La noche que una travesti me hizo cruzar la línea
Frené en el semáforo solo por curiosidad. Una hora después estaba boca arriba, pidiéndole despacio, descubriendo un lado mío que llevaba años fingiendo que no existía.
Frené en el semáforo solo por curiosidad. Una hora después estaba boca arriba, pidiéndole despacio, descubriendo un lado mío que llevaba años fingiendo que no existía.
Tenía casi cuarenta años, vivía puerta con puerta y un día me invitó a una copa. Esa noche dejé de ser la chica del rellano para convertirme en su deseo.
No servía para protagonista, le dijeron. Pero ese culo, susurró el productor con la cámara encima, ese culo sí tiene futuro en esta industria.
Cerró la puerta del baño, se miró en el espejo con la blusa corta y el encaje húmedo, y supo que esa noche no habría forma de volver atrás.
Hace meses que Esteban dejó de existir. Me despierto cada mañana enfundada en seda rosa, lista para servir a la mujer que reescribió mi mente entera.
Creí que tenía la casa entera para mí durante cuatro días. No conté con que él tenía llaves, cámaras y una curiosidad que nunca me había confesado.
Cuando salió de la ducha y se quitó el fular, descubrí que Daniela escondía algo que iba a cambiar por completo nuestro fin de semana en la playa.
La mañana después del derrame, se miró al espejo y su cuerpo ya no era el mismo. Y la forma en que su marido empezó a mirarla tampoco volvió a ser la de antes.
Me miré al espejo, me mordí el labio y supe que esa foto traería consecuencias. No tardó ni tres minutos en aparecer la llave en mi cerradura.
Me arrodillé frente a la puerta con el labial recién puesto y el corazón a mil. Cuando se abrió, supe que esa noche yo ya no decidía nada.
Llevaba años vistiéndome a escondidas, pero esa noche me puse las botas, las medias de rejilla y el vestido de terciopelo, y crucé la puerta siendo ella.
La seguí a la calle convencido de que sería una noche más. No imaginaba lo que ocultaba bajo aquel vestido ajustado ni hasta dónde iba a llevarme.
Nadie lo sabe. Ni siquiera la persona con la que duermo cada noche. Pero cuando cierro los ojos me veo frente al espejo, transformado en otra, lista para él.
Siempre soñó con transformarse en una de esas guerreras de falda corta. Esa noche de carnaval, contra la pared y con la música retumbando, empezó a sentirse exactamente así.
«Esta noche cumplís tu promesa», decía el mensaje. Bajé duchado y temblando, sabiendo que entre Brisa y Mateo iban a llevarme más allá de cualquier límite que hubiera imaginado.
Encontré una foto vieja guardada en un cajón y, de golpe, supe exactamente lo que quería pedirle a cada uno de ellos esas vacaciones.
Lo toqué solo un instante y la suavidad del encaje despertó algo dormido. Esa noche soñé que me lo ponía, y supe que tarde o temprano volvería a por él.
Frente al espejo dejaba de ser Sebastián. Me ponía sus medias, su falda, su perfume, y me convertía en la mujer que nadie sabía que llevaba dentro.
Tengo diecinueve y debajo de la ropa unisex llevo encaje. Hoy entro al sauna de la calle Tucumán dispuesta a que me usen los que fingen ser maridos buenos.
Guardé su número como «S.1». Dos días para arrepentirme y ni una sola vez quise hacerlo: quería que me usaran otra vez, peor que la primera.