La tarde que Valeria me reveló que era trans
Todo empezó por un videojuego que yo jugaba bastante mal. Era un RPG de mundo abierto con misiones cooperativas en línea, y en una de esas partidas interminables apareció de la nada una jugadora con el doble de nivel que yo y me sacó del atolladero en cuestión de minutos. Le abrí el chat para agradecerle y, en lugar de ignorarme como hacía la mayoría, me respondió con un «de nada, principiante». Me hizo reír. Eso fue todo al principio.
Su apodo era Valo92. Le pregunté si quería hacer equipo para la siguiente misión y me dijo que sí. Después de dos horas jugando juntos descubrimos que vivíamos en la misma ciudad, lo que nos pareció una coincidencia ridícula dado el tamaño del servidor. Las partidas del viernes se convirtieron en algo regular: viernes, martes, y a veces también los domingos si ninguno tenía planes. Hablábamos entre misión y misión, cada vez más, cada vez sobre cosas más personales.
Un día le propuse que habláramos por teléfono en lugar de solo escribirnos por el chat. Tardó dos días en responder. Cuando lo hizo, me mandó un número sin ningún comentario. Esa primera llamada duró más de tres horas. Su voz era suave, con una cadencia pausada que me obligaba a escuchar cada palabra. Me habló de su trabajo, de los libros que leía, de los viajes que hacía seguido por razones que nunca explicó del todo. Yo le conté cosas que no solía contarle a nadie. En algún momento de esa llamada dejamos de ser dos jugadores anónimos para ser otra cosa, aunque ninguno le pusiera nombre todavía.
Pasaron varios meses hasta que coordinamos para vernos. Ella viajaba con frecuencia y yo tenía turnos irregulares. Cuando por fin encontramos una fecha libre, me preparé con cuidado: compré flores, una caja de chocolates y pasé más tiempo eligiendo la ropa que para ninguna cita anterior.
Soy bajo, de piel clara, cabello oscuro y barba de varios días. No soy el tipo que llena una habitación cuando entra, pero me cuido. Tomé el metro hasta su barrio, me perdí una calle y llegué con diez minutos de retraso. Antes de tocar el timbre me miré un segundo en el vidrio de la puerta del edificio. Respiré. Pulsé.
No estaba listo. Mide alrededor de un metro ochenta y cinco, piel morena, cabello negro y largo hasta el pecho, ojos de color miel que en las fotos parecían oscuros pero en persona tenían un brillo propio. Llevaba un vestido con estampado floral que le llegaba a medio muslo. Su sonrisa fue lo primero que me desarmó del todo.
—Llegas tarde —dijo, y me tomó las flores antes de que yo abriera la boca.
—Sí. Lo siento.
—Mentiroso. No lo sientes —respondió, ya caminando hacia adentro.
Tenía razón.
***
Nos sentamos en la sala con té helado que ella había preparado antes de que llegara. Su compañera de apartamento había viajado ese fin de semana y estábamos solos. Pasamos casi una hora hablando como si no hubiera una tensión evidente entre los dos, como si llevar meses pensando en esa persona y tenerla ahora a medio metro fuera algo completamente normal.
En algún momento le tomé las manos. Era algo que le había prometido hacer la primera vez que nos viéramos, como compensación por todas las partidas en que me había rescatado. Se las besé de una en una, despacio. Le dije que olía muy bien.
Ella dejó escapar una pequeña risa, pero después retiró suavemente las manos y las apoyó sobre sus rodillas. Se quedó en silencio un momento.
—Antes de que sigamos —dijo—, necesito contarte algo.
Hubo una pausa larga. Ella miraba el piso.
—No soy... una mujer en el sentido que quizás asumiste.
Tardé un segundo en procesar lo que acababa de decirme. Y cuando lo hice, me sorprendió lo poco que cambió en mí. La miraba: sus manos, su cuello, sus ojos cuando por fin los levantó hacia mí. Todo lo que sentía por ella seguía exactamente en el mismo lugar.
—¿Eso cambia algo para ti? —preguntó.
Lo pensé de verdad, no como un gesto amable. Y la respuesta fue que no.
—No —le dije—. Solo cambia que ahora sé que me debías esto desde hace rato.
Ella frunció el ceño, confundida. Le señalé la mejilla con la barbilla. Entendió. Cerró los ojos.
Me acerqué despacio y la besé primero en la mejilla, con suavidad. Después giré apenas la cabeza y encontré sus labios. Fue un beso corto, pero los dos nos quedamos con las frentes casi juntas después, sin querer separarnos todavía.
—Nunca habías estado con una chica trans —dijo.
—Nunca había estado con alguien que me gustara tanto —respondí.
Ella soltó una pequeña risa y volvió a besarme.
***
Nos fuimos acomodando en el sofá. Ella puso una pierna sobre las mías para girarse hacia mí y yo empecé a acariciarle el muslo mientras la besaba. Debajo de la falda, mis dedos encontraron la tela de su ropa interior, tirante, caliente, ya con un bulto claro que empujaba contra la seda. Recorrí su espalda con la mano y noté que no llevaba sujetador.
Dejé sus labios para besarle el cuello. Ella apoyó la cabeza hacia atrás y soltó un suspiro corto, casi involuntario. Mis dedos avanzaron más arriba por la falda hasta que la palma de mi mano cubrió por completo su polla apretada contra la tela. La sentí crecer bajo mis dedos, endurecerse en tirones, hasta que la tanga ya no podía disimular la forma.
—Se te nota todo —le susurré al oído.
—Es tu culpa —respondió con la voz ronca, y me mordió el labio inferior.
Se subió sobre mí a horcajadas y empezó a moverse despacio, restregándose contra mi propia erección a través del pantalón. Sus pezones estaban duros; los noté a través de la tela del vestido cuando la acerqué hacia mí. Le bajé los tirantes hasta la cintura y tomé sus senos con ambas manos: grandes, pesados, con pezones oscuros que mordí suavemente mientras ella me sujetaba de la nuca y respiraba cada vez más fuerte. Le chupé uno entero, se lo mamé como si tuviera hambre, y ella gimió tan fuerte que el sonido me llegó directo a la entrepierna.
—Chúpame más fuerte —jadeó—. Mordémelos.
Le hice caso. Le lamí el otro pezón mientras seguía apretando el primero con los dedos, tironeando apenas. Ella me clavó las uñas en los hombros y siguió moviendo las caderas encima de mí, más rápido, hasta que sentí su polla tiesa marcándome el estómago a través de la ropa.
—¿Primera vez con una chica trans? —preguntó, con la respiración cortada.
—Sí.
—¿Quieres parar?
—No. Quiero comértela toda.
Se le escapó una risa oscura. Me empujó hacia el respaldo del sofá y me quitó la camiseta de un tirón. Pasó las palmas abiertas por mi pecho, me pellizcó los pezones, trazó con las uñas una línea lenta desde el esternón hacia abajo hasta la hebilla del cinturón. Me miraba mientras lo hacía, con la boca entreabierta y los labios brillantes. Después se bajó del sofá y se arrodilló entre mis piernas.
***
Empezó a lamerme a través del bóxer, despacio, mientras yo le acariciaba el cabello. Me pasó la lengua plana por encima de la tela, arriba y abajo, hasta dejarme una mancha oscura de saliva sobre la verga. Le mordisqueó la punta a través del algodón y sonrió al ver cómo se me sacudía.
Me quitó los zapatos, el pantalón, y por último el bóxer. Mi polla saltó dura contra mi vientre y ella se rio bajito antes de escupir despacio sobre el glande. La saliva le bajó por el tronco. La recogió con la mano y empezó a masturbarme, apretándome fuerte en la base, mirándome a los ojos todo el tiempo.
—Qué rica la tienes —murmuró.
Se metió el glande en la boca y bajó despacio, tragándose la mitad de una sola vez. Me apretó las bolas con la otra mano. Sacó la verga, escupió otra vez, y volvió a metérsela hasta que la sentí golpearle el fondo de la garganta. Los ojos se le pusieron llorosos, pero no la soltaba. Chupaba con hambre, con ruido, dejando hilos de saliva colgando de la barbilla.
—Joder, Valeria —gemí, agarrándole el pelo—. Así, no pares.
Se puso de pie sin soltarme la polla, se dio la vuelta, y dejó caer el vestido al suelo. De espaldas era una línea larga y oscura: la cintura estrecha, las caderas anchas, las nalgas redondas y grandes apenas cubiertas por una tanga negra que se le hundía entre los cachetes. Le di una palmada suave en el culo y el sonido resonó en la sala. Le di otra, más fuerte. Ella arqueó la espalda y gimió.
—Otra —pidió.
Se la di. La marca roja de mi mano le apareció enseguida sobre la piel morena. Me tomó de las manos y me llevó al dormitorio.
Me tiró de espaldas sobre la cama y volvió a chupármela sin apuro. Empezó con la boca: una mano en la base, la otra en mi pecho. Yo apoyaba la cabeza hacia atrás y trataba de respirar con normalidad, pero era imposible: me lamía las bolas de una en una, se las metía a la boca, subía a lo largo del tronco con la lengua plana y me tragaba la verga entera otra vez. En algún momento levantó mi pierna sobre la cama y pasó a lamerme más abajo, con una lentitud deliberada que me hizo cerrar los ojos.
Sentí su lengua caliente en mi ano. Se me escapó un gemido que no supe reconocer como mío. Ella me abrió las nalgas con las dos manos y siguió lamiéndome ahí, en círculos, hundiendo apenas la punta de la lengua. Después subió un dedo mojado en saliva y empezó a hacerme círculos despacio.
—Relájate —dijo—. Te prometo que lo vas a disfrutar. Te la voy a meter de a poquito.
Esperé. Dejé escapar el aire. Y cuando aflojé, el dedo presionó suavemente adentro. La sensación fue intensa al principio, un ardor que después de unos segundos se fue convirtiendo en algo completamente diferente. Las piernas me temblaron. Empezó a moverlo dentro y fuera, curvándolo hacia arriba, y encontró un punto que me hizo arquear la espalda entera.
—Ahí —jadeé—. Justo ahí.
—Ya lo sé —sonrió, y metió un segundo dedo.
Me abría, me estiraba, y todo el tiempo me miraba la cara, disfrutando de verme deshacerme abajo suyo. Con la otra mano me seguía masturbando la polla, sincronizando los dos ritmos hasta que empecé a mover las caderas solo, empalándome contra sus dedos sin darme cuenta.
***
Más tarde ella se incorporó, se quitó la tanga y se sentó al borde de la cama. Cuando la tanga cayó al suelo, su polla se soltó rebotando: gruesa, larga, oscura, más grande que la mía, con el glande hinchado y una gota de líquido preseminal brillándole en la punta. Separó las piernas despacio, sin dejar de mirarme.
Me puse de rodillas delante de ella y puse mi mano sobre su verga, que se iba poniendo aún más dura mientras yo la sostenía. La fui acariciando despacio, después más fuerte, subiendo y bajando el prepucio, mirando cómo el glande morado se me asomaba entre los dedos. Ella gemía con su voz de mujer, y ese sonido —esa voz suave saliendo de esa boca mientras yo le sacudía la polla con la mano— me excitaba más de lo que habría esperado.
—Mámamela —me pidió, empujándome suavemente la cabeza hacia abajo—. Quiero verte con mi verga en la boca.
Acerqué la boca. Pasé la lengua por la punta, recogí la gota que salía. Estaba salada. Ella cerró los ojos y suspiró. Me metí el glande en la boca y seguí bajando. No alcanzaba a entrárselo todo —mide considerablemente más que yo— pero encontré un ritmo que la hacía gemir con fuerza, con las manos enredadas en mi cabello, empujándome apenas para que la tragara más profundo.
—Así, papi, chúpamela toda —jadeaba—. Qué bien la mamas.
Le lamí las bolas también, se las chupé de una en una, y volví a la polla. Ella me la fue guiando hasta el fondo de mi boca hasta que la sentí golpearme la garganta y me atraganté un poco. Retrocedí escupiendo saliva. Ella se rio bajito, satisfecha, y me limpió la boca con el pulgar antes de metérmelo entre los labios para que se lo chupara también.
Mientras usaba la boca, hice lo mismo que ella había hecho conmigo: mojé los dedos con mi propia saliva y busqué su culo. Primero un dedo, después dos. Ella abrió las piernas más y se recostó hacia atrás, dándome todo el acceso. Sentía cómo me apretaba y soltaba con cada movimiento, cómo el músculo me chupaba los dedos. Su polla se puso todavía más dura en mi boca cuando le encontré la próstata desde adentro.
—Ay, no pares —gimió, arqueándose—. Me vas a hacer correr así.
***
Propuso un 69. Me subí encima. Quedamos en una posición que funcionaba perfectamente: ella tenía las piernas lo bastante largas como para rodearme a la altura de las costillas, y yo llegaba con facilidad a ella. Le hundí la cara entre las nalgas, le lamí el culo mientras le masturbaba la verga contra mi mentón. Ella me tragó entero desde abajo, sin manos, y me clavó las uñas en los muslos para mantenerme quieto encima de su boca.
Nos trabajamos mutuamente durante un buen rato, compitiendo en silencio por ver quién hacía perder el hilo al otro primero. Yo le metía la lengua adentro y ella se retorcía; ella me chupaba las bolas y me lamía el ano al mismo tiempo, alternando con la polla, y yo tenía que apretar los dientes para no correrme en su cara. Cuando sentí que no aguantaba mucho más se lo dije, y ella respondió con la boca llena que le pasaba lo mismo.
Me bajé de encima jadeando. Los dos teníamos la piel brillante de sudor y saliva.
—¿Cómo quieres seguir? —preguntó.
Guardé silencio un momento, mirándole la verga dura contra el vientre.
—Quiero probar todo —dije—. Quiero que me la metas.
Se le oscurecieron los ojos.
—Vas a ver qué rico —murmuró.
***
Sacó lubricante de la mesita de noche. Se echó un buen chorro en los dedos y me abrió las piernas. Me preparó con tiempo y paciencia, con tres dedos y mucha calma, abriéndome de a poco, haciendo tijeras adentro, hasta que yo gemía abiertamente y tenía las sábanas arrugadas bajo los puños. Cada vez que curvaba los dedos y me tocaba la próstata yo pegaba un salto y se me escapaba un gemido más agudo.
—Mira cómo te abre mi mano —dijo, mordiéndose el labio—. Ahora imagínate la polla.
Después se preparó ella misma. Se echó lubricante en la verga y se la masturbó unos segundos, mirándome, dejándome ver cómo la sacudía con la mano llena de gel. Se puso de rodillas entre mis piernas y me las levantó, apoyándome los tobillos en sus hombros.
Sentí la presión de su glande contra mí y me aferré a la tela del colchón. Entró despacio. Los primeros centímetros fueron difíciles: mordí las sábanas, cerré los ojos con fuerza, sentí cómo me abría por dentro milímetro a milímetro. Pero ella puso las manos a los costados de mis hombros y fue avanzando con paciencia, parando cada vez que yo me ponía tenso, esperando hasta que yo volvía a respirar. Cuando llegó al fondo, con las bolas apoyadas contra mi culo, ninguno de los dos se movió durante varios segundos.
—¿Bien? —preguntó en voz baja.
—Sí —dije—. Sigue. Muévete.
Empezó a moverse despacio. Sacaba la polla casi entera y volvía a hundírmela hasta el fondo. Sentía cada centímetro desde adentro, profundo, una sensación que no se parece a ninguna otra que haya experimentado. Me besó el cuello. Me mordió la oreja. Me susurró cosas al oído que me hicieron apretar más fuerte la tela bajo mis dedos.
—¿Te gusta cómo te la meto? —jadeaba junto a mi oreja—. Dime que te gusta.
—Me encanta —gemí—. Más fuerte.
—¿Más fuerte, amor? ¿Así?
Empujó de golpe hasta el fondo y yo grité. La cama empezó a chirriar bajo nosotros. Poco a poco fue acelerando, con el ruido de sus caderas chocando contra mi culo llenando el cuarto, húmedo, obsceno. Yo empecé a moverme con ella, saliéndole al encuentro, buscándola. En algún momento volví a tener erección sin que nadie me tocara, la polla rebotándome contra la barriga a cada embestida.
***
Me dio vuelta. Me puso boca abajo, me hizo levantar el culo con una almohada bajo las caderas, subió mis piernas separadas y volvió a entrar de una sola estocada. Desde esa posición me la metía todavía más profundo. Le sentía las bolas colgando pegadas contra mí a cada embestida.
—Este culo es mío ahora —gruñó, agarrándome de las caderas—. Todo mío.
Me la clavaba a fondo, se retiraba entera, y volvía a hundírmela con un ritmo cada vez más brutal. Me daba palmadas en las nalgas mientras me follaba, me tiraba del pelo, me obligaba a arquearme más. La almohada bajo mis caderas se iba mojando de mi propio líquido preseminal, que me chorreaba de la polla sin que nadie me tocara.
Después me volvió a girar boca arriba. Puso otra almohada bajo mis caderas, subió mis piernas y volvió a entrar. Desde esa posición podía verme la cara. Empezó a acariciarme la verga con una mano al mismo ritmo que bombeaba, coordinando los dos movimientos hasta que yo ya no sabía dónde terminaba una sensación y empezaba la otra.
—Mírame —me ordenó—. Quiero verte cuando acabes.
Cuando llegué, fue con todo el cuerpo. Me corrí en chorros gruesos que me cayeron sobre el pecho, sobre el estómago, sobre su mano que no dejaba de sacudirme. Grité su nombre. El culo se me cerró con espasmos alrededor de su polla y ella soltó un gemido ronco.
—Joder, cómo me aprietas —jadeó—. Me vas a hacer correr.
Siguió moviéndose, más rápido, hasta que también acabó, con un sonido largo y grave que no le había escuchado antes. La sentí venirse caliente y espesa dentro de mí, en chorros que se repetían con cada embestida final. Se quedó quieta encima de mí, todavía dentro, respirando pesado contra mi cuello. Después salió despacio y se acostó sobre mi pecho. Sentí su semen escurriéndose de mi culo hacia la sábana. Nos quedamos en silencio varios minutos, sudados, pegajosos, sin querer movernos todavía.
***
Después la penetré yo a ella. Para eso también hubo lubricante, también hubo paciencia, también hubo tiempo. La puse a cuatro patas frente a mí, le abrí las nalgas con los pulgares y me tomé mi tiempo para prepararla con la lengua primero y con los dedos después. Cuando por fin le hundí la polla, ella gimió largo y bajó la cabeza contra el colchón.
—Qué rico —susurró—. Cógeme, dale.
Le agarré la cintura estrecha con las dos manos y empecé a embestirla. Su culo redondo me rebotaba contra las caderas con un ruido húmedo cada vez. Ella se masturbaba a sí misma debajo, con la mano entre las piernas, gimiendo cada vez más fuerte contra la almohada. Fue diferente a lo que había hecho antes: más familiar en la mecánica, más extraño en el contexto, igualmente bueno.
La follé fuerte, más de lo que había pensado que podía. La sentí correrse con la mano antes que yo, apretándome adentro con espasmos, y eso me acabó de arrastrar. Me vine dentro de ella con un gruñido largo, agarrándola de las caderas hasta dejarle marcas. Cuando salí, un hilo blanco me siguió y le cayó sobre el muslo.
Cuando acabamos era ya de noche y ninguno de los dos recordaba que habíamos planeado ver una película.
Cuando salí de su apartamento, el mundo se veía ligeramente diferente. No de forma dramática ni cinematográfica. Solo diferente, como cuando descubres que llevas tiempo creyendo que algo no va contigo y resulta que lo que faltaba era la persona correcta para mostrártelo.
Valeria me enseñó esa tarde que el deseo no entiende de categorías. Y lo hizo con la misma generosidad con que aquella primera noche en el juego me había rescatado de una misión que yo solo nunca habría terminado.