La apuesta que cambió todo entre nosotros
La noche había empezado a las ocho con una botella de ron barato y el partido en la tele. Adrián había comprado aceitunas, patatas fritas y dos paquetes de cerveza, lo suficiente para que la noche durara sin tener que salir a ningún sitio. Marcos llegó con una bolsa de tortillas y quince minutos de retraso, como siempre.
Llevaban trabajando juntos desde hacía cuatro años, en la misma empresa, en el mismo departamento. Pero esa amistad que se forja entre reuniones y cafés a las diez de la mañana se había convertido en algo distinto: el tipo de confianza que no necesita explicaciones, donde uno puede aparecer en el piso del otro en martes con una bolsa de snacks y quedarse hasta que el metro ya no funcione.
La semana anterior habían estado hablando por mensaje hasta pasada la medianoche, planeando esto. No era nada especial. Solo una reunión entre colegas que llevaban semanas sin cuadrar una noche libre al mismo tiempo.
***
El partido terminó aburrido. Empate sin goles, mucha tensión y poca acción. Para cuando el árbitro pitó el final, la botella de ron estaba mediada y la conversación había derivado desde el trabajo hacia el bar del viernes pasado, desde ahí hacia un viaje que ninguno de los dos había hecho nunca pero que llevaban años prometiéndose, y desde ese viaje imaginario hacia los retos estúpidos de siempre.
Era una costumbre que arrastraban desde mucho antes de trabajar juntos. Se habían conocido en un curso de formación hacía seis años, y desde esa primera semana en un hotel de provincias con tres horas libres cada noche, habían pasado el tiempo retándose a cosas absurdas: ¿Quién aguantaba más tiempo mirando fijo a un punto sin parpadear? ¿Quién era capaz de comerse eso sin escupirlo? ¿Quién se atrevía a decirle algo al camarero con más de cinco copas encima?
La variante de esa noche empezó de la misma forma.
—Marcos —dijo Adrián, inclinado en el sofá con el vaso en la mano y esa sonrisa de medio lado que anunciaba que venía algo—. Apuesto lo que quieras a que no eres capaz de hacer lo que yo te diga.
Marcos lo miró por encima de la lata de cerveza.
—Depende de lo que sea.
—¿Eso es un sí condicionado?
—Es un «tengo treinta y dos años y algo de dignidad, así que primero escucho».
Adrián se recostó y se agarró la entrepierna con la palma de la mano. No fue dramático. Solo concreto.
—Que no eres capaz de meterte esto en la boca.
Marcos tardó tres segundos en responder.
—Vete a la mierda.
—Eso no es un no.
***
Era el alcohol, sin duda. El alcohol y la mecánica de veinte retos anteriores que siempre habían terminado con los dos haciéndolo de todas formas después de un rato de resistencia simbólica. El patrón estaba tan instalado que el cerebro de Marcos lo reconoció antes de que él mismo procesara lo que Adrián le estaba proponiendo.
—¿Qué pongo yo si no puedo? —preguntó Marcos.
—Las cervezas de la semana que viene. Todas.
—¿Y si puedo?
—Tú eliges.
Marcos bebió otro trago. Miró a su amigo, que sostenía la mirada con esa calma irritante suya.
—Te la he visto mil veces en el vestuario del polideportivo —dijo al fin—. Tampoco es que sea nada impresionante.
—Entonces no debería costarte.
Hubo un silencio corto. Marcos dejó la lata en la mesa.
—Eres idiota —dijo.
—Probablemente.
***
Adrián se desabrochó el cinturón. Lo hizo sin prisa, como si estuviera cambiándose para dormir, sin ninguna carga dramática. Los pantalones cayeron al suelo. Luego los calzoncillos.
Marcos lo miró. Adrián no estaba del todo flácido.
—Ya estás a medias —observó Marcos, con el tono de alguien que señala un defecto técnico en un argumento.
—Es la temperatura del cuarto.
—Claro.
Marcos se levantó del sofá. Había algo en ese momento, un segundo de duda real, de calcular si esto era lo que parecía o si todavía tenía salida hacia algún chiste que lo devolviera a terreno conocido. Pero la mirada de Adrián no era de broma ni de trampa. Era la misma mirada de siempre, la de «a ver si de verdad lo haces».
Se desabrochó los vaqueros. Se los bajó hasta los muslos y se quedó ahí, de pie, con los calzoncillos puestos, mirando a su amigo.
—¿Satisfecho? —preguntó.
—Eso no era lo que pedí.
—Lo sé.
Se arrodilló en la alfombra.
***
La primera sensación fue extraña y concreta al mismo tiempo. Marcos rodeó la base con la mano y lo notó más pesado de lo que esperaba, más cálido. Se lo metió en la boca despacio, solo la punta, y paró ahí, sin saber bien qué más hacer.
—¿Eso es todo? —preguntó Adrián. La voz le había cambiado levemente. Solo levemente.
—No me digas cómo hacer mi trabajo —murmuró Marcos.
Pero siguió. Se movió hacia adelante un poco, luego hacia atrás, buscando un ritmo que tuviera algún sentido. Su boca se ajustó despacio a la forma, a la temperatura, al peso. No pensó en nada concreto. Solo fue adaptándose, como cuando aprendes a hacer algo nuevo y el cuerpo lo gestiona solo mientras la cabeza flota.
Adrián tensó el abdomen.
Marcos lo notó endurecerse despacio entre sus labios, ganando consistencia, llenando más el espacio. Algo cambió entonces en la dinámica de la habitación. Lo que había empezado como una prueba de resistencia entre amigos se convirtió, sin aviso, en otra cosa. No en algo diferente de lo que era, sino en algo real.
No esperaba que fuera así.
El pensamiento llegó sin palabras concretas, solo como una constatación. Marcos se movió con más confianza, encontró el ritmo, y escuchó a Adrián respirar de manera diferente. Fue ese sonido lo que le dijo que iba bien. Que iba, sin más.
Adrián tenía una mano apoyada en el borde del sofá. Miraba hacia abajo, a veces, y a veces cerraba los ojos. Notaba el calor, la presión constante, la humedad de los labios de Marcos moviéndose alrededor de él, y era imposible pensar en nada más. El cuerpo manda en ciertos momentos, y ese era uno de ellos.
Marcos fue encontrando el ritmo con más naturalidad de la que habría esperado. La incomodidad inicial se disolvió en algo que no supo cómo llamar, pero que tampoco necesitaba nombre para existir.
***
Llegó sin avisar. Adrián dio un paso atrás involuntario, dejó escapar un gemido que intentó cortar a la mitad y que de todas formas salió, y Marcos sintió en la lengua el calor espeso de algo que no esperaba.
Se separó de inmediato.
Adrián seguía de pie, apoyado en el sofá, con los ojos entrecerrados y la respiración lenta recuperándose. Marcos estaba en el suelo con la mano levantada hacia la boca, mirando a su amigo con una expresión que él mismo no habría sabido describir con exactitud.
Tragó. Carraspeó.
—Lo siento —dijo Adrián, después de un momento—. No lo vi venir.
—Nótese —respondió Marcos.
Y entonces los dos se echaron a reír. Primero con cuidado, luego sin control, con esa risa descargante y algo histérica que llega cuando la tensión se rompe de golpe y no queda más que el absurdo de la situación.
Adrián se desplomó en el sofá. Marcos se quedó en el suelo riendo hacia el techo.
—Joder —logró articular Adrián.
—Exactamente.
***
Cuando la risa se calmó, Adrián fue a la nevera. Volvió con dos cervezas frías y le tendió una a Marcos, que seguía en la alfombra con los vaqueros a medio bajar.
—¿Estamos en paz? —preguntó.
Marcos bebió un trago largo. Luego bajó la vista hacia su propia entrepierna, donde era bastante evidente que algo estaba ocurriendo sin que él lo hubiera decidido conscientemente.
Adrián siguió la mirada.
—Ah —dijo.
—Sí.
Hubo un silencio distinto al de antes. Este no era el silencio de la vergüenza ni el del no-saber-qué-decir. Era el silencio de dos personas que están calculando si van a cruzar una línea o no, y que ya saben, en el fondo, cuál va a ser la respuesta.
—¿Eso es lo que quieres? —preguntó Adrián.
—Es lo justo —respondió Marcos—. No puedes ganar así y no hacer nada al respecto.
Adrián dejó la lata en la mesa.
***
Se arrodilló sin hacer comentarios. No tenía ningún punto de referencia para lo que iba a hacer, pero tampoco le pareció que eso fuera un problema insuperable.
Marcos apoyó la nuca en el cojín del sofá y cerró los ojos. Sintió el contacto de la mano de Adrián primero, cálida, explorando sin prisa. Luego el calor de la boca.
Adrián fue aprendiendo sobre la marcha. Notaba cuándo Marcos tensaba las piernas, cuándo la respiración se hacía más corta, cuándo un movimiento era mejor que otro, y ajustaba. Era el mismo principio que aprender cualquier cosa nueva: escuchar, corregir, continuar.
¿Cuántas noches habían estado en ese salón sin saber que esto era posible?
Marcos aguantó más que Adrián. Cuando llegó, fue despacio, con un sonido que intentó contener y que de todas formas se escapó. Adrián lo sintió a tiempo y se echó un poco hacia atrás. Todo terminó sin complicaciones.
Los dos se quedaron quietos un momento. La música seguía sonando de fondo. La botella de ron estaba vacía. La noche fuera era tranquila.
***
Marcos se subió los vaqueros. Adrián fue al baño y volvió. Pusieron algo en el televisor sin prestar demasiada atención a qué era. Las cervezas estaban tibias pero nadie se quejó.
—¿Estás bien? —preguntó Adrián.
—Sí. ¿Tú?
—Yo también.
La conversación volvió despacio, como siempre vuelve cuando no hay nada urgente que decir. Hablaron del trabajo, del partido de la semana siguiente, de si el bar de siempre había cambiado el menú del mediodía. Ninguno de los dos mencionó lo que había ocurrido, y ninguno de los dos sintió que hubiera que mencionarlo.
Lo que había pasado esa noche no necesitaba ser analizado, clasificado ni explicado. Estaba ahí, entre ellos, como una puerta que habían abierto sin planearlo y que ahora existía, simplemente existía, sin que ninguno supiera todavía si iban a volver a pasar por ella.
Cuando Marcos se fue, pasadas las dos de la madrugada, se despidieron en el rellano como siempre. Un golpe en el hombro. «Hasta el lunes.» El ascensor.
Por ahora, la noche había sido larga y suficiente.
Y eso era todo lo que necesitaba ser.