Lo que Lorenzo aprendió aquella noche
Después de tres relaciones serias, varios amantes de ocasión y más encuentros de una noche de los que quisiera recordar, algo en mí empezó a exigir otra cosa. No soy joven: soy, como dicen con delicadeza algunos, una mujer de mundo. Una travesti homosexual que asume siempre el rol pasivo, con una sensualidad que tampoco da mucho descanso. Encontrar a alguien que reúna lo que busco no es sencillo, y yo lo sé mejor que nadie.
Tengo a Patricia y a Sonia, mis dos mejores amigas, que han cubierto mis necesidades más urgentes en los momentos peores. Les estoy agradecida. Pero hay algo que ninguna de las dos puede darme: compañía de verdad. Alguien con quien hablar al final del día, en quien confiar, a quien atender. Y, claro, alguien con quien saciar ese apetito sexual que, en mi caso, rara vez toma un respiro.
De eso trata esta historia. De Lorenzo.
Lorenzo trabaja en la misma empresa que yo, aunque en un nivel diferente al mío. Lo conocí durante una reestructuración del área de proyectos, cuando nos pusieron a colaborar en el mismo equipo. Me sorprendió desde el primer momento, no por su físico, que es recio pero sin alardes, sino por la forma en que pensaba y hablaba. Tiene criterio. Le interesan la música, la literatura, el cine. Esas cosas que yo también colecciono en conversaciones largas y que escasean bastante en los pasillos de cualquier empresa.
Al principio nuestros intercambios eran estrictamente profesionales. Pero la calidad de sus ideas me retenía más tiempo del necesario cerca de su escritorio. Sin que ninguno lo planeara, empezamos a quedarnos hablando bastante después del horario. Sobre trabajo, primero. Sobre todo lo demás, después.
Lo que Lorenzo no sabía en esos primeros encuentros era que yo guardaba ciertos secretos sobre mí misma.
Investigué con discreción, porque cuando alguien me interesa de verdad, investigo. Lo que encontré me animó: separado desde hacía casi dos años, con dos hijas a su cargo que atendía con una dedicación que me pareció admirable. Sin enredos dentro de la empresa. Tomaba una copa de vez en cuando, pero sin excesos. Nada de lo que temía encontrar.
Me propuse seducirlo.
La oportunidad llegó antes de lo que calculaba. La dirección organizó una presentación transversal de resultados y tanto Lorenzo como yo fuimos seleccionados para participar. Mejor aún: nos asignaron como pareja para desarrollar uno de los bloques del informe. Trabajaríamos juntos durante varias semanas, con reuniones regulares. Mejor escenario imposible.
Nos reunimos varias veces. En teoría para trabajar. En la práctica, yo tenía el bloque casi listo desde el primer día y dedicaba buena parte del tiempo a sembrar conversaciones que fueran llevando las cosas adonde yo quería. Hablábamos de música, de películas, de nuestras vidas. Él me contaba sobre sus hijas. Yo le contaba sobre mi vida, con algunos detalles estratégicamente omitidos.
Una tarde la conversación llegó al territorio que más me interesaba.
—Desde que me separé no he tenido ninguna relación —me confió, con esa mezcla de incomodidad y alivio que tiene la gente cuando dice en voz alta algo que lleva mucho tiempo callado.
Le pregunté, casi de pasada, si tampoco había tenido experiencias con hombres. Me miró fijo.
—¿Por qué me preguntas eso? Yo no soy gay.
No me ofendí. Era la reacción esperada. Seguí con calma, y poco a poco lo fui llevando hasta que fue él quien me preguntó sobre mi propia orientación. Se lo dije sin rodeos: soy homosexual y me visto de mujer. Asumo el rol femenino, siempre. Se quedó en silencio un momento. Luego cambió de tema como si tal cosa.
Pero yo había visto algo en sus ojos. Una chispa nueva que no estaba antes. La semilla estaba plantada.
***
El viernes siguiente teníamos reunión en mi apartamento con todo el equipo para revisar el avance del informe. Preparé con cuidado: bocadillos, refrescos, dos botellas de vino y unas cervezas. No era la primera vez que recibía gente en casa, pero sí la primera en que lo hacía con un objetivo tan específico.
La reunión se disolvió pronto en conversación. El ambiente se relajó, las botellas fueron vaciándose, y lo que empezó como una reunión de trabajo terminó siendo una pequeña fiesta improvisada. Me aseguré de que el vaso de Lorenzo siempre estuviera lleno. Él no rechazó ninguna copa.
Cuando el resto empezó a despedirse, les dije que yo me encargaba de revisar los últimos detalles. A Lorenzo le pedí que se quedara un poco más para repasar nuestra parte del informe. Aceptó a medias, alegando que estaba cansado y que necesitaba descansar unos minutos antes de irse. Lo invité a recostarse en mi cama mientras yo ordenaba la sala.
El primer paso estaba dado.
Tardé lo suficiente en arreglar la sala. Cuando entré al dormitorio con una copa en la mano, lo encontré boca arriba, con la vista fija en el techo y los ojos completamente despejados. Nada de sueño.
—La verdad —dijo antes de que yo abriera la boca— es que sigo pensando en lo que me contaste el otro día. Lo de vestirte de mujer. No lo concibo.
—Si quieres, puedo mostrarte ahora mismo cómo me veo.
Hubo una pausa. Breve, pero cargada.
—Si tú quieres hacerlo… —dijo al final.
Me fui al vestidor sin darle tiempo a retractarse.
Elegí un conjunto negro: blusa y falda que sé que me sientan bien, ropa interior a juego, medias de encaje hasta el muslo, peluca oscura y ondulada que me cae sobre los hombros. Me maquillé con cuidado. Sombras cálidas en los ojos, labial rojo intenso, rubor suave en los pómulos. Unos aretes de plata en forma de gota y un collar fino. Tacones altos que hacen exactamente lo que deben hacer.
Salí del vestidor y me planté frente a él.
—¿Qué te parece?
Se levantó de la cama despacio. Dio una vuelta completa a mi alrededor sin decir nada, mirándome de arriba abajo con una concentración que no era la de alguien que está incómodo. Tomó su copa y se la bebió entera de un solo trago. Volvió a sentarse en el borde de la cama y me hizo una seña para que me sentara junto a él.
Me senté, crucé las piernas. La falda subió hasta los muslos. Sus ojos no tardaron en posarse allí, y se quedaron.
Vi que la mano en la copa le temblaba levemente. Su mirada recorría mi cuerpo con una atención que ya no era simple curiosidad sino algo más difícil de nombrar.
No hice ningún movimiento de acercamiento. Si él notaba mi ansiedad, se asustaría. Así que esperé.
No tuve que esperar mucho.
Su mano se apoyó primero en mi muslo. Luego me rodeó con el brazo y me acercó hacia él. Besó mi cuello, mi mejilla. Sus manos fueron volviéndose más directas: mis senos, mis muslos, descendiendo poco a poco hacia mi entrepierna. Mantuve las mías quietas en el regazo hasta que él tomó una y la colocó sobre su pantalón.
Estaba completamente excitado.
Actué con cautela, sin apresurarme. Hasta que él mismo se abrió el pantalón. Me incliné y lo tomé en la boca con calma, besándolo primero, envolviéndolo después. Lo chupé sin prisa, prestando atención a lo que le producía más respuesta. Lorenzo no tardó mucho. La primera vez casi nunca tardan. Se corrió con fuerza y yo lo recibí todo sin retirarme.
Después se recostó con el brazo sobre los ojos, sin hablar.
Me limpié y me tendí a su lado. Le aparté el brazo de la cara hasta que tuvo que mirarme.
—¿Te gustó?
Asintió apenas, sin palabras y con la mirada desviada.
Lo dejé solo unos minutos. Fui al baño, me retoqué. Cuando volví se estaba acomodando la ropa con movimientos torpes, sin mirarme. Me senté a su lado, sin tocarlo.
—¿Estás arrepentido?
Asintió de nuevo.
—¿Crees que estuvo mal?
Otro gesto afirmativo, casi imperceptible.
—¿Qué fue exactamente lo que no te gustó?
Tardó varios segundos en responder.
—Es que tú eres hombre y yo también.
—Mírame bien, Lorenzo. ¿Te parece que estos senos son de hombre? ¿Estas piernas que no podías dejar de mirar son de hombre?
Negó con la cabeza, despacio.
—Entonces cuál es el problema. No me digas que no disfrutaste, porque tu respuesta fue bastante elocuente.
Hubo un silencio largo. Y entonces, sin que yo lo esperara, me abrazó. Me besó. Con cuidado, como si estuviera aprendiendo cómo hacerlo. Me tendió sobre la cama.
Me quedé quieta. Sus manos eran distintas ahora: más lentas, más atentas. Sus besos bajaron por mi cuello, se detuvieron en mi clavícula. Levantó mi blusa y buscó mis senos con una atención que no tenía nada de mecánica. Me abracé a él y respondí sin apresurar nada.
Estaba excitada. Más de lo que quería demostrar.
Él ya no pensaba. Solo sentía.
Fue él quien quitó mi blusa. Fue él quien apartó mi falda. Sus labios encontraron mis pezones y los trabajó con una paciencia que me hizo perder la compostura que había mantenido toda la noche. Sus manos rodearon mis caderas, apretaron mis glúteos. Me separé apenas de él, lo suficiente para quitarle la camisa, los pantalones. Cuando volvimos a pegarnos, sentí contra mí lo que él sentía. Era inconfundible.
Me tomó por los hombros y me miró. Sin palabras. Luego me empujó suavemente hacia abajo.
Lo tomé en la boca de nuevo, pero esta vez sin ningún apuro. Con calma y con ganas. Lo devoré despacio hasta que él me apartó con las manos, me dio la vuelta y me puso boca abajo sobre la cama.
Esperé la penetración. Lo que sentí fue otra cosa.
Su boca. Su lengua. En mi culo, con una decisión que no me esperaba de alguien que hacía media hora insistía en que no era gay. Solté un sonido que no estaba planeado. Me vine así, solo con eso, antes de que hubiera nada más.
Lorenzo continuó como si no hubiera pasado nada. Su lengua penetraba y retrocedía, y sus manos separaban todo lo que podían mis glúteos. Estaba llevándome hacia un segundo orgasmo cuando le pedí que me penetrara.
Lo hizo sin dudar. La primera embestida fue profunda y limpia. Me acomodé para recibirlo mejor y él encontró el ángulo solo, sin que yo tuviera que guiarlo.
Lo que siguió no tiene una descripción simple.
Pasamos de una posición a otra sin hablar. Él encontró el ritmo solo, y era bueno. Sus manos sujetaban mis caderas con firmeza. Sus dientes rozaban mi cuello. Su aliento me quemaba la nuca y eso me excitaba más todavía. Tuve varios orgasmos. En algún punto dejé de contarlos.
Cuando él llegó al suyo fue con una intensidad que sentí desde adentro. Se quedó completamente inmóvil después, con el cuerpo apoyado en el mío y la respiración entrecortada.
Nos recostamos frente a frente. Tenía en la cara una expresión que no le había visto antes. Algo entre alivio y descubrimiento, como el de alguien que acaba de encontrar algo que no sabía que estaba buscando.
Le di un beso suave en la comisura de los labios.
—Gracias —murmuré.
—No —dijo él—. Gracias a ti. Nunca imaginé que algo así pudiera sentirse de esta manera. Ninguna mujer me había dado nunca algo parecido.
Nos quedamos en la cama el resto de la noche. Y buena parte de la mañana. Cuando por fin Lorenzo se levantó a vestirse, los dos sabíamos que no iba a ser la última vez. No hizo falta decirlo.
Creo que por fin había encontrado lo que andaba buscando. Y él también, aunque todavía no lo supiera del todo.