La confesión que el padre Andrés nunca olvidará
La misa dominical en la iglesia del Carmen terminó puntual a las doce. Los feligreses de Santa Catalina fueron levantándose uno a uno, ajustando abrigos, retomando conversaciones que habían dejado en suspenso una hora antes. El murmullo llenó la nave central y el olor a incienso se mezcló con el aire fresco que entraba por las puertas abiertas de par en par.
Entre los últimos en levantarse estaba Elena.
Tenía dieciocho años y una calma que la gente confundía con timidez. Piel clara, cabello negro largo que solía llevarse trenzado, y unos ojos color castaño oscuro que miraban con una fijeza algo incómoda para quienes no la conocían bien. Ese domingo llevaba un vestido de manga larga de color crema, nada llamativo. Se quedó sentada en la banca cuando los demás ya se iban, con las manos cruzadas sobre el regazo y la mirada en el altar.
Esperó a que la iglesia quedara casi vacía antes de acercarse al padre Andrés, que ordenaba las hojas del sermón en el púlpito.
—Padre —dijo ella en voz baja.
Él levantó la vista. Era un hombre de unos cuarenta años, delgado, con el cabello castaño apenas salpicado de canas en las sienes. Tenía fama de paciente y de escuchar bien. Los jóvenes de Santa Catalina recurrían a él con más frecuencia que a sus propios padres.
—Elena. ¿Qué te trae por aquí a estas horas?
—Quería confesarme, Padre. Si tiene un momento.
—Por supuesto —dijo él, cerrando la biblia—. Dame un minuto.
***
El confesionario olía a madera vieja y a silencio acumulado. Elena entró por la puerta de la izquierda y se arrodilló. Al otro lado de la celosía, la silueta del padre Andrés era apenas una sombra familiar.
—Alabado sea Dios —dijo él.
—Por siempre alabado —respondió ella.
—¿Cuánto tiempo llevas sin confesarte?
—Unas tres semanas.
Hubo una pausa. Elena apretó las manos sobre el regazo.
—Padre, lo que tengo que decirle no es fácil.
—Tómate el tiempo que necesites.
Ella respiró.
—He tenido pensamientos que no debería tener. Sobre alguien que... no debería.
—¿Qué tipo de pensamientos?
—Pensamientos de deseo —dijo ella, con la voz apenas temblorosa—. Físicos. Me despierto por la noche con la mano entre las piernas, tocándome pensando en esa persona. Me toco el coño hasta correrme y después no puedo mirarme al espejo. No sé qué hacer con eso.
—Es algo natural, Elena. El deseo existe. La cuestión es cómo lo manejamos.
—Ya lo sé, Padre. Pero lo que lo hace más difícil es... que esa persona es usted.
El silencio al otro lado de la celosía duró varios segundos. Elena escuchó el crujido de la madera cuando él cambió de posición.
—Elena —dijo él finalmente, con una voz que ya no era exactamente la del confesor—. Eso es algo que...
—No pretendo que haga nada —lo interrumpió ella—. Solo quería decírselo. Llevaba meses cargando con esto y ya no podía más.
Silencio.
—¿Desde cuándo? —preguntó él al fin.
La pregunta la tomó por sorpresa. No era lo que esperaba escuchar.
—Desde el otoño pasado —respondió—. Desde aquella tarde en que me ayudó con el grupo de catequesis y me explicó algo sobre el Cantar de los Cantares. No sé por qué, pero algo cambió ese día. Esa misma noche me metí en la cama y me toqué pensando en su boca. Fue la primera vez que me corrí pensando en un hombre concreto.
—Entiendo —dijo él, despacio.
Elena esperó. Escuchó su respiración al otro lado de la celosía, más pausada de lo habitual.
—No voy a absolverte de algo que no es un pecado —dijo el padre Andrés al fin—. El deseo no es un pecado. Lo que hagamos con él puede serlo. Pero tú no has hecho nada.
—Padre...
—Ve con Dios, Elena.
Ella salió del confesionario con las mejillas encendidas. Caminó hacia la salida sin mirar atrás. Pero cuando ya estaba en el umbral, se detuvo.
Y se dio la vuelta.
***
El padre Andrés no subió a la sacristía de inmediato. Se quedó sentado unos minutos con la cabeza apoyada en la mano, mirando el crucifijo de madera oscura que colgaba frente a él. Bajo la sotana, la polla se le había endurecido a mitad de la confesión y seguía dura, tensa contra la tela negra, imposible de ignorar.
Llevaba doce años de sacerdocio. Había escuchado confesiones de todo tipo. Nada solía afectarlo de un modo que no pudiera encauzar.
Pero esto era diferente.
Cuando finalmente subió las escaleras hacia la sacristía, Elena estaba esperándolo en el pasillo. Había una claridad en su postura, una firmeza tranquila que lo desconcertó más que cualquier provocación.
—¿Qué haces aquí? —preguntó él.
—No quiero irme todavía —dijo ella. No lo dijo con coquetería. Lo dijo con la misma calma directa con que hacía todo.
El padre Andrés la miró un momento. Luego abrió la puerta de la sacristía y la dejó pasar.
La habitación era pequeña: un armario con los ornamentos litúrgicos, un escritorio de madera oscura, dos sillas, una ventana que daba al patio trasero. La luz de mediodía entraba en ángulo y dibujaba un rectángulo dorado en el suelo de piedra.
—Siéntate —dijo él, cerrando la puerta tras de sí. Echó el pestillo.
Elena eligió apoyarse en el borde del escritorio en lugar de sentarse en la silla. Lo miró con esos ojos oscuros que no parpadeaban lo suficiente.
—Llevo meses sin poder dormir bien —dijo—. ¿Eso también es natural?
—Puede ser muchas cosas.
—Usted sabe lo que es.
El padre Andrés se quedó de pie junto a la puerta, con las manos detrás de la espalda. Había un metro y medio entre ellos.
—Elena, lo que me dijiste en el confesionario...
—Lo dije en serio. Cada palabra. Y hay más que no dije.
—Ya lo sé.
—¿Y?
—Y no puedo actuar como si no lo hubiera escuchado —admitió él—. Pero tampoco puedo...
—No le estoy pidiendo que rompa ningún voto —dijo ella, despacio—. Solo quiero entender lo que siento. Y usted es la única persona con quien puedo hablar de esto.
El sacerdote cruzó la habitación y se sentó en la silla frente a ella. De cerca, Elena podía ver las líneas finas alrededor de sus ojos, el gris en las sienes, la manera en que apretaba la mandíbula.
—¿Qué es lo que no entiendes? —preguntó él, en voz baja.
—Todo. Cómo puede querer tanto algo que sabe que no debería querer. Cómo el cuerpo decide solo, sin consultarte. Ahora mismo estoy mojada, Padre. Se me está corriendo por los muslos y no puedo evitarlo.
Él asintió, despacio. Tragó saliva.
—Eso lo entiendo —dijo—. Créeme que lo entiendo.
Fue Elena quien se acercó primero. Solo un poco. Lo suficiente para que sus rodillas casi se tocaran.
—He pensado en esto muchas veces —dijo—. En cómo sería. No puedo evitarlo. Pienso en su polla dentro de mí. En su boca. En su lengua. Me toco todas las noches pensando en usted.
—Elena.
—Nunca he estado con nadie, Padre. Nunca. Y la única persona con quien lo he imaginado es usted.
El padre Andrés cerró los ojos un segundo. Cuando los abrió, ella lo miraba con una expresión que no era inocente ni provocadora, sino simplemente honesta. Y eso era lo más difícil de resistir.
Fue él quien movió la mano primero. La posó sobre la mano de ella, encima del escritorio. Solo eso.
Pero Elena volvió la palma hacia arriba y entrelazó los dedos con los suyos. Después le agarró la muñeca y le llevó la mano bajo el vestido, entre sus piernas, hasta que él sintió con los dedos lo empapada que estaba la tela de su ropa interior.
—¿Ve? —susurró—. No estoy mintiendo.
Él dejó los dedos ahí un segundo largo. Cuando los apartó, tenía la yema del pulgar brillante.
***
Lo que pasó después fue lento. Sin prisa, sin torpeza. El padre Andrés se levantó de la silla y se situó frente a ella, que seguía apoyada en el borde del escritorio. La miraba como si aún estuviera tomando una decisión, pero sus manos ya habían decidido: le rozaron los brazos, subieron hasta los hombros, se detuvieron en su cuello.
Elena respiraba con la boca entreabierta.
Él se inclinó y la besó. Un beso breve primero, casi una pregunta. Luego ella respondió, y el beso se alargó. Él le metió la lengua en la boca y ella la chupó con hambre, como si llevara meses ensayándolo.
Era la primera vez que Elena besaba a alguien así. No había imaginado que sería tan distinto de todo lo que había visto o leído. Más cálido. Más presente. Sentía los labios de él con una claridad que casi dolía, y la lengua moviéndose contra la suya le hacía apretar los muslos.
Las manos del padre Andrés bajaron por su espalda y la acercaron más. Elena apoyó las palmas en su pecho, sobre la sotana, y sintió el calor de su cuerpo a través de la tela. Después bajó una mano y le agarró la polla por encima de la tela. La sintió dura, gruesa, hinchada bajo la sotana. Él soltó un gemido corto contra su boca.
—¿Estás segura? —preguntó él contra su mejilla.
—Sí —dijo ella sin dudar—. Fóllame, Padre.
Él cerró los ojos al oírla. Como si esas dos palabras le rompieran la última resistencia. Le desabrochó los primeros botones del vestido con dedos que ya no eran del todo firmes y le bajó la tela hasta la cintura. Elena no llevaba sujetador. Tenía las tetas pequeñas, blancas, con los pezones rosados y erectos por el frío y por lo que sea que le estaba pasando por dentro.
El padre Andrés se quedó mirándoselas un segundo. Después bajó la boca y le chupó un pezón. Elena echó la cabeza hacia atrás y jadeó. Él le mordió suave, le lamió el pezón entero, se lo metió en la boca hasta la aureola y chupó como si tuviera sed. Con la otra mano le apretaba la otra teta, le pellizcaba el pezón entre el pulgar y el índice.
—Padre —gimió ella—. Dios mío.
—No lo nombres ahora —dijo él, con la boca todavía pegada a su piel.
Él la ayudó a subirse completamente al escritorio. Elena se recostó sobre la madera mientras él se quedaba de pie frente a ella. Le apartó el cabello de la cara con una mano. La miraba en silencio.
—Si en algún momento quieres parar —dijo.
—No voy a querer parar —respondió ella.
Él le levantó el vestido lentamente, hasta la cintura. Elena sintió el frío del aire en los muslos y luego el calor de las palmas de él cuando las deslizó por sus piernas. Tenía la piel sensible y cada roce le producía un escalofrío que no era desagradable.
El padre Andrés se tomó su tiempo. Le acarició los muslos internos con los pulgares, sin prisa, observando su reacción. Elena se tensó un poco y luego se relajó. Dejó caer la cabeza hacia atrás y cerró los ojos.
Cuando él le bajó las bragas por las piernas y las dejó colgando de un tobillo, ella no lo detuvo. Él se quedó mirándole el coño un momento. Estaba depilado en los bordes, con una franja de vello oscuro arriba, y los labios brillantes de humedad. Se veía cómo latía.
—Dios mío —murmuró él—. Elena.
—Cómamelo, Padre. Por favor.
Él se arrodilló entre sus piernas. Le puso las manos por debajo de las nalgas y la acercó al borde del escritorio, hasta tenerla justo a la altura de su boca. Elena sintió el primer contacto de la lengua contra su coño y todo el cuerpo se le tensó de golpe. Un latigazo caliente le subió desde la ingle hasta la garganta.
El padre Andrés le lamió despacio, de abajo hacia arriba, todo el largo del coño, y se detuvo un instante largo sobre el clítoris. Después lo chupó. Se lo metió entre los labios y lo chupó suave, mientras con la lengua le hacía pequeños círculos. Elena soltó un sonido que no sabía que podía hacer.
—Ay Dios, Padre, ay Dios.
Él siguió. Le lamía con toda la lengua abierta, después con la punta, después le chupaba el clítoris otra vez. Le metió un dedo despacio, hasta la mitad. Elena estaba tan mojada que el dedo entró sin resistencia. Después lo metió entero, y luego un segundo. Los movía dentro de ella mientras seguía chupándole el clítoris. Curvaba los dedos hacia arriba, buscando el punto que la hacía gemir más fuerte.
Elena se aferró al borde del escritorio con las dos manos. Después le agarró la cabeza a él, le hundió los dedos en el pelo y le apretó la boca contra su coño. Ya no le importaba nada. Sentía que el cuerpo no le pertenecía del todo, que algo se acumulaba en algún punto que no sabía nombrar pero que reconocía instintivamente. El calor subía desde las piernas hasta la nuca.
—No pares —susurró—. No pares, Padre, por favor, no pares.
Él no paró. La chupó más rápido, con los dedos moviéndose dentro de ella con un ritmo firme, y Elena empezó a levantar la cadera contra su boca sin poder controlarse. La respiración se le entrecortaba. Se le escapaban gemidos altos, agudos, obscenos en el silencio de la sacristía.
Cuando llegó al clímax, fue con los ojos cerrados y el cuerpo arqueado sobre la madera, con la respiración deshecha y los dedos blancos de apretar el borde del escritorio. Sintió cómo el coño se le contraía alrededor de los dedos de él, en oleadas, mientras la lengua seguía trabajándole el clítoris hasta que empezó a apartarse porque era demasiado. El padre Andrés se incorporó despacio, con la boca y la barbilla brillantes, y la dejó recuperarse.
—¿Estás bien? —preguntó, pasándose el dorso de la mano por los labios.
—Sí —dijo ella, con la voz todavía temblorosa—. Sí, estoy bien. Nunca me había corrido así.
Elena se incorporó y lo miró desde el borde del escritorio. Él tenía los ojos brillantes y la respiración algo más rápida de lo normal. La sotana ligeramente arrugada. Debajo, la polla le hacía un bulto obsceno contra la tela.
—Quiero más —dijo ella—. Quiero sentirla dentro.
No era una pregunta. El padre Andrés la miró durante un segundo largo, luego se desabrochó el cinturón. Se levantó la sotana y se bajó los pantalones y el calzoncillo hasta medio muslo. La polla le saltó fuera, dura, larga, con la punta enrojecida y ya brillante en el glande. Elena la miró y tragó.
—Ven —dijo ella, y le hizo un gesto—. Déjame verla de cerca.
Él se acercó. Elena bajó del escritorio, se arrodilló en el suelo de piedra frente a él y le agarró la polla con una mano. Estaba caliente y pesada. Le pasó la lengua por la punta, tímidamente al principio, saboreando la gota salada que le brillaba en la abertura. Después abrió la boca y se la metió entera hasta donde pudo. Él soltó un gemido ronco y le puso una mano en la nuca, sin apretar.
—Elena —jadeó—. No hace falta que...
Pero ella siguió. Chupaba despacio, sacando la polla casi entera y volviéndola a meter, con los labios apretados alrededor del tronco. La saliva le corría por la barbilla. Le lamió los huevos por debajo, le pasó la lengua por toda la longitud, y volvió a metérsela en la boca. Lo miraba desde abajo mientras lo hacía, con los ojos oscuros clavados en los suyos, y esa imagen era lo que él ya no podía soportar.
—Para —le dijo él, tirándole suave del pelo—. Para o me corro en tu boca.
Ella le sacó la polla de la boca despacio, con un chasquido, y sonrió.
—Otro día —dijo—. Ahora la quiero dentro.
***
Fue despacio, con cuidado. Él la levantó y la volvió a sentar en el borde del escritorio. La besó otra vez, y ella se saboreó a sí misma en su boca. La besó mientras se colocaba frente a ella, con la polla apoyada contra su vientre, y ella lo atrajo hacia sí, impaciente. Le agarró la polla y se la guio hasta la entrada del coño. Sintió el primer contacto, el glande caliente separándole los labios mojados, y apretó los labios.
Él entró poco a poco, deteniéndose cada vez que ella cambiaba de expresión. Elena sintió el ensanchamiento, cómo la polla la abría por dentro, milímetro a milímetro. Era más grueso de lo que había imaginado.
Hubo un momento de incomodidad cuando él empujó contra el himen. Elena frunció el ceño y apretó los dedos en sus hombros. Él se detuvo.
—¿Te hago daño? —preguntó él.
—Un poco. Sigue. Métemela entera.
Él empujó con firmeza, un movimiento único y decidido, y la polla entró hasta el fondo. Elena soltó un gemido ahogado, con los ojos muy abiertos. Sintió el escozor, la presión, el peso de tenerlo dentro entero. Y después, cuando él se quedó quieto pegado a ella, con la polla enterrada hasta la base, sintió algo más: cómo el coño se acomodaba alrededor, cómo el dolor se convertía en otra cosa.
—Quédate así un momento —susurró ella.
Él se quedó. Le besó la frente, las mejillas, el cuello. Le acariciaba la espalda por debajo del vestido. Cuando Elena empezó a moverse, muy leve al principio, un ligero balanceo de la cadera, él respondió con embestidas cortas y suaves.
Poco a poco fue más profundo. Más rítmico. Elena empezó a moverse con él en lugar de simplemente aguardar. Le rodeó la cintura con las piernas y lo obligó a entrarle más adentro cada vez. La habitación pequeña se llenó de su respiración entrelazada, del crujido suave de la madera vieja del escritorio, del sonido húmedo y obsceno de la polla entrando y saliendo de ella.
—Más fuerte —le dijo Elena al oído—. No me voy a romper.
El padre Andrés le agarró las caderas con las dos manos y empezó a follarla en serio. Las embestidas se volvieron más profundas, más rápidas. Elena se agarró a la sotana negra para no caerse hacia atrás. Cada golpe le arrancaba un gemido. Podía oír sus propios sonidos como si vinieran de otra persona.
—Ay Padre. Ay Padre, así.
—Dios, Elena. Estás tan apretada.
Él se detuvo un momento y la hizo darse la vuelta. Elena entendió, se dio la vuelta sobre el escritorio y apoyó los codos en la madera, con el culo levantado hacia él. El vestido arremangado en la cintura. El padre Andrés le acarició las nalgas un segundo, se las apretó con las dos manos, y le metió la polla otra vez desde atrás. De un golpe entero.
Elena gritó y se mordió el antebrazo para no hacer más ruido. Desde ese ángulo, él le llegaba más adentro. Cada embestida la empujaba contra el escritorio. Él la agarraba de las caderas y la penetraba profundo, con el sonido de sus muslos chocando contra su culo llenando la sacristía.
—Padre, me voy a correr otra vez.
—Córrete —jadeó él—. Córrete en mi polla.
Le alcanzó por debajo con una mano y le buscó el clítoris con los dedos mientras seguía follándola desde atrás. Elena sintió que se venía un segundo orgasmo, más profundo, más largo. El coño se le apretó alrededor de la polla en espasmos y ella se dejó caer sobre la madera con la cara pegada al escritorio, gimiendo contra el brazo.
Elena lo miró por encima del hombro mientras él seguía moviéndose dentro de ella. No cerró los ojos. Quería recordar cada detalle: la luz oblicua que entraba por la ventana del patio, las manos de él en su cadera clavándole los dedos, la sotana negra levantada, el peso de algo que por fin era real después de meses de imaginarlo.
—Voy a acabar —jadeó él—. Elena.
—Dentro —dijo ella—. Córrase dentro.
Él la agarró más fuerte y le dio unas últimas embestidas, cada vez más rápidas, hasta que se enterró hasta el fondo y se quedó quieto. Elena sintió los espasmos de su polla dentro, la sintió palpitar mientras la llenaba, el chorro caliente escupiéndose contra sus paredes. Él soltó un gemido largo y ahogado, con la frente apoyada sobre el hombro de ella, con los dedos apretados en su cintura.
Se quedó dentro un rato más, respirando pesado sobre su nuca, antes de sacarla despacio. Elena sintió el hilo caliente de semen deslizándose por la cara interna del muslo.
***
Después se quedaron quietos un rato. Elena se enderezó despacio, con las piernas algo temblorosas, y se arregló el vestido. Se abrochó los botones de arriba con dedos torpes. Recogió las bragas del suelo, las miró un segundo y se las guardó en el bolso. El padre Andrés se subió los pantalones, se abrochó el cinturón, se alisó la sotana. Se alejó hacia la ventana y miró el patio vacío sin decir nada. La luz había cambiado de ángulo. Habían pasado más de dos horas desde la misa.
—Padre —dijo ella.
—Dime.
—No me arrepiento.
Él tardó en responder. Seguía mirando el patio.
—Ni yo —dijo al fin, en voz baja.
Elena recogió su bolso del suelo y caminó hacia la puerta. Antes de salir se detuvo, como ya había hecho antes ese mismo día.
—¿La semana que viene hay misa a las doce? —preguntó.
El padre Andrés la miró desde la ventana. Había algo en su expresión que ya no era exactamente la del sacerdote que ella había conocido.
—Como siempre —respondió.
Ella asintió y salió.