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Relatos Ardientes

Aquella nochevieja, Sofía aprendió más de lo que esperaba

La idea de juntarnos para la nochevieja había sido de Marcela. Sebastián, mi pareja, había viajado a pasar las fiestas con su familia en el norte, y yo me había quedado sola en el piso sin demasiadas ganas de hacer nada. Un mensaje suyo a las seis de la tarde: «Venid a la mía. Pedimos comida, brindamos y nos reímos. Nada de discotecas, nada de gente rara». Nadie protestó.

Las que llegaron esa noche eran mis tres amigas más cercanas. Valentina, que tenía veintitrés años y una manera de entrar a cualquier sitio que hacía que todo el mundo se girara a mirarla: alta, con el pelo oscuro recogido y ese cuerpo que parecía diseñado para los vestidos ajustados. Marcela, veintisiete, que llevaba una década en el mundo trans y hablaba del deseo con la misma naturalidad con que otro habla del tiempo. Y Sofía, la más pequeña, que recién cumplía los veinte y todavía tenía esa expresión de quien está aprendiendo el idioma de algo que le resulta enorme.

Nos sentíamos un poco melancólicas, no voy a mentir. Valentina había dejado a su chico hacía tres meses y todavía estaba en esa fase de aparentar que no le importaba. Marcela lo llevaba mejor: llevaba años siendo autosuficiente por elección. Yo echaba de menos a Sebastián. Y Sofía, que era la que menos historia acumulaba, simplemente observaba a las demás como si intentara descifrar un manual de instrucciones que nadie le había dado.

Pero las copas ayudaron. La melancolía tiene una vida media corta cuando hay buen vino y cuatro mujeres que se conocen de verdad.

***

La noche empezó con ropa. Marcela había traído una bolsa enorme llena de vestidos, bisutería y un par de tacones que nadie iba a ponerse pero que eran perfectos para probarlos y reírse. Valentina se metió en mi dormitorio y volvió con un vestido de lentejuelas plateadas que le quedaba mejor que a mí. Sofía lo intentó todo con esa timidez que tiene quien no sabe todavía si lo que ve en el espejo le gusta o no. Le gustaba, aunque tardó en admitirlo.

Nos maquillamos. Intercambiamos cosas. Nos rozamos al pasar por el pasillo, en el sofá, en la cocina. No era nada deliberado al principio. Solo ese calor que se va acumulando cuando cuatro cuerpos comparten un espacio pequeño y las copas van haciendo su trabajo. Yo me mantenía observadora, sin muchas ganas de más. Conocía esa sensación de querer y no querer al mismo tiempo, y esa noche el no querer llevaba ventaja.

Hasta que Marcela se levantó de golpe.

Se recogió la falda con una mano y nos miró a las tres con esa sonrisa suya que mezcla el orgullo con la provocación sin que puedas quejarte de ninguna de las dos. Lo que mostró era notable. No exagero: era de esos ejemplares ante los que una necesita un momento para calibrar la situación.

Sofía, que estaba a mi lado, me miró con los ojos muy abiertos. No había incredulidad exactamente, sino esa combinación de asombro y fascinación que solo tienen los que todavía están aprendiendo.

—¿Eso es… habitual? —me preguntó en voz baja.

—Dentro de lo que cabe —le respondí—. Marcela siempre ha tenido suerte con esas cosas.

Valentina, mientras tanto, no hizo preguntas. Se deslizó del sofá con la fluidez de quien sabe exactamente lo que quiere y se arrodilló frente a Marcela. Empezó despacio, con confianza, y se la veía disfrutar tanto como la otra. Marcela cerró los ojos y apoyó la cabeza en el respaldo. Los gemidos que salieron de ella eran suaves y continuos, del tipo que no se finge.

Yo observaba. Sofía observaba. Era imposible no hacerlo.

***

Valentina se detuvo justo cuando Marcela estaba más cerca del límite. Lo hizo con una sonrisa, mirando a Sofía.

—Ahora tú —dijo.

Sofía no respondió de inmediato. Estuvo un momento parada con las manos en el regazo, mirando a Valentina, luego a Marcela, luego a mí. Yo le hice un gesto apenas perceptible. Las tres la animamos, cada una a su manera. Sofía se levantó despacio, como si el suelo no estuviera del todo firme bajo sus pies, y fue hacia Valentina.

Lo hizo con cautela. Tomó el miembro de Valentina entre las manos primero, explorando, y luego se inclinó. Era torpe al principio, esa torpeza de quien está aprendiendo algo nuevo con el cuerpo y no solo con la cabeza. Pero lo hacía. Y eso era lo que importaba.

Fue entonces cuando noté que Marcela se había movido. Lo hizo en silencio, sin llamar la atención. Estaba detrás de Sofía ahora, arrodillada, colocándose el condón con esa eficiencia que da la práctica. Sofía llevaba una falda de terciopelo rojo que en aquella posición dejaba todo al descubierto: las medias altas, la tanga de hilo. No cubría nada.

Marcela apartó el tejido con cuidado. Sofía sintió el movimiento y se giró a medias, sobresaltada. Marcela la sostuvo por las caderas, con firmeza pero sin brusquedad.

—Tranquila —le dijo—. Relájate. Quiero que descubras lo que se siente.

Sofía me miró. Era una mirada que pedía algo que no sabía exactamente cómo pedir. Me levanté del sofá, me acerqué a ella y la besé despacio, primero en la frente, luego en los labios.

—No te va a pasar nada —le dije—. Yo estoy aquí.

Asintió sin decir nada.

Le pedí a Marcela que esperara un momento. Tomé el lubricante, lo apliqué con cuidado, primero con los dedos, preparando el camino sin apresuramiento. Sofía respiraba con los ojos cerrados, concentrada en cada sensación, adaptándose. Era más valiente de lo que ella misma creía. Siempre lo había sido.

Cuando sentí que estaba lista, guié a Marcela. Sostuve el glande en el lugar correcto y dejé que el cuerpo de Sofía marcara el ritmo.

El primer grito fue corto y agudo. Me detuve.

—¿Seguimos? —pregunté.

Tardó unos segundos.

—Sí —dijo. Firme. Sin dudar.

Volví a intentarlo, más despacio todavía. El cuerpo de Sofía cedió un poco más, y el grito se fue convirtiendo en algo distinto, más involuntario, menos resistente. Le tomé la mano. La apretó con fuerza. La solté cuando noté que la presión se aflojaba.

Fue así, centímetro a centímetro. Marcela tenía la paciencia de quien ha estado muchas veces en esa situación y sabe que forzar no sirve de nada. Yo controlaba el ritmo desde fuera, retirando la mano poco a poco a medida que el cuerpo de Sofía se abría al suyo. Los sonidos de ella fueron cambiando: el grito inicial se fue convirtiendo en jadeos, los jadeos en gemidos, los gemidos en algo que ya no necesitaba traducción.

—¿Cómo estás? —le pregunté cuando llevaban un rato así.

—Llena —respondió entre un suspiro y algo que era casi una sonrisa.

Me separé un poco para dejarles espacio. Y fue entonces cuando vi a Valentina.

***

Estaba recostada en el sofá, con las piernas ligeramente separadas y esa expresión suya de calma que nunca es del todo calma.

—No te hagas la difícil —me dijo.

No me la hice.

Me incliné sobre su vientre, cómoda en esa posición que me resulta natural. Valentina apoyó una mano en mi nuca y la otra en la almohada. Yo tomé su lugar con la boca, despacio al principio, encontrando el ritmo. Soy buena en esto y no lo digo por vanidad, lo digo porque sé exactamente lo que busco: el punto preciso de presión, el momento exacto en que hay que cambiar el ritmo, el instante en que conviene aminorar para que el placer dure más. Valentina lo notó de inmediato. Sus manos se volvieron más insistentes.

No escuché a Sofía acercarse. Pero la sentí: primero el aliento en la parte baja de mi espalda, luego la boca, moviéndose despacio hacia abajo. Era inesperado y fue eso, justamente esa sorpresa, lo que me hizo detenerme un momento. Valentina me empujó suavemente la cabeza hacia abajo para que continuara.

La lengua de Sofía siguió bajando y en algún momento cedió su lugar a algo más. Lo noté antes de estar segura de qué era: peso, calor, firmeza. Y luego certeza absoluta: era Marcela. La reconocí por el tamaño, inconfundible. Entró despacio, muy despacio, y yo tuve que concentrarme en relajar lo que tenía que relajar.

Un sonido se escapó de entre mis labios que no había planeado hacer.

Valentina se rio muy suave.

—Te lo mereces —dijo.

Marcela quieta dentro de mí, dejándome acostumbrar. Valentina deslizándose hacia abajo, reposicionando. Yo entendí lo que iban a hacer un segundo antes de que lo hicieran. Quise protestar. Quise decir que era demasiado. Pero la boca la tenía ocupada y, de todos modos, una parte de mí sabía desde el principio que esto era a lo que llevaba la noche.

El miembro de Valentina era más delgado que el de Marcela y, aun así, el primer intento fue un dolor concentrado que me obligó a respirar despacio, a soltar tensión deliberadamente, a confiar en que mi cuerpo sabía lo que hacía porque lo había hecho antes. Aflojé los músculos. Cedí. El glande de Valentina encontró su lugar.

Y entonces las dos dentro, y Sofía frente a mi boca, tomándome del cabello con una confianza que no tenía media hora atrás. Las cuatro conectadas. Marcela y Valentina se sincronizaron solas, alternando, profundas, constantes, como si llevaran años haciéndolo. Sofía desatada, empujando hacia adelante sin pedir permiso.

Yo era el centro de todo eso. Lo sentía. No como algo que me pasaba, sino como algo que era, como el eje alrededor del cual las tres giraban y desde el cual todo tenía sentido. Estaba tan llena de sensación que ya no había separación entre el placer y el cuerpo que lo recibía.

***

El orgasmo llegó desde varios lugares a la vez y duró más de lo que esperaba. Sofía fue la primera en emitir ese sonido largo e incontrolable que no se puede fingir. Marcela fue la segunda, retirándose justo antes del final. Valentina la última, con los ojos cerrados y la respiración completamente deshecha.

Nos quedamos las cuatro enredadas en el sofá sin decir nada por un rato. Afuera empezaban a sonar los primeros fuegos artificiales del año nuevo, distantes al principio, luego más cercanos, como si la ciudad estuviera despertando de algo.

Sofía fue la primera en hablar.

—No me imaginaba que así sería la nochevieja —dijo.

—Nadie se lo imagina —le respondí—. Por eso es mejor cuando pasa.

Valentina se rio. Marcela nos trajo agua. Y nos quedamos así, enredadas y en silencio, mientras el año nuevo entraba sin que nadie le abriera la puerta.

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Comentarios (5)

Maxi_uy

buenisimo!! me engancho desde la primera linea, no pude dejar de leer

RobertoNoche

por favor segunda parte!! me quede con las ganas de saber como sigue todo despues para Sofia

SilviaN88

que relato tan hermoso y humano a la vez. Hay algo en la historia que te llega directo al pecho. Gracias por escribirlo!

Lucas1988

me recordo a una nochevieja que pase lejos de la familia, aunque por suerte sin tanto drama jaja. muy buen relato

GabiMendoza

me pregunto si Sofia tenia alguna sospecha de como iba a terminar la noche... o fue sorpresa total? muy bueno de todas formas

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