Cómo acepté mirar mientras se follaban a mi esposa
Lo primero fue por desesperación; lo siguiente, por morbo. La noche en que decidí esconderme para mirar ya no hubo vuelta atrás.
Lo primero fue por desesperación; lo siguiente, por morbo. La noche en que decidí esconderme para mirar ya no hubo vuelta atrás.
Pensé que aquella cena era una broma, hasta que vi a mi amante entrar del brazo de otra mujer y entendí que esa noche iba a mirar, tocar y aprender.
Fui a trabajar de camarera unas horas en una casa con piscina, pero la forma en que me miraban desde que llegué dejó claro que nadie quería solo una copa.
Solo quería que dejaran de ignorarme, aunque para conseguirlo tuviera que ponerme delante de todos y dejar que se rieran mientras me observaban.
Cuando el marcador se volvió imposible, entendí que ya no era una invitada: era el premio, y todos me estaban mirando como si ya me hubieran desnudado.
Cuando cerré la persiana, ella ya sabía que la estaban mirando y, en vez de asustarse, me pidió que no encendiera todas las luces.
Renata dormía apretada contra mi espalda en tanga y yo estaba desnudo. Cuando abrió los ojos supe que aquella mañana no iba a acabar como debía.
Cuando supe cuál era la prenda me quedé muda. No por incapaz, sino porque me exponía con un hombre que conocía a media ciudad. Y aun así llegué puntual el primer día.
Bruno me retó a calentar al camionero desde el coche. Lo que no imaginé fue que aquel desconocido nos seguiría hasta el bar para cobrarse el favor.
Mi novio creía que no me animaría. Apostó que solo lo calentaría desde la ventana, pero esa tarde el jardinero terminó arrodillado frente a mí.
Tenían veintipocos años, eran descarados y guapos, y eran amigos de mi hijo. Yo acababa de cumplir los cincuenta. Esa noche, junto a la piscina, dejé de fingir que no los deseaba.
Empezamos el día con una apuesta tonta y lo terminamos en la habitación de unos desconocidos, con un teléfono grabándolo todo.
Bajamos al garaje a jugar como cuando éramos novios. Lo que no esperábamos era que esa noche hubiera alguien más despierto entre los coches.
Acepté ayudarlo a ordenar su casa nueva por pena. No imaginé que cada apuesta me dejaría con menos ropa y más ganas de perder la siguiente.
Ella se subió el vestido, me miró con una sonrisa y empezó a tocarse para el camionero que circulaba a nuestro lado. Apenas era el comienzo de un viaje que no olvidaría.
Me miro en el espejo con el liguero y las medias de rejilla, y sonrío: perdí la apuesta y sé exactamente lo que él va a pedirme esta tarde.
Acepté el juego solo por una noche: un vestido, una peluca y un nombre que no era el mío. Jamás imaginé que la chica del espejo me devolvería la mirada como si me esperara.
Llevaba años tragándome sus provocaciones y haciéndome el amigo paciente. Esa tarde de agosto, en su balcón frente al mar, algo dentro de mí se rompió.
Salieron al escenario convencidos de que solo sería un baile ridículo. Ninguno imaginó hasta dónde estaban dispuestas a llegar ellas esa tarde de fin de curso.
Dos sillas con un agujero en el medio, una cuerda con un nudo y dos hombres atados sin saber si la próxima ronda les tocaba a ellos. El juego empezaba.