La tarde que Sandra y Valentina me eligieron
El día había empezado mal y no había parado de empeorar desde las nueve de la mañana. Seis años trabajando como analista de sistemas en la misma consultora, seis años aguantando las humillaciones cotidianas de Bergara, mi director de área, hasta que esa mañana, delante de todo el equipo reunido en la sala de juntas, algo en mí se partió. Le arrojé el café encima. No le pegué, pero fue suficiente para que me escoltaran hasta la recepción con mis cosas en una caja de archivo.
Llegué al apartamento a las dos de la tarde con la adrenalina todavía disparada y un nudo en el estómago que no cedía. Tenía el alquiler sin pagar del mes siguiente, un par de deudas menores y, probablemente, un expediente laboral en camino. Lo que también tenía era una carpeta de correos internos con irregularidades contables que Bergara preferiría que no existieran. Ese era mi único margen de negociación.
Me duché, me puse una camiseta vieja y serví una copa de vino tinto. El teléfono no paraba de vibrar —compañeros que preguntaban, amigos que ya se habían enterado— así que lo puse en silencio y lo dejé boca abajo sobre la mesita.
Entonces sonó el timbre.
La policía, pensé. Bergara había cumplido su amenaza.
Pero no. Era Sandra, la vecina del apartamento de enfrente.
Llevábamos tres años viviendo en el mismo rellano y Sandra siempre había sido una presencia amable y discreta: saludos en el ascensor, alguna charla breve sobre el tiempo o los vecinos del cuarto. Tenía cuarenta y ocho años, aunque nadie lo diría. Iba al gimnasio cinco días a la semana y se notaba en la forma en que llevaba el cuerpo. Su marido, Roberto, había sido director financiero de una empresa de logística hasta que lo detuvieron ocho meses atrás por desvío de fondos. Algo cercano a los cuatrocientos mil euros que nunca llegaron a donde debían. Desde entonces, Sandra gestionaba sola el apartamento y a sus dos hijos.
—Perdona que moleste —dijo cuando abrí la puerta—. La persiana del dormitorio lleva tres días atascada y con el calor que está entrando…
Me miró la cara y frunció el ceño.
—¿Estás bien?
—Más o menos.
No era el momento de contarle nada, pero ella tenía esa forma de preguntar que hacía difícil dar respuestas vagas. Diez minutos después estaba sentado en su cocina, con mi copa todavía en la mano y su botella encima de la encimera, contándole lo de Bergara y lo del café.
—Tengo un buen abogado —dijo cuando terminé—. El mismo que lleva el caso de Roberto. Si lo necesitas, te lo presento esta semana.
La persiana tardé tres minutos en arreglarla: el cordón se había trabado en la guía. Una tontería. Me disponía a cruzar al mío cuando Sandra se quedó quieta de repente, con la vista fija en el suelo, y empezó a llorar en silencio. No era un llanto dramático. Era el llanto de quien lleva meses aguantando y se le ha agotado la reserva.
—Lo siento —murmuró—. Es que con lo de Valentina no sé cómo manejarme sola. Roberto siempre supo qué hacer, qué decir. Yo me pierdo.
—¿Valentina? —pregunté, porque si no me equivocaba, sus hijos eran precisamente Valentina, de veinticuatro años, y Lucas, de veintidós.
Sandra levantó la vista.
—Valentina nació como Víctor —dijo con cuidado—. Desde pequeño pedía que lo trataran como a una chica. Al principio pensamos que era una etapa, pero a los quince seguía igual y a los dieciséis ya teníamos claro que no lo era. Fuimos a especialistas, Roberto y yo lo acompañamos en todo el proceso de hormonización. A los diecinueve cambió el nombre legalmente. Valentina lleva años siendo quien es, y estoy orgullosa de ella. Pero hay cosas que no sé cómo apoyarla sin tenerlo a él al lado.
No sabía qué decir, así que no dije nada. A veces es lo más honesto.
Nos quedamos hablando un rato largo, primero de pie en la cocina y luego sentados en el sofá con la segunda copa ya servida. Me habló de lo que echaba de menos a Roberto, no solo como padre sino como compañero, como alguien que simplemente estaba ahí. Que hacía meses que no se sentía deseada. Que a veces se olvidaba de cómo era eso.
—En todos los sentidos —dijo, y me miró directamente—. ¿Me entiendes?
La entendía perfectamente.
No sé quién se acercó primero. Creo que los dos lo hicimos al mismo tiempo, de esa forma en que las cosas ocurren cuando llevan un rato ocurriendo sin que nadie las nombre. El primer beso fue suave, casi una pregunta. El segundo ya no.
Sandra tenía los labios calientes y olía a ese perfume floral que yo le había notado siempre en el rellano sin saber de quién era. Cuando me pasó los dedos por la nuca, algo en mi pecho se destensó por primera vez en todo el día. Le toqué el costado, le deslicé la mano por la espalda. Ella apretó los dedos contra mi hombro.
—Esto no está bien —murmuró entre beso y beso, aunque no se separaba.
—Probablemente no —admití.
Le desabroché la camisa, ella me abrió el cinturón con una calma que me resultó más excitante que cualquier urgencia. Le levanté el vestido y metí los dedos despacio. Estaba muy húmeda. Le pasé el pulgar por encima y ella cerró los ojos y apretó los muslos contra mi mano sin decir nada.
Se arrodilló y tomó lo suyo directamente. Se concentraba en la punta, sin apuro, con esa precisión de quien sabe exactamente lo que está haciendo. Yo le enredé los dedos en el pelo y dejé de pensar en Bergara, en la policía, en el alquiler del mes que viene.
***
La puerta del apartamento se abrió.
Sandra no se dio cuenta. Yo sí, porque tenía la cabeza levantada. En el umbral del salón estaba Valentina, con una bolsa de la compra en cada mano y las llaves todavía colgando de la cerradura. Miraba la escena sin moverse.
Era alta y delgada, con el pelo castaño hasta los hombros. Se parecía a su madre en los pómulos y en la forma de los ojos. Y no decía absolutamente nada.
Dejó las bolsas en el suelo. Las llaves, sobre el aparador. Se descalzó despacio. Y se sentó en el sillón de enfrente, cruzando las piernas, sin apartar la vista.
Sandra por fin levantó la cabeza, nos miró a los dos y se separó de golpe.
—Valentina, yo…
—Tranquila, mamá. —La voz de Valentina era serena, casi divertida—. Hace tiempo que hablamos de esto.
Me miró a mí.
—Hace tiempo que las dos hablamos de esto —repitió.
Se levantó del sillón y vino directamente hacia mí. Me besó en la boca sin rodeos, con una seguridad que me dejó sin reacción durante un segundo. Luego se apartó apenas lo suficiente para girar la cabeza hacia su madre.
—Lo único que no te perdono es no haberme avisado.
Sandra soltó una carcajada nerviosa que duró poco.
Valentina llevaba unos vaqueros y una camiseta de tirantes. Cuando se quitó la camiseta, vi que tenía pecho, no muy grande pero definido, el resultado de años de hormonización. Deslicé la mano hacia su cinturón y ella hizo un amago de retroceder. La sostuve con calma.
—Conmigo no hay secretos —le dije.
Se relajó. Metí la mano. Estaba excitada, y era evidente que no había completado la transición quirúrgica. No me importó en absoluto. Lo que importaba era que ella quería estar ahí, y lo quería con claridad.
Las dos se pusieron a trabajar en equipo con una coordinación que solo se explica por años de confianza. Sandra era lenta y metódica, con la boca. Valentina era más directa e impaciente. Me colocaron entre las dos y empezaron en paralelo, cada una a su ritmo, y yo tenía las manos ocupadas en las dos al mismo tiempo intentando no dejarme llevar demasiado pronto.
Fue Sandra la primera que se subió encima. Lo hizo despacio, cerrando los ojos, respirando hondo centímetro a centímetro. Era caliente y apretada, el tipo de sensación que obliga a concentrarse si no quieres llegar antes de tiempo. Se aferró a mis hombros y empezó a moverse.
—Hace tanto —susurró, más para ella que para mí.
Valentina se arrodilló detrás de su madre, le abrió las nalgas y le pasó la lengua despacio. Sandra arqueó la espalda y aceleró el ritmo encima de mí. Yo tenía las manos en sus caderas siguiendo cada movimiento y miraba a Valentina, que me devolvió la mirada con una sonrisa mientras seguía con lo suyo. Tenía unas dimensiones respetables, ancha más que larga, y cuando Sandra le hizo un gesto con la cabeza, Valentina se incorporó y se colocó detrás de ella.
Sentí la presión casi de inmediato: Sandra se quedó quieta un momento mientras su hija entraba, y luego volvió a moverse con las dos dentro, más despacio, con los ojos cerrados y la boca entreabierta. Las dos vergas dentro y ella moviéndose como si supiera exactamente cómo gestionar cada una. Valentina me besó por encima del hombro de Sandra y refregó su pecho contra mi mano.
***
Cuando Sandra se bajó para descansar, Valentina vino hacia mí.
—¿Me pruebas tú a mí? —preguntó, directa.
Era una pregunta honesta. Mereció una respuesta honesta.
—Sí.
Se dio la vuelta y se colocó a cuatro patas en la alfombra. La tomé despacio, con cuidado, dejando que ella marcara cuándo seguir. La cabeza era ancha y al entrar se notaba con claridad total. Cuando la oí soltar el aire y relajar los hombros, empujé un poco más hasta el fondo.
—Dios —murmuró ella—. Esa cabeza se nota de verdad al entrar.
Agarré el ritmo poco a poco. Sandra se sentó a nuestro lado, mirando, con una sonrisa que no era exactamente la de una madre sino algo más mezclado que eso. Valentina gemía despacio y se movía hacia atrás para encontrarse con cada empuje.
—Ahora tú —dijo Valentina, girandose hacia mí con los ojos brillantes.
No lo había hecho nunca. Lo pensé un segundo. Ya había roto suficientes esquemas ese día como para que uno más cambiara algo. Le dije que sí.
Sandra me abrió las nalgas con las manos mientras Valentina tomaba posición. Fue lento al principio, muy lento, con una presión que al principio dolía un poco y luego se transformó en algo completamente distinto. Cuando el ritmo se estableció, sentí una presión concreta en un punto interior que hacía difícil mantener cualquier pensamiento ordenado. Sandra me tomó en la boca al mismo tiempo. Valentina aceleró. En algún momento perdí la noción de qué parte de mí era de quién, y me llenó el recto con un calor que no esperaba para nada.
—No lo saques —dijo Sandra, incorporándose.
Se colocó encima de mí con Valentina todavía dentro de mí. Si el de la hija era una cosa, el de la madre era otra distinta. Empujé desde abajo todo lo que pude mientras Valentina terminaba de salir y Sandra se movía sola hasta llegar al clímax y derrumbarse hacia atrás encima de mí.
—Uff —dijo simplemente—. Necesitaba esto.
Los tres nos quedamos en la alfombra mirando el techo, sin hablar durante un rato.
—Yo también —dijo Valentina al final.
Yo no dije nada. Pero era cierto.
***
Valentina fue a la cocina a por agua. Sandra se quedó a mi lado.
—¿Te quedas a cenar?
El timbre de mi apartamento sonó desde el rellano. Una vez, dos. Me vestí como pude y crucé el pasillo.
Eran dos agentes de la policía local. Bergara había presentado la denuncia. Me pidieron que los acompañara a comisaría para declarar.
El abogado de Sandra, Montoya, me atendió esa misma noche. Me explicó que lo del café no llegaba a agresión y que el historial de acoso laboral de Bergara jugaba claramente a mi favor. Al día siguiente fuimos juntos a la audiencia de mediación: pedí disculpas delante del juez, expliqué el contexto, firmé un acuerdo de confidencialidad y salí de allí con una compensación económica que me daba margen para casi un año sin trabajar. Le subarrendé el apartamento a un conocido que llevaba tiempo buscando algo en la zona.
Volví al edificio esa tarde. Sandra estaba en el rellano esperando el ascensor.
—¿Cómo fue? —preguntó.
—Mejor de lo esperado.
Subimos juntos en silencio. En el cuarto piso, antes de que ella sacara las llaves, me miró un momento.
—Valentina pregunta si te quedas a cenar hoy.
Guardé las mías en el bolsillo.
—Dile que sí.