La vecina del cuarto me llamó desde el balcón
El edificio de la calle Lavalle tenía cinco pisos, paredes de medio metro y el sistema de ventilación de un horno de barro. Construido en los años cuarenta, con esa solidez torpe de la arquitectura que sobrevive sin merecer sobrevivir. Las escaleras de mármol traían el ruido de todos los pisos hasta todos los demás: la telenovela de la señora del primero, el llanto de un bebé en el segundo, la música de Valentina en el cuarto.
Siempre la música de Valentina en el cuarto.
Yo vivía en el tercero desde hacía dos años. Nos cruzábamos en el hall, en el ascensor de reja oxidada que tardaba tres minutos en subir cuatro pisos, a veces en el almacén de la esquina. Ella siempre con algo que brillaba: un arito largo, una camiseta ajustada, esa forma de mirarte de costado como si evaluara qué tan rápido ibas a mirarle el cuerpo. Y yo siempre miraba.
Era trans. Lo sabía el edificio entero. Lo sabía ella mejor que nadie, y lo usaba con una precisión que a mí me dejaba con la boca seca.
Ese febrero la ciudad se volvió inhabitable. El termómetro marcó cuarenta y tres grados tres días seguidos y la gente salía a la calle con la cara de quien está perdiendo una discusión larga. En el edificio la situación era peor: las paredes gruesas que en invierno conservaban el calor, en verano lo atrapaban. Los ventiladores movían aire tibio de un lado al otro. Las ventanas abiertas traían olor a asfalto derretido.
Eran las tres de la tarde del jueves. Yo estaba tirado en el sofá con un vaso de agua templada, incapaz de hacer nada, cuando el reggaetón del cuarto piso perforó el techo con una claridad que parecía intencional. Cinco minutos. Diez. La canción se repitió. Bajé la mandíbula, cerré los ojos, la dejé pasar. La canción se repitió otra vez.
Me levanté.
Salí al rellano y grité desde abajo:
—¡Valentina! ¡Bajá esa música o subo yo!
Silencio. Después su voz, desde el balcón, con ese tono que tenía para decir cosas sin esfuerzo:
—Subí vos si tenés ganas, Marcos. El ascensor está roto otra vez.
Debería haber vuelto al sofá. En cambio subí los cuatro tramos de escalera.
***
La puerta estaba entornada. Empujé sin llamar.
El departamento olía a piel caliente y a algo dulce que no identifiqué de inmediato. El ventilador de techo giraba en el máximo sin hacer nada útil. La música seguía sonando, más baja ahora, casi como excusa.
Valentina estaba apoyada en el marco del balcón, de espaldas a mí. Llevaba una camisola de encaje beige que se le pegaba a la espalda por el sudor, tan translúcida que era casi un trámite. Abajo, una bombacha de hilo roja que desaparecía entre las nalgas. Los pies descalzos en el piso de cerámica.
Se giró despacio cuando me oyó entrar.
—Cuatro pisos a pie —dijo—. Impresionante.
—La música —respondí.
—Ya la bajé.
Tenía razón. La música era un murmullo. Me había subido la presión arterial cuatro pisos para nada, y ella lo sabía y yo lo sabía y los dos sabíamos que no era por la música.
El sudor le brillaba en la clavícula, en el cuello, en el borde inferior de la camisola donde la tela no alcanzaba a cubrir del todo la curva de los glúteos. Me miró con esa calma de quien ha tenido esta conversación antes, en otras versiones, con otras personas.
—¿Querés agua? —preguntó.
—No.
Cruzó el departamento descalza y se paró delante de mí. El calor entre los dos cuerpos era un tercer elemento presente. Puse una mano en su cadera. Ella no se movió. Sí bajó los ojos un momento, después los volvió a subir.
—Hacé lo que viniste a hacer, Marcos —dijo en voz baja—. Que hace calor y tengo poca paciencia.
***
La empujé contra la pared con suavidad, lo suficiente para que entendiera que no iba a ser una conversación. Ella dobló el cuello hacia atrás y dejó que le pasara la boca por la garganta. Sabía a sal. El sudor era parte de todo, mezclado con algo más dulce que seguía sin poder nombrar.
Le corrí la camisola por los hombros. Cayó al suelo sin ruido.
Tenía el cuerpo que yo me había imaginado en ese ascensor lento durante dos años: la cintura estrecha, los pechos pequeños y firmes, las caderas anchas, la piel morena brillando de calor. Su pene, pequeño y depilado, descansaba semi-erecto contra el muslo, y ella no hizo ningún gesto para cubrirlo ni para señalarlo. Era parte de ella, ahí, evidente, sin disculpa.
Bajé las manos por su espalda y le aparté la bombacha. Ella apoyó las palmas en la pared.
—Con calma —murmuró—. Que estoy caliente pero no de apuro.
Tomé tiempo. Le pasé los pulgares por los glúteos, separándolos despacio. El calor era húmedo allí, concentrado, y ella respiró más rápido cuando le toqué el centro. Me incliné y le puse la boca. Valentina soltó un sonido largo y bajo que fue la primera cosa real de la tarde, la primera que no tenía nada de teatro.
—Ahí —dijo—. Así.
Estuve un rato largo. Ella se apoyó más en la pared, bajó un poco las caderas, abrió los pies. Cada vez que la lengua llegaba al centro contraía los glúteos con fuerza y luego los soltaba, respirando por la boca. El sudor mezclado en la piel tenía un gusto específico, caliente, vivo.
Cuando me levanté estaba tan duro que me dolía el pantalón.
—Hay lubricante en la mesa —dijo ella sin girarse—. El bote azul.
Lo encontré. Me bajé el pantalón y el bóxer de un movimiento. Le pasé el bote y ella lo abrió, volcó una cantidad generosa en los dedos y empezó a prepararse sola, con esa familiaridad práctica de quien conoce su propio cuerpo sin misterios. Dos dedos, después tres, girando despacio, los ojos cerrados.
—Ya —dijo cuando consideró que estaba lista.
Me puse detrás. Apliqué más lubricante. Puse la cabeza en el centro y empujé con cuidado.
***
La entrada fue lenta. Valentina apretó las palmas contra la pared y bajó la cabeza entre los brazos mientras yo avanzaba centímetro a centímetro. Era estrecha a pesar de la preparación, caliente de una manera específica que no se parece a nada más, y el calor de la tarde lo hacía todo más intenso, más pegajoso, más real.
—Despacio —exhaló—. Un poco más.
Paré. Esperé. Ella respiró tres veces y luego empujó las caderas hacia atrás, tomando el control del ritmo, diciéndome con el cuerpo cuánto quería y a qué velocidad. Entré hasta el fondo y los dos nos quedamos quietos un momento, procesando.
—Bien —dijo en voz baja.
Empecé a moverme. Primero lento, saliendo casi del todo y volviendo despacio, sintiendo cómo ella se abría con cada entrada. El calor entre los dos era insoportable en el mejor sentido posible: el sudor de mi pecho caía sobre su espalda y se mezclaba con el suyo, resbalando por la columna vertebral hasta donde los dos cuerpos se unían.
El sonido de la piel contra la piel empezó a llenar el departamento. El ventilador giraba inútil encima de nosotros.
—Más fuerte —dijo Valentina.
Aceleré. Le agarré las caderas con las dos manos y empujé con más fuerza, y ella respondió arqueando la espalda y bajando más las caderas para recibirme mejor. Los gemidos se le escapaban en fragmentos cortos, rotos, cada vez que llegaba al fondo.
—Sí… así… no pares…
Me incliné sobre su espalda y le pasé una mano por el vientre hasta llegar a su pene. Estaba completamente duro ahora, pequeño y urgente. Lo envolví con la palma y empecé a moverla al mismo ritmo que las embestidas.
Valentina emitió un sonido que no era exactamente un gemido, más parecido a una queja, y apretó el cuerpo alrededor de mí con una fuerza que me cortó el aliento.
—Eso —dijo entre dientes—. No lo sueltes.
No lo solté. Seguí moviéndome con la misma cadencia, enterrándome profundo, la mano ajustada alrededor de ella, sintiendo cómo el cuerpo de Valentina procesaba las dos sensaciones al mismo tiempo y las transformaba en algo que le aflojaba las rodillas.
—Me voy a correr —murmuró—. Marcos, me voy a correr así.
—Entonces córrete.
Los músculos de sus caderas se tensaron primero. Después el resto del cuerpo, en una contracción larga que la recorrió de las piernas hasta los hombros. El orgasmo llegó doble: el interior, profundo, que le hizo cerrar el puño contra la pared con fuerza, y el exterior, en mi mano, en pulsos cortos y calientes que salpicaron los azulejos blancos de la pared.
—Nghhh… sí… —fue lo único que articuló, la voz completamente rota.
El apretón alrededor de mí fue tan fuerte que tardé tres embestidas más antes de venirme también, vaciándome adentro con un rugido bajo que no traté de contener. Nos quedamos pegados, jadeando, sudados de una manera que ya no tenía nada de glamorosa: todo piel, todo calor, todo cansancio satisfecho.
***
El ventilador de techo siguió girando. Desde la calle subía el ruido de un colectivo frenando y alguien insultando al conductor.
Valentina se separó despacio, fue al baño y volvió con una toalla húmeda. Me la tiró sin decir nada. Yo la agarré. Nos limpiamos en silencio, ese silencio que no es incómodo sino simplemente honesto.
Ella se puso la camisola otra vez, abrió la heladera y sacó dos botellas de agua. Me dio una. La bebí de un trago.
—La música la bajo cuando quiero —dijo, apoyada en la mesada—. Que quede claro.
—Entendido.
—Pero si subís de nuevo la próxima vez, que sea antes de las tres. Después de esa hora el departamento es un infierno.
La miré. Tenía el pelo pegado a la frente, los labios todavía húmedos, esa expresión de quien acaba de hacer exactamente lo que tenía planeado desde el principio.
—¿A las dos te viene bien? —pregunté.
Ella se encogió de hombros con una media sonrisa.
—Trae agua fría.
Bajé los cuatro tramos de escalera con las piernas un poco flojas y el ruido de la ciudad entrando por las ventanas abiertas del rellano. El edificio entero era un horno. El verano no había terminado ni por asomo.
Tenía exactamente lo que necesitaba para sobrevivirlo.