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Relatos Ardientes

La chica trans que conocí en la plaza aquella noche

El pueblo no tenía aire acondicionado ni viento. Cuarenta grados a medianoche y las casas acumulaban el calor del día como hornos. La gente salió a la calle porque adentro era peor. Nadie lo organizó: simplemente apareció música en la plaza, alguien sacó sillas, otro enchufó parlantes en la ventana del bar, y de repente había veinte personas moviéndose entre las mesas de plástico bajo las palmeras.

Yo había llegado al pueblo esa tarde. Un viaje de trabajo que me había dejado varado en un hotel sin señal y con la única opción de bajar a tomar algo fresco. Pedí una cerveza, me senté en una esquina y observé.

Fue entonces cuando la vi.

Se llamaba Luna. Lo supe después. Esa noche era solo una figura entre la gente: alta, con un vestido verde muy corto que se pegaba a sus caderas con el sudor, el pelo negro recogido en un moño descuidado del que escapaban mechones húmedos. Bailaba sola, sin zapatos, los pies descalzos sobre el cemento tibio de la plaza. No le importaba nadie. Tenía esa clase de presencia que no busca atención pero la consigue igual.

Me quedé mirándola más tiempo del que habría podido justificar.

Tenía un cuerpo largo y delgado, las piernas interminables, los hombros algo más anchos de lo que el vestido disimulaba. Algo en la manera en que se movía, en la forma de sus manos, en la línea de su mandíbula, me dejó pensando. No me importó. Seguí mirándola.

—¿Bailás? —dijo de repente, parada frente a mí.

Levanté la vista. De cerca era todavía más llamativa. Los ojos oscuros, la boca grande, una gota de sudor resbalando por su cuello hacia el escote.

—No sé bailar —respondí.

—Yo tampoco. —Se encogió de hombros—. Por eso pregunto a gente que tampoco sabe.

Me reí sin querer. Me levanté.

***

Bailamos mal, los dos. Pasos que no coincidían, brazos que no sabían dónde ir, choques de caderas que empezaron siendo accidentales. La cumbia no perdonaba a los que no conocían el paso, pero tampoco expulsaba a nadie: era ese tipo de música que solo pedía que el cuerpo se moviera, sin exigir técnica.

—Diego —le dije en algún momento, acercándome para que me escuchara sobre el volumen.

—Luna —respondió ella, con la boca casi en mi oreja.

El sudor nos igualaba. A ella le brillaba la piel entre el cuello y el hombro, y yo tenía la remera pegada a la espalda. Cada vez que nos acercábamos, el calor del otro sumaba al calor de la noche, y sin embargo nadie retrocedía. Era demasiado tarde para fingir que el contacto era involuntario.

—¿De dónde sos? —preguntó Luna.

—De la ciudad. Trabajo.

—Se nota. —Sonrió—. Tenés cara de no saber qué hacer con tanto calor.

—¿Y vos?

—Yo soy de acá. El calor y yo somos viejos conocidos.

La música bajó de ritmo. Alguien puso algo más lento, una bachata o algo parecido, y los cuerpos que antes se movían separados empezaron a pegarse. Luna no se alejó. Apoyó una mano en mi hombro y yo puse la mía en su cintura, sobre la tela húmeda del vestido.

Sentí entonces, contra mi muslo, algo que no esperaba.

No dije nada. Ella tampoco. Me miró directamente, sin defensas, con esa expresión que era a la vez una pregunta y una advertencia: ya sabés, ahora decidís.

Lo pensé exactamente dos segundos.

Apreté la mano en su cintura.

Ella cerró los ojos un momento y siguió bailando.

***

Nos fuimos cuando la música todavía sonaba. Nadie nos miró irse. Luna me llevó por calles laterales, lejos de la plaza, hasta un patio trasero con una higuera enorme y una silla de jardín volcada. Había una pieza pequeña con la puerta entornada, sin luz adentro.

—Mi primo vive acá —explicó—. Está de viaje.

—¿Venís seguido? —pregunté.

—Solo cuando necesito estar en algún lugar sin que nadie me pregunte nada.

Empujó la puerta. La habitación olía a madera vieja y a lavanda. Había una cama angosta, una ventana sin cortinas por donde entraba el resplandor de la luna, y nada más. El calor adentro era el mismo que afuera, pero diferente: más quieto, más nuestro.

Luna se volvió hacia mí. En la penumbra, los rasgos se suavizaban, pero los ojos seguían igual de directos.

—No tengo que explicarte nada —dijo.

—No te pedí que lo hicieras.

Asintió levemente. Luego me tomó de la nuca y me besó.

Besaba despacio, con una precisión que me descolocó. No había ansiedad en ella, ni apuro. Tomaba lo que quería sin pedir permiso, pero tampoco arrasaba: era como una conversación en la que las dos partes se escuchan. Le puse las manos en la espalda y la acerqué. Ella hizo un pequeño sonido contra mi boca.

Le bajé el tirante del vestido. Después el otro. La tela cayó al suelo con un sonido suave.

Tenía el cuerpo que había imaginado mientras bailábamos: largo, delgado, con curvas en los lugares menos esperados. El pecho plano, los pezones oscuros y duros. Las caderas anchas. Y entre las piernas, la evidencia de lo que ya sabía, semidura contra la ropa interior.

Me arrodillé despacio.

—Diego… —dijo, con un tono que no era súplica pero se le parecía.

Le bajé la ropa interior hasta los tobillos. La tomé en la boca. Luna apoyó la mano en mi cabeza, suavemente, sin empujar, solo sosteniéndose. Trabajé despacio, aprendiendo sus respuestas: lo que la hacía tensar los muslos, lo que le arrancaba un suspiro entrecortado, lo que la obligaba a doblar levemente las rodillas.

—Para —pidió después de un rato—. O termina todo acá y no quiero que termine todavía.

Me levanté. Ella me desabotonó la camisa con dedos seguros, me bajó el pantalón. Me miró de arriba abajo con una expresión que no era juicio: era curiosidad genuina, casi tierna.

—Date vuelta —le dije.

Luna se dio vuelta y apoyó las manos en la pared. La luz de la ventana le caía sobre la espalda, sobre la curva de las caderas, sobre los glúteos que el vestido había estado prometiendo toda la noche.

Encontré un frasco de lubricante en la mesita de noche —vino preparada, pensé— y lo abrí. Empecé con los dedos, despacio, leyendo cada reacción. Luna respiraba con la frente apoyada en la pared, los hombros sueltos, entregada a la sensación sin forzarla.

—Más —murmuró.

Agregué lubricante, otro dedo, un ritmo más deliberado. Ella empujó las caderas hacia atrás en respuesta. El cuarto olía a calor y a piel.

—Ahora —dijo.

Me puse un preservativo que ella había dejado sobre la mesita, como si hubiera sabido desde el principio cómo iba a terminar la noche. Apoyé las manos en sus caderas y empujé despacio.

Luna exhaló largo cuando la cabeza entró. Sentí la resistencia ceder gradualmente, el calor interno envolviéndome centímetro a centímetro. Me detuve a mitad de camino para darle tiempo. Ella sacudió la cabeza.

—No pares.

Seguí. Cuando llegué al fondo, los dos nos quedamos un momento inmóviles, midiendo la situación. Ella tenía los nudillos blancos contra la pared. Yo tenía la cara hundida en su cuello, sintiendo el pulso acelerado bajo la piel.

—Bien —dijo en voz baja, casi para ella misma.

Empecé a moverme.

Al principio lento, sacando casi todo y volviendo a entrar despacio, dejando que el cuerpo de Luna se acostumbrara al ritmo. Ella respondía con pequeños movimientos hacia atrás, sincronizándose. El sudor volvió, mezclándose entre los dos, y el sonido húmedo de la piel contra la piel llenó el cuarto pequeño.

—Más fuerte —pidió Luna, la voz ronca.

Aceleré. Las manos en sus caderas, los dedos marcándole la piel. Cada embestida más profunda, más directa. Luna tenía la mejilla apoyada en el yeso de la pared y los ojos cerrados, los labios entreabiertos, haciendo ese ruido bajo y continuo que me decía que estaba exactamente donde quería estar.

—Así… no pares… —

Le rodeé la cintura con un brazo y la acerqué más a mí, cambiando el ángulo. Ella soltó un sonido agudo, corto, como si la hubiera sorprendido.

—Ahí —dijo—. Justo ahí.

Mantuve el ángulo y el ritmo. Luna empezó a temblar levemente, primero en los muslos, después en todo el cuerpo. Con la mano libre, ella se tomó a sí misma y empezó a moverse al mismo compás. Yo seguía empujando, sintiendo cada sacudida de ella transmitirse a través del punto de contacto entre los dos.

—Me voy a correr —anunció, la voz rota.

—Hacelo.

La contracción llegó primero que el sonido: la sentí apretarse alrededor de mí con una fuerza que me cortó el aliento. Luna soltó un gemido largo y sostenido mientras se derramaba sobre sus propios dedos y la pared. Las piernas le temblaron sin control. Yo la sostuve con el brazo en la cintura para que no se cayera y seguí moviéndome a través del orgasmo de ella hasta que el mío llegó también, rápido y completo, vaciándome adentro mientras sus contracciones todavía no terminaban.

Nos quedamos así, pegados, sin palabras, jadeando en el calor quieto del cuarto.

***

Afuera, sin que ninguno de los dos lo oyera llegar, empezó la lluvia.

Primero una gota contra la ventana. Después otra. Después el sonido creció hasta convertirse en ese ruido de agua cayendo fuerte sobre el cemento seco que solo existe cuando llueve después de semanas sin hacerlo. Desde la plaza llegaron gritos y risas: la gente abriéndose a la tormenta.

Luna se separó de mí y fue hacia la ventana. La abrió. El aire frío entró de golpe, el primero en toda la noche, cargado de tierra mojada y ozono.

—Siempre llueve cuando más falta hace —dijo, sin voltear.

Me acerqué y apoyé la barbilla en su hombro. Miramos juntos la calle encharcándose, las palmeras de la plaza doblándose con el viento, las últimas personas corriendo a cubrirse o quedándose a propósito bajo el agua.

—¿Te vas mañana? —preguntó.

—Sí.

Asintió. No había decepción en ese gesto, ni resignación: era simplemente una constatación, la misma que ella había tenido desde el principio.

—Entonces aprovechemos que todavía es esta noche —dijo, y se dio vuelta hacia mí con una sonrisa que era al mismo tiempo una invitación y una despedida.

La lluvia siguió cayendo. Nosotros también.

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Comentarios (7)

NocheLectora22

Que relato tan bonito, se siente genuino. Espero que haya segunda parte!

RossanaV

Increible como lo contaste, se me puso la piel de gallina desde el principio. Sigue escribiendo asi!!!

Morbologo

Buenisimo

SofiaBaires

Me encanto la ambientacion, la plaza, la noche... se siente muy real. Gracias por compartirlo.

VikingoPBA

Muy buen relato, con ritmo y bien escrito. Raro encontrar algo asi por aca jaja

CuriosoAno22

La imagen de ella bailando descalza me quedo en la cabeza. Tremendo inicio, el resto no decepciona.

Lau_Sur

Me recordo a una noche de verano que tuve hace años... cosas que uno nunca olvida. Excelente!!

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