La noche que descubrí que me gustaba un hombre
Me divorcié a los cincuenta y dos años. Fue un divorcio necesario, sin gran drama: mi mujer era brillante en muchos sentidos, pero vivir con ella se había vuelto una guerra de baja intensidad que nos destruía a los dos en silencio. Firmamos los papeles un jueves de marzo, tomamos un café y nos deseamos buena suerte sin demasiada amargura.
Lo que vino después me sorprendió a mí mismo. La soledad que esperaba no llegó. En cambio llegó algo que no había tenido desde los veinte años: libertad total. Mi departamento, mi tiempo, mis decisiones. Y con todo eso, las mujeres.
No voy a presumir de números, aunque los números hablan. En el primer año y medio de separado había follado con más de quince mujeres distintas. Desde la vecina del cuarto piso —una divorciada de cuarenta que llamaba al timbre con cualquier excusa y terminaba con las bragas en el suelo de mi living— hasta la cuñada de un compañero de trabajo que se había fijado en mí en un asado y me la chupó esa misma noche en el asiento trasero del auto. Ninguna relación seria. Yo era honesto: les decía desde el principio que no buscaba compromiso, y las que se quedaban lo hacían sabiendo bien con qué trataban.
Era, en todos los sentidos posibles, un hombre heterosexual. Eso pensaba.
***
Un martes por la tarde me llamó Rodrigo. Era un amigo de hacía veinte años, médico de guardia en el hospital público, hombre de pocas palabras y buen humor. Nos veíamos cuatro o cinco veces al año, lo suficiente para mantener la amistad sin que se desgastara. Su llamada ese martes fue larga: me contó que llevaba casi dos años en una relación, que se había dado cuenta de muchas cosas sobre sí mismo, que quería presentarme a alguien.
—¿Una chica? —le pregunté.
—No exactamente —dijo, y noté algo extraño en su voz, una mezcla de nervios y de alivio.
Me lo explicó despacio. Estaba saliendo del clóset. Su pareja era un hombre. Me quedé callado unos segundos más de los necesarios. Luego me reí, no por burla, sino por lo inesperado de la situación. Le dije que me alegraba que me lo contara, y que cuando quisiera traía a su novio a cenar a mi casa.
Lo que no esperaba era que aceptara tan rápido.
***
Llegaron un viernes a las nueve de la noche. Rodrigo entró primero, con una botella de vino en la mano y esa sonrisa suya de siempre. Detrás de él entró una mujer.
Al menos eso fue lo que vi durante los primeros treinta segundos.
Era alto, con el pelo oscuro recogido en un moño bajo que dejaba libre el cuello. Vestía un vestido negro de tirantes que se ceñía a unas caderas amplias y perfectamente proporcionadas. Caminaba despacio, sin prisa, con esa seguridad que tienen las personas que saben exactamente el efecto que causan. Me tendió la mano antes de que yo abriera la boca.
—Sebastián —dijo—. Mucho gusto.
Me tomó unos segundos procesar lo que esa voz grave y suave acababa de decirme. Miré a Rodrigo. Rodrigo me miraba con una sonrisa discreta, esperando mi reacción.
—Encantado —respondí, y lo decía en serio.
Durante la cena no pude evitar mirarlo. La forma en que gesticulaba, la manera en que reía echando un poco la cabeza hacia atrás, los gestos lentos y calculados con que sostenía la copa. Era inteligente y directo, con ese tipo de ingenio que no necesita esfuerzo para brillar. A los postres me miró fijamente y me dijo:
—Me dijeron que eras de mente abierta. Y además resulta que eres guapo. Qué buena combinación.
Lo dijo sin coquetería exagerada, solo con calma. Como si estuviera haciendo una observación sobre el clima.
Los tres hablamos hasta pasada la medianoche. Cuando se fueron, me quedé solo en el salón sin saber muy bien qué hacer con lo que sentía. Me fui a la cama y tardé mucho en dormirme. Me la agarré esa noche pensando en él, y me corrí más rápido y más fuerte de lo que me había corrido en meses. Después me quedé mirando el techo, con la mano llena de semen, sin entender nada.
***
Vinieron dos veces más en las semanas siguientes. Sebastián siempre llegaba vestido de manera diferente, pero cada vez más seguro de su presencia. En la segunda visita llevaba una falda larga y unos aretes dorados que le llegaban hasta el cuello. En la tercera, un conjunto de pantalón ajustado y blusa de seda que dejaba adivinar la curva de sus caderas. Siempre con ese mismo control tranquilo, siempre con algo en la mirada que era difícil de ignorar.
Yo empecé a esperar esas visitas de una manera que no me resultaba cómoda analizar. Una noche, mientras preparaba café y Sebastián me ayudaba en la cocina, me rozó el brazo al alcanzar una taza. Fue un roce sin importancia. Pero me quedé inmóvil unos segundos más de lo natural, con la polla endureciéndose dentro del pantalón sin que yo pudiera hacer nada por evitarlo.
Esto no tiene ningún sentido.
Me repetí esa frase varias veces durante los días siguientes. No sirvió de nada.
***
La cuarta visita fue distinta desde el principio. Abrieron una segunda botella de vino antes de la medianoche. Luego una tercera. Rodrigo se fue quedando dormido en el sofá, con la copa todavía en la mano. Sebastián y yo seguimos hablando en voz baja para no despertarlo. En algún momento de esa conversación, sin que yo pudiera señalar exactamente cuándo, la distancia entre nosotros en el sofá se había reducido a la mitad.
A la una de la mañana les propuse que se quedaran. No podían manejar en ese estado. Les preparé la habitación de visitas, les dejé toallas, apagué las luces del pasillo. Me fui a mi cuarto.
No pude dormir.
A las dos me levanté a buscar agua. Al pasar por el pasillo vi que la puerta de la habitación de visitas estaba entreabierta. Me detuve. Desde dentro llegaba el sonido inconfundible de dos personas que no estaban durmiendo: respiraciones cortadas, el crujido rítmico del colchón, un gemido ronco que se mordía a medio salir.
No debería haber mirado.
Rodrigo estaba tumbado boca arriba con los ojos cerrados, la boca entreabierta, la mano aferrada a la sábana. Sebastián estaba encima, montándolo. Lo tenía metido hasta el fondo y subía y bajaba con esa misma calma que tenía para todo, apoyando las manos abiertas sobre el pecho de Rodrigo, ondulando las caderas cada vez que bajaba, como si estuviera exprimiéndole la polla desde adentro. La poca luz que entraba por la ventana le iluminaba la espalda, la curva de la cintura, las nalgas abriéndose y cerrándose sobre la verga de mi amigo cada vez que se dejaba caer. Entre las piernas, colgando y balanceándose al ritmo del movimiento, Sebastián tenía la suya propia, dura, brillando en la penumbra. Se volvió ligeramente y me vio en el marco de la puerta.
No gritó. No se cubrió. Bajó una vez más, despacio, sin dejar de mirarme, sonriendo apenas con la comisura de la boca. Me miró unos segundos así, cabalgando a Rodrigo mientras me clavaba los ojos, y yo sentí la sangre yéndose entera a la entrepierna.
—Perdona —dije, y me fui.
Volví a mi habitación. Me tumbé en la cama y cerré los ojos, pero la imagen seguía ahí: la espalda arqueada, la verga bamboleándose entre los muslos, la sonrisa. Me metí la mano en el calzoncillo casi sin pensar y me la encontré empapada de líquido preseminal. Pasaron veinte minutos, quizás treinta. Escuché pasos en el pasillo. La puerta de mi cuarto se abrió despacio.
Sebastián estaba en el umbral, con un kimono corto que apenas le llegaba a la mitad del muslo. Se apoyó en el marco, sin entrar del todo. La tela se le abría por delante y yo alcancé a ver, en la sombra del regazo, la punta oscura de su polla todavía a medio bajar.
—Rodrigo se durmió —dijo en voz baja—. Me siento rara aquí sola.
—¿Te duele la cabeza? —pregunté, porque no se me ocurrió nada más sensato.
Se rió en silencio, solo con los hombros.
—No. Me duele otra cosa. Y creo que sé qué la puede calmar.
Entró en la habitación, cerró la puerta con el pie y se sentó en el borde de mi cama. Yo estaba sentado también, con la espalda contra el cabecero, sin saber muy bien qué estaba pasando o, mejor dicho, sabiendo perfectamente lo que estaba pasando y sin decidir si quería detenerlo. Sebastián me puso una mano en el pecho. Despacio. La deslizó hasta el vientre. Más abajo. Se detuvo justo sobre la tela del calzoncillo, donde la erección se me marcaba obscena, y apretó apenas, calibrando el peso, midiendo lo que había.
—Desde la primera noche —me dijo—. Lo supe desde la primera noche. Y esto también lo supe. Se te notaba a través del pantalón cuando yo cruzaba la pierna.
—Yo nunca he estado con un hombre —respondí. Era lo único que se me ocurrió decir.
—Lo sé —dijo—. Se nota. Vamos a ir despacio. Muy despacio. Vas a acabar pidiendo más, ya vas a ver.
Y entonces me besó.
***
No fue un beso torpe ni tenso. Fue un beso preciso, hondo, con lengua desde el principio, sin prisa, que duró más de lo que esperaba. Sus manos subieron por mi cuello y yo, sin decidirlo conscientemente, le puse las mías en la cintura. La tela del kimono era fina, y a través de ella sentí el calor de su piel, la curva real de sus caderas, el peso tranquilo de su cuerpo inclinándose hacia el mío. Le solté el nudo del cinturón y el kimono se abrió entero. Debajo no llevaba nada. El pecho liso, los pezones oscuros y duros, y más abajo, colgando espesa y todavía a medio erguir, la polla que hacía diez minutos había estado dentro de Rodrigo.
La miré. Sebastián me tomó la mano y la puso ahí, sobre él, cerrándome los dedos alrededor. Estaba caliente, pesada, con una humedad brillante en la punta.
—Tocala —susurró—. No muerde.
Empecé a moverle el puño despacio, arriba y abajo, aprendiendo el gesto que llevaba treinta años haciéndome a mí mismo pero desde el otro lado. Sebastián cerró los ojos un momento y respiró hondo por la nariz. Se le puso completamente dura en mi mano, gruesa, con las venas marcadas, la piel del prepucio deslizándose hacia atrás cada vez que yo subía.
—Así —me dijo—. Muy bien. Ahora quiero probarte yo.
Me arrancó el calzoncillo de un tirón limpio. Se me salió la polla de golpe, tan dura que dolía, con un hilo de líquido pegado al vientre. Sebastián se relamió y bajó sin dejar de mirarme. Me besó el interior del muslo, después la ingle, después la base con la boca abierta y caliente, subiendo por el tronco con la lengua plana hasta la punta, donde se detuvo y me chupó apenas el glande, sacando el prepucio del todo, mordisqueándome el frenillo con una precisión que me hizo saltar la cadera.
Después se la metió entera de una vez.
Cuando me tomó en la boca, me aferré al colchón con los dedos. Sentí la garganta de Sebastián cerrándose alrededor de la punta, ese golpe de calor húmedo, y luego el retroceso lento, la lengua envolviéndome, la mano libre acunándome los huevos, apretándolos con un ritmo exacto que iba y venía con el vaivén de la boca. Me la chupaba entera, hasta el fondo, hasta que sentía la nariz clavada en mi pubis, y volvía a subir con una succión que me arrancaba el aire.
Nunca nadie lo había hecho así.
Ninguna mujer, en treinta años, me la había mamado con esa mezcla de fuerza y de paciencia. Sebastián sabía exactamente lo que él mismo querría sentir, y me lo hacía. Cuando notó que yo empezaba a temblar, cuando el vientre se me tensó y el gemido se me escapó bajo, ralentizó el ritmo, me llevó justo hasta el borde y me dejó ahí, quieto, sin aliento, con la polla latiéndome contra la mejilla de él, mirando el techo de mi propio cuarto como si fuera la primera vez que lo veía. Se incorporó, se limpió el labio con el pulgar, me miró, y sonrió con esa calma que lo caracterizaba.
—Date la vuelta —me dijo.
No lo pensé. Me di la vuelta y me puse a cuatro patas en el centro de mi cama, con el culo levantado, sintiéndome más expuesto y más excitado de lo que me había sentido en mi vida.
Lo que vino después fue nuevo para mí en todos los sentidos. Sebastián sacó un pequeño frasco del bolsillo del kimono —lo había traído, lo había planeado— y me abrió las nalgas con las dos manos. Sentí primero la lengua. Caliente, insistente, chupándome el culo con un descaro que me hizo apretar los puños contra la almohada. Nunca nadie me había tocado ahí. Nunca. Y ese cabrón me lo estaba comiendo como si llevara meses esperando hacerlo. Me lamió despacio, en círculos, metiendo la punta de la lengua, empujando, ablandándome.
Después vino el dedo, resbaladizo, entrando hasta el nudillo con una lentitud calculada. Me quedé quieto, respirando por la boca. Sebastián no forzó nada. Esperó a que yo cediera desde adentro, a que el músculo se relajara alrededor de él, y recién entonces empezó a moverlo. Un dedo. Dos. Curvándolos hacia arriba, encontrando algo que hizo que se me escapara un gemido ronco que no reconocí como mío.
—Ahí está —murmuró detrás mío—. Ya te dije que ibas a pedir más.
Y pedí más. No con palabras, pero moví las caderas hacia atrás buscándolo, empalándome yo mismo en su mano. Sebastián se rió bajo. Sacó los dedos, se acomodó detrás de mí, y sentí la cabeza de su polla apoyándose en el sitio exacto donde acababan de estar. Lubricada, gruesa, insistente.
—Respirá —me dijo.
Empujó. Despacio, muy despacio, ganando terreno milímetro a milímetro. Sentí el estiramiento, un ardor que fue cediendo, y después la sensación imposible de tenerlo dentro, entero, con las caderas pegadas a mis nalgas y su vientre apoyado contra mi espalda. Se quedó quieto un segundo, dejando que me acostumbrara. Después empezó a moverse.
Al principio fue un vaivén largo y calmo, casi meditado, salidas casi enteras y entradas hasta el fondo, obligándome a sentir cada centímetro. La cama crujía apenas. Yo mordía la almohada para no gritar y despertar a Rodrigo. Cada embestida me golpeaba por dentro en ese punto que me arrancaba electricidad, y a los pocos minutos la polla me chorreaba semen líquido sin que él me la hubiera tocado siquiera.
—Aguantá —me dijo al oído, con la voz ronca por primera vez en toda la noche—. Todavía no.
Me agarró de las caderas con las dos manos y aceleró. Ya no era despacio. Me embestía con un ritmo profundo, seco, chocando la pelvis contra mi culo con un sonido húmedo que llenaba la habitación. Me pasó una mano por debajo, me agarró la polla, y empezó a masturbarme al mismo compás con el que me follaba. Yo tenía la cara aplastada contra la almohada, los ojos cerrados, la boca abierta, la baba corriéndome sin poder controlarla.
—Vení conmigo —susurró—. Ahora.
Me corrí de una manera que no había conocido nunca. Un orgasmo que me salió desde el fondo del culo hacia adelante, largo, sostenido, chorros gruesos que le llenaron la mano y me mancharon las sábanas debajo. Al mismo tiempo sentí a Sebastián tensarse detrás de mí, morderme el hombro para no gemir en voz alta, y descargar dentro con tres empujones profundos, sujetándome contra él hasta la última contracción. El semen caliente me bajó por dentro cuando salió despacio, y yo me derrumbé de bruces sobre la cama sin fuerza en ninguna parte del cuerpo.
Tardamos mucho. Yo perdí la noción del tiempo en algún punto intermedio y no me importó.
Cuando terminé, me quedé inmóvil varios minutos, con la respiración pesada y el culo latiéndome. Sebastián se tumbó a mi lado un momento, sin decir nada, pasándome una mano por la espalda húmeda de sudor. Después se incorporó, se acomodó el kimono y me dio un beso breve en la frente, como si fuera lo más natural del mundo.
—Duerme —dijo.
Y se fue al pasillo.
***
A la mañana siguiente desayunamos los tres. Café, tostadas, el ruido de la cafetera. Rodrigo estaba de buen humor, sin sospecha de nada, contando algo sobre un paciente complicado de la semana anterior. Sebastián comía despacio y de vez en cuando levantaba los ojos hacia mí por encima de la taza, con esa misma calma de siempre, sin dejar rastro de nada. Solo una vez, cuando pasó a mi lado para servirse más café, me apoyó la mano en la parte baja de la espalda un segundo de más, justo donde horas antes había estado empujándome desde atrás. No dijo nada. No hacía falta.
Cuando se fueron, les di dos besos en la mejilla a cada uno, como siempre. Cerré la puerta. Me quedé un momento en el recibidor, solo, con el culo todavía sensible bajo el pantalón y el olor de él pegado a mi piel.
No sabía muy bien cómo llamar a lo que había pasado. No sabía si eso me convertía en algo que no había sido antes, o si simplemente me completaba. Lo que sí sabía era que no me arrepentía. Y que la imagen de Sebastián en el umbral de mi puerta, con ese kimono corto y esa calma imposible, iba a quedarse conmigo mucho más tiempo del que yo había calculado.