La fantasía que me dejó temblando en aquella fiesta
Voy a escribir esto porque si no lo hago, me quedo dando vueltas con ello en la cabeza durante semanas.
Pasó hace cuatro días. Una fiesta de disfraces en un piso del centro, organizada por alguien a quien conozco vagamente de un grupo de trabajo. No era la clase de fiesta donde todos se conocen y hacen juegos de mesa. Era la clase de fiesta donde la música está lo suficientemente alta para que nadie tenga que dar explicaciones y el alcohol llega lo suficientemente rápido para que todo parezca posible.
Tardé casi dos horas en prepararme. La peluca larga y oscura, lisa, que me llegaba casi hasta la cintura. Los zapatos de aguja —rojos, de punta fina, con el tacón tan alto que los primeros diez minutos caminé como si estuviera aprendiendo a usar piernas nuevas. Las bubis de silicona pegadas con cinta especial, perfectamente colocadas dentro de un vestido negro ajustado que no dejaba espacio para la ambigüedad. El culote moldeador que le daba a mi silueta una curva en la cadera que yo no tengo. La tanga de encaje rojo. El maquillaje que tardé cuarenta minutos en aplicar bien.
Cuando me vi en el espejo, casi no me reconocí.
Y eso era exactamente la idea.
Me tomé un momento mirándome. La persona del espejo era una mujer con cuerpo de mujer, con paso de mujer, con la mirada de alguien que sabe lo que tiene y no tiene intención de disculparse por ello. Era una versión de mí que solo existe en ocasiones como esa. También era la versión más honesta que conozco.
Llegué a la fiesta pasadas las once. En el ascensor me crucé con un hombre disfrazado de vampiro que me recorrió de arriba abajo con los ojos y luego miró al frente, como si fuera a poder deshacer lo que ya había visto.
El piso era grande, lleno de gente, con la música al máximo y las luces bajas. Había una barra improvisada en la cocina y varias mesas con bebidas dispersas por el salón. Me serví ron con cola y empecé a circular.
Sentí las miradas. No todas eran del mismo tipo. Algunas eran de sorpresa. Otras de confusión. Pero algunas —las que me importaban— eran de otra cosa completamente diferente. De esa forma en que un hombre mira cuando ya está tomando una decisión.
Me mezclé con la gente. Hablé con algunos, reí con otros. El ambiente era de esos en que el tiempo avanza de una forma distinta: rápido y despacio al mismo tiempo. La música hacía vibrar levemente el suelo. Los disfraces hacían que todo el mundo pareciera más libre, más permitido.
Pasada la medianoche, lo noté.
Estaba apoyado contra una pared cerca de la barra, con una copa en la mano que no estaba bebiendo. De estatura media, barba de varios días sin afeitar, camiseta oscura ceñida al pecho. No era el tipo que entra a una habitación y la llena. Era el tipo que espera, observa, y cuando actúa ya sabe exactamente lo que va a pasar.
Me miraba sin disimulo.
Miré hacia otro lado. Fingí estar muy interesada en la conversación que tenía a mi lado. Cuando volví a mirarlo, seguía ahí, y esta vez hizo un movimiento sutil con la cabeza: hacia el pasillo del fondo.
No voy a hacer eso, pensé.
Pasaron unos minutos. Lo volví a mirar casi sin querer. Esta vez no fue un movimiento sutil. Fue una mirada directa, sin preguntas, que me decía exactamente lo que quería y exactamente dónde.
El pasillo. El baño del fondo. La puerta entreabierta con la luz encendida.
Esperé dos minutos más. Me acabé el vaso. Me excusé de la conversación y caminé hacia el pasillo.
La puerta se cerró detrás de mí con un clic.
No hubo conversación. No hubo presentaciones. Una mano sobre mi hombro, firme, empujando hacia abajo. Ni siquiera fue una pregunta. Era un hecho consumado que yo ya había aceptado antes de entrar al baño.
Me puse de rodillas.
Se abrió la bragueta y lo que tenía era grueso, caliente, ya completamente duro. Me lo llevé a la boca y él soltó un sonido profundo desde la garganta que fue directo al centro de mi cuerpo.
No me movió del cuello. No me jaló el pelo. Solo dejó que yo hiciera el trabajo, con una mano apoyada en la pared y los ojos entrecerrados. Tardó poco. Cuando terminó, se limpió con papel, se recompuso la ropa y salió sin mirarme.
Me quedé un momento frente al espejo del baño.
El rímel levemente corrido. La peluca un poco descolocada. Y algo en la cara que no era vergüenza.
Era otra cosa.
***
Volví al salón con una sensación que no tenía nombre claro pero que ocupaba mucho espacio.
Lo encontré sin buscarlo: alto, de piel morena, con los hombros anchos y ese tipo de confianza física que no necesita exhibirse. Estaba parado cerca del centro del salón, mirando la pista de baile. Cuando lo miré, él ya me estaba mirando a mí.
Me acerqué. No había plan, no había estrategia. Solo el impulso de moverme hacia él.
Empezamos a bailar en ese espacio casi sin acuerdo previo. Su mano bajó a mi cadera de forma natural, como si lleváramos meses haciéndolo. Yo sentía el calor de su cuerpo contra mi espalda, y algo más que crecía con cada compás de la música.
—La tienes bien grande —le dije al oído, con la boca cerca de su cuello.
Sentí cómo se tensó un momento y luego se rió, muy bajo.
—¿La quieres? —me preguntó.
—Salgamos a fumar —le propuse.
Cuando nos movíamos hacia la salida, un amigo suyo apareció de la nada. Era alto también, bien parecido a pesar del estado en que estaba, con los ojos ya a media asta del alcohol. Se sumó sin preguntar.
Salimos a un jardín interior del edificio. Había una banca de piedra y unas plantas altas que formaban un rincón oscuro en una esquina. El amigo se sentó en la banca, sacó un cigarrillo y se lo llevó a los labios. Para cuando lo había encendido a la mitad, ya tenía los ojos cerrados.
Nos miramos un segundo.
Nos metimos entre las plantas.
Me empujó contra la pared con una sola mano plana sobre mi pecho. Sus labios bajaron a mi cuello, a mi clavícula, a la parte superior del vestido. Mis manos encontraron los botones de su camisa.
—Bonitas —murmuró, con las manos sobre mis pechos, apretándolos.
Los tomó con fuerza, los exprimió, los mordió a través de la tela. Lo que hace el deseo es curioso: no importaba que fueran de silicona. Importaba la forma en que me miraba mientras lo hacía. Como si fuera completamente suya.
Le envolví la verga con la mano. Gruesa, tensa, palpitando.
—Baja —me dijo.
Bajé.
La llevé a la boca y él empezó a moverse. Despacio primero, luego con más profundidad y más ritmo. Con una mano me sostenía la cabeza. Con la otra me dio una palmada en la mejilla, suave, luego otra. Me rozó los labios con la punta y me la volvió a meter entera.
Me jaló el pelo desde la raíz.
Me llamó puta.
Me escupió la cara.
Debería querer que pare, pensé. No quiero que pare.
Me levantó de un tirón, me dio la vuelta y me empujó de cara a la pared. Me levantó el vestido con una sola mano, me bajó la tanga de un tirón y me escupió entre las nalgas.
—Esto es lo que querías —gruñó, con la voz cambiada.
Entró de un golpe.
El dolor llegó antes que cualquier otra cosa. Me aferré a la pared con los dedos, busqué algún punto de apoyo y no encontré ninguno. El cuerpo protestó de una forma cruda y directa. Las lágrimas salieron solas.
—Sácala —le pedí, con la voz rota.
—¿Querías esto, no? —me respondió.
—Me duele.
—Ya sé —dijo, y empujó más adentro.
Me sujetaba las caderas con las dos manos y me clavaba contra él sin pausa. Yo tenía los dientes apretados. Tenía las rodillas en la tierra. Las medias se habían roto en algún momento que no llegué a registrar.
—Ladra —me dijo.
Me quedé inmóvil un segundo.
—¿Qué?
—Ladra. Como lo que eres esta noche.
—No voy a…
Me apretó el cuello por detrás con una mano. No con fuerza de asfixia. Con la fuerza justa para hacerme entender que no era una pregunta.
—Si no lo haces, te pego. Y sabes que lo digo en serio.
Hubo un silencio extraño entre los dos. Podía escuchar la música lejana desde el piso de arriba. El tráfico de la calle. Mi propia respiración entrecortada. El amigo dormido en la banca a cuatro metros de nosotros.
—Guau —susurré.
—Más fuerte.
—¡Guau! —grité, con la cara mojada de lágrimas.
Él se rió. Una risa desde el fondo del pecho. Y siguió moviéndose dentro de mí mientras yo ladraba, con las rodillas raspadas en la tierra, con la peluca medio caída, con el rímel chorreado y el vestido levantado hasta la cintura.
Me giró. Me puso de rodillas frente a él y terminó en mi cara.
Me quedé ahí, en la tierra, sin moverme.
Sucia. Adolorida. Completamente rota.
Cuando levanté la cabeza, él ya estaba caminando hacia el edificio. No hubo despedida. No hubo nada. El amigo seguía dormido en la banca con el cigarrillo apagado entre los dedos.
***
Me fui a casa caminando, con los tacones en la mano y las medias rotas arrastradas bajo el brazo. Tardé veinte minutos en llegar. No tomé taxi.
Necesitaba el frío y el tiempo.
Lo que me cuesta no es lo que pasó. Lo que me cuesta es lo que sentí mientras pasaba. El dolor era real. La humillación era real. Las lágrimas eran reales. Y también era real que en ningún momento quise que terminara.
Eso no lo sé explicar bien.
Solo sé que aquella noche estuve en el jardín oscuro de un edificio del centro, con las rodillas en la tierra y la peluca medio caída, ladrando en la oscuridad para un hombre que no sé cómo se llama. Y que cuando me fui a casa con el rímel chorreado y el cuerpo adolorido, me sentía más completa que en mucho tiempo.
No sé si eso dice algo sobre mí. Probablemente sí.
Pero ya lo estoy escribiendo. Y eso también es algo.