Mi secreto de travesti al descubierto en mi tienda
Lo que pasó era inevitable. Hay un dicho que dice que el que busca encuentra, y yo llevaba meses buscando sin parar. Tanto me arriesgué con mis aventuras —con Sonia, con Andrés, con Tomás, de quien ya les contaré en otra ocasión— que Rodrigo, o más exactamente, mi ex Rodrigo, acabó encontrándome. En mi cuarto secreto. Con Andrés adentro de mí.
Rodrigo siempre tuvo buen olfato para estas cosas. Nunca entendí cómo llegó esa tarde hasta ahí, si supuestamente estaba en una reunión de trabajo hasta las siete. Pero llegó. Y me encontró en el peor momento posible, que también era el mejor.
Andrés es el chofer de reparto de mi tienda. Callado, puntual, discreto, con ese tipo de cara que no atrae la atención pero que de cerca tiene algo que hipnotiza. Lo que la naturaleza le concedió entre las piernas es lo que menos esperarías de alguien tan reservado: veintitrés centímetros bien medidos y un grosor que la primera vez que lo vi pensé que no iba a poder. Podía. Con tiempo y con paciencia y con bastante lubricante, siempre podía.
Rodrigo tampoco se queda atrás. Que quede claro: no es ningún despropósito lo que tiene. Pero comparado con Andrés es la diferencia entre un cuchillo de cocina y un machete. Los dos cortan. El tajo no es igual.
Mi tienda de lencería tiene un cuarto que nadie conoce. Está detrás del baño de mi oficina, con acceso también desde el callejón de servicio que comparto con los negocios del pasaje. Lo monté hace años para esto exactamente: un espacio mío, sin miradas ajenas, sin preguntas incómodas. Mis empleadas pasan ocho horas al día en ese local y ninguna sabe que existe ese cuarto. Tiene una cama firme, buena ventilación y una cerradura que solo abre con mi llave. Era perfecta.
Esa tarde le hice la señal de siempre a Andrés cuando pasé cerca de él revisando el inventario: dos golpes suaves en el marco de la puerta trasera. Él levantó apenas la vista, asintió casi imperceptiblemente. Eso era suficiente entre nosotros. Luego le dije a Claudia, mi encargada, que iba a descansar a la oficina y que no me interrumpieran bajo ninguna circunstancia.
Cuando abrí la puerta del cuarto, Andrés ya estaba ahí. Tendido en la cama con los brazos detrás de la cabeza, desnudo, con esa erección que todavía me desafía cada vez que la veo, por más veces que haya estado con él. Me quité la chaqueta, la colgué en el gancho de la puerta y me acerqué despacio.
Lo besé en el cuello, en la clavícula, en el pecho. Fui bajando sin apuro, porque la parte favorita de estar con Andrés es exactamente esa: el camino antes de llegar. Lo tomé primero con las manos, apreciando el peso, la temperatura, la firmeza. Luego con la boca. Solo podía abarcar la punta y los primeros centímetros, pero eso fue suficiente para escuchar el sonido que hace desde la garganta cuando voy bien. Lo escuché. Seguí.
Me apliqué lubricante con generosidad, más de lo que cualquier persona normal consideraría necesario, porque con Andrés nunca sobra. Me coloqué encima de él en cuclillas, abrí con mis propias manos y empecé a descender centímetro a centímetro. El primer contacto siempre es lo mismo: resistencia, una punzada de dolor agudo que sube por la espalda, y luego el momento en que el cuerpo decide aceptar. Mordí el labio. Cerré los ojos. Seguí bajando.
Una vez que lo tuve adentro en toda su extensión, el dolor se disolvió en algo completamente diferente. Empecé a moverme despacio, buscando el ritmo que conozco de memoria. Andrés ponía las manos en mis caderas, guiándome sin forzar, dejando que yo llevara el paso. Los sonidos que me salían no eran fingidos. Nunca lo son con él. Estaba completamente perdida en eso —en el calor, en el peso, en la presión exacta en el lugar exacto— cuando escuché el clic de la cerradura.
Me paralicé.
La puerta se abrió despacio. Y en el vano, con la luz del callejón detrás, estaba Rodrigo.
Se quedó quieto varios segundos que se sintieron como minutos. Sus ojos recorrieron la escena con una lentitud casi clínica: yo encima de Andrés, encajada, sin ninguna posibilidad de disimular nada. Quise moverme, separarme, pero el cuerpo de Andrés siguió en su sitio y el mío respondió siguiendo moviéndose, como si no pudiera parar. No podía. Andrés tampoco paró.
Rodrigo entró. Cerró la puerta detrás de él. Se acercó a la cama y me dio una bofetada abierta que me hizo ver destellos blancos. Sentí el sabor metálico de la sangre en el labio. Me llamó de todo, varios improperios seguidos, y entre todos el que más pesó fue el más simple: puta.
Cuando recuperé el hilo, lo miré a los ojos y le dije lo único que se me ocurrió en ese momento:
—¿A este también le cobras comisión, o solo a los clientes que tú me traes?
Rodrigo no respondió con palabras. Se desabrochó el cinturón, bajó el pantalón y la ropa interior, tomó su sexo en la mano y me lo acercó a la cara. Con la otra mano me hizo bajar la cabeza. Lo tomé en la boca sin decir más nada, mientras Andrés seguía moviéndose debajo de mí con esa calma desconcertante que tiene para todo.
—Así —dijo Rodrigo con la voz tensa—. Que vea tu amigo cómo trabajas.
Y luego, dirigiéndose a Andrés por encima de mi cabeza:
—¿La ves? Es una profesional.
No supe en ese momento si lo decía para humillarme o para convencerse de algo. Tal vez las dos cosas a la vez. No me importó demasiado. Tenía dos hombres, dos cuerpos, y el mío respondía a ambos sin pedir permiso ni dar explicaciones. Hay momentos en que el cuerpo toma el mando por completo y la cabeza solo puede registrar lo que pasa.
Rodrigo terminó antes. Se corrió con un sonido gutural, se apartó, se acomodó la ropa en silencio y me miró desde arriba con una expresión que no supe leer del todo. No era rabia. Era otra cosa, algo más frío que la rabia.
—Adiós —dijo—. Que aproveche.
Y salió. Sin portazo. Sin más palabras. Sin mirar atrás. Eso fue casi peor que la bofetada.
Andrés y yo seguimos media hora más, hasta que él quedó satisfecho. Yo me quedé con algo sin resolver en el cuerpo, esa sensación conocida de haber llegado casi pero no del todo. Le pedí que se fuera. Necesitaba estar sola con lo que acababa de pasar.
***
Me quedé sentada en el borde de la cama. Esa cama que conocía todos mis sonidos y todas mis posturas, que había sido testigo de tanta cosa buena, era ahora testigo de un final. Lo sentía desde el estómago, con esa certeza que no necesita confirmación ni palabras.
Seis años con Rodrigo. No fueron tranquilos, nunca lo fueron. Habíamos pasado por episodios que no le cuento a nadie, situaciones que dejaron huella en mí: algunas con sabor dulce, la mayoría amargas. Siempre él poniendo las reglas, siempre él decidiendo, siempre él la última palabra. Pero yo lo quería, de esa manera complicada en que se quiere a alguien que a veces te hace daño y a veces te cuida, y que nunca terminas de separar una cosa de la otra.
¿Me perdonaría esta vez? Lo dudé desde el primer segundo en que se cerró la puerta. Rodrigo no era de los que perdonan. Era de los que guardan, de los que esperan y cobran en el momento menos esperado. Lo había visto hacer eso con otras personas, con enemigos menores, con gente que le había fallado de maneras mucho más pequeñas que esta.
Y aun así, mientras estaba sentada ahí sola con la luz tamizada del cuarto, me encontré pensando en cosas prácticas que en realidad no eran nada prácticas: ¿quién me llamaría un martes sin motivo? ¿Quién aguantaría mis cambios de humor sin hacer comentarios? ¿Quién aparecería con algo de comer en las noches que yo no tenía ganas de cocinar ni de salir?
Preguntas inútiles. Lo sabía incluso mientras las pensaba.
Me recosté en la cama y cerré los ojos. El cuerpo siempre encuentra la manera de escaparse cuando la mente no puede con lo que tiene adelante. Y me fui a otro lugar.
Era una reina, pero no de las de cuento. De las reales: inaccesible, rodeada de hombres que traían ofrendas y bajaban la vista en su presencia. Estaba recostada sobre seda fría, con el cuerpo que siempre quise, y todos venían hacia mí. Jóvenes, viejos, altos, morenos, de todos los lugares posibles. Y yo los miraba pasar sin elegir a ninguno.
Lo que quería no era ninguno de ellos en particular. Era algo imposible de describir con exactitud: la sensación de estar completamente llena, sin espacio vacío adentro, sin un rincón que no sintiera calor. Una presencia que no terminara nunca. Un calor que no se fuera.
Pasaban y pasaban y ninguno era suficiente. Me sentía como un agujero en el centro del universo, algo que todo lo absorbía y nada lo colmaba del todo. Y lo extraño era que eso no me asustaba. Me parecía exactamente lo que era: lo que soy.
Abrí los ojos. El cuarto seguía igual. La misma luz tenue, el mismo olor familiar de la cama, el mismo silencio del callejón afuera.
No era un sueño que quisiera interpretar como señal de nada. No había en él ninguna pregunta sobre decisiones que no había tomado ni pensaba tomar en ese momento. Era simplemente lo que fabrica la cabeza cuando no puede procesar lo que tiene adelante: se inventa otro lugar, perfectamente inútil y perfectamente necesario.
Lo que tenía adelante era simple y pesado al mismo tiempo: Rodrigo se había ido. Esta vez el estómago me decía que no iba a volver. Y seis años tienen un peso específico que yo estaba sintiendo ahora, sentada en esa cama, sola, con el cuerpo todavía recordando todo lo que había pasado en las últimas dos horas.
Me levanté. Me arreglé la ropa como pude. Pasé por el baño de la oficina y me miré en el espejo: el labio seguía un poco hinchado, pero nada que no pudiera disimularse con un poco de compostura. Me eché agua fría en la cara, me sequé con cuidado y salí.
Claudia me miró de reojo cuando aparecí, pero no preguntó nada. Para eso la contraté, entre otras razones.
Había una clienta esperando que quería ver conjuntos de encaje negro. Le sonreí, la atendí, le recomendé el que mejor le quedaba según su figura y su presupuesto. Ella se fue contenta con una bolsa color rosa pálido y una sonrisa en la cara.
La tarde siguió. El teléfono sonó dos veces. Cerré la caja. Mandé a las chicas a sus casas. Apagué las luces de los escaparates una por una.
Eso es lo que hago. Sigo adelante.