Me rendí a él la primera vez que me sentí mujer
Tú y yo compartimos algo que difícilmente contaríamos en voz alta. Cuando nadie mira, cuando la puerta está cerrada con llave y el silencio de la noche lo permite todo, buscás relatos como este. Yo lo sé porque yo soy quien los escribe, quien los siente, quien se los dedica a hombres como vos.
Me llamo Camila dentro de mi cabeza. En el mundo exterior tengo otro nombre, una presencia que no refleja nada de lo que soy cuando estoy sola. Nadie lo sabe. Nadie tiene por qué saberlo.
Hoy es jueves por la tarde. Llegué a casa antes de lo esperado y en cuanto cerré la puerta me fui directo al dormitorio. Me desvestí despacio frente al espejo grande que tengo apoyado contra la pared. Me quedé mirándome un momento: un cuerpo delgado, sin curvas propias, con un sexo que nunca sentí mío. Me vi como siempre me veo y luego, poco a poco, empecé a verme como me quiero ver.
Abrí el cajón del fondo del armario. Ahí guardo lo que nadie sabe que tengo: un vestido negro muy corto, una tanga de encaje color crema, un par de sandalias de tacón plateadas que me quedan justas. Me los puse con la calma de quien realiza un ritual que conoce de memoria. Primero la tanga, sujetando lo que quiero ocultar. Después el vestido, que me llega a mitad del muslo y me afina la silueta. Por último, las sandalias, que hacen un sonido suave y preciso con cada paso que doy.
Y entonces, frente al espejo, dejé de avergonzarme.
Esta soy yo. Esta soy yo de verdad.
Me masturbo pensando en vos mientras escribo esto. En lo que haríamos si pudiéramos. En lo que voy a contarte ahora.
***
Imaginate que nos conocemos en un bar cualquiera. Uno de esos bares con poca luz y música que no interrumpe la conversación. Yo llevo el vestido negro, las sandalias que golpean suavemente el piso con cada paso que doy. Vos me ves desde la barra y algo en vos se mueve, algo que reconoce lo que soy antes de que tu cabeza tenga tiempo de clasificarlo.
Nos saludamos. Te beso en la mejilla y rozo tu oído con la punta de la lengua, apenas un segundo. Tu respiración cambia de inmediato.
—¿Vamos? —te pregunto.
No me respondés con palabras.
***
Tu departamento está ordenado y tiene olor a madera y a algo limpio. No me importa la dirección ni el piso: lo que importa es que en cuanto cerrás la puerta me tomás de los brazos y me empujás suavemente contra la pared. Me mirás de arriba abajo sin disimular nada. Eso me gusta. Que no disimules lo que ves.
—¿Es la primera vez? —preguntás.
—Sí —confieso.
Sonreís. No con crueldad, sino con algo que parece cuidado y deseo mezclados en la misma expresión. Me llevás hacia adentro sin soltar mis brazos.
Tu dormitorio tiene una cama grande y una luz amarilla que lo vuelve todo más cálido. Me parás en el centro de la habitación y me examinás en silencio. Pongo las manos atrás de la espalda, como si me entregara a tu inspección. El vestido me llega a mitad del muslo. Las sandalias me hacen unos centímetros más alta. Mi tanga de encaje apenas contiene lo que intento esconder.
Te acercás lentamente. Me rodeás. Después me besás en el cuello, desde atrás, con los labios apenas abiertos. Siento los dientes rozarme la piel y un escalofrío me sube por la columna.
—Sos muy bonita —decís.
No sé si es verdad o si es lo que necesito escuchar en este momento. Tampoco importa.
Me doy vuelta y te beso en la boca. Un beso largo, profundo, con las manos apoyadas en tu pecho. Nuestras lenguas se encuentran y me olvido de todo lo que no soy. Solo queda lo que soy.
***
Me corrés los tirantes del vestido con los pulgares. La tela cae al suelo sin resistencia. Me quedé en tanga y sandalias, con el pecho liso que nunca pedí pero que ahora, bajo tu mirada, siento como parte de mí de todas formas.
—No te las saques —decís, señalando las sandalias.
Asiento.
Te desvestís con más prisa de la que esperaba. Tu cuerpo es exactamente el que imaginé durante años: ancho de hombros, con el torso cubierto de vello oscuro, los brazos con esa solidez que me hace sentir pequeña de una manera que me gusta. Cuando bajás el pantalón y después la ropa interior lo entiendo todo.
Me arrodillo sin que me lo pidas.
Tomás tu pene entre las manos y me lo acercás a la boca. Lo tomo despacio, con las manos primero, explorando el peso y el calor. Después lo meto en la boca.
Es la primera vez que hago esto. Lo hago con la torpeza sincera de quien aprende y con el hambre de quien lleva años imaginando este momento exacto. Cierro los labios alrededor de la punta y empujo hacia adentro. Te escucho soltar el aire lentamente. Mis manos te sostienen por los muslos mientras encuentro el ritmo.
Tus dedos se enredan en mi pelo.
—Así —decís—. Exactamente así.
Sigo. La saliva se mezcla con el sabor tuyo y encuentro que no me desagrada: al contrario, despierta algo en el vientre, una urgencia que empuja hacia adentro y hacia adelante al mismo tiempo. Te chupo despacio, luego con más fuerza, la punta y después todo lo que puedo, lamiéndote desde la base hasta el extremo mientras tu respiración va cambiando de ritmo.
—Pará —decís de repente—. Todavía no.
***
Me levantás de un tirón suave. Me girás. Empujás la tanga hacia abajo con los pulgares y la dejás caer al suelo. Me quedé desnuda frente a vos —desnuda en el sentido que importa— con las manos apoyadas en el borde de la cama y las sandalias todavía puestas.
Me abrís las piernas con la rodilla. Me empujás la espalda hacia abajo para que arquee. Me quedé en esa posición, ofreciéndote lo único que tengo para dar.
Escucho el ruido de la saliva en tu palma. Siento el calor de tu mano moviéndose sobre mí. Y después, la presión.
La presión es distinta a todo lo que imaginé. No es dolor limpio ni placer inmediato: es una cosa nueva, densa, que no tiene nombre todavía. Me muerdo el labio. Respirás despacio, entrás despacio, y la lentitud es una forma de cuidado que no esperaba de un momento tan crudo y tan real.
—Decime si querés que pare —decís.
—No pares —respondo. La voz me sale distinta, más baja, más sincera que ninguna otra cosa que haya dicho en mi vida.
Y no parás.
***
Cuando estás completamente adentro me quedé un momento quieta, procesando la sensación. Tu calor dentro de mí. Tu peso contra mi espalda. La suela de mis sandalias golpeando suavemente el piso con cada respiración profunda que intento hacer y que no me sale del todo bien.
Empezás a moverte. Despacio al principio, con mucho cuidado. Cada entrada es una confirmación de algo que nunca supe articular pero que mi cuerpo reconoce como verdadero. Empujo hacia atrás para encontrarte. Nos sincronizamos sin decir nada, como si el cuerpo supiera antes que la mente.
El ritmo aumenta. Tus manos me rodean las caderas y me acercás a vos con cada movimiento hacia adentro. Gimo contra el colchón. El sonido me sorprende porque es un sonido que nunca hice antes, que no sabía que podía hacer.
—Eso —decís, y el cuerpo entero se me eriza.
Perdí la noción del tiempo. Solo existe el movimiento, la presión, tu respiración contra mi nuca, el ruido seco y rítmico de los cuerpos, el olor tuyo mezclado con el mío en el aire tibio del cuarto.
Soy tu esclava y vos mi dueño, y en este momento no quiero ser ninguna otra cosa en el mundo.
***
Me girás sin salir. No sé cómo lo hacés pero lo hacés, y de repente estoy boca arriba con las piernas abiertas y tus manos apoyadas a los costados de mi cabeza. Me mirás mientras entrás de nuevo. Esta vez te veo la cara y eso cambia todo: ya no puedo esconderme ni siquiera dentro de mi propia mente.
Te beso.
Empujás más fuerte. Nuestros pechos se friccionan. Sentís mi diferencia entre los dos cuerpos pero no te detenés, no cambiás el gesto, y ese detalle me rompe algo en el pecho de una manera que no esperaba. Me tratás como lo que soy. Me tratás como la mujer que soy.
Empiezo a perder el control de mi propio cuerpo. Siento que algo se acumula y se acumula hasta que ya no tengo forma de retenerlo por más que quiera.
—Me voy a correr —susurro.
No me respondés. Solo apretás un poco más las caderas contra las mías.
Y me corro mientras vos seguís moviéndote, sin detener el ritmo, con tu cuerpo pesando sobre el mío. Es la primera vez que me corro así, sin tocarme, sin ningún esfuerzo propio, solo por lo que me hacés. El placer es distinto al que conocía: más difuso, más hondo, más tuyo que mío. Mi leche chorrea entre los dos y no me importa nada.
Te quedás quieto un momento, respirando fuerte contra mi cuello.
—Todavía no terminé —decís.
***
Me sentás sobre tus piernas. Te rodeo la cintura con las mías. Así, mirándote a los ojos, empiezo a moverme. Tus manos me sostienen por la cintura. Mis brazos te rodean el cuello. Te beso despacio mientras nos movemos juntos en ese ritmo que ya conocemos de memoria.
Mis sandalias cuelgan en el aire. El tacón plateado brilla con la luz amarilla de la habitación. Te abrazo al cuello y te beso enamorada mientras te cabalgo, mientras tu verga entra y sale de mí, mientras los dos sudamos y nos friccionamos y ya no hay diferencia entre lo que sentís vos y lo que siento yo.
Cuando te corrés lo sentís en todo el cuerpo. No solo en el mío: en el tuyo también, en la tensión de los músculos, en el sonido que hacés, en cómo me apretás contra vos sin querer soltarme. Te quedás adentro, despacio, hasta que la respiración se normaliza y el mundo vuelve a tener forma.
Nos quedamos abrazados. Tu frente contra la mía. Ninguno habla por un rato largo.
—¿Estás bien? —preguntás.
—Más que bien —respondo—. Me siento mujer.
***
Ahora volvemos cada uno a donde estamos. Vos en tu espacio y yo en el mío, solos otra vez, con el silencio de siempre y la pantalla encendida en la oscuridad.
Me desnudo frente al espejo. Me saco el vestido, las sandalias, todo. Me miro. Ya no me veo como antes. Ya no me avergüenzo de lo que veo porque sé lo que hay adentro, y adentro soy Camila, y Camila es real aunque nadie más lo sepa.
Si alguna vez quisieras, yo voy a estar aquí. Guardando el vestido negro en el cajón del fondo. Esperando que llegue el momento de volver a ponérmelo para vos.
Hasta entonces, me doy permiso de imaginar que soy tuya cada vez que quieras que lo sea.
Con cariño,
Camila.