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Relatos Ardientes

La doctora que me dominó en su consulta privada

La clínica de la doctora Montoya quedaba en una calle discreta del centro, de esas que no tienen cartel en la fachada y funcionan solo por recomendación. La encontré buscando médicos que atendieran contracturas cervicales, entre resultados genéricos y páginas con fotos de stock. Pero las fotos del perfil de la doctora no eran de stock. Eran de ella, y resultaban imposibles de ignorar.

Alta, con una complexión de hombros anchos que en algunas mujeres resulta imponente en vez de intimidante. La blusa de seda del consultorio se le marcaba sobre un pecho generoso, y tenía esa mandíbula cuadrada y los pómulos altos de quien no necesita filtros ni ángulos favorecedores. Algo en ella producía una curiosidad que no sabría nombrar con exactitud. No intenté nombrarlo. Pedí cita para el día siguiente.

Diego se ofreció a acompañarme. Llevaba una semana con el cuello bloqueado, apenas podía girar la cabeza a la derecha sin que un dolor afilado me subiera hasta la base del cráneo. Le dije que no, que prefería ir sola, que ya soy mayorcita para ir al médico sin escolta. No me preguntó por qué. Diego nunca me preguntaba por qué cuando lo decía con ese tono.

***

La sala de espera olía a madera y a algo floral que no identifiqué. Cuero en las sillas, una pecera pequeña en la esquina, iluminación tenue que no parecía pensada para un espacio médico sino para algo más parecido a un spa de lujo. El tipo de lugar donde una mira el precio después de sentarse.

Cuando la recepcionista me lo dijo, el calor me subió a las mejillas. Era el doble de lo que había calculado. Lo dijo con la misma expresión con que uno consulta un horario de trenes: sin inflexión, sin compasión, sin ningún interés por la reacción del otro lado del mostrador.

—Está bien —respondí, porque ya estaba allí y el cuello me dolía y no tenía plan B.

Me hicieron pasar a una sala pequeña. La enfermera me tomó la tensión, me preguntó sobre el historial, anotó cosas en una tablet. Luego se fue y me dejó sola con el sonido del agua de la pecera y mis propias dudas sobre si aquello tenía algún sentido.

La doctora Montoya entró diez minutos después.

***

En persona era todavía más de lo que mostraban las fotos. Llevaba la bata blanca abierta sobre unos pantalones negros ajustados, y caminaba con esa seguridad específica de quien está acostumbrada a que la miren y ya no le importa demasiado. Me saludó con la mano firme y me indicó que me sentara.

Mientras me exploraba el cuello —dedos fuertes y precisos que encontraban los nudos con facilidad profesional— fui observándola de cerca, desde la distancia que permite una exploración médica. Las manos grandes. Los antebrazos definidos. La nuez de Adán, apenas visible pero ahí, bajo la piel del cuello. Esa voz grave que a veces subía de registro cuando pronunciaba ciertas palabras.

Ah.

No dije nada. Me quedé quieta bajo sus manos, con esa revelación moviéndose despacio por mi pecho como agua caliente. No era sorpresa, exactamente. Era reconocimiento. La curiosidad que no había sabido nombrar el día anterior ahora tenía forma.

—Tiene tensión acumulada en el trapecio —dijo—. Y la cervical tercera está muy cargada. Necesitaría al menos tres sesiones para tratarlo bien.

—Doctora, tengo que ser honesta con usted.

Ella alzó la vista. Tenía los ojos oscuros, con esa expresión cuidadosa de quien ha aprendido a no revelar nada antes de tiempo.

—Vine sin mirar los precios. Y el precio... me fui de presupuesto. Lo siento mucho.

Hubo un silencio breve. La doctora se cruzó de brazos y me sostuvo la mirada.

—Esto no es una clínica pública —dijo—. Si quiere, le puedo dar referencias de centros que atienden sin cita previa.

—Espere.

No sé qué me pasó exactamente. O sí lo sé, pero es difícil de explicar sin sonar como algo que no soy. Era algo en ella, en cómo me había tocado el cuello sin ningún titubeo, en la distancia exacta que había mantenido durante la exploración. En cómo olía, a algo limpio y algo oscuro al mismo tiempo. Le puse la mano en el brazo, despacio, sin presionar.

—Pensé que quizás podríamos llegar a otro tipo de acuerdo.

Ella me miró fijo durante un momento que se hizo largo.

—¿Está diciéndome lo que creo que me está diciendo?

—Soy directa cuando quiero algo —dije. Deslicé la mano por su antebrazo hasta la muñeca—. Y llevo un rato sabiendo lo que quiero.

La doctora Montoya se quedó muy quieta. Era el tipo de quietud que no es indiferencia sino contención. Como alguien que tiene mucho control sobre sí mismo y está decidiendo en qué punto lo va a soltar. Le toqué la mano. Ella no la retiró.

—Tengo una reputación —dijo, en voz baja.

—Lo sé. —Me puse de pie y me acerqué un paso—. Y yo tengo curiosidades que no se resuelven con una búsqueda en internet.

Hubo otro silencio. Luego ella cruzó el consultorio hasta la puerta y la cerró con llave.

***

Corrió la persiana de la ventana interior. Cuando se volvió hacia mí, algo había cambiado en su expresión. La médica seguía ahí, pero debajo había algo más antiguo y más directo.

—Si vamos a hacer esto —dijo—, lo hacemos a mi manera.

—¿Y cómo es eso?

—Tú no decides nada.

Sentí el calor bajarme hasta el vientre.

—Bien —respondí.

Me hizo sentar en el borde de la camilla y, sin apuro, se colocó frente a mí. Me sostuvo la barbilla con dos dedos y me levantó la cara hasta obligarme a mirarla. Sus ojos iban de mi boca a mis pechos y de vuelta a mi mirada, midiendo, calculando, como si la escena completa fuera un examen que solo ella sabía leer.

—Quítate la blusa —dijo. No lo pidió.

Me la quité. La doctora no se movió; se quedó mirándome durante un momento que fue más íntimo de lo que habría esperado. Solo mirando, con esa calma que en una persona así resulta más erótica que cualquier caricia apresurada. Luego extendió la mano y me recorrió el hombro, la clavícula, la curva del pecho sobre el sujetador. Despacio, como si estuviera memorizando cada centímetro.

—Ahora date la vuelta y apoya los codos en la camilla.

Lo hice sin dudar. Escuché detrás de mí el sonido del cinturón desabrochándose.

La primera caricia fue en la espalda baja, con la palma abierta y firme. Luego bajó hasta las caderas y me bajó la falda despacio, sin ninguna prisa, como quien se toma el tiempo porque puede tomárselo. Era alguien que conocía el valor de la espera, que entendía que la anticipación no es el camino hacia el placer sino parte del placer en sí mismo.

Cuando me tocó entre las piernas, ya estaba mojada. Lo comprobó con los dedos sin apresurarse, separándome con una precisión casi cruel, como si quisiera hacerme consciente de cada gota de excitación que me corría por la piel. No hubo pudor ni suavidad en su gesto; solo exactitud. Un dedo se deslizó por mi vulva, abrió la humedad, encontró el clítoris y presionó justo donde más temblaba.

—Así me gusta —dijo, con una voz baja y seca que me hizo arquear la espalda—. Empapada y obediente.

Me mordí el labio. Sentí su respiración detrás de mí antes de sentirla tocarme otra vez, esta vez con dos dedos, hundiéndolos despacio en mi coño mientras el pulgar seguía frotando ese punto sensible con movimientos cortos, firmes, del tipo que no dejan escapar ni una sola chispa de placer sin exprimirla primero.

—Mírame —ordenó, y aunque yo estaba de espaldas supe que estaba hablando de mi cara, de mi expresión, de cómo me estaba desarmando sin tocarme todavía del todo.

Obedecí como si no hubiera otra opción.

—Bien —dijo de nuevo, y esa aprobación mínima me hizo temblar más que cualquier cumplido.

Sentí su cuerpo pegarse al mío por detrás. La verga, dura y caliente, contra mis nalgas. Me quedé absolutamente quieta. Ella dejó una mano en mi cadera para sostenerme y con la otra me abrió más, obligándome a ofrecerle todo el centro húmedo y palpitante de mi cuerpo.

—¿Querías saber? —preguntó en voz baja, con la boca cerca de mi oreja.

—Sí —respondí.

—¿Y ahora?

—Ahora quiero más.

Entonces me llevó hasta el borde de la camilla y me inclinó todavía más, hasta que el torso me quedó apoyado y las rodillas apenas me sostenían. No hubo ceremonia. Separó mis nalgas con una mano y me frotó el ano con la punta de la verga, despacio, apenas rozando, haciendo que me estremeciera completa. Después volvió al coño, entró primero con un dedo, luego con dos, abriéndome, preparándome, ensuciándome de una humedad espesa que me corría por los muslos.

—Respira —me dijo.

Respiré.

—Eso es. No te cierres.

Sentí el cabezal presionando por fin la entrada y todo mi cuerpo se tensó en un reflejo instintivo. Ella no se apresuró. Me sujetó la cintura con firmeza, esperó a que dejara de temblar, y luego empujó de a poco, entrando centímetro a centímetro hasta llenarme por completo. La sensación fue brutal, profunda, casi insoportable al principio, y después deliciosa de una forma obscena, como si me estuvieran abriendo desde adentro con una paciencia cruel.

—Joder —solté, ahogando el sonido contra el brazo.

—Eso —murmuró ella—. Quiero oírte así.

Empezó a moverse con un ritmo pesado, controlado, metiendo y sacando la polla con golpes secos que hacían crujir la camilla bajo mi peso. Cada embestida me arrancaba un gemido distinto, más alto que el anterior. El sonido de sus caderas contra mis nalgas, el roce húmedo, el chasquido de piel contra piel, todo se mezclaba con su respiración medida y con la mía, cada vez más rota.

Me aferré al borde de la camilla con los dos puños. La sensación inicial fue intensa, casi al límite, pero se diluyó rápido en algo más complicado y más completo. Se movió con ritmo, sin apresurarse, sin dejar de hablarme al oído. No con ternura, sino con esa voz de quien está acostumbrado a que le obedezcan y no tiene ninguna duda al respecto.

—Aguanta —dijo—. Todavía no te vas a correr.

Yo ya estaba temblando. Tenía las piernas abiertas a la fuerza, la vulva hinchada, la respiración hecha pedazos. Ella me agarró por el pelo y me obligó a levantar la cabeza. Después me hizo volver a mirarla por el reflejo del espejo junto al lavabo, para que viera su cara concentrada, el sudor empezando a marcarle la sien, la boca entreabierta por el esfuerzo de empujar cada vez más hondo.

—Mírate —ordenó—. Mira cómo te la estoy dando.

El golpe de vergüenza y deseo me atravesó como una descarga. Me vi así, abierta, usada, gimiendo sin control, y eso no me frenó; me volvió todavía más caliente. Sentí que el orgasmo me subía por la columna en oleadas cortas, peligrosas, pero ella me lo cortó con una mano firme sobre el vientre.

—No —dijo—. Todavía no.

La obedecí con un quejido que me salió más roto de lo que habría querido. Ella cambió el ángulo de entrada, me hizo arquear más la espalda y empezó a follarme más duro, metiéndola hasta el fondo, sacándola casi por completo y volviendo a hundirse con una cadencia brutal. Cada movimiento me hacía chorrear más. Sentía la verga rozándome por dentro de una manera tan precisa que me dejaba sin aire.

—¿Te gusta que te mande? —preguntó.

—Sí.

—Más fuerte.

—Sí, joder, sí.

La doctora Montoya sonrió apenas, una curva mínima en una cara que seguía siendo severa incluso así. Apretó mis caderas hasta dejarme marcada y, con la otra mano, volvió a tocarme el clítoris. Dos dedos. Presión exacta. Movimiento rápido. Me estaba desarmando por todos lados a la vez, llenándome, frotándome, empujándome hacia un límite que ya no era mío sino de ella.

Estuve a punto de venirme dos veces antes de que me lo permitiera. Las dos veces me frenó con una presión en la cadera y una orden de una sola sílaba. Aprendí rápido que el límite lo ponía ella y que ese límite no era el obstáculo del placer sino una parte esencial de él.

Cuando finalmente me dejó llegar, fue con su mano rodeándome el cuello desde atrás. No apretaba. Solo estaba ahí, cálida y firme, recordándome quién llevaba las riendas de todo aquello.

Me sacudí entera y me mordí el labio para no gritar. El orgasmo me dejó temblando, con las piernas flojas y el coño contrayéndose alrededor de su polla mientras seguía bombeando un par de veces más para alargarme el espasmo, exprimiéndome hasta que casi no quedaba nada más que dar. Sentí el cuerpo vacío y lleno al mismo tiempo, agotado, palpitante, mojado de sudor y de mi propia corrida.

Ella salió despacio, me sostuvo cuando mis rodillas amenazaron con doblarse y me dejó apoyarme en la camilla hasta que recuperé un poco el aire. Luego se apartó un paso, se abrochó la bata con la misma calma con la que se había desnudado apenas un instante antes de mí y fue al lavabo.

Me arreglé la ropa en silencio mientras ella se lavaba las manos en el lavabo pequeño del rincón. Cuando se giró, volvía a ser la médica. La transformación era casi perfecta: la bata bien cerrada, la expresión neutra, el tono profesional de quien acaba de terminar una consulta y tiene la siguiente en diez minutos.

—El cuello va a mejorar con calor seco y una serie de ejercicios específicos —dijo—. Le anoto la rutina antes de que se vaya.

—¿Y la deuda? —pregunté.

Me sostuvo la mirada un instante.

—Saldada.

Salí a la calle con el cuello todavía algo tenso pero la cabeza completamente despejada. Esa claridad extraña que a veces viene después de algo que no debería haber pasado y que, sin embargo, uno no lamenta en absoluto. Caminé hasta el metro con el sol de última hora dándome en la cara, y durante todo ese trayecto no pensé en nada más que en sus manos.

***

Diego estaba en el sofá cuando llegué, con el portátil en las rodillas y esa cara de preocupación genuina que me ponía tierna y a veces impaciente a partes iguales.

—¿Qué tal fue? ¿Qué te dijeron?

Me senté a su lado. Él cerró el portátil y me puso la mano en la rodilla.

—La doctora era especial —dije.

—¿Especial cómo?

—Muy segura de sí misma. De esas personas que cuando entran en una habitación, cambia el aire. —Hice una pausa—. Me exploró el cuello con unas manos muy firmes. Muy precisas. De las que saben exactamente lo que están haciendo y no le preguntan permiso a nadie.

Diego asintió, prestando atención ahora de una manera diferente.

—Y cuando le dije que tenía problemas con el precio, no me echó. Me dijo que podíamos arreglarlo de otra forma.

—¿Qué forma?

—Me hizo dar la vuelta —dije, bajando un poco la voz—. Me dijo que apoyara los codos en la camilla. Y luego me indicó exactamente cómo colocarme, qué tenía que hacer, cuándo tenía que respirar y cuándo no. Me dijo que dejara de controlar.

Lo fui llevando hasta ahí, construyendo la imagen con detalles concretos y sin nombrar lo más importante. Diego tenía la mandíbula apretada. Lo noté en cómo sus dedos se habían quedado completamente quietos sobre mi rodilla.

—¿Y tú? —preguntó con la voz un poco ronca.

—Yo hice exactamente lo que me dijeron. —Dejé que el silencio respirara un momento—. Y funcionó de maravilla. El cuello ya me duele mucho menos.

Me aparté y lo miré de frente. Tenía los ojos oscuros y una expresión que mezclaba el deseo con algo que no sabría clasificar exactamente. Algo entre la culpa y el morbo, que a veces se parecen más de lo que uno quiere admitir.

—Era una doctora muy particular —añadí—. De esas que no se olvidan fácilmente.

No le dije más. No hacía falta. Él tenía suficiente imaginación para rellenar los huecos, y lo que estaba imaginando ya se le notaba en la forma en que me miraba. Le dejé con la historia a medias y la mente trabajando, y me levanté a hacerme un té como si acabara de volver de una consulta absolutamente ordinaria.

Desde la cocina lo escuché llamarme por mi nombre.

Sonreí de cara a la ventana, sin que me viera.

No había nada que arreglar. La deuda estaba saldada, el cuello mejorando, y Diego en el sofá sin saber que su fantasía y mi realidad acababan de coincidir perfectamente en el mismo punto.

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Comentarios(10)

Pablitero92

Tremendo!!! me dejo con ganas de mas

Lucas_cba

Por favor que haya segunda parte, termino muy bien pero dejo todo en suspenso

FantasiasMx

increible, de los mejores que lei por aca en mucho tiempo. me engancho desde la primera linea

Caro_Mdq

Me recordo a una situacion parecida que viví hace tiempo jaja aunque no tan intensa. Muy bien contado, de verdad!

DiegoBA_85

esto esta basado en algo real? se siente muy autentico, muy creible todo el ambiente

PatoRosario

la tension desde el principio es bestial. cuando cierra la puerta con llave ya te das cuenta que no es una consulta normal jajaja

RobertoK

Buenisimo!!! tenes un estilo muy fluido, se lee de corrido sin parar

viajera_99

muy buen relato. espero que sigas escribiendo asi de seguido

NocheLibre88

el arranque me engancho de inmediato, tremendo

MarisolBA

Esperando ansioso el proximo relato. Saludos desde el sur!

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