La lista que me convirtió en la mujer que él quería
Dejó la hoja sobre la cama, doblada en cuatro, con mi nombre nuevo escrito arriba. Cada línea era una orden, y yo ya sabía que iba a obedecerlas todas.
Dejó la hoja sobre la cama, doblada en cuatro, con mi nombre nuevo escrito arriba. Cada línea era una orden, y yo ya sabía que iba a obedecerlas todas.
El macho que prometía dejarnos rendidas no apareció. Estábamos las dos solas en el motel, vestidas, calientes y con toda la tarde por delante.
Llevaba meses esperando este viaje. Quería que él fuera el primero en conocer a la mujer en la que me había convertido, costara lo que costara.
Bajo el hábito de monja escondía medias de rejilla y una verdad que solo sale de noche: a veces necesito vestirme de mujer y que alguien me trate como tal.
Me tiré en la cama rodeada de ellos, con cara de hambrienta, y supe que esa noche iba a romper mi propio récord. No imaginé hasta dónde llegaríamos.
Renata quería ocupar más espacio; Damián, dejar de decidir. El ritual les concedió justo eso, y a la mañana siguiente sus cuerpos empezaron a obedecer otro deseo.
La primera vez que me vi en el espejo con el vestido rojo, supe que Daniela ya no se conformaría con salir solo cuando el pueblo dormía.
Una sola mirada en el supermercado bastó para que dejara las bolsas tiradas y la siguiera escaleras arriba. No sabía su nombre, pero ya la deseaba.
Subí los pies a su regazo sin pensarlo, como tantas otras noches. Pero esa vez Daniela me miró distinto, y supe que ya no había marcha atrás.
Se sentó frente a mí en un bar casi vacío, me cogió las manos y me dijo que se me veía triste. Tres horas después yo estaba desnuda en su cama, y no quería irme.
Solo quería un teléfono para llamar a la grúa. Terminé entre dos desconocidas que decidieron que esa noche tranquila me incluía a mí.
Llevábamos toda la noche rozándonos sin decir nada y, cuando vi el desvío hacia el bosque, supe que ninguna de las dos iba a aguantar hasta casa.
Seis años fingiendo que no pasaba nada cada vez que se rozaban. Esa noche, con la ciudad dormida, ninguna de las dos quiso seguir fingiendo.
Creí que actuar por mi cuenta la haría sentirse orgullosa. Me equivoqué. En cuanto Renata cruzó la puerta y vio lo que había hecho, supe que esa tarde aprendería a obedecer.
Nunca había sentido tanto con un simple roce de caderas. Cuando ella se acomodó detrás de mí en el camión lleno, supe que ese viaje no terminaría como los demás.
Mi tutora se acababa de quedar dormida cuando descubrí el cajón entreabierto de su mesa de luz. Adentro brillaba algo que iba a cambiarlo todo entre las dos.
Cuando entré al aula vacía para cambiarme, la puerta se abrió detrás de mí. Era ella, la presidenta del centro de estudiantes, y no venía sola con palabras.
Cuando todas se fueron a dormir, ella se acercó al sofá, me miró fijamente y dijo algo que nunca esperé oír de una amiga.
Habíamos planeado un encuentro entre todas, pero ella me llevó antes a su apartamento. Cerró con llave, me empujó contra la pared y dejó claro que no pensaba compartirme todavía.
Yo había hecho las cosas bien; su novio no. Esa misma noche decidí invitarla a casa, sin imaginar hasta dónde me llevaría la curiosidad.