La transexual que se vistió de plata para olvidar
Abril cerró la puerta del baño y se apoyó contra los azulejos fríos. Cuatro semanas. Cuatro semanas desde que Marcos se fue al congreso de arquitectura en Córdoba y cuatro semanas desde que ella cruzó una línea que jamás debió cruzar. Había sido un martes por la tarde. Iván, el mejor amigo de Marcos, pasó a buscar unas llaves que se había dejado en el departamento. Abril le abrió en camiseta y bragas, sin peluca, sin maquillaje, pensando que sería un momento. No fue un momento. Iván la empotró contra el respaldo del sofá, le sujetó la garganta con una mano y le dijo cosas que la hicieron temblar de vergüenza y de excitación a partes iguales. El placer había sido brutal, casi animal. La culpa, peor que cualquier resaca.
No voy a pensar en eso, se ordenó, cerrando los ojos con fuerza. Hoy es para Marcos. Solo para él.
Se miró al espejo. Sin nada encima, sin peluca, sin artificio. Solo Abril: pómulos marcados, piel morena, hombros que todavía le parecían demasiado anchos y unos pechos pequeños que las hormonas habían tardado dos años en darle. Marcos siempre decía que eran perfectos. Marcos decía muchas cosas bonitas. Marcos no tenía ni idea de que, mientras él presentaba ponencias sobre diseño bioclimático, su mejor amigo le había arrancado la ropa interior y la había follado sin piedad contra los cojines del salón.
Agua fría en la cara. Otra vez. Otra vez. Respiró hondo hasta que el temblor de las manos se fue.
Basta.
***
Esa mañana caminó hasta el centro comercial con paso firme. La tienda de lencería estaba en el segundo piso, entre una peluquería y una óptica. Entró con la barbilla alta y fue directa a la sección de conjuntos especiales. Sabía exactamente lo que buscaba: algo que borrara lo que había pasado, algo que la devolviera al lugar donde debía estar.
El sujetador era de encaje plateado con aros que le realzaban los pechos. La tanga, diminuta, apenas un triángulo de tela brillante que se perdía entre sus nalgas y a duras penas contenía su verga. El liguero tenía cierres metálicos que tintineaban al caminar, y las medias eran negras, de seda, con costura trasera desde el talón hasta el muslo. Los tacones plateados de punta afilada los encontró en la zapatería de enfrente. Doce centímetros. Se los probó frente al espejo y se le escapó una sonrisa que no esperaba.
Pagó todo sin mirar a la cajera. Volvió caminando despacio, la bolsa apretada contra el pecho, sintiendo ya la anticipación caliente en el bajo vientre.
***
La preparación duró más de dos horas. Primero la depilación: crema en las piernas, las axilas, el pecho, la línea del vientre, cada pliegue entre las nalgas. Pasó la mano por la piel para comprobar que no quedara ni un solo pelo. Después la crema hidratante con aroma a almendras, untada despacio en los muslos, las nalgas, los pechos, la curva del cuello. Cada caricia sobre su propia piel era un ensayo de lo que vendría.
Se sentó frente al tocador y trabajó el maquillaje con la precisión de quien lleva años practicando. Sombra gris metalizada en los párpados. Delineador negro, grueso, que alargaba la mirada hasta las sienes. Pestañas postizas que añadían drama a cada parpadeo. Labios de un rojo oscuro, casi burdeos, que brillaban bajo la luz del baño como fruta madura. La peluca fue lo último: cabello lacio, negro azabache, que le caía sobre los hombros y le enmarcaba la cara como un telón de seda.
Cuando se miró por última vez, la mujer del espejo no cargaba culpas ni guardaba secretos. Era otra persona. Alguien que merecía lo que estaba a punto de recibir.
El plug de metal estaba en el cajón de la mesita de noche. Pesado, frío, con una base en forma de joya que Iván le había regalado en su cumpleaños, delante de Marcos, asegurándole que era un pisapapeles decorativo. Marcos se había reído. Abril no. Ahora lo lubricó con gel transparente, se arrodilló sobre la cama y lo fue empujando despacio. El frío del metal contra sus paredes internas le arrancó un gemido bajo.
—Joder... —susurró cuando la parte más ancha la abrió y la base encajó contra su piel. Cada movimiento amplificaba la presión contra su próstata, y su verga empezó a endurecerse bajo la tanga plateada.
Se puso el conjunto completo. El liguero le marcaba las caderas, las medias se tensaban sobre los muslos, los tacones la obligaban a arquear la espalda y empujar el culo hacia atrás. Se sentó en el borde de la cama con las piernas cruzadas.
Esperó.
El timbre sonó a las nueve menos cuarto. Abril se levantó, se alisó la tanga, comprobó su reflejo en el espejo del pasillo y abrió.
Marcos estaba ahí. Mochila colgando de un hombro, barba de cuatro semanas, ojeras oscuras, nudillos enrojecidos de cargar equipaje. Y la sonrisa más honesta que Abril había visto en su vida. Esa sonrisa que no escondía nada, que no calculaba nada, que simplemente estaba feliz de verla.
Sus ojos la recorrieron de arriba abajo. Los tacones. Las medias. El liguero. La tanga brillante. El sujetador plateado. Los labios rojos. La peluca negra. Abrió la boca, la cerró, volvió a abrirla.
—Abril... —fue lo único que dijo, y dejó caer la mochila al suelo.
Dio un paso adelante, cerró la puerta con el pie y la besó. No con prisa, sino con hambre contenida, como si llevara cuatro semanas ensayando ese beso en la soledad de la habitación de un hotel. Una mano en su cintura, la otra en su mejilla. Sabía a café del aeropuerto y a chicle de menta.
Sus manos bajaron por la espalda de Abril, le recorrieron las nalgas y encontraron la base del plug.
—¿Qué es esto? —preguntó contra su boca, girándolo apenas.
—Quería estar lista para ti —respondió ella con la voz quebrada.
Marcos la levantó en brazos como si no pesara nada. Abril le rodeó la cintura con las piernas, los tacones colgando a los lados, y él la llevó al dormitorio sin dejar de besarla. La depositó sobre la cama con una delicadeza que le dolió en algún lugar que no tenía nombre.
***
Marcos se quitó la camiseta y los vaqueros en segundos. Piel olivácea, cuerpo delgado y fibroso, un rastro de vello oscuro bajando desde el ombligo. Su erección tensaba los bóxers grises. Se los bajó mirándola a los ojos: la polla dura, gruesa, la cabeza brillante de anticipación.
Se arrodilló entre las piernas abiertas de Abril y le apartó la tanga hacia un lado. Tomó su verga semierecta con la boca, metiéndola entera hasta la base de un solo movimiento, lento y decidido. Abril sintió el calor húmedo rodeándola y arqueó la espalda contra el colchón con un jadeo que no pudo contener.
—Marcos... sí... —gimió, enredando los dedos en su pelo.
Él la chupaba sin prisa, la lengua girando alrededor del glande, los labios apretando al subir, succionando al bajar con sonidos húmedos que llenaban el silencio de la habitación. Una mano le acariciaba los testículos depilados con la punta de los dedos; la otra manipulaba el plug, empujándolo y extrayéndolo en un ritmo lento que le deshacía los pensamientos. El placer se acumulaba en la base de la columna, una presión caliente que crecía con cada movimiento del metal contra su próstata.
—No... espera... todavía no... —suplicó Abril.
Marcos no paró. Empujó el plug hasta el fondo y lo mantuvo ahí mientras succionaba con fuerza. Abril se corrió con un espasmo silencioso, el cuerpo tenso como un arco, su verga pulsando dentro de la boca de Marcos sin soltar apenas nada, solo un hilo transparente que él tragó sin dudarlo.
—Buena chica —le dijo, besándole el vientre plano—. Ahora quiero estar dentro de ti.
Le sacó el plug despacio, con cuidado. El culo de Abril quedó abierto, rosado, brillante de lubricante. Marcos hundió la cara entre sus nalgas y la lamió con la lengua plana, de abajo arriba, una y otra vez, cada pasada más lenta y más profunda que la anterior. Metió la lengua dentro, ruidoso, chupando el borde con una dedicación que a Abril le hizo agarrar las sábanas con los puños.
—¡Marcos! —gritó, tirándole del pelo—. Me vas a volver loca...
Él le besó el interior del muslo, justo donde terminaba la media de seda, y subió por su cuerpo dejando un rastro de besos mojados en la piel. La miró a los ojos desde arriba. Abril vio ternura. Vio deseo. Vio una confianza que no merecía.
Marcos se puso el condón, se untó lubricante y la penetró de una sola embestida. Las piernas de Abril sobre sus hombros, los tacones plateados apuntando al techo, la boca abierta en un grito mudo. Se quedó quieto un instante, los dos respirando entrecortado, y luego empezó a moverse.
Despacio al principio. Estocadas largas y profundas que le rozaban la próstata y le arrancaban un gemido con cada una. Se inclinó sobre ella y la besó, lengua contra lengua, mientras sus caderas mantenían el ritmo. Abril le clavó los tacones en los hombros sin darse cuenta y él sonrió contra su boca.
—Te quiero —le dijo Marcos, acariciándole la mejilla con el pulgar—. Eres la mujer más hermosa que he visto en mi vida.
Abril sintió que algo se quebraba dentro de ella. No el placer, que seguía subiendo. Algo peor. Algo con forma de culpa y sabor a mentira.
Marcos la giró. La puso boca abajo, de rodillas, y la folló desde atrás con más fuerza, sujetándola por las caderas. El sonido de piel contra piel llenó la habitación, rítmico, obsceno. El liguero tintineaba con cada impacto. Las medias se le habían resbalado hasta las rodillas y a ninguno de los dos les importaba.
—Más fuerte —pidió Abril, hundiendo la cara en la almohada.
—¿Así? —Marcos aceleró, clavándose en ella con embestidas que la empujaban contra el cabecero.
—Sí... así... no pares...
Se corrió por segunda vez en esa posición, un chorro débil que manchó las sábanas blancas. Marcos gruñó al sentir cómo su culo se apretaba alrededor de su polla, pero no se detuvo. La giró de nuevo, la sentó sobre él y Abril empezó a cabalgarlo con desesperación. Apoyó las manos en su pecho y movió las caderas en círculos, sintiendo cómo la polla la llenaba desde un ángulo distinto, más profundo. Sus tetas rebotaban dentro del sujetador plateado con cada bajada. Marcos le acariciaba los pechos, le pellizcaba los pezones, le daba palmadas suaves en las nalgas que la hacían apretar más.
—Eres increíble —susurró él con los ojos entrecerrados—. Muéstrame cuánto me quieres dentro.
La última posición fue la más íntima. Marcos la sentó sobre su regazo de espaldas a él, abrazándola desde atrás, piernas de ella abiertas. Una mano le masturbaba la verga con movimientos lentos y firmes mientras la follaba con estocadas cortas y profundas. La otra le acariciaba los muslos cubiertos de seda, subiendo y bajando con la misma cadencia que sus caderas.
—Córrete para mí —le susurró al oído, mordiéndole el lóbulo de la oreja—. Quiero sentir cómo te aprietas con mi polla dentro.
El tercer orgasmo le subió desde las entrañas. Abril tembló entera, el culo apretando la polla de Marcos en espasmos involuntarios, su verga pulsando en la mano de él mientras soltaba unas gotas calientes entre sus muslos. Un sonido que no era gemido ni grito sino algo entre los dos le salió de la garganta y Marcos la abrazó con fuerza, besándole el hombro, el cuello, la mandíbula.
Se corrió segundos después con un gruñido largo, sujetándola contra su pecho, vaciándose dentro del condón con sacudidas que ella sintió hasta el fondo.
***
Se quedaron abrazados sobre las sábanas arrugadas. Marcos le besaba el cuello, la frente, la punta de la nariz. Le apartaba el pelo de la peluca con una ternura que Abril no merecía y que sin embargo necesitaba más que nada en el mundo.
—No sabes cuánto te extrañé —murmuró contra su piel—. Cuatro semanas son demasiadas.
Abril cerró los ojos y se hundió en su calor. Cuerpo satisfecho, piel sensible, corazón latiendo despacio. Pero el recuerdo volvió como siempre volvía. Sin pedir permiso. Sin avisar.
La voz de Iván. Sus manos grandes apretándole la nuca contra los cojines del sofá. La brutalidad con la que la había tratado aquella tarde, como si ella no fuera una persona sino algo que usar y tirar. Las palabras que le había gruñido al oído mientras la penetraba sin condón, sin cuidado, sin nada que se pareciera al amor: «Tu novio no tiene ni idea de lo que necesitas de verdad, ¿no? Eres una putita con polla y te encanta que te traten así». Y el placer oscuro, insoportable, que Abril había sentido en cada segundo de aquello.
Lo de Marcos era hermoso. Dulce. Lleno de amor y de palabras que la hacían sentir humana.
Lo de Iván había sido sucio. Humillante. Y ella lo había necesitado como el aire.
Quiero las dos cosas, pensó con el corazón desbocado. Quiero que Marcos me ame y quiero que me use. Que me hable como Iván me habló. Que deje de tratarme como si fuera de cristal, aunque sea una sola vez. Aunque lo arriesgue todo.
Se mordió el labio hasta sentir el gusto metálico de la sangre.
—¿Estás bien? —preguntó Marcos, acariciándole la mejilla.
—Sí —mintió—. Solo estoy cansada.
Él la abrazó más fuerte y en pocos minutos su respiración se volvió profunda y regular. Se había dormido. Abril se quedó inmóvil contra su pecho, los ojos abiertos en la oscuridad del dormitorio, escuchando los latidos de un corazón que confiaba en ella sin reservas.
—Mañana —susurró, tan bajito que ni ella misma se oyó—. Mañana le voy a pedir que sea diferente conmigo.
En el silencio de la habitación, con el cuerpo aún tibio de placer y la culpa ardiendo en el pecho como un hierro al rojo, Abril tomó la decisión que llevaba semanas posponiendo. No sabía si Marcos lo entendería. No sabía si lo que iba a pedirle los acercaría o los destruiría. Pero quedarse callada la estaba consumiendo más despacio y con más crueldad que cualquier confesión.
El riesgo valía la pena. O al menos eso necesitaba creer.