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Relatos Ardientes

La travesti que Carlos no esperaba llevarse a casa

Hay ocasiones en que la vida me obliga a ir disfrazada de lo que no soy. No por vergüenza, sino por conveniencia: ciertas reuniones de negocios exigen que aparezca como el hombre que figura en mis documentos, sin peluca, sin maquillaje, sin los tacones que hacen que mi manera de caminar sea completamente distinta. Ese día había tenido una de esas reuniones y, al terminarla, mi amigo Héctor y yo decidimos cenar en un restaurante que frecuentaba desde hacía años, a pocas cuadras de mi apartamento.

Llegamos cerca de las nueve. El lugar tenía mesas de madera oscura, música suave que no molestaba la conversación y un menú con platillos decentes a precio razonable. Pedimos cervezas y algo de comer, y mientras esperábamos, noté a un hombre sentado solo dos mesas más allá.

Tendría unos cincuenta y cinco años, quizás algo más. Complexión ancha, cabello entrecano, una chaqueta que le sentaba bien. No era el tipo de hombre que necesita llamar la atención porque ya la tiene. Me miró un par de veces sin insistencia, sin que quedara del todo claro si miraba a Héctor o a mí, y volvió a su plato.

Después de la tercera cerveza, empecé a devolverle las miradas. Héctor me dijo más tarde, riendo, que yo no sé mirar de ninguna otra forma que no sea coqueteando. Tiene razón, y no veo por qué habría de cambiar.

Al rato llegó el mesero con dos cervezas más y señaló la mesa del hombre.

—Las envía el señor Carlos —dijo.

Le agradecimos con un gesto y lo invitamos a acercarse. Aceptó sin dudar. Se llamaba Carlos, trabajaba en importaciones, era soltero desde hacía tiempo. Lo contó todo con la soltura de alguien acostumbrado a los restaurantes solitarios y a las conversaciones breves con desconocidos. Hablamos de cosas sin importancia: el calor de los últimos días, el tráfico en el centro, un partido de fútbol que habían transmitido esa semana.

Carlos hablaba más conmigo que con Héctor. Lo notamos los dos. Héctor lo tomó con humor. Yo, con atención.

En un momento dado, el tema derivó hacia la moda y los cuerpos. Carlos hizo un comentario sobre las mujeres demasiado delgadas, dijo que no entendía esa obsesión, que prefería las formas reales, y mientras lo decía sus ojos bajaron un instante hacia mi pecho. No fue un gesto grosero. Fue una mirada rápida, casi involuntaria, seguida de una ligera incomodidad que no supo del todo disimular.

Lo que Carlos no podía saber es que mis pechos son difíciles de esconder. Uso talla 40C, y ninguna camisa de hombre logra neutralizar completamente ese volumen. Hay quien lo nota y aparta la vista. Carlos lo notó y se quedó.

Héctor terminó su cerveza, miró el reloj y anunció que tenía que irse. Era mentira, y los dos lo sabíamos, pero lo agradecí. Nos dimos un abrazo, le dio la mano a Carlos, y nos dejó solos.

Cuando Héctor desapareció por la puerta, hubo unos segundos de silencio que Carlos rompió preguntándome si vivía por ahí cerca.

—A tres cuadras —le dije.

—¿Te molesta que te haga una pregunta indiscreta? —dijo.

—Depende de la pregunta.

Me preguntó si alguna vez había estado con un hombre. Le dije que sí, con bastante frecuencia. Se quedó mirándome con una expresión que mezclaba la sorpresa con algo más interesado.

—¿Quieres tomar algo en mi apartamento? —le ofrecí—. Tengo brandy.

Aceptó.

***

Subimos a pie. Carlos caminó a mi lado sin prisa, con esa tranquilidad de los hombres de cierta edad que ya no necesitan demostrar nada. En el ascensor estuvimos callados. Sentí que me observaba de reojo, como si intentara adivinar qué había debajo de la ropa que me seguía ajustando el cuerpo.

En el apartamento le serví una copa de brandy y puse música. Me pregunté cuánto tardaría en hacer la pregunta que llevaba rondando desde el restaurante.

No tardó mucho.

—¿Tienes otro nombre? —dijo, con la copa en la mano—. Uno que uses... en otros contextos.

—Me llamo Valentina —le respondí—. Pero solo cuando soy yo de verdad.

Se quedó en silencio unos segundos, mirando primero mi cara, después mi boca, después el contorno marcado de mi pecho bajo la tela.

—Me gustaría conocer a Valentina.

¿A quién se le ocurre decir que no a eso?

—Dame diez minutos —le dije—. Ponte cómodo.

Me encerré en el dormitorio. Me quité la ropa, me cambié, me maquillé deprisa pero con cuidado: base, labios rojos, rimel. La peluca castaña que me llega a los hombros, ligeramente ondulada. Me puse el conjunto que guardaba para esas ocasiones: lencería roja, medias de encaje negro, liguero de satín. Encima, una bata corta de seda negra que lo cubría todo sin ocultar nada. Me miré al espejo, me subí un poco el busto con los dedos, acomodé el escote para que quedara justo donde debía y me perfumé el cuello, el pecho y la parte interna de las muñecas.

Salí al salón sin avisar.

Carlos estaba de espaldas, mirando la ventana. Se giró al escuchar el tacón sobre el parqué y se le cayó la compostura por completo. Se puso de pie. Abrió la boca. La cerró. Sus ojos bajaron sin pudor hacia mis piernas, se quedaron un segundo de más en las medias y luego subieron despacio, como si no supiera si seguir mirando o arrodillarse.

—¿Eres tú? —dijo.

—Soy Valentina —le dije—. ¿Querías conocerme?

Tardó unos segundos más en reaccionar. Luego soltó una risa corta, casi de alivio, y dijo que sí, que sí quería. Me acerqué, tomé su copa de la mesita y le puse otra en la mano. Brindamos. Cuando sus dedos rozaron los míos, noté el leve temblor de su mano, y eso me excitó más de lo que habría querido admitir.

Cambié la música por algo más lento. Lo tomé de la mano y empezamos a bailar. Era bastante más alto que yo incluso con los tacones, y sus brazos rodeaban mi cintura con una firmeza que no esperaba. Sentí su respiración cambiar en cuanto me pegué a su cuerpo. Mi pecho le rozó el torso en cada giro y él empezó a respirar por la boca, con una tensión evidente en la entrepierna que no necesitaba que me confesara.

Y sentí, también, que no le era indiferente.

***

Lo besé primero. Le atrapé la boca con hambre, abriéndole los labios con la lengua hasta sentir el sabor del brandy y de la cerveza mezclados en su aliento. Carlos respondió con una presión que decía más de lo que probablemente habría querido admitir. Sus manos bajaron desde mi cintura hacia mis caderas, y yo le desabroché el primer botón de la camisa mientras él exploraba la curva de mi espalda, la línea del liguero, la cintura estrecha bajo la seda.

Metí la mano entre los dos. Lo encontré duro, bastante, y bastante grueso también. Le bajé el cierre despacio y lo tomé por encima de la tela, masajeando la polla con la palma hasta notar cómo crecía todavía más contra mi mano. El bulto estaba caliente, tenso, y la tela del pantalón ya no podía ocultar lo empapado que estaba el glande.

—Siéntate —le dije.

Se sentó en el sofá. Me arrodillé ante él, acomodándome la falda de la bata para no enredarme, y le desabroché el pantalón sin apuro, disfrutando el tirón ansioso de sus caderas hacia mí. Bajé la bragueta, abrí la ropa interior y dejé al descubierto aquella verga gruesa y compacta, con una curva apenas perceptible y la punta rosada, brillante de humedad. Lo tomé con la mano, apretando en la base, y lo acaricié de arriba abajo un par de veces antes de llevarme el glande a la boca.

Lo rodeé con los labios despacio, chupando primero la cabeza, luego bajando poco a poco con la lengua por debajo del frenillo. Carlos soltó un gemido bajo y se llevó una mano a mi cabello, sin empujarme al principio, como si necesitara permiso para tocarme. Yo se lo di abriendo más la boca, tragándolo hasta donde me permitió la garganta y marcando el ritmo con la lengua en cada subida.

Trabajé sin prisa. Él respiraba cada vez más rápido. Le recorrí el eje con la boca, succionando con fuerza en la punta, lamiendo la vena que le latía por debajo y apretando con una mano la base para que no se me escapara. Cuando intentó avisarme, cambié el ritmo a propósito, alternando succiones lentas con movimientos cortos y húmedos, dejando que se frotara contra mi lengua hasta que empezó a perder el control.

—Valentina —dijo, con la voz apretada—. Me vas a hacer... espera...

No esperé a tiempo. Le chupé con más hambre, más profundo, y él se vino con un espasmo que no logró controlar, con las caderas levantadas del sofá y los dedos enredados en mi peluca. Sentí la corrida caliente estallándome en la boca y la tragué casi toda, recogiendo con la lengua lo que quedó en la punta para no desperdiciar nada. Carlos quedó recostado, sin habla, con los ojos cerrados y el pecho subiendo y bajando como si acabara de correr una maratón.

—Creí que íbamos a llegar a la cama —le dije.

—Yo también —respondió, todavía sin abrir los ojos.

Le limpié la última gota con el pulgar y me lo chupé despacio, mirándolo para que entendiera que no tenía por qué avergonzarse de nada. Cuando por fin abrió los ojos, ya estaba duro otra vez, más rápido de lo que habría esperado. Sonreí y le di una palmada suave en el muslo.

***

Lo llevé al dormitorio. Le quité la camisa con calma, besándole el cuello, el pecho, el vientre. Tenía el cuerpo de un hombre que trabajó con las manos en otro tiempo: ancho de hombros, con abundante vello en el pecho que yo enredé entre los dedos mientras bajaba. Le pasé la lengua por uno de los pezones, después por el otro, y lo sentí tensarse bajo mi boca. La piel olía a jabón, a alcohol y a hombre caliente.

Cuando llegué de nuevo a su entrepierna, lo encontré recuperándose. Le dediqué atención hasta que estuvo listo otra vez, chupándole la polla con paciencia, metiendo más lengua, apretando la boca alrededor del glande hasta sacarle otro gemido grave. Le lamí los testículos, los acaricié con la mano, lo llevé al borde y luego me aparté, solo para verlo temblar de frustración y deseo al mismo tiempo.

Me tendí sobre él. Nos besamos largo rato mientras yo le quitaba el pantalón y él buscaba el cierre de mi bata. Cuando me la sacó y vio la lencería completa —el sujetador transparente, el liguero, las medias— murmuró algo que no entendí pero que sonaba como aprobación. Sus dedos recorrieron mis muslos, el borde de las medias, la curva de mis caderas, hasta llegar al centro húmedo de mis braguitas.

Me chupó los pezones. Los tengo muy sensibles, y tuve que morderme el labio para no hacer demasiado ruido. Sus manos me sostenían por la cintura y sus dedos fueron explorando hacia abajo, hacia atrás, hasta encontrar lo que buscaban. Separó mis nalgas con cuidado, frotó alrededor de mi culo, y cuando notó que estaba ya abierta y caliente introdujo un dedo despacio, luego dos. Me arqueé sobre él, aferrándome a sus hombros, y seguí besándolo para no perder la cabeza mientras me preparaba.

Cuando sentí que estaba lista, lo hice recostarse boca arriba y me monté encima. Le guié la verga con la mano, acomodando la punta contra mi entrada húmeda. Fui bajando despacio, con pausa, dejando que mi cuerpo se adaptara al grosor de ese glande antes de seguir. Carlos tenía los dientes apretados. Yo también. Cada centímetro que entraba me estiraba por dentro con una mezcla de placer y ardor que me hizo soltar un gemido largo.

Me detuve a mitad. Respiré. Le clavé las uñas en el pecho y él me miró como si no quisiera romper el momento.

Luego me dejé caer el resto.

El sonido que hizo Carlos fue involuntario y honesto. Quedé quieta unos segundos, sintiendo cómo mi coño se reacomodaba alrededor de esa verga gruesa, caliente, palpitante, y luego empecé a moverme. Primero despacio. Luego con más decisión. Carlos tenía las manos en mis caderas, apretándome con fuerza suficiente para dejarme marcas, pero yo llevaba el ritmo, y él tuvo la inteligencia de entenderlo y dejarse llevar. Me incliné hacia adelante, apoyé las manos en su pecho y encontré el ángulo que necesitaba para sentirlo rozarme por dentro con cada bajada.

Fue largo. Intenso. Me perdí en ello por completo. Él me embestía desde abajo con empujes cortos, profundos, y yo respondía moviendo la cintura, subiendo y bajando sobre su polla empapada, sintiendo cómo el placer me llenaba la pelvis, el vientre, la garganta. Me besó los pechos, me mordió un pezón, y yo le tomé la cara para obligarlo a mirarme mientras le decía que siguiera, que no se contuviera, que quería sentir cada centímetro de ese hombre dentro de mí.

***

Cuando cambié de posición fue porque quería sentirlo más cerca. Me puse de lado, él se acomodó detrás, y seguimos así un rato con sus caderas golpeando las mías en un ritmo lento que fue acelerándose solo. Sus labios en mi cuello. Su mano rodeando mi cintura por delante. Su otra mano subiendo por mi muslo hasta abrirme mejor, buscando más profundidad, más fricción, más de ese roce húmedo que ya nos tenía a ambos al borde. Cada empuje hacía que su polla me frotara por dentro con una presión deliciosa, y cada vez que rozaba mi punto más sensible yo temblaba de pies a cabeza.

Sentí que me acercaba y le pedí que parara.

—¿Te hice daño? —preguntó, deteniéndose de golpe.

—No —le dije—. Quiero otra posición.

Me levanté, lo hice recostarse boca arriba de nuevo, y le di unos minutos de atención oral para mantenerlo donde necesitaba que estuviera. Le chupé la polla con hambre, alternando la boca con la mano, tragándomela hasta el fondo en cada bajada y dejando que el sonido húmedo llenara el cuarto. Luego me puse en cuatro sobre la cama, con las rodillas separadas y el culo bien ofrecido, sintiendo el aire fresco en la piel y el calor entre mis piernas.

No dije nada. No hizo falta.

Carlos se colocó detrás de mí, me tomó de la cintura con las dos manos y entró de un solo movimiento. Profundo. Decidido. Sin dudar. La primera embestida me arrancó un grito limpio, porque me abrió de golpe y me llenó por completo, con la cabeza de su polla empujando hasta lo más hondo y dejándome temblando sobre las sábanas.

Apoyé la cabeza en la almohada y cerré los ojos. Sentí cómo me sujetaba el culo con fuerza, cómo abría mis nalgas para entrar mejor, cómo el roce de su pelvis contra mí volvía todo resbaladizo y urgente. Él me follaba desde atrás sin reservas, con movimientos firmes que hacían que la cama crujiera, y yo respondía moviendo el trasero contra él para pedirle más. Más rápido. Más fuerte. Más adentro.

Lo que vino después no tengo manera de describirlo de forma ordenada. Solo sé que en algún punto grité, que Carlos no se detuvo, que llegué al límite y me quedé ahí un tiempo que no supe medir, y que cuando finalmente él también llegó lo sentí adentro como quería sentirlo: completamente, sin reservas. Su cuerpo se tensó de golpe, su respiración se volvió un jadeo roto y me llenó con una corrida caliente que me hizo apretar los muslos y quedarme quieta un instante, disfrutando la sensación de tenerlo todavía enterrado en mí.

Nos quedamos quietos. Él dejó caer su peso sobre mí sin aplastarme. Respiramos juntos unos minutos antes de movernos. Cuando por fin salió, sentí el vacío húmedo y sensible que deja una buena follada, y tuve que girarme para besarle la boca otra vez, todavía temblando.

***

Nos dormimos tarde. Antes del amanecer volvimos a empezar, más despacio esta vez, sin prisa, como si los dos hubiéramos acordado tácitamente que no había ningún lugar al que llegar. Me senté a horcajadas sobre él y lo monté otra vez, dejando que me llenara mientras yo le acariciaba el pecho y le besaba la garganta. Cambiamos de ritmo, de ángulo, de respiración, hasta que el cuarto volvió a llenarse de nuestros gemidos bajos y del sonido húmedo de nuestros cuerpos chocando.

Carlos se fue poco después de que aclarara. En la puerta me dijo que quería volver a verme.

—Puedo anotarte —le dije—. Pero te aviso que la lista es larga.

Se rió. Me besó una vez más.

Nunca voy a olvidar aquella noche en el restaurante, la cerveza que envió sin saber nada de mí, y la cara que puso cuando Valentina apareció en el salón.

Algunas sorpresas merecen la pena.

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Comentarios(8)

CarlosBsAs

jajaja me llamo igual que el protagonista y lo disfruté bastante. Muy buen relato, gracias!

Danix91

tremendo!! me enganché desde el principio, queria saber como terminaba. Buenísimo

RosaM_Cba

Muy bien escrito, se nota el cuidado en cada detalle. Espero la continuacion!

Cappotte

el giro no me lo esperaba para nada, buen trabajo

sergio_lect

Me gusto bastante la forma en que esta narrado, fluye bien y sin rodeos

NocturnaMx

Muy bueno, de los mejores de esta categoria que lei en mucho tiempo

Leo_deLaPlata

Por favor una segunda parte!! Quede con ganas de saber que pasa despues

Roxana_del_sur

Me encanto. Muy natural, de esos relatos que te dejan pensando un rato despues. Sigue publicando!

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