La noche que la travesti del bar cerró con él adentro
El bar «La Luna Llena» era el único rincón del pueblo donde la noche no terminaba del todo. Don Ramiro, el dueño, levantaba las persianas a las siete de la mañana y dejaba las luces encendidas hasta que el último cliente se iba o hasta que él mismo bajaba la cortina con un portazo. Cerca de las cuatro de la madrugada, un puñado de parroquianos todavía resistía en la barra, aferrados a los vasos como si afuera estuviera cayendo granizo.
Brisa se movía detrás del mostrador con esa economía de gestos que dan las muchas noches. La remera blanca de tirantes se le pegaba al cuerpo cada vez que levantaba los brazos para bajar una botella de la estantería alta, marcando los pechos pequeños y firmes bajo la tela gastada. El short de jean cortísimo le dibujaba la curva del trasero, y tenía el pelo recogido con una hebilla barata que a esa altura de la noche se le iba soltando sola. Los ojos, un poco cansados. Nada de quejas. Era su turno. Era su ritmo.
—Brisita, tirame otra cerveza y contame de qué planeta te mandaron, porque en este pueblo no hay nadie con ese cuerpo —gritó Héctor desde la mesa del fondo, el gordo de todas las madrugadas, con esa voz ronca y la carcajada escandalosa de siempre.
Ella levantó una ceja sin dejar de secar el vaso que tenía entre las manos.
—Héctor, si dejaras de mirarme y pagaras las cervezas que debés del mes pasado, a lo mejor te tendría un poco de paciencia. Así como venís, no te doy ni la hora.
Explotaron las risas en la mesa. Aníbal, el viejo casado desde hacía treinta y cinco años, se sumó entre carcajadas.
—Dejalo, Brisita, este pobre diablo habla porque no puede hacer nada más. Decime en serio, nena… ¿vos sos de las que les gusta que te hablen lindo o que te agarren sin pedir permiso?
Ella se rio sin mirarlo, pasando el trapo por la barra.
—Me gusta que me paguen la cuenta y que me dejen trabajar, Aníbal. Después, según el día, hay lugar para las dos cosas.
Los hombres soltaron otra andanada de carcajadas. Brisa sonrió apenas, con la satisfacción de quien sabe que los maneja desde un lugar al que ellos nunca van a llegar.
En el rincón más oscuro del mostrador, pegado a la esquina, Tobías bebía un vaso de agua con hielo. No gritaba. No hacía chistes. Tenía los brazos pesados y tatuados apoyados sobre la madera, y una remera negra que le marcaba los hombros. Cada tanto, cuando Brisa pasaba cerca, levantaba los ojos y la miraba un segundo más de lo que correspondía. Nada más. No decía una palabra.
Ella lo había empezado a notar hacía cosa de un mes. Al principio pensó que era otro más de esos que miran sin animarse. Pero Tobías no tenía el gesto del tipo que se prepara una frase mientras observa. Miraba como el que está aprendiendo algo y no quiere interrumpir.
***
A las cuatro y media, el bar se empezó a vaciar. Primero se fue Héctor, puteando porque al otro día tenía que cargar bolsas en el depósito de granos. Después Aníbal, tambaleándose contra el hombro de su amigo, todavía riéndose de sus propias pavadas. Algunos más siguieron en fila, dejando monedas y billetes arrugados sobre las mesas. El viejo ventilador del techo seguía girando lento, removiendo el aire caliente y el olor a cerveza rancia.
—Última ronda, muchachos —anunció Brisa, apagando una de las luces amarillas del fondo—. Don Ramiro me descuenta el día si cierro tarde otra vez.
Tobías levantó su vaso vacío.
—Te ayudo a cerrar. No me cuesta nada.
Ella lo miró dos segundos más de los necesarios. Había algo en la voz baja y sin urgencia de él que siempre la agarraba desprevenida.
—Dale. Pero no esperes propina, ¿eh?
Él sonrió apenas y empezó a juntar los vasos de las mesas. Brisa abrió la canilla y se puso a lavar, escuchándolo moverse detrás. Era un hombre grande, pero lo hacía sin ruido, sin exageración. Acomodó las sillas, pasó el trapo por las mesas, apiló los ceniceros. No hablaba. Ella tampoco. El único sonido era el del agua, el choque de los vasos contra la pileta de acero, y el zumbido del cartel de neón afuera.
Cuando terminó, Tobías se apoyó en el extremo de la barra. Brisa se secó las manos con un repasador y se dio vuelta para mirarlo de frente.
—Sos la única en este pueblo que les contesta sin ponerse colorada —dijo él, con la misma voz baja de siempre.
Ella se apoyó contra la heladera, cruzando los brazos.
—¿Y qué querés que haga? Si me quedo callada, piensan que soy tímida. Si les sigo el juego, piensan que estoy lista para irme con cualquiera. Entonces prefiero putearlos con gracia. Así nadie se confunde.
—A mí me gusta cómo los manejás —contestó Tobías—. Te veo reírte en serio cuando les respondés. No como cuando te hacés la fuerte con don Ramiro.
Brisa sintió un calor distinto subirle por el cuello. No era vergüenza exactamente. Era otra cosa, más vieja, más profunda. Dio un paso hacia él. Después otro. El mostrador ya no los separaba.
—Y vos… ¿por qué venís todas las noches y casi no abrís la boca?
—Porque me gusta mirarte —respondió él, sin bajar la vista—. Y porque sabía que si te hablaba antes, ibas a pensar que era uno más. Preferí esperar.
—¿Esperar qué?
—A que vos quisieras.
Ella se quedó callada un momento. Afuera, un perro ladró dos veces y después nada. El neón seguía zumbando. Tobías no se movió. Esperaba.
Brisa dio el último paso y le pasó una mano por el pecho, por encima de la remera, sintiendo la dureza debajo.
—¿Y esta noche? —murmuró—. ¿Vas a seguir mirando o vas a hacer algo por una vez?
Él no contestó con palabras. La agarró de la cintura con una mano grande y firme, la apretó contra su cuerpo y la besó. Fue un beso sin paciencia, con dientes que chocaban y lenguas que no se acomodaban bien al principio. Brisa gimió bajito contra su boca y se dejó empujar contra la barra.
—Llevame atrás —dijo ella, sin aire—. Al depósito.
***
El cuartito del fondo era estrecho, olía a cartón húmedo y a detergente, iluminado por un tubo fluorescente que parpadeaba cada tanto. Había cajas de cerveza apiladas contra una pared y una estantería de metal con productos de limpieza. La pared del fondo era de ladrillo a la vista, fría y áspera al tacto.
Apenas cerraron la puerta, Brisa se dio vuelta y apoyó las manos contra los ladrillos. Se bajó el short y la tanga negra de un solo tirón, dejándolos caer hasta los tobillos. Abrió las piernas lo que pudo dentro de esa jaula de tela y miró por encima del hombro.
—Haceme lo que quieras —dijo, con la voz cambiada—. Pero arrancá despacio.
Tobías se arrodilló detrás, en el piso de cemento. No dijo nada. Le pasó las manos por los muslos, después por las nalgas, apretándolas sin violencia pero con firmeza, como quien está aprendiendo una forma. Escupió sobre los dedos y empezó a masajear el anillo tenso con movimientos circulares, sin apuro.
—Así… —jadeó ella, empujando las caderas hacia atrás.
Metió el primer dedo despacio, sintiendo cómo el cuerpo de Brisa se cerraba y se abría en torno a él, cediendo después de la primera resistencia. Ella soltó un suspiro largo contra la pared.
—Seguí…
Tobías agregó más saliva y metió el segundo dedo, girando los dos con paciencia, aprendiendo el ritmo de esa respiración que ya no era la misma del mostrador. Brisa ya no hablaba con gracia. Ahora hablaba con la voz ronca de quien está cediendo.
—Estás apretada —murmuró él, con la boca cerca de su espalda—. Pero te gusta, ¿no?
—Mucho… meté más… abrime bien para tu pija…
Él estiró el brazo hasta la estantería y bajó un frasquito de aceite de cocina que don Ramiro tenía siempre ahí para aflojar las bisagras del depósito. Se echó un chorro generoso sobre los dedos y otro sobre la pija, que ya se había sacado del pantalón y estaba dura y pesada, gruesa, la cabeza brillando húmeda. Tres dedos ahora. Entraban y salían con un ruido mojado y sucio, schlick, schlick, estirando el anillo que de a poco se rendía.
—No pares… —gimió Brisa, con las piernas temblando apenas.
Tobías se puso de pie detrás de ella. La agarró de las caderas con las dos manos y apoyó la cabeza de la pija contra ese centro resbaloso y tenso. Empujó. Despacio.
Brisa soltó un gemido largo, profundo, sin vergüenza, cuando sintió que la abría de verdad. El tronco entraba centímetro a centímetro, forzando sin lastimar, y ella apoyó la frente contra los ladrillos fríos.
—Ahhh… está entrando… llename toda, Tobías…
Las caderas de él chocaron contra sus nalgas. Estaba adentro hasta el fondo. La pija le palpitaba dentro, viva.
Tobías arrancó a moverse. Lento, profundo. Casi salía hasta la punta y volvía a entrar hasta el final. Cada embestida producía un ruido húmedo y obsceno en ese cuartito que olía a cartón y a sudor. Plap, plap, plap. Ella se mordió el dorso de la mano para no gritar demasiado fuerte.
—Cogeme —susurró—. Usame esta noche, no me cuides…
Él le agarró el pelo sin tirar, solo sosteniéndolo, y aceleró. Las embestidas se volvieron más profundas, más regulares, sin pausa. Brisa sintió el primer temblor subirle por las piernas, la descarga conocida y no conocida al mismo tiempo, porque cada vez era otra vez.
—Así —jadeó Tobías contra su oreja—. ¿Te gusta así de fuerte?
—Más… más duro… rompeme, dale…
El tubo fluorescente parpadeó dos veces y se quedó prendido. Afuera, a lo lejos, pasó un camión por la ruta. Dentro del cuartito no había más mundo que esa pared, esa pija y esa respiración entrecortada.
Tobías le deslizó una mano por debajo. Le agarró la pija depilada, mojada por su propio gotear, y la acarició al ritmo de las embestidas, sin apuro, sin torpeza.
—Estás chorreando —dijo, con la voz baja—. Mirá cómo estás.
Ella ya no podía contestar. Tenía la boca abierta contra la pared, los ojos cerrados, las piernas temblando. Sentía la descarga subir por la columna, las dos al mismo tiempo: la de adentro y la de afuera.
—Me voy a correr —sollozó—. No pares…
—Correte —ordenó él, sin aflojar el ritmo—. Quiero sentirlo.
El orgasmo la atravesó como una corriente. Todo el cuerpo se le contrajo alrededor de Tobías, apretándolo, cerrándose sobre él. Al mismo tiempo, su pija empezó a soltar chorros finos y calientes contra la pared de ladrillo y el piso de cemento. Las piernas le fallaron y solo la mano de él en la cintura la mantuvo parada. Por unos segundos no supo dónde estaba.
Tobías gruñó bajo, contra su nuca, y se corrió adentro. Ella lo sintió todo, cada chorro espeso, una vez, dos, tres. El cuerpo de él se puso tenso y después se aflojó, y cuando por fin respiró normal, la abrazó desde atrás, sin salir de ella todavía.
Se quedaron así un rato largo, pegados, jadeando. Brisa podía oír el corazón de él contra su espalda.
—Quedate un poco más —dijo, sin moverse.
—No pensaba irme —contestó Tobías, besándola en el hombro.
Afuera, el primer colectivo de la mañana pasó por la ruta. El neón del cartel seguía zumbando. En algún momento tendría que abrir la puerta, volver a la barra, contar las propinas, apagar las últimas luces. Todavía no.
Por primera vez en mucho tiempo, Brisa no sintió el cuerpo como algo que tenía que explicar, defender ni esconder. Era suyo. Estaba donde quería estar. Eso era todo.