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Relatos Ardientes

La playa nudista donde por fin fui yo misma

3.8 (50)

Para Rodrigo yo era Sofía. Así me llamaba cuando estábamos solos, cuando me envolvía por detrás en esa cama pequeña del apartamento alquilado y me susurraba cosas al oído que me hacían olvidar el resto del mundo. Para Claudia, mi madre, yo seguía siendo Santi: Santiago, su hijo mayor, el que siempre había tenido algo difícil de nombrar en los gestos, en la forma de caminar, en la risa.

Llevaba cuatro meses con hormonas cuando mamá anunció que venía a visitarme. Cuatro meses que me habían cambiado más de lo que hubiera imaginado posible: los pechos todavía pequeños pero ya inconfundibles bajo cualquier remera, la piel más suave en los antebrazos, las caderas ligeramente más anchas. Vivía en un departamento pequeño frente al mar, en un balneario de la costa atlántica donde nadie me conocía desde antes. Donde Sofía podía existir sin dar explicaciones.

—Le decimos que soy tu compañero de piso —intentó Rodrigo, la noche antes de que llegara—. Cubrimos lo tuyo con ropa y listo. Una semana.

Me quedé mirándolo un momento. —Una semana fingiendo que no existo.

Él no respondió. Los dos sabíamos lo que eso significaba.

Me fui a la ducha y me quedé un buen rato bajo el agua caliente, con la cara levantada y los ojos cerrados. Pensé en cuántas veces había hecho eso antes: desaparecer en el agua para no tener que decidir. Pero había algo diferente ahora. Ya no era el cuerpo que siempre había querido esconder. Era el mío.

Salí de la ducha y no dije nada más sobre el tema.

***

Mamá llegó un martes a mediodía, con una maleta de ruedas y esa forma suya de entrar en los sitios mirando todo a la vez. Me miró desde la puerta unos segundos. Luego entró, dejó la maleta y me abrazó.

No dijo nada sobre mi pelo, que me llegaba a los hombros. No dijo nada sobre la ropa, que era de mujer aunque holgada. Simplemente me abrazó.

Esa noche cenamos los tres con conversación de superficie: el viaje, el mar, el precio del alquiler. Rodrigo fue amable y sin fisuras. Yo estaba tensa de una manera que los músculos notan antes que la cabeza. A las once mamá se fue al sofá cama que habíamos preparado, y Rodrigo y yo nos metimos en el cuarto.

No sé bien cómo empezó. Llevaba días con esa tensión acumulada en el cuerpo que conozco bien: ese calor sordo que empieza en el estómago y baja sin prisa. Me puse boca abajo sobre la almohada. Rodrigo abrió el cajón de la mesita sin encender la luz. Sus dedos entraron despacio, con el lubricante frío que siempre usábamos, girando, buscando el ritmo. El primero fue fácil. El segundo me hizo aferrar la tela de la almohada con ambas manos.

Estaba adentro hasta los nudillos cuando la puerta se abrió.

Mamá no gritó. Eso fue lo primero que pensé, con una lucidez extraña: no gritó. Se quedó inmóvil en el umbral. Rodrigo retiró la mano. Yo me tapé con la sábana y me senté, con el corazón golpeando tan fuerte que lo oía.

—Claudia —dijo Rodrigo, en voz baja.

Pero mamá me miraba a mí. A mis pechos que asomaban sobre el borde de la sábana. A mi pelo largo. A mi cara sin barba.

—¿Cuánto tiempo llevas así? —preguntó. Su voz era extraña. No era enfado. Era algo que no supe nombrar en ese momento.

—Cuatro meses con las hormonas —respondí—. Pero desde siempre, en realidad.

El silencio duró lo que me pareció una hora entera.

—¿Cómo te llamas ahora? —dijo al final.

Tragué saliva. —Sofía.

Ella asintió. Despacio, como si estuviera procesando cada sílaba por separado. Luego se giró y cerró la puerta. No dio un portazo.

No dormí en toda la noche.

***

A la mañana siguiente mamá estaba en la pequeña terraza, con un café en la mano y la vista en el mar. Me senté a su lado sin hablar. Era uno de esos silencios densos, llenos de cosas moviéndose por debajo de la superficie.

—¿Estás bien? —preguntó al fin. No era la pregunta que esperaba.

—Sí —dije—. Por primera vez en mucho tiempo, sí.

Mamá bebió un sorbo de café sin apartar los ojos del agua. —Eso es lo que importa, entonces.

No añadió nada más sobre el tema. Pero cuando Rodrigo salió con el desayuno, lo miró diferente. No con recelo. Con algo más parecido a la aceptación tranquila de alguien que ha tomado una decisión interior sin anunciarlo.

Fue Rodrigo quien mencionó la playa nudista durante el desayuno, con esa naturalidad suya que a veces me irritaba y otras veces me salvaba.

—Hay una cala a cuatro kilómetros, acceso por sendero entre pinos. Los lunes casi no va nadie. Es muy tranquila.

Mamá frunció el ceño. —¿Nudista de verdad?

—Nudista de verdad —confirmé—. Hay algo muy liberador en quitarte todo delante del mar y que a nadie le importe nada.

Mamá dudó. Yo conocía esa duda: era la misma que había tenido yo la primera vez, antes de saber que el nudismo tiene esa capacidad rara de borrar las diferencias en lugar de exponerlas. Terminó diciendo que sí con un movimiento de cabeza que era casi resignación y casi curiosidad.

—Llevaré protector —dijo.

***

Mamá tenía cuarenta y cuatro años y un cuerpo que me daba una mezcla extraña de admiración y de algo que tardé en identificar como envidia. Menuda, con los hombros finos y las caderas amplias que heredamos todas las mujeres de esa familia, un pecho generoso que la gravedad había empezado apenas a curvar. Cuando se quitó el vestido en la arena y quedó desnuda bajo el sol del mediodía, vi en su postura ese instante de duda que precede a la libertad.

Rodrigo caminó hacia el agua primero, sin mirar atrás. Yo me quedé junto a mamá mientras nos sacábamos las sandalias.

El agua estaba fría en los primeros pasos y luego simplemente salada y clara. Rodrigo nos esperaba hasta la cintura, con los brazos abiertos. Entramos las dos al mismo tiempo, y una ola pequeña nos sacudió juntas y nos hizo reír.

El mar tiene algo que iguala. Con ropa eres de un lugar, de una historia, de una forma de caminar por el mundo. Sin ropa eres simplemente un cuerpo en el agua, igual que todos. Sentí eso con una claridad que me apretó el pecho: el sol en mis hombros, la sal en los labios, el cuerpo que era el mío por fin sin ningún nombre que lo contradijera.

Las olas nos empujaban hacia Rodrigo. Sus manos me buscaron la cintura, luego los muslos. Cada vez que rompía una ola, caía contra él, y sentía su cuerpo sólido detrás, sus brazos rodeándome sin urgencia, el agua salada metiéndose entre los dos. Mamá flotaba a dos metros, boca arriba, los ojos cerrados y la cara al sol.

Media hora después, mamá dijo que iba a refrescarse a las duchas.

—Para quitarme la sal —explicó. Pero en sus ojos había algo diferente: una mirada de costado hacia Rodrigo y hacia mí que era perfectamente elocuente.

La vimos caminar hacia las rocas. Su cuerpo desnudo se movía con más soltura que al entrar. El mar hace eso: te devuelve algo de ti mismo.

Esperé a que desapareciera entre las piedras.

***

Rodrigo ya estaba duro cuando llegamos a la lona tendida en la arena. Me arrodillé frente a él sin que ninguno dijera nada. El sol me quemaba los hombros. Lo tomé con las dos manos y lo metí en la boca despacio, sintiendo el peso de él, el sabor a sal y a piel caliente.

—Sofía —dijo, con esa voz baja que era solo para mí.

Seguí durante un rato, sintiendo el pulso de él contra la lengua, el ritmo marcándose. Luego me levantó por los hombros y me besó largo, las manos recorriendo mi espalda, bajando hasta las nalgas y apretando con las dos palmas.

—Date vuelta —dijo.

Me puse de rodillas en la lona. El lubricante estaba en el bolso. Se untó los dedos, me tocó primero el exterior con suavidad, luego empujó el primero. Frío, resbaladizo. Lo giró con paciencia mientras yo apoyaba la frente en el antebrazo y esperaba. Conozco bien esa sensación: el cuerpo que resiste un instante y luego cede, como una puerta que se abre desde dentro.

El segundo dedo llegó con más facilidad. Los movió en tijera, ampliando el espacio. Sentí el calor extenderse hacia la pelvis, ese cosquilleo que se va haciendo más grave, más urgente. Cuando encontró el punto exacto con la yema, mi cuerpo respondió solo: un espasmo que subió por la columna y me hizo cerrar los ojos con fuerza.

—¿Lista? —preguntó.

—Sí —dije. Y lo decía de verdad.

Empujó despacio. La presión creció hasta un límite que reconocí y luego ese límite cedió, y lo sentí entrar: llenándome, ocupando ese espacio que era mío como lo era mi nombre nuevo. Dejé escapar el aire que había estado reteniendo sin darme cuenta.

Se movió lento al principio. La fricción era intensa y precisa. El sol en mi espalda, el sonido de las olas, la arena caliente debajo de la lona. Todo era sensación sin adornos.

Luego aceleró. El ritmo se volvió más urgente, la embestida más directa. Cuando encontró el ángulo exacto, yo también lo encontré: una descarga que empezó desde adentro, profunda y larga, sin prisa. No era dolor ni era exactamente placer en el sentido ordinario: era algo más completo, que llenaba todo el cuerpo al mismo tiempo. Me oí gemir contra la lona y no me importó.

—Así —dijo él—. Así exactamente.

Terminó con las manos clavadas en mis caderas y un gemido que guardó entre los dientes. Después se desplomó a mi lado, los dos sudados y con la boca abierta. Las olas seguían. El mundo seguía. Nos quedamos un rato sin movernos, simplemente respirando.

Nos metimos en el agua para lavarnos. El mar estaba igual: indiferente y perfecto, igual para todos.

***

Mamá no estaba en las duchas cuando miramos hacia las rocas.

Tardamos un momento en encontrarla. Estaba en el agua, en la parte más alejada de la cala, donde las rocas forman una especie de laguna protegida del oleaje. A su lado había un hombre. Alto, de espaldas anchas, la piel oscura y brillante de quien pasa mucho tiempo al sol. No se abrazaban, no exactamente. Estaban muy cerca, con el agua hasta el pecho, hablando en voz baja.

Mientras los mirábamos, sin querer, el hombre deslizó las manos por la cintura de mamá y ella no se apartó. Apoyó las manos en sus hombros y cerró los ojos un momento. La corriente los mecía apenas.

Rodrigo me tocó el brazo con suavidad. —Volvamos a la lona.

Volvimos. Nos tendimos boca arriba en la arena, el uno junto al otro, con los ojos cerrados. No hablamos. No hacía falta.

Mamá tardó más de media hora en aparecer por el sendero que bordeaba las rocas. Caminaba sola, con las mejillas encendidas y una expresión que yo no le había visto antes: algo entre la sorpresa y la calma, como quien acaba de recordar algo que llevaba tiempo olvidado.

Nos recogimos en silencio. Sacudimos la arena de la lona, guardamos el bolso, nos pusimos las sandalias. El camino de vuelta al coche era cuesta arriba y estrecho, en fila india entre los pinos. Yo iba la última.

A mitad del camino, mamá se giró sin detenerse.

—¿Cómo se llama este sitio exactamente?

—La Cala del Faro —dije.

Ella asintió despacio, como guardando el nombre para algo.

***

Llegamos al coche. Rodrigo abrió el maletero para meter el bolso. Mamá y yo nos quedamos de pie junto a la puerta trasera, mirando hacia el mar todavía visible entre los pinos. Ella me miró un segundo, directamente.

—¿Cuándo tienes cita médica la próxima vez? —preguntó. Era la primera vez desde la noche anterior que tocaba el tema.

—Dentro de tres semanas —respondí.

—Avísame. Quiero ir contigo, si te parece bien.

No respondí de inmediato. Sentí algo moverse en el pecho, algo que no sabía cómo nombrar con precisión pero que reconocí como alivio. El tipo de alivio que deja de doler solo cuando se va, y que te hace darte cuenta de cuánto dolía antes.

—Me parece bien —dije.

Ella asintió y entró al coche. Rodrigo me miró por encima del techo antes de sentarse al volante. Yo entré la última, cerré la puerta y me apoyé contra el respaldo.

Por la ventanilla, el mar brillaba todavía entre los árboles. La cala había quedado atrás, pero algo de ella venía con nosotros: la arena entre los dedos, la sal en el pelo, y esa sensación de haber cruzado algo que no tiene nombre exacto pero que cambia para siempre la forma en que te ves cuando nadie te mira.

Sofía. Su hija. La mujer de Rodrigo. Y los tres, por primera vez, yendo al mismo sitio.

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3.8 (50)

Comentarios (8)

Anna2003

increible!!! me emocione leyendolo, de verdad que si

Jorge

Por favor que haya segunda parte, me quede con ganas de saber como termina todo esto

vanesa

Lo lei de un tiron sin parar, eso dice todo sobre el relato :)

Gastón_86

Ese giro despues del baño no me lo esperaba para nada jajaja, muy bueno

MarisolR

Muy bien escrito, se nota que hay sentimiento detras. Gracias por compartirlo

GenteBCN

hay segunda parte?? quiero saber como sigue todo esto!!

Carmencita78

me recordo un poco a algo que me paso a mi, no diré mas jaja. Relato muy real

Tonymlga77

buenisimo!! sigue subiendo relatos asi, cada uno mejor que el anterior

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