Cada noche esperaba a que ella cerrara el bar
El bar se llamaba El Almacén y llevaba en la misma esquina desde antes de que ninguno de sus clientes habituales hubiera nacido. Cortinas de plástico amarillas, barra de fórmica astillada en dos lugares, y un televisor colgado en el rincón que don Horacio nunca apagaba porque decía que el silencio ponía nerviosos a los parroquianos. Abría de lunes a domingo a las siete de la mañana y cerraba cuando le parecía bien cerrar, que era siempre después de la medianoche y antes de que los más resistentes empezaran a dormirse en los taburetes.
Sofía llevaba casi dos años detrás de esa barra. Alta, de hombros firmes y manos largas que sabían exactamente cómo dejar caer un vaso sobre la fórmica sin hacer ruido. Llevaba el pelo oscuro suelto sobre los hombros y usaba siempre una camiseta sin mangas que el calor del bar y el movimiento constante le pegaban al torso, marcándole las tetas chicas y firmes, con los pezones dibujándose bajo la tela cada vez que la corriente del ventilador le rozaba la piel. Su figura era menuda pero definida: caderas amplias, cintura estrecha, y debajo del pantalón negro que usaba cada noche, si uno miraba sin la distancia habitual, se adivinaba el bulto discreto de la polla que la distinguía de las otras mujeres del barrio.
La mayoría de sus clientes llevaba meses sabiendo y ya no le daban importancia. Los que llegaban nuevos tardaban un rato en entender, y cuando entendían, o pedían la cuenta o pedían otra copa y se quedaban. El barrio era chico pero no tan cerrado como la gente de afuera suele creer.
—Sofía, poneme otra, que hoy fue un día de mierda —dijo Ernesto desde su esquina de siempre, el carpintero de la vuelta que hablaba siempre más alto de lo necesario y nunca se daba cuenta.
Ella tomó la jarra, la llenó sin prisa y la puso delante de él con la palma extendida.
—Son ciento ochenta. El comentario no cuenta como propina.
Risas dispersas. Don Aurelio, que tenía más de sesenta años y una manera de observar las cosas que solo da la vida larga, sacudió la cabeza con una sonrisa.
—Dejala trabajar, Ernesto. Esta chica vale más que todos ustedes juntos.
Sofía le guiñó un ojo sin dejar de secar vasos.
***
Marcos había llegado al barrio tres meses antes. Trabajaba en la distribuidora de la avenida en turno noche, y cuando terminaba pasaba por El Almacén antes de irse a dormir. Siempre ocupaba el mismo lugar: el extremo de la barra, cerca de la puerta lateral, con la espalda contra la pared y la cerveza delante.
No era un cliente difícil. No gritaba, no hacía chistes, no trataba de meterse en conversaciones que no le correspondían. Pero miraba. No con ese ojo de inventario que tienen algunos hombres cuando evalúan a una mujer, esa mirada rápida de arriba abajo que clasifica y sigue de largo. Lo hacía de otra manera: con la atención de alguien que está escuchando algo importante y no quiere perder el hilo.
Sofía lo había notado desde la primera semana. Lo notaba ahora, mientras limpiaba la barra con el trapo húmedo y sentía sus ojos seguirla de un extremo al otro sin ninguna urgencia.
—¿Querés otra? —preguntó ella, deteniéndose frente a él.
—No, gracias. Ya me voy.
Pero no se movió. Era la cuarta noche esa semana que decía que ya se iba y seguía sentado en el mismo taburete.
Sofía apoyó los codos en la barra e inclinó el torso hacia adelante. La camiseta se le abrió un poco por el escote y Marcos no bajó los ojos, pero tampoco fingió no verlo.
—Todas las noches te quedás hasta que cierro y todas las noches decís que ya te ibas. ¿Tenés miedo de llegar a casa o qué?
Marcos sonrió. Una sonrisa tranquila, sin el apuro que tienen algunos hombres cuando sienten que los descubrieron.
—No tengo miedo. Tengo ganas de quedarme acá.
Ella lo sostuvo con la mirada un segundo más de lo necesario y después se enderezó.
—Última ronda en diez minutos —anunció en voz alta—. Los que deben, que vayan pensando.
***
A las cuatro y cuarto el bar estaba vacío salvo por ellos dos. Ernesto se había ido maldiciendo porque tenía que madrugar. Don Aurelio y su compañero de siempre se despidieron desde la puerta con un gesto de la mano. El televisor seguía encendido con algún programa de madrugada que nadie veía.
Sofía lo apagó, cerró la caja y empezó a levantar las sillas sobre las mesas. Marcos aún estaba en la barra con el vaso vacío y los ojos siguiéndola.
—Puedo ayudarte —dijo él.
—Ya sé que podés. La pregunta es si querés realmente.
—Preguntalo así y la respuesta siempre va a ser sí.
Ella dejó una silla a medias y lo miró directamente.
—¿Sabés lo que estás haciendo, Marcos?
—Sí.
—¿Sabés quién soy?
—Sí.
—¿Sabés que tengo polla entre las piernas?
—Sí.
La respuesta fue corta y sin el peso añadido que algunos hombres le ponían cuando querían parecer valientes. Solo sí, limpio, como si la pregunta no necesitara nada más que eso.
Sofía asintió despacio y retomó las sillas. Marcos se levantó y tomó las del lado opuesto.
Limpiaron juntos. Él pasaba el trapo por las mesas, ella enjuagaba los vasos en la pileta. El bar fue quedando en silencio, solo el zumbido del refrigerador y el ruido suave del agua. Cuando terminaron, Sofía apagó la última luz del fondo y quedaron solo con la lámpara baja de la cocina encendida.
—¿Venís siempre por lo mismo? —preguntó ella, apoyándose contra la barra con los brazos cruzados.
—¿Por qué preguntás eso?
—Porque hay hombres que vienen a bares como este cuando quieren algo que no saben pedirle a nadie más. Y después, cuando lo consiguen, se arrepienten. Y hay otros que vienen buscando una cosa muy específica: una mina con polla para hacerse coger o para chupársela a escondidas, y a la semana siguiente cambian de bar porque no aguantan verse la cara.
Marcos se acercó. No de golpe, no con esa urgencia torpe que tiene el deseo cuando intenta imponerse antes de que nadie lo invite. Lo hizo despacio, como todo lo que hacía, y se paró a un metro de ella con las manos en los bolsillos.
—Llevo tres meses viniendo acá. Si quisiera solo eso, ya lo hubiera resuelto de otra manera.
Sofía sintió algo aflojarse en el pecho. No era el cuerpo todavía. Era otra cosa, más arriba.
—¿Entonces qué querés?
—Me gustás. Me gusta cómo manejás a los clientes, cómo les respondés sin ponerte seria, cómo te reís de verdad cuando Ernesto dice alguna pavada y sabés exactamente qué responderle. —Hizo una pausa corta.— Y me gustás entera. No a pesar de nada. Entera. Con todo lo que tenés entre las piernas y todo lo que tenés en la cabeza.
Ella lo miró durante varios segundos sin decir nada. Después le tomó la mano y lo llevó hacia el cuartito del fondo.
***
El depósito olía a cartón y a aceite de máquina. Había cajas apiladas en un rincón y una mesa de trabajo con herramientas que don Horacio juraba que usaba pero que nadie había visto moverse en años. Sofía encendió la única bombilla de emergencia que colgaba del techo: una luz anaranjada que lo tiñó todo de sombras cálidas.
Marcos cerró la puerta. Se miraron un momento en silencio.
—Nunca hiciste esto —dijo ella. No era una pregunta.
—Nunca con una mujer como vos —dijo él.
Se besaron despacio. Fue un beso explorador, sin prisa, con esa calidad de las primeras veces que no saben todavía adónde van pero confían en que el camino existe. Las manos de Marcos le recorrieron la cintura, las caderas, la espalda que se arqueó levemente hacia él. Le pasó las palmas por debajo de la camiseta sin mangas y se la sacó de un tirón despacio, dejándole las tetas al aire, chicas y morenas, con los pezones ya duros esperando la boca.
Marcos se agachó y le chupó uno, después el otro, mordiéndolos con los labios, tirando del pezón con los dientes hasta arrancarle a Sofía un jadeo profundo. Le lamió el hueco entre las tetas y le mordió el cuello mientras le apretaba las caderas contra la mesa.
Sofía lo separó un momento y lo miró.
—Voy a necesitar que estés atento. No es complicado. Solo hay que querer estar acá. Y no cortarte con nada de lo que te pida.
—Estoy acá —dijo él—. Pedime lo que quieras.
—Sacate todo. Quiero verte entero antes.
Marcos se desabrochó la camisa sin apuro y la dejó caer sobre una caja. Después el cinturón, el pantalón, el bóxer. La polla le saltó dura contra el estómago, gruesa, con la cabeza brillante y la vena central marcada. Sofía la miró un momento sin decir nada y después le puso la mano encima. Le apretó los huevos con la palma, calibró el peso, y le corrió los dedos por el tronco de arriba abajo con la calma de alguien que estaba juzgando material.
—Está buena —dijo, medio sonriendo—. Vas a portarte bien con esto o me voy a enojar.
—Voy a portarme bien.
Ella se arrodilló sobre el piso de cemento. Le tomó la polla con las dos manos y le pasó la lengua desde los huevos hasta la punta, despacio, mojándolo entero. Después se la metió en la boca de golpe, hasta el fondo, y Marcos se apoyó con una mano contra la mesa para no perder el equilibrio.
—Puta madre —susurró él.
Sofía le chupó la polla sin apuro, con la habilidad de quien sabe exactamente qué está haciendo. Subía y bajaba con la boca llena, apretando los labios en el tronco, mientras con una mano le acariciaba los huevos y con la otra le hacía la base. La lengua le daba vueltas en la cabeza, chupaba el glande como si fuera un caramelo, y después volvía a tragarla entera con un ruido húmedo que llenó el cuartito. La saliva le chorreaba por los costados de la boca hasta el mentón, y cada tanto sacaba la polla afuera para respirar y le escupía encima antes de volver a metérsela.
—Así te voy a dejar la garganta —dijo ella, la voz ronca—. Para que sepas cómo lo hago yo.
—Seguí. No pares.
Ella siguió, ahora más agresiva, apretándole las nalgas con las manos para clavársela hasta el fondo, ahogándose a propósito, con los ojos húmedos y la boca desbordando. Marcos le tomó la cabeza con las dos manos y empezó a moverse él, cogiéndole la boca con embestidas cortas y firmes que Sofía recibió sin apartar la cara.
—Un poco más y te acabás —dijo ella al sacarla—. Y todavía no. Todavía te falta.
Se acomodaron. Sofía se apoyó contra la mesa de trabajo, inclinada hacia adelante, con las manos firmes sobre la superficie. Marcos se arrodilló detrás de ella y le bajó el pantalón con cuidado, después la ropa interior negra que le moldeaba las caderas. La polla de Sofía saltó también, dura, medida, un poco curvada hacia arriba, palpitando contra el borde de la mesa. Marcos se la tomó con la mano por atrás y se la masturbó unos segundos, sintiéndola vibrar entre sus dedos.
—Mirá cómo la tenés —le murmuró al oído—. Chorreando ya.
—Callate y ocupate del culo primero. Todo el resto viene después.
Marcos le abrió las nalgas con las dos manos y le pasó la lengua por el ojete. Sofía soltó un gemido corto y apoyó la frente contra la madera. Él le lamió el culo con paciencia, círculos lentos, apretando la punta de la lengua contra el anillo, penetrándola apenas, empapándolo de saliva. Le mordió una nalga, después la otra, y volvió a lamerla con más fuerza, hundiendo la cara entre las nalgas hasta que Sofía empezó a empujar las caderas hacia atrás buscando más.
—Ahí, así, no pares —jadeó ella—. Metela más.
—¿Tenés algo? —preguntó él, sin dejar de lamer.
—En el bolsillo del pantalón. Y el aceite ese que está al lado de la caja.
—Bien pensado.
Marcos se tomó su tiempo. Sus dedos fueron primero, con paciencia y con el aceite tibio en la mano, con la atención de alguien que entiende que el cuerpo no se abre de golpe sino que se rinde de a poco, en capas, cuando siente que puede confiar. Sofía fue relajándose bajo su tacto. Las tensiones de la noche larga, el cansancio de las horas de pie y los clientes que hay que gestionar, todo eso fue aflojándose junto con esa otra tensión más íntima, la que cedía al ritmo de sus dedos hundiéndose en el culo.
—Ahí —dijo ella—. No pares.
—No paro.
Agregó más aceite del frasco que encontró junto a las herramientas. Dos dedos, después tres, girando despacio, abriendo con paciencia ese anillo caliente que se contraía y se rendía al mismo tiempo. Sofía empujaba las caderas hacia atrás con pequeños movimientos involuntarios, buscando más, follándose los dedos de él sin vergüenza. Marcos le enroscó los dedos contra la próstata y ella se tensó entera con un gemido bajo, largo, arrastrado.
—Ahí lo tenés —dijo él, sonriendo contra su espalda—. Justo ahí, ¿no?
—Justo ahí. Justo ahí. Sacá los dedos y clavamela ya.
—Estoy lista —repitió ella, casi con rabia—. Vení. Rompeme.
Se puso el forro con los dientes, lo bajó de un tirón, se aceitó la polla con el resto del frasco y se pegó a ella. Cuando finalmente Marcos la penetró, lo hizo con cuidado. Un empuje lento y continuo que Sofía recibió con un suspiro largo, hondo, mientras el cuerpo se le partía por dentro para dejar entrar la verga. Él se detuvo un momento para dejarla ajustarse al peso y al grosor. Sofía exhaló despacio y asintió. Él siguió avanzando hasta quedar completamente adentro, los huevos apoyados contra las nalgas de ella.
—Puta madre, qué apretada estás —murmuró él, con la voz ya un poco rota.
—Movete —dijo ella—. Cogeme bien. No con miedo.
Empezaron a moverse juntos. El ritmo se construyó solo, como sucede cuando dos personas se sincronizan sin ponerse de acuerdo. Las caderas de él marcaban el compás y el cuerpo de ella lo seguía. Marcos la tomó de las caderas con ambas manos, no con brusquedad sino con firmeza, como alguien que sabe lo que tiene entre los brazos y no quiere soltarlo. Le clavaba la polla hasta el fondo y salía casi entera antes de volver a hundírsela, cada embestida más honda que la anterior.
—Así —repitió ella, la voz más baja ahora—. Exactamente así. Más fuerte. Más.
La mesa crujió una vez. El refrigerador siguió zumbando en el bar vacío. La bombilla anaranjada no parpadeó. El sonido de las caderas de Marcos golpeando contra las nalgas de Sofía se mezclaba con los jadeos cortos de él y los gemidos graves de ella, un ritmo húmedo que rebotaba en las paredes del depósito.
Las embestidas fueron ganando profundidad y ritmo. Marcos encontraba el ángulo y lo sostenía sin precipitarse, sin perder el eje. Sofía apretó los dedos contra el borde de la mesa hasta que se le pusieron blancos. El placer subía por su cuerpo en ondas lentas, cada una un poco más intensa que la anterior, construyéndose desde adentro hacia afuera, saliendo del punto exacto en que la polla de él le rozaba la próstata cada vez que se hundía hasta el fondo.
—No te muevas de ahí —dijo ella—. No cambies el ángulo. Cogeme siempre desde ahí.
—Acá estoy. No me muevo.
Marcos deslizó la mano por debajo de ella. La encontró excitada, con la polla dura como una piedra y la punta chorreando líquido preseminal sobre el piso. La tomó con la mano llena de aceite y empezó a masturbarla al mismo ritmo que la cogía por detrás. Sofía soltó un sonido que no intentó controlar, un gemido gutural que le salió del pecho.
—Las dos cosas al mismo tiempo —ordenó, con la voz quebrada—. No pares ninguna de las dos. Me cogés el culo y me hacés la paja hasta que me acabe.
—Acabate cuando quieras. Yo aguanto.
—No aguantes mucho. Vení conmigo.
Él aceleró el ritmo. Le clavaba la polla con embestidas cortas, brutales, que le sacudían el cuerpo entero, mientras la mano izquierda le apretaba la nalga y la derecha le masturbaba la verga con el puño firme. Sofía empezó a temblar de las piernas hacia arriba. La sentía subir, ese calor que le crecía en la base de la columna, esa presión que se iba juntando en los huevos y en el culo al mismo tiempo, dos puntos que se fundían en uno solo.
—Ya —dijo ella—. Ya. Ya. Ya.
El orgasmo llegó sin aviso. Todo su cuerpo se tensó alrededor de él en una ola profunda e intensa, las paredes del culo apretándose con fuerza sobre la polla de Marcos mientras las piernas peleaban para no doblegarse. El placer la atravesó al mismo tiempo que se corría con chorros gruesos sobre la mano de Marcos y sobre el borde de la mesa, la polla latiéndole con cada descarga, y soltó un gemido largo, animal, que el cuartito pequeño no alcanzó a contener del todo.
—Puta madre —jadeó Marcos—. Puta madre, me estás apretando.
—Acabate. Adentro. Ahora.
Marcos la siguió un momento después. Le clavó la polla hasta el fondo una última vez, se pegó a ella y se quedó quieto mientras el placer lo vaciaba adentro, chorro a chorro, despacio, con la boca contra su nuca y las manos temblándole en las caderas de ella. Sofía sintió cada pulso de la verga adentro suyo, cada descarga apretada contra el látex, y cerró los ojos disfrutando ese vaciado final que era casi tan bueno como el propio.
***
Después se quedaron de pie sin separarse todavía. El cuerpo de Sofía seguía templado, la respiración apenas volviendo a su ritmo. Marcos le pasó un brazo por la cintura desde atrás y la mantuvo cerca sin decir nada, la polla todavía adentro, ablandándose despacio.
—¿Estás bien? —preguntó él al fin.
—Mejor que bien.
Cuando finalmente él salió y se sacó el forro, Sofía se dio vuelta y le dio un beso largo, con la boca todavía sabiendo a él. Le pasó la mano por el pecho y le apretó un pezón entre los dedos, sonriendo.
—¿Me dejarías volver mañana?
Sofía sonrió hacia la pared de ladrillo frente a ella.
—El bar abre a las ocho.
—A las ocho de la noche estoy acá.
—A las ocho de la noche te tomo el pedido como a cualquier cliente.
—¿Y a las cuatro de la mañana?
—A las cuatro de la mañana veremos si merecés otra vez.
—¿Y si me la chupás vos ahora antes de irnos?
—No abusés. Guardate algo para mañana.
Pero cuando se separaron y ella fue al baño y Marcos la esperó sentado en la barra con las luces apagadas y el bar en silencio, Sofía se miró en el espejo rajado del lavabo y se dio cuenta de que ya estaba calculando si llegar diez minutos antes mañana para que todo estuviera en orden cuando él llegara.
Llevaba dos años trabajando en ese bar defendiendo cada centímetro de su espacio. Esta noche, por primera vez en mucho tiempo, no había tenido que defender nada. Solo había tenido que querer, y abrirse, y dejarse coger sin miedo.
Para ella era suficiente con eso. Más que suficiente.