Mi primera vez con el vecino que me espiaba
Me llamo Valeria y tengo dieciocho años. Vivo con mi papá y mis dos hermanos mayores, Rodrigo y Mateo, que son gemelos y tienen veinte. Mamá se separó de papá cuando yo era chica, se fue a otra ciudad y rehízo su vida. Somos cuatro, y aunque no siempre es fácil, nos arreglamos bien.
Soy flaca de cintura y ancha de caderas, una combinación que heredé de mi abuela materna. No había tenido novio nunca, ni lo había buscado. Me había besado con dos chicos de la prepa, una vez con cada uno, y en ambos casos la sensación fue más o menos la misma: un trámite tibio que no dejó ninguna huella.
Papá me renovó el cuarto hace un par de años. Amplió el espacio, movió una pared y me construyó un vestidor angosto con ventana que da al jardín lateral y a la propiedad del otro lado. Del otro lado hay una casa igual de grande que la nuestra, separada por un patio estrecho con una cerca de madera a medio caer. Durante todo el tiempo que tengo memoria, siempre estuvo vacía.
Fue en ese vestidor donde empecé a masturbarme, alrededor de los dieciocho años. Al principio solo con los dedos, explorando con curiosidad más que con urgencia. Después compré un vibrador pequeño, lo pagué en efectivo y lo escondí en la mochila como si fuera contrabando. La sensación de hacerlo ahí, frente a la ventana con la oscuridad del otro lado, tenía algo que no sé nombrar del todo. No era exactamente morbo. Era más parecido a la libertad de estar sola con algo que nadie más sabía de mí.
Una noche de mediados de otoño, mientras usaba el vibrador con las piernas apoyadas en los brazos del sillón y los ojos semicerrados, la luz del estudio de la casa de al lado se encendió.
No reaccioné de inmediato. Mi cerebro tardó un segundo en procesar lo que estaban viendo mis ojos. Cuando lo hizo, vi a un hombre parado frente a la ventana iluminada. Moreno, alto, de unos veinticinco o veintiséis años, con los pantalones a la mitad del muslo. Se estaba masturbando con la misma concentración con que yo lo hacía. Y me miraba.
Tendría que haber cerrado la persiana. Incluso lo pensé, con esa parte del cerebro que todavía razonaba. Pero la otra parte, la que sentía el vibrador y la mirada de un desconocido en el cuerpo, tomó el control. Abrí más las piernas.
No sé cuánto tiempo duró. Solo sé que esa noche me vine tres veces, cada una más intensa que la anterior, y que cuando cerré la persiana él seguía ahí. Acostada en la cama, con el cuerpo todavía temblando, pensé que nunca había sentido nada parecido. No solo por el vibrador. Por él.
***
El ritual se repitió toda la semana siguiente. Misma hora, mismo lugar. La luz del otro lado se encendía y nosotros empezábamos, cada uno desde su ventana, sin cruzar nunca una sola palabra. Era absurdo y era exactamente lo que quería. No supe su nombre. No supe nada de él. Era solo esa figura iluminada al otro lado del patio, y la forma en que me miraba mientras yo lo miraba a él.
Hasta la tarde del viernes, cuando los gemelos pusieron la mesa y papá salió de la cocina secándose las manos y dijo que esperáramos, que iban a llegar visitas. Yo no sabía nada de ninguna visita. Fui a abrir la puerta porque era la que estaba más cerca.
Eran dos personas. Una mujer rubia de pelo cortísimo, ojos celestes y una sonrisa tan abierta que resultaba casi incómoda. Y detrás de ella, con las manos en los bolsillos y esa misma calma de siempre, el hombre de la ventana.
Sentí que el piso se movía.
—Hola, soy Carmen —dijo la mujer—. Trabajo en la misma oficina que tu papá. Él es mi marido, Diego.
Solo pude decir mi nombre y hacerme a un lado para que entraran.
Diego entró sin prisa. Me miró de la misma manera en que lo había hecho desde la ventana: sin vergüenza, sin incomodidad aparente. Como si la situación no tuviera nada de extraño. Yo, en cambio, tardé casi diez minutos en poder mantener una conversación sin que se me notara el temblor en la voz.
Durante la cena, papá nos contó que había sido él quien les consiguió la casa cuando salió en alquiler. Carmen llevaba tres años trabajando en su misma área. Diego era escritor y trabajaba desde casa, lo que explicaba por qué casi nunca salía del estudio.
—Es muy disciplinado —dijo Carmen, con orgullo genuino—. A veces le llevo el almuerzo adentro porque si no se olvida de comer.
Papá mencionó que llevaban cuatro años juntos. Diego tenía veintisiete, Carmen veinticinco. Me tocó sentarme al lado de Diego durante toda la cena.
Mantuve la atención en el plato o en lo que decían los demás. Pero en algún momento, cuando la conversación entre papá y Carmen se animó y los gemelos empezaron a discutir de algo que no tenía nada que ver, Diego dejó caer la mano sobre su propio muslo, muy cerca del mío, y yo no moví la pierna.
Se fueron alrededor de las once. Carmen salió primero, despidiéndose de todos con esa sonrisa suya. Diego me dio la mano al despedirse, como si fuera la cosa más normal del mundo. Su palma estaba seca y cálida. Cuando la puerta se cerró, los gemelos ya estaban hablando de otra cosa. Papá recogía la mesa. Yo me fui al baño a respirar.
***
Tres días después, papá anunció el viaje. Era un proyecto del que llevaba meses hablando y lo habían nombrado responsable del equipo. Cuatro días, otra ciudad, vuelo de madrugada. Me ofreció quedarme en casa de mamá.
—Papá, tengo trabajos que entregar. Me quedo.
—Cualquier cosa me llamas. Hay comida y plata en la cuenta. Los chicos van a estar con las chicas, pero están a una hora.
—Estoy bien, papá. Ve tranquilo.
Los gemelos se fueron esa misma tarde. Papá tomó el vuelo temprano al día siguiente. La casa quedó en silencio antes del mediodía. Esa noche me duché, me puse la bata, y fui al vestidor como cualquier otra noche. La luz del estudio de al lado ya estaba encendida.
Empecé como siempre. Pero antes de que pudiera llegar a nada, golpearon a la puerta trasera, la que da a la cocina. Esperé un segundo. Volvieron a golpear. Me até la bata y fui a abrir.
Diego estaba en el umbral. Las manos a los lados, los hombros relajados. Sin urgencia.
Me besó antes de que yo dijera nada. Un beso largo y directo, sin pedir permiso pero sin empujar tampoco, del tipo que deja claro exactamente lo que viene después. Cuando terminó, se separó apenas unos centímetros.
—¿Nunca estuviste con nadie? —preguntó en voz baja.
Negué con la cabeza.
—No voy a ser delicado —dijo.
Algo en esa frase debería haberme dado miedo. En cambio me pareció la cosa más honesta que alguien me había dicho en mucho tiempo. Lo dejé pasar.
***
Me subió a la encimera de la cocina en un movimiento, me quitó la bata antes de que yo terminara de procesar qué estaba pasando, y abrió mis piernas con calma. Luego se arrodilló frente a mí.
Lo que hizo con la boca no fue lo que yo esperaba. No fue urgente ni torpe. Fue metódico. Empezó por los lados, con la lengua plana y lenta, sin ir directo adonde yo necesitaba que fuera. Tuve que apoyar las dos manos en la encimera para no caerme. Cuando finalmente llegó al clítoris, lo hizo con una presión exacta que me quitó el aire.
Me vine con los ojos abiertos, mirando la luz del techo, escuchando mi propio sonido sin reconocerlo.
Diego se incorporó, se limpió la boca sin apuro, y me miró.
—Ahora tú —dijo.
Me bajé de la encimera con las piernas todavía inestables y me arrodillé frente a él. Cuando bajé el pantalón junto con el bóxer, lo que encontré era más grande de lo que había calculado desde la ventana. Tardé un momento en orientarme, pero la excitación hizo el trabajo que la experiencia no tenía. Empecé con la lengua, despacio, y fui ajustando el ritmo a medida que su respiración me indicaba qué funcionaba.
—No pares —dijo en un momento, con la voz más baja que antes.
Seguí hasta que me tomó de los hombros y me puso de pie.
Me llevó a la sala. Había un espejo grande en la pared del fondo y me colocó de espaldas a su pecho, con mis piernas apoyadas sobre las suyas, completamente abierta hacia el vidrio. Era una posición que yo no había imaginado nunca. Cuando me penetró lo hizo despacio, con una presión constante que me cortó el aliento.
Dolió. No un poco. Cerré los ojos y Diego me cubrió la boca con la palma, sin fuerza pero sin sacarla. Esperó. No se movió hasta que mi cuerpo empezó a ceder por su cuenta.
Cuando abrí los ojos, él ya estaba mirando el espejo. Me miré también. Vi algo que no había visto nunca: yo, completamente rendida, con una cara que no controlaba, y su cuerpo detrás del mío sosteniéndolo todo. Cuando empezó a moverse, lo que había sido dolor se transformó en algo más difícil de describir. No era exactamente placer. Era más parecido a estar completamente presente en algo por primera vez.
—Mírate —me dijo al oído.
Obedecí. No reconocí mi propia cara.
Me llevó por varias posiciones durante la hora siguiente. Cada una era diferente, cada una me enseñaba algo nuevo sobre lo que mi cuerpo podía sentir. Me vine dos veces más antes de que él decidiera parar.
***
Fue Diego quien trajo el frasco del bolsillo de su pantalón. Lo puso sobre la mesa de centro sin explicar nada. Lo miré. Entendí lo que venía.
Tenía miedo. También curiosidad. Las dos cosas eran reales y ninguna cancelaba a la otra.
—Si quieres que pare, lo dices —dijo. Era lo único que ofreció a modo de garantía.
Me puse en cuatro frente al espejo. Diego tomó su tiempo. Empezó con la lengua, alternando con una lentitud que hizo que me olvidara de adónde iba todo eso. Luego vino un dedo con lubricante, después dos, después tres, sin apuro, esperando que mi cuerpo se adaptara antes de añadir más. Cuando finalmente lo intentó de verdad, yo ya no tenía el mismo miedo que al principio.
Dolió de todas formas. Un dolor agudo y diferente al de antes, que me hizo hundir la cara en el respaldo del sofá y apretar los dientes. Diego no avanzó hasta que mi cuerpo lo permitió por su cuenta. Esperó quieto, con una paciencia que no esperaba de alguien que se había presentado en mi puerta sin avisar.
Cuando empezó a moverse fue muy despacio. Lo que era solo dolor fue cediendo, transformándose en algo más complejo, con capas, que mezclaba incomodidad con una sensación de plenitud que no había experimentado nunca. Levanté la vista hacia el espejo y me vi de nuevo: diferente, irreconocible, y sin embargo más yo que nunca.
No sé cuánto tiempo pasó. Sé que cuando terminó yo tenía la frente apoyada en el cojín y los brazos apenas respondían.
***
Diego se vistió sin ceremonia. Dijo algo breve que no retuve del todo. Salió por la puerta trasera sin esperar respuesta.
Me quedé en el piso de la sala un buen rato, mirando el techo. Me dolía. Sentía mi cuerpo como algo que acababa de descubrir, una casa con habitaciones que no sabía que existían. Y pensaba, con una claridad extraña para esa hora y para esa situación, que nada de lo que había imaginado desde esa primera ventana encendida se había parecido a esto.
Era más difícil. Más real. Y era exactamente lo que quería.