El extraño del autobús que me hizo perder el control
Aquella tarde el sol todavía castigaba el asfalto cuando salí de la facultad. Era octubre, pero la ciudad seguía pegajosa, espesa, y yo solo quería llegar a mi departamento, sacarme la blusa empapada y meterme bajo la ducha durante media hora.
Me llamo Aitana, tengo veintidós años y entonces cursaba el último semestre de letras. Vivo lejos de la zona universitaria, a unos cuarenta y cinco minutos en bus, y aquel día tocaba la última clase del miércoles: literatura comparada, hasta las nueve de la noche.
La parada estaba a tres cuadras del campus. Cuando llegué, había una marea de gente esperando. La línea 47 llevaba más de una hora sin pasar, alguien dijo que se había averiado uno en el carril central, y la gente se amontonaba con cara de cansancio y los ojos clavados en la avenida.
Cuando por fin apareció el bus, vino reventando. Pegado a las ventanas se veían cabezas, brazos, mochilas. La puerta se abrió y la mitad de la cola intentó subir a la vez. Yo dudé un instante, calculé otros veinte minutos esperando el siguiente y decidí pelearme un hueco.
Me apretujaron contra una barra del centro del pasillo. No había manera de avanzar ni de retroceder. Quedé encajada entre el cristal de una ventanilla, una señora con una bolsa enorme de mandarinas, un chico con auriculares y, detrás, un hombre del que solo percibí la sombra alta y el perfume cítrico.
Iba con mi ropa de siempre: una falda de mezclilla por encima de la rodilla, una camiseta blanca de cuello redondo y las zapatillas planas que usaba para caminar entre aulas. Llevaba el pelo recogido en una coleta que se me había aflojado durante el día y los lentes algo torcidos. Nada provocador. Nada que justifique, pensé después, lo que terminó pasando aquella noche.
Aunque «justificar» tampoco es la palabra. Porque yo dejé que pasara. Y eso es lo que más me sigue dando vueltas en la cabeza, meses después.
***
El bus arrancó con un tirón y la mandarina de la señora se cayó al suelo. Nadie se agachó a recogerla. Avanzamos dos cuadras antes de quedar parados otra vez en un semáforo, y fue en ese silencio raro de motor al ralentí cuando lo sentí por primera vez.
Un roce. Apenas eso. La parte trasera de mi muslo, justo debajo del dobladillo de la falda. Pensé en el bolso de alguien, en el roce involuntario de un abrigo. Esas cosas pasan mil veces en un viaje así. Ni siquiera giré la cabeza.
El bus volvió a arrancar. La gente se sacudió hacia atrás con el impulso, y el roce volvió, esta vez más arriba, ya casi en la nalga. No era un bolso. Era una mano. Quieta, pegada a mi piel a través de la mezclilla, como si llevara un rato decidiendo si avanzar o retirarse.
Giré la cara despacio. Lo vi de reojo en el reflejo del cristal oscuro de la ventanilla. Era un hombre de unos treinta y tantos, traje gris algo arrugado, corbata floja, mandíbula marcada, una barba de tres días. No me devolvió la mirada de inmediato. Miraba al frente, como si no fuera con él.
Si me hubiera mirado con cara de pícaro, me habría apartado.
Eso fue lo primero que pensé. Que un hombre que sonríe en esa situación está pidiendo un escándalo. Pero él no sonrió. Mantuvo la cara seria, casi aburrida, como cualquier otro pasajero, y la mano siguió ahí, quieta, sintiéndome a través de la tela.
Yo tenía que decir algo. Algo como «oiga» o «por favor, no». Tenía la voz en la garganta. Pero la garganta también se había llenado de otra cosa, algo más caliente que el aire del bus, y cuando intenté hablar solo se me escapó el aire por la nariz, despacio.
El bus volvió a frenar. La inercia me empujó contra él, y ahí confirmé lo que ya sabía: estaba duro. No de manera disimulada, no rozando «por accidente». Empalmado, dispuesto, esperando a que yo decidiera qué hacer.
***
Lo que vino después no estaba en mi cabeza cuando salí del aula esa noche. Yo nunca había pensado en algo así. Tenía un novio en la facultad, llevábamos un año, era un chico tierno y aburrido al que quería mucho y con el que el sexo era ese acto bien iluminado y previsible que se hace los sábados después de cenar.
Pero aquella noche, en aquel bus, atrapada entre extraños que no me miraban, con un hombre detrás que me deseaba sin saber mi nombre, descubrí algo que llevaba años negándome a mí misma.
Que me gustaba ser mirada.
Y que me gustaba todavía más ser mirada sin saber por quién.
Levanté la mirada hacia el cristal y busqué su reflejo. Esta vez sí me devolvió los ojos. Oscuros, fijos, sin sonreír, sin pedir permiso, esperando solo una cosa: que yo no apartara la cara. Y no la aparté.
Fue mi forma de decir sí.
Él lo entendió. La mano que tenía en mi nalga se aflojó un segundo, se reacomodó, y empezó a recorrer despacio el borde inferior de mi falda. Subió tela arriba, milímetro a milímetro, con la lentitud paciente de alguien que sabe que tiene cuarenta minutos por delante y nadie alrededor que vaya a entender lo que está pasando.
La señora de las mandarinas a mi izquierda discutía por teléfono con su hija. El chico de los auriculares cabeceaba al ritmo de algo. Un viejo en el asiento de al lado leía el periódico doblado en cuatro. Nadie me miraba. Nadie sabía. Nadie iba a saber.
***
Cuando sus dedos alcanzaron el elástico de mi ropa interior, contuve la respiración. Esperé un segundo, dos, tres, dándome la última oportunidad de moverme, de armar un grito, de bajarme del bus en la siguiente parada. No hice nada de eso. Solo separé un poco los pies, lo justo para que entendiera que podía seguir.
Y siguió.
Sus dedos se colaron por el costado del algodón, sin prisa, sin brusquedad, como si llevara años practicando aquel movimiento exacto. Encontró lo que buscaba y lo encontró todo mojado. Yo cerré los ojos un instante, apoyé la frente contra la barra fría del pasillo y sentí cómo me exploraba con la yema del índice, con una precisión que mi novio jamás me había dedicado.
Apreté los labios para no hacer ruido. Lo único que se me escapó fue una respiración entrecortada que se confundió con el rugido del motor. La mano libre la bajé yo misma, despacio, y la encontré: él se había bajado el cierre del pantalón en algún momento sin que yo me diera cuenta.
Lo toqué. Era la primera vez que tocaba a un desconocido. Estaba caliente, duro, ligeramente húmedo en la punta. Cerré los dedos a su alrededor con la mano que me quedaba libre y empecé a moverla muy despacio, escondida entre mi cuerpo y el suyo, mientras él seguía con la suya entre mis piernas.
Nadie. Nadie nos miraba. O quizá alguien sí, y por eso mismo no decían nada. La idea me prendió otro fuego adentro.
***
El bus avanzaba en tirones, parando cada tres cuadras. Cada vez que alguien bajaba, yo rezaba para que no se vaciara demasiado, para que no quedara espacio entre nosotros, para que el resto del pasaje siguiera siendo nuestra cortina improvisada de cuerpos desconocidos.
En la avenida principal, el bus pegó un giro brusco. Toda la masa se inclinó hacia un lado y aprovechó el impulso. Su erección quedó atrapada entre mis piernas, debajo de la falda, deslizándose contra mis muslos. No me penetraba —de eso me cuidé yo, mantuve la mano firme entre nosotros— pero la fricción era tan honesta, tan animal, que tuve que morderme el labio para no gemir.
Su mano libre me sujetaba ahora la cintura. La otra había vuelto a mi espalda, me la había metido bajo la camiseta y me acariciaba la piel con el pulgar. No me decía nada. Yo no le decía nada. La conversación entera estaba pasando entre nuestros cuerpos.
Conté las paradas que faltaban. Dieciocho. Quince. Doce. Cada parada que cruzábamos sin que él se bajara era una promesa silenciosa de que iba a llegar hasta el final.
Cuando faltaban cinco paradas para la mía, lo sentí ponerse rígido. La mano que tenía en mi cintura me apretó un poco más. Su respiración, que hasta entonces había sido casi imperceptible, se cortó un segundo y luego soltó el aire muy despacio contra mi nuca.
Sentí el calor pegajoso contra mi ropa. Lo contuve con la tela de la falda y con mi propio cuerpo. Nadie lo vio. Nadie lo olió en aquel aire encerrado de bus a las diez de la noche.
***
Él se reacomodó la ropa con un solo movimiento, igual de discreto que todo lo anterior. Yo bajé la mía, me la alisé con una palma temblorosa, y por primera vez desde que había empezado todo eso, miré directamente hacia adelante.
Faltaba poco para mi parada. Levanté la vista al cristal una última vez. Su reflejo me devolvió la mirada y, esta vez, hizo algo casi imperceptible con la boca. No fue una sonrisa. Fue un asentimiento, un «gracias» mudo, un reconocimiento.
Toqué el timbre.
El bus frenó. Me abrí paso entre los cuerpos del pasillo, sintiendo todavía la humedad pegajosa pegada a la parte de atrás del muslo, las rodillas un poco débiles, la cara ardiendo. Bajé los dos escalones, pisé el asfalto y, antes de que la puerta se cerrara, no pude evitarlo: me giré.
Él seguía ahí, en el mismo lugar, mirándome a través del cristal. Esta vez sí sonrió. Una sonrisa tranquila, casi cómplice. Y la puerta se cerró, el bus arrancó, y se fue calle abajo llevándose a un hombre cuyo nombre nunca supe y al que tampoco quise saber.
***
Caminé las dos cuadras hasta mi edificio sin sentirme las piernas. Subí los cuatro pisos por la escalera, abrí la puerta del departamento y me metí en la ducha sin encender la luz.
Bajo el agua, me apoyé contra los azulejos fríos y dejé que el chorro me corriera por la espalda durante mucho rato. No lloré. No me sentí sucia. No me sentí culpable. Sentí, sobre todo, una rabia tibia conmigo misma por haber pasado veintidós años sin saber que aquello era lo que me gustaba.
Mi novio me llamó por la noche. Charlamos quince minutos sobre nada. Le dije buenas noches y colgué.
Lo dejé tres semanas después. Él nunca entendió por qué. Yo tampoco le di más explicaciones que las habituales, las que se dan cuando una no quiere admitir que el problema no era él, sino lo que una había descubierto sobre sí misma una noche cualquiera, en un bus reventado, con un desconocido al que jamás vio bien la cara.
***
Sigo tomando la 47 todas las noches después de clase. Casi nunca viene tan llena como aquella vez. Casi nunca encuentro a nadie que me mire del modo en que él me miró a través del cristal.
Pero algunas noches, cuando el bus va apretado y siento que alguien me roza, no me aparto enseguida. Espero un segundo. Por si acaso.