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Relatos Ardientes

Mi tío me encontró vestida y no me dejó explicar

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Todo empezó un sábado de octubre, uno de esos días pesados en los que el calor se pega a la piel y el tiempo no pasa. Andrés había viajado a Rosario por un congreso de arquitectura y no volvía hasta el lunes. Yo tenía el departamento para mí sola, y eso significaba una cosa: podía ser Camila sin esconderme.

Llevaba meses con el tratamiento hormonal. Los pechos habían crecido lo suficiente como para llenar un sostén sin relleno, la piel se me había suavizado y las caderas empezaban a redondearse. Pero Andrés no sabía nada. Para él yo seguía siendo su novio flaco y callado que a veces se encerraba en el baño demasiado tiempo.

Esa tarde me puse la falda negra que había comprado en secreto, las medias hasta el muslo y una blusa ajustada color vino. Me maquillé con calma frente al espejo del baño: base ligera, delineado fino, labios oscuros. La peluca castaña —la buena, la que parecía pelo de verdad— me caía sobre los hombros. Cuando me miré entera en el espejo del pasillo, sonreí. Ahí estaba yo. La que siempre había sido por dentro.

El timbre sonó a las cinco de la tarde. No esperaba a nadie.

Miré por la mirilla y se me heló la sangre. Era Marcos, el hermano mayor de mi madre. Cincuenta y dos años, mecánico de oficio, manos enormes, barba canosa de tres días. Llevaba una caja de herramientas y tenía la camiseta empapada de sudor.

No puede ser. No ahora.

Recordé entonces el mensaje que mamá me había mandado el jueves: «Tu tío Marcos pasa el sábado a dejar unas cosas en el garaje. Abrile, por favor». Lo había olvidado por completo.

No me dio tiempo a cambiarme. El timbre sonó otra vez, más largo, y después tres golpes secos en la puerta.

—¡Abrí, que me estoy derritiendo acá afuera!

Pensé en no abrir. En fingir que no estaba. Pero su camioneta estaba estacionada frente al edificio y él sabía que yo no tenía adónde ir. Respiré hondo y abrí la puerta.

Marcos se quedó inmóvil en el umbral. Sus ojos bajaron despacio desde mi cara maquillada hasta las medias y los zapatos de tacón bajo. Subieron otra vez. Se detuvieron en mis pechos, que se marcaban claramente bajo la blusa. Su expresión no fue de asco ni de sorpresa. Fue algo peor: fue de hambre.

—Mirá vos —dijo, y su voz sonó ronca, distinta—. Así que la sobrinita tiene secretos.

Entró sin esperar invitación. Dejó la caja de herramientas junto a la puerta y la cerró detrás de él con el pie. El departamento se achicó de golpe.

—Tío, no es lo que pensás —empecé a decir, pero las palabras me salieron frágiles, inútiles.

—¿No? ¿Y qué es entonces? —Se cruzó de brazos y me miró de arriba abajo otra vez, tomándose su tiempo—. Porque lo que yo veo es una putita preciosa que cuando el novio se va de viaje se viste para que se la cojan.

Dijo «esto» señalándome entera con un gesto de la mano. Y lo peor fue que no sonó despectivo. Sonó como si estuviera describiendo algo que pensaba usar.

—Hace rato que lo vengo sospechando —continuó, apoyándose contra la pared del pasillo—. La forma en que caminás, cómo movés las manos. Ese perfume de putita que usás cuando venís a lo de tu vieja. ¿Creés que nadie se da cuenta?

—¿Mi mamá sabe? —pregunté, asustada.

—Tu vieja no se entera de nada. Pero yo tengo ojos. Y se me para la verga cada vez que te veo mover el culo por la cocina.

Se acercó un paso. Olía a grasa de motor, a sudor limpio y a algo más, algo que me recordó a las tardes de verano en su taller, cuando yo tenía dieciocho años recién cumplidos y lo miraba trabajar sin entender por qué no podía dejar de mirarlo.

—¿Tu novio te coge así? —Su mano me tomó la barbilla y me giró la cara hacia un lado, examinándome como si fuera una pieza que acabara de pulir—. ¿Sabe la putita que tiene en la cama? ¿Sabe usar lo que tenés entre las piernas?

—Andrés no sabe nada —susurré.

—Peor para él. Mejor para mí.

Me besó. No fue un beso tierno ni tentativo. Fue su boca abierta contra la mía, su lengua empujando hasta el fondo de mi garganta sin pedir permiso, su barba raspándome la piel del mentón hasta dejarla en carne viva. Sabía a café y a tabaco. Me agarró de la nuca con una mano y la otra me bajó directo entre las piernas, palpándome por encima de la falda, sintiéndome dura ahí abajo.

—Mirá nomás —murmuró contra mi boca—. La nena está calentita.

Intenté apartarme. No con fuerza. No de verdad.

—Tío, esto está mal.

—Todo lo que vale la pena está mal, putita.

Su mano subió, me arrancó los botones de la blusa de un tirón y me bajó el corpiño sin contemplaciones. Mis tetas saltaron afuera y él se las llevó a la boca, una primero y la otra después, chupándomelas con hambre, mordiéndome los pezones hasta hacerme gemir alto. Su otra mano seguía apretándome por encima de la falda, masajeándome la verga endurecida a través de la bombacha.

—Mirá la chiquilina cómo tiene la pija dura —dijo, sonriéndome con la boca llena de mi pezón—. Toda una damita, pero abajo está más caliente que cualquier mina.

Me dio la vuelta, me empujó contra la pared del pasillo y pegó su cuerpo a mi espalda. Sentí su verga contra mis nalgas a través de la tela del pantalón de trabajo. Era gruesa, dura, insistente, larga como un hueso de durazno gigante apretándome el culo. Sus manos subieron por mis costados y me agarraron las tetas, apretándolas, sopesándolas, pellizcándome los pezones con dos dedos.

—Son de verdad —murmuró, casi para sí mismo—. Las hormonas hicieron su trabajo. La concha no la tenés todavía, ¿no? Lástima. Pero el culito te lo voy a coger igual.

Me pellizcó un pezón con fuerza y un escalofrío me recorrió entera. Nadie me había tocado así. Andrés era cuidadoso, delicado, casi tímido. Marcos no pedía: tomaba. Me restregó la verga entre las nalgas por encima de la ropa, dándome empujones secos y cortos contra el ojete que me hicieron temblar las piernas.

—De rodillas, putita —ordenó, y su voz no dejaba espacio para negociar—. Quiero verte mamarla.

Obedecí. Mis rodillas tocaron el piso frío del pasillo y levanté la mirada hacia él. Se abrió el cinturón con movimientos lentos, se bajó el cierre y sacó la verga, ya completamente erecta, larga, gruesa, con las venas marcadas y los huevos pesados colgándole por debajo. Era más grande de lo que había imaginado en todas esas fantasías que creía haber enterrado. La cabeza brillaba ya con una gota gorda de líquido pre-seminal.

—Abrí la boca. Y sacá esa lengüita.

Le hice caso. Saqué la lengua y él me apoyó la punta de la verga encima, restregándomela por toda la cara primero —los labios, el mentón, las mejillas— marcándome el maquillaje con su líquido pegajoso antes de meterla. Cuando por fin entró, lo recibí con avidez. Primero la cabeza, saboreando la sal, sintiendo el calor palpitante contra mi lengua, lamiéndole la ranurita por debajo. Después fui bajando, tomándola entera, hasta que me chocó el fondo de la garganta y me dieron arcadas.

—Eso es —gruñó, agarrándome la cabeza con las dos manos—. Tomá toda la pija del tío. Para eso te vestís así, ¿no? Para que un macho te llene la boca.

Empujó. Despacio al principio, dejándome acomodar la garganta, hasta que sintió que aguantaba. Después empezó a coger mi boca de verdad. Sus caderas bombeaban contra mi cara con un ritmo brutal, su verga entraba y salía golpeándome la garganta, y yo me concentraba en respirar por la nariz cuando él me daba un segundo de pausa. Los huevos pesados me golpeaban el mentón en cada estocada. La saliva me caía por la barbilla y entre las tetas en hilos espesos.

—Mirame a los ojos cuando te la chupás —ordenó.

Levanté la vista. Lo miré a través de las pestañas mojadas, con la verga enterrada hasta la garganta, las mejillas hundidas chupándole, el rímel corriéndome por la cara. Él gimió grueso y me dio dos estocadas más profundas que me hicieron lagrimear de verdad.

—Así. Aprendé bien, putita, que de ahora en más mamás cuando yo te lo diga.

Duró varios minutos. Largos, intensos, con el sonido húmedo y obsceno —los gluck-gluck de mi garganta, la palmada de sus huevos contra mi mentón— llenando el pasillo silencioso. Yo sentía mi propia verga durísima debajo de la falda, palpitando dolorosamente contra la bombacha empapada, y mi cuerpo respondiendo a cada orden suya con una obediencia que no sabía que llevaba dentro.

Me sacó la verga de la boca con un sonido sucio y me levantó tirando del pelo —el pelo real debajo de la peluca, que se había corrido hacia un lado— y me llevó hasta el respaldo del sofá. Me dobló sobre él sin ceremonia.

—Tío, esperá... yo nunca...

—¿Nunca te cogieron el culo? —dijo, y por primera vez su voz se suavizó apenas un poco—. Mirá vos. Entonces te lo voy a estrenar yo. Lo único que pido es que aflojes, porque no pienso ir despacio mucho rato.

Me subió la falda hasta la cintura. Me bajó la bombacha con una lentitud calculada, como si quisiera que yo sintiera cada centímetro de tela deslizándose por mis muslos. Cuando me quedé con el culo al aire, soltó un silbido bajo y me dio una palmada fuerte en una nalga que me hizo saltar.

—Mirá el culito blanco que tenés. Te lo voy a dejar rojo.

Escuché que escupía. Sentí su pulgar grueso restregándose contra mi ojete, lubricándolo con su saliva, empujando apenas, abriéndome. Después escupió otra vez y se restregó la cabeza de la verga entre las nalgas, mojándomela toda.

—Abrime, putita. Aflojá ese ojete que te lo voy a coger.

Sentí la presión de su verga contra mí. Caliente, gruesa, insistente, abriéndose paso con una firmeza que no admitía resistencia. El dolor fue agudo al principio, como una quemazón que me subía por la columna a medida que la cabeza se metía adentro. Apreté los dientes y me aferré al sofá con las dos manos, dejando salir un quejido largo.

—Eso es. Mitad adentro —gruñó él, agarrándome las caderas—. Aguantá un cachito que ya entra todo.

Empujó hasta el fondo. Sentí los huevos chocando contra mis nalgas y me quedé sin aire. Marcos se quedó así, inmóvil, enterrado hasta la base, dándome tiempo a acostumbrarme.

—Relajate —ordenó—. Respirá. Apretame la pija con el culo, así, despacito.

Respiré. Una vez, dos, tres. El dolor se fue transformando en otra cosa. En una plenitud extraña, abrumadora, que me llenaba desde adentro y se extendía como una onda cálida por todo el cuerpo. Cuando empezó a moverse, despacio, con embestidas cortas y profundas que me golpeaban algo adentro que no sabía que existía, entendí por qué había fantaseado con esto durante años.

—Más —pedí, y mi propia voz me sorprendió.

—¿Más qué, putita? Pedilo bien.

—Más fuerte. Cogeme más fuerte, tío.

Marcos se rió grueso y aceleró. Sus manos me agarraron las caderas con fuerza, clavándome los dedos mientras empujaba con un ritmo constante y demoledor. El sonido de su pelvis contra mis nalgas era rítmico, carnoso, imposible de ignorar —cachetadas húmedas que retumbaban en el pasillo. Cada impacto me empujaba contra el sofá y me arrancaba un quejido cada vez más sucio que ya no intentaba contener.

Una mano subió por mi espalda y me agarró del pelo, tirándome la cabeza hacia atrás hasta arquearme entera. La otra bajó por mi vientre y encontró mi propia verga, tiesa y mojada de líquido pre-seminal, balanceándose entre mis muslos con cada embestida.

—Mirá cómo gotea la sobrinita —me dijo al oído, empuñándomela y empezando a sacudírmela al mismo ritmo con que me daba—. Te corrés con la pija de tu tío adentro, ¿no? Decime que sos una putita y te sigo cogiendo.

—Soy una putita —jadeé.

—¿De quién?

—Tuya, tío. Soy tu putita.

Una nalgada fuerte, seca, que me hizo arder la piel de la nalga.

—Con más ganas.

—¡Tuya, tío! ¡Soy la putita del tío Marcos! —grité, y la voz se me quebró en algo que estaba entre el llanto y la risa.

Me alcanzó el orgasmo entre su mano y su verga. Llegó desde adentro, desde ese punto exacto que él golpeaba con cada embestida, y me atravesó como una descarga eléctrica. Temblé entera, apreté los puños, solté un sonido largo y gutural que no reconocí como mío. La leche me salió a chorros gruesos manchando la tela del sofá mientras él seguía sacudiéndomela y bombeándome el culo sin parar, exprimiéndome hasta la última gota.

—Esa es mi sobrinita, corriéndose como una perra —me gruñó al oído—. Ahora aguantame que ya voy yo.

Marcos duró un poco más. Sus embestidas se volvieron erráticas, urgentes, brutales. Me agarró las dos nalgas con las manos y se las separó para ver entrar y salir la verga, embistiendo cada vez más hondo.

—Acá viene. Acá viene toda. Abrí la boca, putita, que te quiero llenar la cara.

De pronto salió de mí con un sonido húmedo, me giró por los hombros, me empujó de vuelta de rodillas y me agarró del pelo. Su verga estaba reluciente y palpitante a centímetros de mi cara. Sacudió tres veces, gruñó hondo y terminó sobre mí con chorros largos y espesos. El primero me cruzó la frente y se me metió en la peluca. El segundo me cayó entre los ojos y me bajó por la nariz. El tercero me llenó la boca abierta y el mentón. Hilos pesados de semen colgaron de mis labios, gotearon por el cuello, manchando lo poco que quedaba de la blusa.

—Tragá lo que tenés adentro —jadeó.

Tragué. Sentí la sal espesa bajando por mi garganta. Después saqué la lengua y le limpié la punta de la verga, lamiéndole hasta la última gota, mirándolo a los ojos mientras lo hacía.

—Buena chica —dijo, jadeando, apoyado contra el sofá con una mano.

Nos quedamos así un momento. Él recuperando el aliento, yo arrodillada en el piso con la falda arrugada en la cintura, la peluca torcida, el maquillaje destruido, la cara y el pelo cubiertos de su semen. Debería haber sentido vergüenza. Debería haber sentido asco o arrepentimiento o cualquiera de esas cosas que se supone que hay que sentir.

Pero lo que sentí fue alivio. Un alivio enorme, casi doloroso, como si me hubieran quitado un peso que cargaba desde los dieciocho años.

Marcos se acomodó la ropa. Sacó un pañuelo del bolsillo y me lo alcanzó sin mirarme a los ojos. Esperó a que me limpiara la cara antes de hablar.

—Esto queda entre nosotros. ¿Entendido?

Asentí.

—Si tu novio se entera, no fui yo quien habló.

—No va a enterarse.

Se agachó hasta quedar a mi altura. Me tomó la cara con una mano, casi con ternura, y me miró directo a los ojos.

—La próxima vez que Andrés viaje, me avisás. Y quiero que estés preparada. El ojete depilado, perfumadita, con un consolador metido cuando llegue, así te encuentro abierta y te puedo coger fuerte de entrada.

—¿Y después?

Sonrió. Esa sonrisa lenta y torcida que conocía desde chica y que ahora tenía un significado completamente distinto.

—Después te voy a romper el culo en serio, putita. Y te vas a correr tres veces antes de que yo termine.

Se fue sin tocar las cajas de herramientas. Ni siquiera las mencionó. Cuando cerré la puerta y apoyé la espalda contra ella, me temblaban las piernas, el culo me ardía y tenía el corazón golpeándome las costillas.

Me quedé un rato largo sentada en el piso del pasillo, con la falda arrugada y las medias corridas, mirando las marcas rojas que sus dedos habían dejado en mis caderas. Todavía lo sentía adentro. Todavía olía su sudor y su semen en mi piel. Cuando me llevé los dedos entre las nalgas y palpé, el ojete estaba abierto, mojado, palpitante.

Fui al baño y me miré al espejo. El delineado estaba corrido, los labios hinchados, el rímel mezclado con lágrimas secas y restos de semen seco pegados al mentón. Y detrás de todo eso, en mis ojos, había algo que no había visto nunca: una certeza absoluta de quién era y de lo que quería.

Me metí en la ducha y dejé que el agua caliente me corriera por el cuerpo durante veinte minutos. Pensé en Andrés. En lo que le diría cuando volviera. En lo que no le diría.

Pensé en Marcos. En sus manos. En su verga enterrada hasta los huevos en mi culo. En su voz diciéndome «buena chica» con la respiración cortada.

Cuando salí de la ducha, tenía un mensaje de mi tío. Un solo emoji de fuego y una dirección: la de un sex shop en Palermo. Debajo, una foto de un plug anal plateado y una nota de voz que no me animé a escuchar hasta la medianoche. Cuando por fin la escuché, en la oscuridad de la cama vacía de Andrés, su voz ronca me decía exactamente cómo quería encontrarme la próxima vez, palabra por palabra, y mi mano ya estaba entre mis piernas antes de que terminara la grabación.

La próxima vez va a ser diferente, pensé mientras me secaba el pelo frente al espejo. Y esa idea, en lugar de asustarme, me hizo sonreír.

Supe entonces, con la misma certeza con la que sabía mi nombre verdadero, que esto era solo el principio.

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Comentarios(10)

Andresito_BA

que relato!!! me tuvo pegado hasta el ultimo parrafo esperando que pasara algo peor jajaja

NocturnoMX

y despues?? por favor necesito una segunda parte, no podes dejarnos asi

Romi_2312

Me encanto como esta escrito, se siente muy real. El momento del timbre me puso nervioso a mi tambien jajaja

fran

Tremendo. Ese instante cuando ves quien es y ya sabes que no hay vuelta atras... lo senti en el alma

Tomas_99

Muy bueno!! Quede con ganas de saber como reacciono el tio, espero la continuacion

Vero_relatos

Me gusto mucho el ritmo que le diste, no se hace largo para nada. Sigue asi!

ElProfe47

Se nota que sabes contar una historia, no solo describirla. Muy buen trabajo de verdad

FedeLector

jaja ese panico de cuando suena el timbre y ya es demasiado tarde... clasico, tremendo momento

ClaraInFuego

Me recordo a una situacion que yo tambien viví, ese segundo en que ves quien esta del otro lado y no podes hacer nada. Gracias por compartirlo, muy bien narrado

Javier_C

excelente!! ojalá haya continuacion, me dejo con la intriga

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