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Relatos Ardientes

Lo que aprendí esa tarde con una travesti

Llevaba semanas abriendo y cerrando la misma pestaña del navegador. Había un anuncio, una foto de perfil, un número de teléfono y una sola línea: «acompaño, escucho, disfruto». Nada más. El nombre era Sonia. La foto mostraba poco: una mujer de pie junto a una ventana, la luz entrando de lado, los rasgos apenas distinguibles.

No era la primera vez que me movía por ese territorio, pero sí la primera vez que consideraba seriamente cruzarlo. Había estado con mujeres durante años, y más tarde con hombres. El mundo gay me había atraído durante algún tiempo, pero en los últimos meses sentía que buscaba algo diferente, algo que todavía no sabía cómo nombrar exactamente. Cuando vi ese anuncio, algo en mi pecho se apretó de una manera que ya conocía bien.

La llamé un jueves por la tarde desde el baño de mi trabajo, con el agua corriendo para amortiguar el sonido.

—¿Sí? —contestó una voz suave, algo ronca en los bordes, con la cadencia pausada de alguien que no tiene prisa.

—Vi tu anuncio —dije, y el silencio que siguió fue lo suficientemente breve como para no resultarme incómodo.

—¿Cuándo te vendría bien? —preguntó, sin más preámbulos.

Quedamos para el sábado a las cinco de la tarde. Me dio una dirección en el centro, un barrio de edificios viejos con balcones estrechos y fachadas de piedra. Colgué y me quedé mirando el teléfono con el agua todavía corriendo, con la sensación de haber cruzado una línea invisible.

***

El edificio tenía portero automático. El timbre sonó y la puerta zumbó antes de que yo pudiera decir una sola palabra. Subí tres pisos por una escalera que olía a madera húmeda y café recién hecho. Llamé a la puerta del tercero y esperé.

Cuando abrió, tuve que reorganizar lo que estaba viendo.

Sonia era más alta que yo, aunque los tacones le añadían una parte de esos centímetros. Llevaba un vestido corto de encaje negro que terminaba en la mitad del muslo, medias transparentes y el pelo castaño oscuro recogido en un moño descuidado del que escapaban dos mechones que le rozaban el cuello. Los labios pintados de rojo oscuro. Los ojos maquillados con una precisión que no era fácil de ignorar.

—Pasa —dijo, haciéndose a un lado.

El apartamento era pequeño pero estaba bien cuidado. Había una estantería llena de libros en la pared del fondo, una lámpara de pie con luz cálida y una mesita de madera con una taza de té a medio tomar. No se parecía en nada a lo que mi imaginación había construido durante la semana.

—¿Quieres algo de tomar? —preguntó desde la cocina.

—Lo que tengas —respondí, sentándome en el sofá.

Volvió con dos vasos de agua y se sentó a mi lado con una calma que me descolocó. No había apuro. Me preguntó cómo me llamaba, si era la primera vez que hacía algo así, de dónde era. Hablamos diez minutos como si fuéramos conocidos que se reencuentran por casualidad, y en algún momento de esa conversación se me pasó la mayor parte del nerviosismo.

—¿Qué te apetece? —preguntó al final, con una directidad que no era brusca.

—No lo sé exactamente —admití—. Llevo tiempo pensando en esto. Es la primera vez que estoy con alguien como tú.

Ella asintió sin dramatismo.

—Entonces vamos despacio.

***

Fue ella quien se acercó primero. Puso la mano en mi muslo y me miró a los ojos durante un segundo que pareció más largo de lo que era, y luego me besó. Sus labios eran suaves y sabían a té con miel. El beso fue pausado, sin urgencia, como si estuviera verificando algo antes de continuar.

Cuando nos separamos, tenía los ojos entreabiertos y una media sonrisa.

—Quítate la chaqueta —dijo.

Me la quité. Ella se levantó y empezó a bajar la cremallera del vestido por la espalda con un movimiento fluido, sin girarse. El encaje cayó al suelo y se quedó de espaldas a mí un instante, con una tanga de seda negra y las medias sujetas con un liguero del mismo color.

Se giró.

Sus pechos eran pequeños pero reales, con los pezones oscuros y ligeramente erectos. El liguero enmarcaba una cintura estrecha. Y en el centro de la tanga de seda había una forma que no disimulaba del todo lo que había debajo.

Ahí estaba. Y era exactamente lo que quería ver.

Se sentó a horcajadas encima de mí y volvió a besarme, esta vez con más intensidad. Sus manos me desabotonaron la camisa con destreza mientras yo le rodeaba la cintura y sentía el calor de su piel contra la mía. En algún momento de esa secuencia le desabroché el liguero a tientas, y ella se rio un poco, sin burla.

—Por aquí —me indicó, guiando mis manos.

Me llevó al suelo, sobre la alfombra, y empezó a recorrerme el cuerpo con la boca desde el cuello hacia abajo. Su lengua trazó una línea lenta por mi pecho, por mi estómago, sin apuro, aprendiendo el camino. Cuando llegó al cinturón lo desabrochó sin detenerse, me bajó los pantalones de un solo movimiento, y lo que siguió durante los minutos siguientes fue una de las experiencias más intensas de mi vida.

Su boca era precisa y sin prisa. No había nada mecánico en cómo se movía: alternaba el ritmo, sabía exactamente cuándo acelerar y cuándo detenerse, y lo hacía con una atención que me resultaba difícil de describir. Me aferré a la alfombra con los dedos y traté de no perder el control demasiado pronto.

—Para —le pedí cuando sentí que estaba demasiado cerca.

Levantó la cabeza y me miró con una sonrisa tranquila.

—¿Bien? —preguntó.

—Muy bien —dije con la voz algo ronca—. Ven aquí.

La giré sobre la alfombra y le bajé la tanga. Su sexo era pequeño y completamente depilado. Lo tomé en mi boca sin dudar y sentí cómo se tensaba entre mis manos. Ella emitió un sonido contenido, casi sorprendido, y puso una mano en mi cabeza.

Nos acomodamos boca con boca sobre la alfombra, cada uno atendiendo al otro con la misma atención, y durante un buen rato no hubo nada más en el mundo que ese intercambio. Ella seguía siendo mejor que yo, pero me esforcé.

***

En algún momento pasamos a la cama.

Sonia se colocó boca abajo con una almohada bajo las caderas y me miró por encima del hombro.

—¿Quieres? —preguntó.

No necesité responder.

Fui despacio porque me parecía lo correcto, pero ella no necesitaba que lo fuera. Su cuerpo respondió sin resistencia, con una familiaridad que en otro contexto me habría parecido imposible. Me detuve varias veces para verificar su reacción; ella hacía pequeños sonidos de aprobación y en un momento dado me puso la mano en la cadera para marcar el ritmo que quería.

No tardé mucho. Era demasiado, y llevaba demasiado tiempo anticipándolo. Cuando me retiré, me quedé un momento inmóvil, con la respiración acelerada y los ojos cerrados, tratando de volver al presente.

Ella se incorporó y me dio la vuelta con una mano firme en el hombro.

—Ahora yo.

Me tendí boca abajo sin pensarlo demasiado. Sonia tomó su tiempo preparando el terreno con los dedos, con una paciencia metódica que ayudaba más que cualquier promesa verbal. Cuando entró, lo hizo con una lentitud calculada que me dejó sin aliento de una manera que no tenía nada que ver con el dolor.

Lo que sentí fue difícil de categorizar. No era lo que había esperado, ni en el sentido malo ni en el bueno. Era más complejo, más interior, con una presencia que se extendía de formas que no sabía que eran posibles. Me quedé quieto y dejé que sucediera.

Cuando terminó, permaneció sobre mí unos segundos con la frente apoyada entre mis hombros y la respiración acompasándose poco a poco. El peso de su cuerpo resultaba inesperadamente cálido.

—¿Estás bien? —preguntó.

—Sí —dije. Y era verdad.

***

Nos quedamos un rato tumbados sin prisa. Ella fue a la cocina y volvió con más agua. Hablamos un poco de nada en particular: de una serie que estaba viendo, del barrio, de si había tráfico esa tarde. Hubo algo en esa conversación de después que me resultó inesperadamente cómodo, casi más que todo lo anterior.

Cuando me estaba vistiendo en el pasillo, ella se quedó apoyada en el marco de la puerta del dormitorio, mirándome abrocharme los botones con una expresión tranquila.

—Puedes volver cuando quieras —dijo.

—Lo haré —prometí.

Y lo decía en serio. Bajé los tres pisos despacio, con la cabeza todavía llena de todo lo que acababa de suceder, y salí a la calle donde el sol de la tarde caía oblicuo sobre los balcones de piedra. Era una tarde corriente. Los vecinos pasaban con bolsas del supermercado. Un perro esperaba atado a un poste. Nadie sabía nada.

***

Volví tres semanas después.

El timbre sonó en el vacío. Llamé varias veces. Una vecina que bajaba por la escalera se detuvo y me miró con una expresión que no era hostilidad sino algo parecido a la lástima tranquila de quien ya ha dado esa noticia antes.

—La chica del tercero se fue hace unos días —dijo—. De golpe. Sin avisar a nadie.

El anuncio había desaparecido del portal. El número estaba fuera de servicio. Bajé los tres pisos despacio y me quedé un momento en la acera, sin saber bien adónde ir.

No era tristeza exactamente lo que sentía. Era algo más parecido a la conciencia de que ciertas cosas existen solo en un instante preciso, y que intentar recuperarlas después es siempre un error. Hay encuentros que no tienen continuación posible y que por eso mismo permanecen intactos en la memoria, sin el desgaste que trae la repetición.

Lo que había pasado en ese apartamento seguía siendo real. Lo seguiría siendo.

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Comentarios (5)

Marcos_ar

Increible relato, de los mejores que lei en mucho tiempo. Sigan subiendo cosas asi!

PatriLectora

Que bien narrado, se siente real sin exageraciones. Espero la segunda parte!!

SantiagoNK

Me recordó a algo que me pasó hace años. Uno nunca sabe lo que puede aprender de una experiencia nueva. Muy bueno.

Esteban_BA

Como terminó todo despues? me quedé intrigado jaja

LuciaMar91

Se nota que está escrito desde un lugar honesto, eso se agradece. Muy buen relato.

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