Saltar al contenido
Relatos Ardientes

Mi primera vez llegó cuando menos lo esperaba

Tenía diecinueve años cuando llegué a Rosario. Mis padres me pagaban un apartamento pequeño cerca de la universidad, y yo me ocupaba del resto. Ese semestre me inscribí en un taller nocturno de fotografía analógica, los lunes y miércoles de ocho a diez. El profesor —Marcos, unos cuarenta y tantos, hombros anchos, voz que nunca levantaba— se ofreció desde la primera semana a llevarme a casa. Terminábamos tarde, la parada de colectivo quedaba lejos y él pasaba por mi barrio de todas formas.

Las primeras semanas no hubo nada que contar. Hablábamos de diafragmas, de temperatura de color, de qué hacía que una foto tuviera o no tuviera algo. Pero empecé a notar cosas: que ajustaba mi postura rozando mis hombros en vez de señalar con el dedo, que se quedaba más tiempo del necesario inclinado sobre mí cuando revisaba mis trabajos, que cuando yo me reía de algo, él tardaba un par de segundos de más antes de volver la vista al frente.

Lo noté. No hice nada al respecto. Pero lo noté.

La noche que todo cambió no era diferente a las anteriores. Salimos del taller, subí al auto, él arrancó. Pero en vez de tomar la avenida de siempre, giró hacia las calles arboladas del parque y redujo la velocidad sin decir nada. Estacionó bajo un árbol enorme donde la luz de las farolas no llegaba. Y antes de que pudiera preguntarle qué hacíamos ahí, sentí su mano desplazarse por mi muslo y colarse bajo mi falda con una seguridad que no dejaba espacio para la duda.

Abrí la boca. No salió lo que tenía pensado decir.

Me besó despacio, con calma, como alguien que sabe exactamente lo que tiene entre manos. Su lengua entró en mi boca sin apuro, buscando la mía, y al mismo tiempo sus dedos se colaron por debajo del elástico de mi bombacha y encontraron mi coño ya empapado. Uno se hundió entero, después otro, y empezó a moverlos con un ritmo lento que me hizo abrir las piernas todo lo que el asiento permitía. Con el pulgar me buscaba el clítoris y me lo apretaba en círculos mientras seguía cogiéndome con los dedos. Apoyé la cabeza en el respaldo y cerré los ojos. No quería que parara.

—Estás empapada —dijo contra mi cuello—. Sos una puta calientita.

Algo se me calentó en el pecho al escucharle decir eso. No respondí: estaba demasiado ocupada en no hacer ruido, mordiéndome el labio mientras sus dedos entraban y salían con un chapoteo húmedo que llenaba el auto. Sentí el primer orgasmo subiéndome desde el fondo del vientre, corto y afilado, y me tapé la boca con la mano para no gritar. Él lo notó y sonrió contra mi oreja, sin sacar los dedos, esperando a que dejara de temblar antes de retirarlos y llevárselos a la boca para chuparlos delante de mí.

Unos minutos después, me tomó de la nuca con suavidad y guió mi cabeza hacia su regazo. Él se había desabrochado el pantalón mientras yo tenía los ojos cerrados. La polla se le paraba dura contra el vientre, gruesa, más grande de lo que había imaginado. Nunca había tenido una tan cerca. La tomé con la mano, tanteando el peso y la vena que le corría por debajo, y luego me acerqué y le pasé la lengua por la punta, probando la gota salada que ya asomaba.

—Metétela toda —dijo, apoyándome la mano en la nuca.

No sabía bien qué hacer al principio. Abrí la boca y lo tomé lo más adentro que pude, sintiendo cómo se me apoyaba en el fondo de la garganta y me hacía saltar los ojos. Fui aprendiendo sola: la presión, el ritmo, hasta dónde podía llegar antes de ahogarme. La mano de él me guiaba en la nuca, empujándome un poco más cada vez, sin apurarme pero sin dejarme salir del todo. Se me hacían hilos de saliva en la comisura y me caían sobre el mentón; él los recogía con el pulgar y me los pasaba por los labios estirados alrededor de su verga. Cuando empezó a moverme más rápido, subí una mano para acompañar lo que la boca no llegaba a cubrir, apretando con los dedos la base mientras chupaba fuerte la punta. Lo sentí endurecerse todavía más y respirar corto arriba mío.

—Tragate todo —gruñó, y estalló dentro de mi boca en chorros calientes que me llenaron la lengua.

Me quedé un momento quieta, con la polla latiéndome en la boca, sorprendida por el sabor salado y espeso, antes de tragarme todo. Después le pasé la lengua por la punta para limpiarle la última gota.

—Primera vez que lo hacés —dijo. No era pregunta.

—Sí —respondí.

Arrancó el auto en silencio y me llevó a casa.

***

Eso se repitió durante semanas. Cada lunes y miércoles: clase, auto, árboles. Aprendí rápido a leer su respiración, a saber cuándo acelerar y cuándo sostener la punta contra el paladar hasta que él se retorcía en el asiento. Él me devolvía el favor con los dedos antes: me bajaba la bombacha hasta las rodillas, me abría las piernas contra la puerta del acompañante y me la trabajaba con dos dedos adentro y el pulgar en el clítoris hasta hacerme acabar mordiendo el respaldo. Pero ahí terminaba la cosa. Yo llegaba a casa encendida, con las bragas pegadas al coño de tan mojadas, y sin saber bien qué hacer con eso.

Una noche le dije que no era justo.

—¿Qué no es justo?

—Que siempre te corras vos y yo me vaya así, con las ganas de que me cojas.

Me miró un segundo. Luego volvió los ojos al frente.

—Tu familia conoce a mi mujer —dijo—. Hay límites que no puedo cruzar.

Lo entendí. Eso no hizo que dejara de molestarme.

Esa misma noche, en el taller, nos quedamos solos después de que los demás se fueron. Revisábamos las fotos de la semana, o eso decíamos. Terminé con su mano bajo mi falda entre las estanterías de la sala de revelado, sus dedos entrando y saliendo de mi coño con la bombacha corrida a un costado, y yo desabrochándole el cinturón sin pensar demasiado, buscando su polla dura por encima del calzoncillo. La saqué y empecé a pajearlo apoyada contra la estantería, y él tenía la boca en mi cuello mordiéndome hasta dejarme la marca. Estábamos a punto de algo —yo ya me estaba levantando la falda, él ya me tenía la punta apoyada entre los muslos— cuando la puerta del aula crujió y entró el conserje a apagar las luces.

Nos recompusimos en segundos. Marcos me llevó a casa sin hablar casi nada. Yo subí al apartamento todavía con el pulso en la garganta y el coño palpitándome de vacío, me saqué la ropa y me quedé en el sofá mirando el techo, sintiéndome a la mitad de algo sin terminar. Me pasé la mano entre las piernas y me encontré tan mojada que los dedos se me resbalaron solos adentro. Empecé a tocarme sin ganas, más por costumbre que por otra cosa, sabiendo que no me iba a alcanzar.

***

El interfono sonó cuando llevaba unos veinte minutos así.

Era Felipe.

Felipe vivía tres pisos arriba. También era alumno del taller —en el turno de los miércoles por la tarde— y llevábamos semanas cruzándonos en el ascensor o en el pasillo del edificio. Era tranquilo, de pocas palabras, con algo en la cara que daba la sensación de que siempre pensaba más de lo que decía.

—Se me olvidó la llave —dijo por el interfono—. ¿Me abrís?

Le abrí la puerta del edificio sin pensarlo dos veces y volví al sofá a buscar algo para ponerme. Treinta segundos después llamaron a mi puerta.

Cuando abrí, Felipe entró sin esperar. Empujó la puerta con el hombro y me clavó una mirada que no había visto en él antes: algo apretado en la mandíbula, algo oscuro en los ojos.

—Te vi —dijo.

—¿Qué?

—En el auto. Semana y media seguida. Siempre el mismo lugar, y yo paso por ahí cuando salgo a correr. —Dio un paso hacia mí—. Vi exactamente cómo se la chupabas. Cómo abrías bien la boca y él te agarraba de la nuca. Todo.

No supe qué responder. Él no esperó.

Me empujó suavemente hasta el sofá y se arrodilló delante de mí. Yo tenía puesta solo una camiseta y nada más, y eso no duró mucho: me la sacó de un tirón por la cabeza y me quedé desnuda con las piernas apretadas por reflejo. Sus manos me separaron los muslos sin violencia pero sin pausa tampoco, y mientras lo hacía me reclamaba con voz ronca que nunca esperó esto de mí, que siempre me había tratado con respeto, que si con el profesor podía chuparle la verga en un auto como una cualquiera, con él también podría abrirle las piernas en mi propio sofá.

No sé si tenía razón o no. En ese momento me importaba muy poco.

Hizo lo que Marcos nunca había hecho: bajó la cabeza y me hundió la boca entre las piernas. Empezó despacio, con lengüetazos largos que me subían desde abajo hasta el clítoris, y ahí se quedaba dando vueltas, chupando, mordiendo suave. Después metió dos dedos y los curvó hacia arriba, buscando un punto adentro que me hizo levantar las caderas del sofá. Mientras tanto me apretaba los pechos con la mano libre, tiraba de mis pezones hasta que el jalón me llegaba al estómago, alternaba con palmadas en los muslos que me hacían cerrar los ojos y morderme la mano para no gritar. Me hizo acabar dos veces con la boca, la segunda tan fuerte que le empapé la cara entera y él me limpió con la lengua sin apartarse. Estaba completamente deshecha, con los muslos temblando, cuando finalmente levantó la cabeza.

—Abrí bien las piernas —dijo—. Y pedímelo.

—¿Qué?

—Sabés qué. Pedímelo.

Sentí el calor subiéndome a la cara. No era vergüenza exactamente. Era algo más difícil de nombrar.

—Por favor —dije, casi sin voz.

—Más claro. Con todas las letras.

—Por favor, quiero que me cojas. Quiero tu verga adentro.

Se desabrochó despacio, sin apartar los ojos de mí. Cuando se bajó el pantalón y el bóxer y lo vi entero, algo se me apretó en el pecho. Era gruesa, larga, con la punta hinchada y una vena marcada corriéndole por debajo. Era diferente a tenerla en la mano o en la boca. Era real de otra manera.

—Soy virgen —dije.

Se detuvo. Me miró durante un segundo que pareció más largo.

—No te creo —dijo.

—No me importa si no me creés.

Hubo una pausa. Luego se inclinó, me besó en el cuello, me abrió las piernas apoyándomelas contra el pecho, y empezó a entrar despacio, con una calma que no esperaba de alguien que había entrado así a mi apartamento sin invitación. Sentí la punta abriéndose paso, apretada, empujando contra algo que se resistía.

El dolor llegó de todas formas. Un ardor agudo que me hizo clavar las uñas en sus hombros y contener la respiración cuando terminó de romper lo que había que romper. Sentí algo cálido resbalando entre mis muslos y supe lo que era. Él también lo notó, porque se quedó completamente quieto con la polla enterrada hasta la base, los ojos en los míos, y en su cara apareció algo distinto a lo que había estado ahí antes.

—Perdoná —dijo, en voz baja.

—No pares —respondí.

No paró.

***

Los primeros minutos fueron así: dolor mezclado con una sensación que no tenía nombre todavía, su cuerpo encima del mío, el sofá moviéndose bajo nosotros, la polla entrando y saliendo con embestidas lentas que me acomodaban de a poco. Pero el dolor fue cediendo, reemplazado por algo que empezó como incomodidad y terminó siendo otra cosa completamente. Cada vez que llegaba al fondo, yo arqueaba la espalda sin quererlo, y él se apoyaba con más fuerza contra ese punto que me hacía ver luces. Me chupaba los pezones mientras me cogía, y con una mano me apretaba el clítoris al ritmo de las embestidas.

—Estás bien apretadita —me dijo al oído—. Se te siente todo.

Me dio vuelta sin avisarme. Me puso de rodillas en el sofá, con las manos apoyadas en el respaldo y el culo levantado para él. Me pasó la mano por la espalda, agarró un mechón de pelo y lo enroscó en el puño. Así fue diferente: más profundo, más directo. Sentí cómo me abría desde adentro con cada empujón, cómo los testículos me golpeaban el clítoris al fondo de cada embestida. Empecé a pedirle que no parara, que siguiera, que más fuerte, que me la metiera hasta las bolas.

—Así, puta, así te gusta —gruñía él, agarrándome de las caderas y jalando hacia atrás para clavármela hasta el fondo—. Mirá cómo te la comés entera.

Me dio una palmada en el culo que resonó en el apartamento, y después otra. El ruido que hacíamos ahí en silencio —los muslos chocándome contra el culo, mis gemidos ahogados contra el respaldo, el chapoteo de mi coño empapado alrededor de su polla— era algo que no había escuchado nunca en mi vida.

Cuando llegué, fue con todo el cuerpo. Me sacudí entera, apreté los puños en la tela del sofá y sentí cómo el coño se me cerraba en espasmos alrededor de la verga que tenía adentro. Él se quedó adentro sintiendo las contracciones, aguantándose un par de segundos, antes de terminar él también, con un gruñido bajo que no olvidé después. Sentí los chorros calientes vaciándose dentro mío, uno tras otro, y él siguió empujando lento hasta la última gota.

Nos quedamos quietos un momento. Yo con la frente apoyada en el respaldo, él detrás con las manos en mis caderas y su polla todavía adentro, ablandándose de a poco. Cuando salió, sentí el hilo caliente de su corrida bajarme por el muslo.

—Esa fue la primera —dijo—. Tengo más planeadas.

Cuando se levantó y se miró, su cara cambió.

—Había sangre —dijo.

—Ya lo sé.

—No te creí.

—Ya lo sé.

Lo llevé al baño, lo limpié yo misma. Le pasé el paño húmedo por la verga con calma, sintiendo cómo iba volviendo a ponerse dura entre mis dedos, y cuando la tuve otra vez firme en la mano, supe lo que quería hacer a continuación.

—Quiero que me lo metás por atrás —dije.

Me miró.

—¿Estás segura?

—Más segura que de cualquier otra cosa en esta noche.

Se tomó su tiempo. Me apoyó contra la pared del baño, me hizo separar las piernas, y bajó la boca. Me lubricó con la lengua primero, con paciencia, lamiéndome ahí despacio, hundiendo la punta y sacándola, mojándome todo el ojete hasta que el músculo cedió solo. Después subió los dedos empapados de mi propia saliva y de mi coño, y empezó a meterlos de a uno, abriendo paso. Cuando tuvo dos adentro y los sentí moverse en tijera, me apoyé mejor contra la pared y le pedí que ya no aguantaba más.

—Metémela ya —le dije.

Se paró detrás de mí, me apoyó la punta ahí y empezó a entrar de a poco, centímetro a centímetro, mientras yo respiraba contra los azulejos fríos del baño con los brazos extendidos para apoyarme. El ardor fue fuerte al principio, un ensanchamiento que me hizo apretar los dientes, pero él iba despacio, deteniéndose cada vez que yo me tensaba. Fue entrando todo, hasta la base, y la sensación fue completamente distinta a lo anterior: más intensa, más llena, más en el límite. Empecé a moverme yo sola porque no podía quedarme quieta, echando el culo hacia atrás para tragármelo todo.

—Meteme los dedos también —le pedí—. En el coño. Al mismo tiempo.

Lo hizo. Metió dos dedos en el coño mientras seguía cogiéndome por el culo, y sentí las dos cosas al mismo tiempo, la pared de piel finita entre la polla y sus dedos, y me di cuenta de que estaba a segundos de acabar como nunca en mi vida. Empujó más fuerte, curvó los dedos, y con la otra mano me buscó el clítoris. Lo que vino después no sé describirlo del todo. Fue un orgasmo largo, que empezó en el vientre y me subió hasta las costillas, que tardó en acabar y me dejó sin fuerza en las piernas. Sentí cómo él se venía dentro también, sujetándome de la cadera para que no me cayera, gimiendo bajo contra mi hombro.

Terminamos bajo el agua de la ducha. Él decía que me estaba enjabonando, pero sus manos tenían otra opinión: me recorrían las tetas, me bajaban por el vientre, se metían entre las piernas a limpiarme por adentro con los dedos. Cuando lo miré, la tenía dura otra vez. Me arrodillé bajo el chorro y se la chupé ahí mismo, con el agua caliente cayéndonos encima, hasta que se corrió por tercera vez esa noche y me llenó la boca. Yo me dejé porque ya no tenía energía para protestar, y la verdad era que tampoco quería hacerlo.

Cuando se fue, eran pasadas las dos de la mañana. Me quedé en el sofá envuelta en una toalla, con el cuerpo dolorido de una manera que no me molestaba en absoluto, con el coño y el culo latiendo suave, sintiendo todavía el semen resbalándome despacio por dentro. Miraba el techo y pensaba en nada y en todo al mismo tiempo.

***

Esa semana, Marcos me miró en clase con los ojos entornados.

—Estás diferente —dijo.

—Maduré —le respondí.

No creo que haya entendido del todo. Pero esa noche, cuando estacionó bajo los árboles, fui yo quien tomó la iniciativa. Le desabroché el pantalón, le saqué la verga y me la metí en la boca con una calma que él no me conocía. Se la trabajé despacio, mirándolo a los ojos, hasta tenerlo al borde. Y ahí paré. Me subí encima de él en el asiento del conductor, me corrí la bombacha a un lado y me la clavé yo misma, bajando de a poco hasta sentirlo hasta el fondo. Le monté la polla ahí mismo, en el auto, con la falda arremangada en la cintura y las manos apoyadas en el techo. Él me agarraba de las caderas tratando de marcar el ritmo, pero fui yo la que decidió cómo y cuánto. Le dije al oído, mientras me lo cogía, que ya no era solo él quien podía pedir cosas. Que ahora las pedía yo también.

Felipe, tres pisos arriba, ya tenía mi número desde esa semana. Y lo usaba seguido.

Ver todos los relatos de Primera Vez

Valora este relato

Comentarios(9)

curiosaBA

bueniiisimo!!! me dejo con el corazon acelerado

NocheVelada88

Por favor seguí, no puede terminar ahi!! Quiero saber que paso despues

Lucia_Norte

Que bien narrado, se siente tan real. Me transporte completamente a esa escena

PatriRosa

Me quedo con la curiosidad, ¿volvio a pasar algo entre ustedes? Jajaja espero que sí

RodrigoKarlos

Uf, el profe sabia lo que se hacia. Tremendo relato

Fer_Tuc

jajaja la parte del inicio me engancho de una, tremendo ritmo que tiene

MateoK91

el profe en cuestion tiene nombre? pregunto para un amigo jajaja

Naty_27

Este relato me gusto muchisimo porque no es explicito sino que te deja imaginar. Eso es mucho mas excitante que ir al detalle. Muy buena narracion, espero leer mas

Carlos_Midnight

Muy buen relato!!! La narracion en primera persona le da mucha vida. Sigue escribiendo que tenes talento

Deja un comentario

Iniciar sesión o crear cuenta

Elegí cómo querés continuar.