriendo lo que la cabeza les venía negando hacía mucho.