Mi novia perdió la apuesta y yo solo pude mirar
Ella se subió el vestido, me miró con una sonrisa y empezó a tocarse para el camionero que circulaba a nuestro lado. Apenas era el comienzo de un viaje que no olvidaría.
Ella se subió el vestido, me miró con una sonrisa y empezó a tocarse para el camionero que circulaba a nuestro lado. Apenas era el comienzo de un viaje que no olvidaría.
Me miro en el espejo con el liguero y las medias de rejilla, y sonrío: perdí la apuesta y sé exactamente lo que él va a pedirme esta tarde.
Acepté el juego solo por una noche: un vestido, una peluca y un nombre que no era el mío. Jamás imaginé que la chica del espejo me devolvería la mirada como si me esperara.
Llevaba años tragándome sus provocaciones y haciéndome el amigo paciente. Esa tarde de agosto, en su balcón frente al mar, algo dentro de mí se rompió.
Salieron al escenario convencidos de que solo sería un baile ridículo. Ninguno imaginó hasta dónde estaban dispuestas a llegar ellas esa tarde de fin de curso.
Dos sillas con un agujero en el medio, una cuerda con un nudo y dos hombres atados sin saber si la próxima ronda les tocaba a ellos. El juego empezaba.
Pensé que aguantar diez golpes sería fácil. No conté con que ella disfrutaría cada uno, ni con lo mucho que yo terminaría disfrutándolos también.
Pensé que pagaría la apuesta con un beso o una broma. En cambio, mi amigo me retó a presentarme como dama de compañía en la despedida de su mejor amigo.
En la cafetería se lanzaron un desafío entre risas: cada una elegiría a un hombre esa misma tarde. Ninguna imaginó que la apuesta acabaría en la misma cama.
Cuando salió al garaje vestida así, supe que perdería la apuesta. Lo que no imaginé fue hasta dónde llegaría aquel verano con ella y con su madre.
Cuando Lucía y yo llegamos a esa casa, lo que vimos en el salón nos dejó sin aire. Supe que la noche apenas empezaba y que ninguno quería marcharse.
Si aguantábamos cinco minutos, ellas competirían después. Lo que empezó como una broma entre amigos nos terminó dejando a los cuatro desnudos en la misma cama.
Las reglas eran simples: el ganador quedaba atado, el perdedor servía y, al final, las dos parejas medirían quién mandaba de verdad. Nadie pensaba rendirse.
Llevaba tres botes de áloe vera encima y ni un centímetro de piel sin quemar cuando el novio de mi compañera entró con sus llaves y me encontró desnuda en el sofá.
Acepté la apuesta entre risas y vino. Veinte minutos después, él sacaba del cajón un delantal de raso y unos guantes, y yo dejaba de ser la dueña de casa.
Cuando Diego frenó frente a las luces de neón, supe que aquella apuesta entre risas y kalimotxo iba a convertirse en la noche que mi mujer y yo llevábamos meses imaginando en secreto.
Nunca contesto el teléfono a las tres de la madrugada, pero esa noche supe que era él, y lo que tenía que confesarme sobre mi mujer y el viejo del cuarto no podía esperar al amanecer.
Empezó con una amenaza por un rumor falso. Terminó con su marido de rodillas en la arena, suplicándome que cumpliera el deseo que nunca se atrevió a confesar.
Llevaba semanas escuchando a mis amigas decir que tenía que soltarme. Ese sábado, después del segundo vino, decidí que sería yo quien marcara el ritmo.
Acababa de cumplir veintidós y nunca había estado con nadie. Iván tenía tres años menos, pero bastó una apuesta tonta para que entendiera quién mandaba.