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Relatos Ardientes

Cuando decidí cobrar por iniciar hombres gay

Llevo diez años frecuentando el mismo bar. Es un lugar tranquilo en el centro, sin neones chillones ni música demasiado alta, donde los hombres de cierta edad van a tomar un whisky y a ser lo que no pueden ser en otro lado. Me conocen los camareros, conozco a los habituales, y de vez en cuando aparece alguien nuevo con esa expresión de quien cruza una puerta por primera vez y no está del todo seguro de si va a arrepentirse.

Fue un martes de octubre. Marcos llegó alrededor de las nueve, eligió el taburete a mi lado sin mirar a nadie a los ojos, y pidió un gin tonic que tardó demasiado en empezar a beber. Tenía cuarenta y cinco años, aunque entonces no lo sabía. Traje oscuro, corbata aflojada, alianza en el dedo. El tipo de hombre que tiene una vida perfectamente organizada fuera de ese bar.

Empezamos a hablar, como se habla en los bares, sin demasiada prisa. Me contó que estaba casado desde hacía veinte años, que tenía dos hijos en la universidad, que llevaba una empresa de importaciones que no le daba demasiados problemas. Hablaba bien, con calma, sin nerviosismo evidente. Pero cuando le pregunté qué lo había traído ahí, tardó un momento en contestar.

—Quiero saber cómo es —dijo al fin, mirando su copa—. He tenido sueños. No sé cómo explicarlo mejor que eso. He soñado que alguien me coge por el culo, que me la mete hasta el fondo, y en ese sueño no me despierto incómodo. Me despierto con la polla dura y queriendo más.

Me quedé un momento en silencio, calculando.

—¿Y nunca lo has probado?

—Nunca. No sé ni cómo empezaría.

Cuando fue al baño, estuve mirando mi propio vaso durante un rato. Pensé en decirle que no era tan complicado, que simplemente debía dejar que pasara. Pero lo pensé mejor. Había algo en su forma de contarlo —la precisión, la honestidad— que me hizo tener otra idea. Cuando volvió, esperé a que se sentara antes de hablar.

—Mira, hay algo que no te he contado —dije—. Tengo departamento y tiempo libre. Y no sería la primera vez que ayudo a alguien en una situación como la tuya.

Me miró sin entender del todo.

—¿Qué significa eso exactamente?

—Significa que, si quieres, puedo ser tu profesor. Con calma, sin apuro. Ciento cincuenta dólares la sesión.

Hubo un silencio largo. No el silencio de alguien que va a decir que no, sino el de alguien que ya tomó la decisión pero necesita escucharla en voz alta un momento más antes de admitirlo.

—¿Has hecho esto antes?

Mentí un poco.

—Algunas veces.

La verdad era que nunca. Pero algo me dijo que eso no importaba. Quedamos para el jueves siguiente a las siete de la tarde.

***

El jueves a las seis estaba nervioso. Ordené el departamento dos veces. Compré lubricante nuevo, puse sábanas limpias. Me cambié de ropa. Era la primera vez que yo hacía de profesor, pero no podía permitirme parecerlo.

Marcos llegó a las siete en punto. Golpeó la puerta con los nudillos, no con el timbre, como si no quisiera hacer demasiado ruido. Entró con el mismo traje del otro día, perfumado, con el cabello peinado hacia atrás. Parecía más serio que en el bar, pero sus manos no temblaban.

Le ofrecí agua. La aceptó con un gesto breve y se quedó de pie en el centro del salón, mirando sin ver realmente nada. Había algo que necesitaba que pasara antes de que empezáramos: que se olvidara del traje, de los hijos en la universidad, de la empresa de importaciones. Que estuviera presente, no a medias.

—¿Estás bien? —le pregunté.

—Sí. Solo dame un segundo.

Esperé. Y después de ese segundo, se giró hacia mí y me miró de una manera diferente. Era suficiente.

Lo besé despacio. No se echó hacia atrás. Sus labios estaban tensos al principio, sin saber bien cómo moverse, pero en pocos segundos algo se fue aflojando. Le metí la lengua en la boca y él la recibió como un hombre que llevaba años preguntándose a qué sabía la saliva de otro. Apoyé una mano en su mandíbula y sentí cómo respiraba más hondo. Con la otra le agarré la entrepierna por encima del pantalón y noté que ya tenía la polla medio dura, apretada contra la tela. Cerró los ojos y dejó escapar un ruido bajo, como de alivio, cuando le apreté los huevos con la palma.

Lo fui desnudando con calma. La corbata primero, después los botones de la camisa uno por uno. Él no ayudaba ni resistía, simplemente dejaba que pasara. Cuando le quité la camisa, vi que tenía el pecho y el abdomen cubiertos de vello oscuro. El cuerpo de un hombre que había trabajado con las manos en algún momento de su vida, aunque ahora lo pasara detrás de un escritorio. Le pasé la lengua por los pezones, uno y otro, mordisqueándolos hasta que se le pusieron duros, y él soltó un gemido corto que no supo aguantar.

Sus pantalones cayeron al suelo y quedó en ropa interior, de pie frente a mí. No era un cuerpo de físico espectacular, pero tenía algo sólido y real que resultaba más atractivo que cualquier perfección construida. Le bajé el calzoncillo con las dos manos y le saltó la polla afuera, gruesa, con la cabeza rosada asomando del prepucio y una gota de líquido ya brillando en la punta. Tenía los huevos grandes, colgados, cubiertos por el mismo vello oscuro que le subía por el vientre.

Me arrodillé frente a él. Noté cómo aguantaba la respiración.

—Relájate —dije—. No tienes que hacer nada.

Le agarré la verga con la mano y me la llevé a la boca sin ceremonia. Primero solo la cabeza, chupándosela despacio, pasándole la lengua por debajo del glande, jugando con el frenillo. Él soltó un jadeo largo y sus caderas se movieron hacia adelante sin querer. Me la fui tragando de a poco, centímetro a centímetro, hasta que sentí la cabeza tocarme el fondo de la garganta. La saqué, la volví a meter, la saqué otra vez, dejando un hilo de saliva colgando entre mis labios y su glande. Después le lamí los huevos, me los metí en la boca uno por uno, y volví a la polla, mamándosela con ritmo, con toda la boca, sin dientes, mientras con la mano le acariciaba el culo.

Para cuando estaba completamente erecto, sus manos habían encontrado mi cabeza, no para empujar, sino para sostenerse, como alguien que necesita apoyo en un momento de vértigo. Escuché el primer sonido que hacía: no era un gemido exactamente, era algo más parecido a una exhalación larga, como si llevara años aguantando el aire. La polla le latía dentro de mi boca; se la solté con un chasquido y se la vi brillante, hinchada, con las venas marcadas.

—Joder —murmuró—. Nunca me la habían mamado así.

Le pedí que me lo devolviera. Se arrodilló sin decir nada y tardó un momento en decidirse, como alguien que se para en el borde de una piscina antes de tirarse. Cuando lo hizo, fue torpe al principio, sin saber bien dónde poner los dientes, cómo respirar. Se atragantó las dos primeras veces que intentó tragársela entera, y tuvo que apartarse tosiendo. Le fui dando indicaciones con voz tranquila, sin apuro.

—Con la lengua debajo, no aprietes con los labios. Así. Ahora respira por la nariz. Bajá más. Eso es.

Aprendía rápido, y tenía ganas reales de hacerlo bien. Eso hacía toda la diferencia. En pocos minutos ya se la estaba tragando con soltura, con la mano en la base, subiendo y bajando la cabeza con un ritmo que él mismo iba encontrando. Me miró desde abajo con la polla en la boca y a mí eso solo casi me hizo correrme ahí mismo. Le acaricié el pelo y lo aparté antes de que fuera tarde.

Lo llevé a la habitación. Se acostó boca abajo en la cama sin que yo se lo pidiera, como si su cuerpo ya supiera lo que venía aunque su cabeza no hubiera estado ahí antes. Le recorrí la espalda con las manos, después la cintura, las nalgas. Tenía el cuerpo de alguien que hace ejercicio con regularidad pero sin obsesión. Le separé las nalgas con las dos manos y le vi el culo por primera vez: apretado, virgen, rodeado del mismo vello oscuro que le cubría el resto del cuerpo. Le soplé encima y lo sentí temblar.

Metí un dedo, con lubricante, muy despacio. Se tensó de inmediato, el esfínter cerrándose alrededor de mi nudillo.

—Respira —dije—. Aflojá. No te va a doler si no te resistís.

Lo hizo, y la tensión fue cediendo poco a poco. El dedo entró hasta el fondo y empecé a moverlo en círculos, abriéndolo con cuidado. Metí un segundo dedo y él soltó un quejido ahogado contra la almohada, pero no me pidió que parara. Le busqué la próstata, esa protuberancia blanda del interior, y cuando la encontré y presioné, arqueó la espalda de golpe.

—¿Qué es eso? —dijo, casi asustado.

—Eso es lo que estabas buscando.

Después usé la lengua. Le pegué la boca al culo y empecé a lamerlo, a metérsela adentro, a chupárselo como si le estuviera besando la boca. Escuché que decía algo entre dientes que no entendí bien, pero su cuerpo no mentía: se arqueó hacia mí en lugar de alejarse, y empezó a mover las caderas contra mi cara. Le agarré la polla por debajo y se la sentí durísima, chorreando líquido preseminal sobre las sábanas. Seguí varios minutos, alternando lengua y dedos, hasta que los sonidos que hacía se volvieron menos contenidos y más honestos. Ya no eran quejidos: eran gemidos abiertos, de puta, de tipo al que le están abriendo el culo por primera vez y descubre que lo quería desde hacía años.

—¿Cómo estás? —pregunté.

—No sé cómo estoy —respondió, con la cara enterrada en la almohada—. Bien. Creo que muy bien. Seguí, por favor.

Puse más lubricante del que probablemente hacía falta, porque prefería pecar de precavido. Me embadurné la polla bien, hasta que quedó brillante, y le puse otro poco en el culo con los dedos, metiéndoselos hasta el fondo para que se lo llevara adentro. Me coloqué sobre él despacio, apoyando el peso en los brazos. Le apoyé la cabeza de la verga contra el agujero y empujé con cuidado, apenas un centímetro, y esperé. Su respiración se aceleró de golpe.

—¿Puedo seguir?

—Sí —dijo. Sin dudar—. Metémela.

Entré poco a poco, sin apuro, esperando entre cada movimiento a que su cuerpo se fuera acomodando. Sentí el esfínter cerrarse alrededor de la base de mi glande y después ceder, tragarme, dejarme pasar centímetro a centímetro. Él soltó un gemido largo, mitad dolor mitad otra cosa, y agarró la almohada con las dos manos. Cuando estuve dentro por completo, con los huevos apoyados contra sus nalgas, me quedé quieto un momento. Él tampoco se movió. Solo respiraba, con la boca abierta contra la sábana.

—La tenés toda adentro —le dije al oído—. ¿Cómo se siente?

—Llena —murmuró—. Me siento lleno. Joder.

Después empezamos a movernos. Al principio lento, casi sin movimiento, sacándosela apenas un poco y volviéndola a meter. Luego con más ritmo, a medida que él se relajaba y empezaba a empujar hacia atrás, a buscarme con el culo. No hablaba, pero hacía ruidos que decían más que cualquier palabra: gruñidos, jadeos, alguna palabrota entre dientes cada vez que yo se la clavaba hasta el fondo. En algún momento apoyó los antebrazos en la cama y levantó las caderas hacia mí, poniéndome el culo en la cara, y algo en ese gesto voluntario, en esa entrega consciente, me resultó enormemente satisfactorio. Le agarré la cintura con las dos manos y empecé a follármelo más fuerte, con embestidas largas, escuchando el ruido de mis huevos golpeándole el perineo.

—Así —dijo, con la voz cascada—. Así, no pares.

Le pasé una mano por debajo y le agarré la polla: la tenía dura como una piedra, resbaladiza de líquido. Se la empecé a masturbar al ritmo de mis embestidas, y él soltó un gemido roto que le salió de muy adentro. Estuvimos unos veinte minutos así, cambiando de ritmo, con él empujando hacia atrás cada vez que yo empujaba hacia adelante, hasta que empezó a temblar entero.

—Voy a acabar —dijo, casi sorprendido—. Sin tocarme, voy a acabar.

—Acabá —le dije, sin dejar de follármelo—. Acabá con la polla adentro.

Le solté la verga y le agarré las caderas con las dos manos, dándole con más fuerza, y a los pocos segundos él se corrió: un chorro largo contra las sábanas, después otro, mientras el culo se le cerraba en espasmos alrededor de mi polla. Fue él quien pidió parar, con voz ronca, cuando ya no aguantaba más el estímulo.

—Creo que es suficiente por hoy. Sacámela.

Me aparté sin prisa, con la polla saliendo despacio, brillante y dura todavía. Tenía el cuerpo encendido y la cabeza completamente en el momento, algo que no siempre ocurre. Me arrodillé sobre la cama, cerca de su cara, y me empecé a hacer una paja rápida, apretando fuerte. Él giró la cabeza y me miró, y cuando le pregunté sin palabras, abrió la boca. Le acabé encima: los primeros dos chorros en la lengua y los labios, el resto en el cuello y el pecho. Se pasó el pulgar por la comisura para recoger lo que había caído y se lo llevó a la boca sin pensarlo. No fue incómodo: él me miraba con una expresión que mezclaba agotamiento y algo parecido a la gratitud.

Después se vistió despacio, fue al baño, volvió con el cabello mojado y la camisa bien abotonada. Tomó su saco del respaldo de la silla y se lo puso con ese gesto automático de quien lleva haciéndolo décadas.

—¿Cómo fue? —pregunté, aunque ya sabía la respuesta.

—Mejor de lo que esperaba —dijo. Y lo dijo en serio.

Dejó el dinero en la mesita de la entrada y salió sin más ceremonias. Cerré la puerta y me quedé un momento apoyado en ella, mirando el departamento en silencio. No estaba seguro de si había sido un buen profesor, pero sí estaba seguro de que había algo ahí que valía la pena repetir.

***

Tres semanas después, un conocido del bar me preguntó, con mucho rodeo y muy poca sutileza, si era cierto lo que había escuchado. Era Tomás: veintidós años, estudiante de diseño, flaco y alto, con el tipo de sonrisa que avisa que la persona sabe perfectamente lo que quiere pero disfruta del proceso de llegar a ello.

—¿Cuánto? —preguntó, sin más preámbulo.

—Ciento ochenta.

—¿Por qué más que con el otro?

—Porque con el otro era la primera vez también para mí.

Se rió. Una carcajada corta y genuina que no esperaba. Quedamos para el lunes siguiente.

Tomás era diferente a Marcos en casi todo. Donde Marcos había llegado con contención y silencios, Tomás llegó con demasiada energía y demasiadas preguntas. Quería saber cómo iba a ser, qué iba a sentir, cuánto iba a doler. Lo fui calmando de a poco, con paciencia, aunque en algún momento tuve que pedirle que se quedara quieto un instante y respirara.

—¿Me puedo sentar? —preguntó, mirando la cama con una mezcla de curiosidad y nervios.

—Eso es exactamente lo que vas a hacer.

Tenía el cuerpo completamente distinto al de Marcos. Delgado, casi sin vello, con la piel muy blanca y ese tipo de torpeza física que tienen los chicos jóvenes cuando no saben qué hacer con las manos. La polla, sin embargo, la tenía más grande de lo que su cuerpo dejaba prever: fina, larga, cortada, ya semierecta apenas terminó de sacarse la ropa. Pero tenía algo que Marcos no tenía: curiosidad genuina, sin miedo disfrazado de indiferencia. Quería entender cada cosa que pasaba, no solo vivirla.

Le fui explicando mientras avanzábamos. Le mostré primero cómo mamársela bien, guiándole la cabeza, enseñándole a jugar con la lengua, a no cerrar los dientes, a mirar hacia arriba cuando tenía la polla en la boca porque eso vuelve loco a cualquiera. Aprendió más rápido que Marcos. Después le lamí el culo hasta dejárselo empapado, alternando lengua y dedos, escuchándolo gemir contra la almohada con esa voz aguda de pibe joven. Cuando le metí el primer dedo, casi se corre solo con eso.

—Es que me toca algo por dentro —dijo, con los ojos muy abiertos.

—Ya sé lo que te toca. Aguantá.

Le puse un preservativo, mucho lubricante, y lo fui sentando sobre mí en el borde de la cama, dejando que fuera él quien controlara el ritmo de la penetración. Se bajó despacio, con las manos apoyadas en mis hombros, la boca abierta a medida que iba sintiendo cómo la polla le entraba. Tomó más tiempo de lo habitual, paró dos veces para preguntarme si lo estaba haciendo bien, y en ambas le dije que sí. Cuando encontró el ángulo correcto y entendió cómo moverse, no quiso parar: empezó a cabalgarme con las manos apoyadas atrás en mis rodillas, la polla suya rebotando dura contra su vientre, la cabeza tirada hacia atrás. Se corrió sobre mi pecho sin tocarse, con un grito largo, y siguió montándome unos minutos más hasta que yo también me corrí adentro del preservativo, agarrándolo de la cintura.

Tuvimos dos sesiones esa tarde, con una pausa larga en el medio. En la segunda me pidió que se lo hiciera boca abajo, más fuerte, sin tanto cuidado, y se lo di como pidió. Cuando se fue, estaba mucho más tranquilo que cuando llegó, con esa calma particular de quien acaba de cerrar una pregunta que tenía abierta desde hacía tiempo.

***

En los dos meses siguientes atendí a seis hombres más. Distintas edades, distintos cuerpos, distintas razones para estar ahí. Un arquitecto de cincuenta años que llevaba una doble vida desde hacía una década y quería entender por qué, y que terminó pidiéndome que se la metiera de pie contra la pared del baño, mordiéndose el puño para no gritar. Un chico de veinticinco que simplemente tenía curiosidad y quería que la primera vez fuera con alguien que supiera lo que hacía, y que resultó ser de los que se corren tres veces en una tarde. Un hombre de negocios que viajaba seguido a la ciudad y necesitaba algo que no podía buscar donde vivía, y que me pidió que le acabara en la cara la primera vez y en el culo la segunda.

Ocho en total, entre Marcos, Tomás y los seis que vinieron después. Agenda completa durante casi dos meses. Ocho pollas distintas mamadas, ocho culos distintos abiertos con paciencia, ocho tipos distintos gimiendo bajo mi peso en la misma cama.

No soy un experto en nada. No estudié ninguna técnica especial ni leo manuales sobre el tema. Simplemente aprendí, con el tiempo, a ir despacio, a leer el cuerpo del otro, a no empujar donde hay resistencia real. A distinguir el nerviosismo del rechazo. A saber cuándo un tipo está listo para que le metas dos dedos y cuándo todavía necesita uno. A hacer que el otro se sintiera a salvo sin necesitar decírselo en voz alta.

Lo que me sorprendió no fue el sexo en sí. Lo que me sorprendió fue lo que pasaba después, cuando se vestían y se iban. La mayoría salía en silencio, con esa expresión de quien acaba de confirmar algo que llevaba mucho tiempo preguntándose. No todos volvieron. No todos necesitaban volver. Pero todos, sin excepción, se fueron sin arrepentimiento.

Eso es lo que me quedó. No el dinero. El silencio de alguien que acaba de entender algo sobre sí mismo que no podía haber aprendido de otra manera. Y la certeza, un poco inesperada, de que hay oficios que no aparecen en ningún listado pero que hacen falta igual.

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Comentarios(10)

Sergio_PBA

que relato... quede sin palabras. esperando ansioso la segunda parte si es que hay!!

FernandoTuc

Excelente!!! sigue asi que esto engancha

Pablote77

me dejo pensando en muchas cosas jaja, de esos relatos que no se olvidan facilmente. Por favor segui escribiendo

DiegoBsAs

tremendo inicio, se nota que esto es real. muy bien narrado, sin vueltas

GatoNegro33

y que paso despues?? necesito saber mas, quedo muy abierto el final. o era la idea?

LectorDeSemana

me recordo a una situacion medio parecida que vivi hace años, muy diferente claro jeje. buen relato, gracias por compartirlo

NocheRosa22

increible como estas cosas pasan en la vida real y nadie se anima a contarlas. me alegra que lo hayas hecho

SantiagoLP

de lo mejor que lei en confesiones ultimamente. sin rodeos y muy autentico. Saludos desde tucuman

CarlosDFmx

interesante el planteo, nunca habia leido algo asi en esta categoria. fresco y original

CuriosaLect

cuantas partes vas a escribir? quede con ganas de seguir leyendo

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