El trío trans que mi pareja nunca se esperaba
Rodrigo llevaba meses mencionándola. Camila, la compañera del trabajo. Trans, operada, con ese pelo castaño oscuro que le caía hasta los hombros y unos escotes que no pasaban desapercibidos para nadie en la oficina. Yo lo escuchaba con esa mezcla de curiosidad y diversión que dan las conversaciones que empiezan como un comentario inocente y terminan siendo algo más.
—A esa me la quiero coger algún día —me dijo una noche mientras cenábamos, y se rio.
Lo dijo como si fuera un chiste. Pero lo repitió lo suficiente como para que los dos supiéramos que no lo era del todo.
Rodrigo es heterosexual. Siempre lo fue. Habíamos tenido tríos antes, con otras chicas, con algún chico que no lo tocó a él sino a mí, y siempre mantuvo esa línea clara: no tocaba a hombres ni se dejaba tocar por hombres. Pero Camila era otra cosa. Tenía tetas, tenía caderas, se movía con una soltura que desmentía cualquier categoría. Lo que pudiera o no tener entre las piernas era, curiosamente, parte del atractivo para los dos.
Yo tampoco la había visto en persona. Solo por las fotos que Rodrigo me enseñó una vez desde su móvil, casi de pasada, como quien no quiere la cosa. Pero me quedé pensando en ella más de lo que había esperado.
***
Fue un sábado por la tarde. Salimos a caminar por el parque de siempre, ese que rodea el lago artificial y que los fines de semana se llena de gente con perros y niños en bicicleta. Llevábamos café en vasos de papel y esa conversación sin dirección que tienen los paseos cuando los dos estáis cómodos y no hay nada urgente que decir.
Y entonces la vimos.
Estaba sentada en un banco, con una golden retriever tumbada a sus pies y un libro en la mano que no estaba leyendo porque miraba el lago. Llevaba un vestido azul marino con tirantes finos, y el sol de media tarde le daba en el pelo haciendo que pareciera casi cobrizo. La nuez era visible si sabías mirar. Y yo ya sabía mirar.
—Es Camila —dijo Rodrigo en voz baja, casi para sí mismo.
Antes de que pudiera responder, ella levantó la vista y lo reconoció. La sonrisa que le salió fue inmediata y genuina, de las que no se fingen.
Nos acercamos. El perro se llamaba Luna y se nos tiró encima a los dos con un entusiasmo injustificado para ser la primera vez que nos veía. Hablamos de pie un rato, de nada en concreto: el parque, el calor de esa semana, lo raro que es encontrarse con gente del trabajo en el barrio. Camila tenía esa facilidad para conversar que hace sentir a los demás cómodos sin ningún esfuerzo aparente.
Rodrigo, en algún momento, le recordó lo que le había propuesto semanas antes en la oficina. Lo dijo con esa mezcla de atrevimiento y disculpa que tiene cuando no está seguro de si se ha pasado. Ella no se inmutó. Giró la cabeza hacia mí con una ceja levantada, evaluando.
—¿Y tú? ¿También estás interesada?
—Sí —respondí, sin dudar demasiado.
***
Fuimos a tomar algo a la terraza de un bar cercano. Luna se quedó atada a la pata de una silla y durmió durante toda la conversación. Pedimos granizados porque el calor apretaba y porque ninguno tenía ganas de alcohol todavía. Hablamos sin rodeos. Camila era directa, inteligente, y tenía claro lo que quería. Rodrigo fue sincero sobre sus dudas, sobre el hecho de que nunca había estado con una chica trans y que no sabía cómo iba a reaccionar exactamente. Ella lo escuchó sin juzgarlo.
—Lo que pase, pasa —dijo al final—. Sin presión de ninguno de los dos lados.
Su piso estaba a diez minutos caminando.
***
El apartamento era pequeño pero tenía personalidad. Plantas en cada rincón, una lámpara de pie que proyectaba una luz cálida y anaranjada, sábanas de un color entre burdeos y ciruela que hacían que la habitación pareciera más íntima de lo que era. Sonaba algo en un altavoz que no reconocí pero que encajaba: ritmo lento, nada estridente.
Le pedí el baño antes de nada. Necesitaba ese minuto para mí, para respirar, para dejar de ser espectadora de mi propio nerviosismo.
Cuando volví al cuarto, Camila se había quitado el vestido. Estaba de espaldas, con la ropa interior a la vista, y esa imagen me golpeó de una forma que no había esperado. Tenía una espalda ancha, los hombros definidos, pero las caderas también anchas y unas piernas largas. Era evidente en ciertos ángulos que su cuerpo había tenido que trabajar para llegar hasta aquí. Pero el resultado era innegable.
Me senté en el borde de la cama y los miré a los dos.
—Podéis empezar —dije—. Ya me uno.
***
Rodrigo fue hacia ella con más seguridad de la que yo esperaba. Le puso las manos en la cintura, la giró, la besó. Camila respondió con una calma que contrastaba con la tensión evidente de él. Le bajó la ropa interior despacio, y lo que apareció era pequeño, semierecto, discreto. Nada que hubiera anticipado el pánico.
Rodrigo bajó sin vacilar demasiado. La tomó con la boca.
Me quedé inmóvil un segundo, procesando lo que veía. Mi pareja, ese hombre que llevaba años siendo mi referencia de lo que significa ser heterosexual, con la boca ocupada en algo que no encajaba en ningún esquema previo. Y sin embargo se veía bien. Se veía como alguien haciendo algo que quiere hacer.
Me levanté y me desnudé.
Me metí en la cama desde el otro lado y me acerqué a Camila por detrás, poniéndole las manos en los pechos. Eran firmes, de buen tamaño, con los pezones oscuros y sensibles. Los toqué con cuidado al principio, luego con más confianza cuando sentí que ella arqueaba la espalda hacia mí. Acerqué la boca a su nuca, a su cuello, al lóbulo de su oreja.
—Me gustas —le dije al oído, porque era verdad y porque me pareció lo correcto decirlo.
***
Nos fuimos acomodando sin hablar mucho. Los cuerpos encuentran su sitio cuando nadie pone obstáculos. Camila se tumbó de espaldas y yo me coloqué a su lado mientras Rodrigo se arrodillaba frente a ella. La abrió de piernas y empezó a lamerla, a explorar esa piel suave y sin vellos, ese pliegue donde sus muslos se unían. Ella cerró los ojos y apoyó una mano en su cabeza.
Yo le ofrecí la boca desde arriba. Dudó medio segundo y luego se alzó hacia mí, y nos besamos con una intensidad que me sorprendió. Tenía los labios carnosos, la lengua precisa. Sabía besar muy bien.
Rodrigo se incorporó, cogió un preservativo de la mesita de noche —sí, los tenía a mano, lo cual decía mucho de ella— y se colocó detrás de Camila, que se giró sobre sí misma y ofreció el culo hacia él. Rodrigo lo miró, lo tocó con una mano, lo preparó con paciencia, y entró despacio.
El sonido que hizo Camila cuando lo sintió dentro fue largo y bajo, como algo que llevaba tiempo contenido.
Yo me puse boca arriba frente a los dos. Camila bajó la cabeza entre mis piernas sin que se lo pidiera. Tenía la boca exactamente donde la necesitaba y, además, sabía lo que hacía, cosa que no siempre es tan obvia como parece. Rodrigo empujaba desde atrás y cada empuje la hacía presionar más fuerte contra mí. Era esa clase de sincronía que no se puede planificar.
Le agarré el pelo con una mano. Ella gruñó contra mí. Le gustó.
***
Rodrigo iba acelerando. Lo conozco demasiado bien como para no saber cuándo está a punto. Su respiración cambia, se vuelve más entrecortada, más concentrada. Lo escuché murmurar algo que no entendí bien. Luego más claro:
—¿Te gusta así? ¿Te gusta que te den fuerte?
—Sí —respondió Camila entre jadeos, sin dejar de hacer lo que me estaba haciendo a mí—. No pares.
Mi clítoris era pura electricidad en ese momento. Cada movimiento de su lengua mandaba una descarga que subía por el vientre y llegaba hasta la garganta. Apretaba las piernas alrededor de su cabeza sin querer, sin poder evitarlo. La escuché gemir sobre mí mientras Rodrigo acababa, y ese sonido —ese placer de ella dentro de su propio placer— fue lo que me llevó al límite.
Me corrí con un temblor que duró más de lo habitual.
***
Nos quedamos los tres tumbados un rato, sin hablar. Desde la calle llegaba el sonido apagado del tráfico. El altavoz seguía sonando en el salón.
Camila fue la primera en levantarse. Preguntó si teníamos hambre.
Tenía hambre. Pedimos pizza, de esas simples con mozzarella y albahaca que llegan rápido y saben bien después del sexo. Nos sentamos en el suelo del salón con el cartón abierto sobre la mesita de café y hablamos durante casi dos horas, de cosas que no tenían nada que ver con lo que acababa de pasar. Del trabajo de Rodrigo, de mis proyectos, de ella y el barrio en el que vivía antes, de cómo había llegado hasta aquí. Era fácil estar con ella. Eso fue lo que más me sorprendió.
***
Cuando volvimos a la habitación fue más lento. Sin la tensión del principio, sin la presión de lo desconocido. Camila se puso encima de mí y me tomó con la boca otra vez, y esta vez me dejé ir sin prisa, dejando que fuera ella quien marcara el ritmo.
Rodrigo se acercó desde un lado, y Camila lo miró, lo tocó, lo guió hacia su propia boca sin dejar de atenderme. Los dos al mismo tiempo, alternando, compartiendo. Me llegaban los sonidos de ella lamiéndome, chupándolo, jadeos mezclados que ya no sabía bien a quién pertenecían.
Luego ella se giró. Me pidió que le tocara los pechos mientras Rodrigo le entraba de nuevo por detrás, y yo obedecí con gusto. La besé en la boca, en el cuello, en el pecho. Le dije que era preciosa porque lo era. Ella me respondió con un gracias que sonó sincero, no de cortesía, sino de alguien que no siempre escucha eso y lo necesitaba.
Rodrigo acabó por segunda vez. Camila se quedó con los ojos cerrados un momento, recuperando el aire. Luego giró la cabeza y me sonrió, y en esa sonrisa había algo que solo existe cuando dos personas han compartido algo que va más allá del sexo.
***
Se nos pasó la hora. Eran más de las ocho cuando miramos el móvil. Nos vestimos despacio, sin prisa pero conscientes de que había llegado el momento. Camila nos acompañó hasta la puerta con Luna pegada a sus talones, moviéndonos la cola como si fuéramos amigos de toda la vida.
En el ascensor, Rodrigo me pasó el brazo por los hombros. No dijo nada. No hacía falta.
Caminamos de vuelta a casa con ese silencio satisfecho que tienen las tardes que salen mejor de lo esperado. El parque estaba casi vacío a esa hora. El lago reflejaba el naranja del atardecer.
—¿Qué te pareció? —me preguntó al final.
Me detuve un momento, pensando de verdad en la pregunta.
—Que me alegro de que se lo hayas propuesto —dije.
Él sonrió y apretó el paso.