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Relatos Ardientes

Cuando acepté filmar con dos hermanos en el hotel

Me llamo Laura y tengo 34 años. Llevo una vida bastante ordenada: trabajo de administración en una empresa de logística, un piso alquilado en el centro, pocas sorpresas. Lo que sí tengo es un cuerpo que siempre ha llamado la atención —curvas generosas, tetas grandes y pesadas, caderas anchas que no encajan con los moldes que dictan las revistas— aunque yo tardé muchos años en dejar de pelearme con él. Esa comodidad fue, al final, lo que me metió en todo esto.

El mensaje llegó un martes por la noche, cuando ya estaba en pijama con una infusión en la mano. Un chico llamado Marcos —26 años según su perfil de Instagram— con miles de seguidores, fotos de viajes y una estética cuidada. Me decía que llevaba semanas siguiéndome, que tenía exactamente el físico que buscaba para un proyecto de contenido adulto, y que si me interesaba podíamos hablar con más calma.

Lo ignoré tres días.

Al cuarto día volvió a escribir. Esta vez sin rodeos: me puso cifras concretas. Un número que representaba más de lo que yo ganaba en un mes entero, con todos los extras incluidos. Cerré la aplicación, me hice un té, y me quedé mirando la pared de la cocina durante un tiempo que no supe cuantificar.

Tenía deudas. Llevaba más de un año arrastrándolas, acumuladas después de que mi ex se marchara llevándose bastante más de lo que le correspondía. Ese número podría saldarlas casi de golpe.

Le respondí.

***

Le dejé muy claro en el chat, con esas palabras exactas: solo fotografía, sin contacto, sin videos. Marcos aceptó sin discutir. Me indicó un hotel discreto del centro, cuarto piso, habitación 412. Un miércoles a las nueve de la noche.

Llegué con quince minutos de retraso porque dudé tres veces en el camino. Llevaba un vestido ajustado de color vino tinto que me marcaba la cintura y el escote, medias negras y unos tacones que no me había puesto desde hacía meses. Me dije que si iba a hacer algo así, al menos lo haría bien presentada.

Marcos abrió la puerta antes de que llamara. Era más guapo en persona: alto, moreno, con una mandíbula definida y los hombros anchos. Llevaba una camiseta blanca y vaqueros, y sostenía el teléfono con la cámara ya encendida, como si hubiera estado esperando el momento exacto de mi llegada para empezar a grabar.

—Madre mía —dijo, y bajó el teléfono—. Eres increíble en persona, Laura.

La habitación era amplia, bien iluminada con varias lámparas de pie que daban una luz cálida y suave. Había un trípode montado junto a la cama y una botella de vino blanco sobre la mesita. Me ofreció una copa. La acepté con más alivio del que esperaba.

Marcos empezó a fotografiarme vestida: de pie junto a la ventana, apoyada en la pared, sentada en el borde de la cama. Era profesional, casi artístico, y el vino me relajaba. Después me pidió que bajara un tirante.

—Solo para cambiar el encuadre —dijo—. Nada del otro mundo.

Lo bajé. Luego el otro. Luego vino el vestido entero.

Cuando me quité el sujetador y mis tetas quedaron libres, pesadas y con los pezones ya duros por el aire frío de la habitación, Marcos se quedó un momento inmóvil. Luego acercó la cámara despacio.

—Perfectas —murmuró—. Exactamente lo que necesitaba.

Me hizo posar de distintas maneras. Sus manos me tocaban para ajustar la postura —sobre mis hombros, en mi cintura, guiando la inclinación de mi cadera— con una precisión que al principio parecía técnica. Pero cuando su pulgar rozó la curva lateral de mi teta y luego, como quien no quiere la cosa, pasó sobre el pezón hasta dejarlo tenso entre sus dedos, no fue accidental, y los dos lo sabíamos.

—Laura, para lo que te ofrecí al principio, necesito algo más —dijo, dejando la cámara sobre la colcha—. Puedo pagarte la mitad si paramos aquí. Para el total, necesito que te quites también las bragas.

—Eso no era lo que habíamos acordado.

—Lo sé. Puedes marcharte cuando quieras. Pero el adelanto que te hice solo cubre las fotos tal como están. El resto depende de lo que decidas esta noche.

Necesito ese dinero. Era la única frase que lograba silenciar cualquier otra cosa en mi cabeza.

Me bajé las bragas despacio, sin mirarle a los ojos, sintiendo cómo la tela húmeda se despegaba de mi coño con un tirón vergonzoso. Porque estaba mojada. Llevaba mojada desde que había empezado a bajarme los tirantes y no me había dado permiso para admitirlo hasta ese momento.

***

Lo que pasó después fue gradual, casi imperceptible paso a paso pero vertiginoso en conjunto. Marcos me fotografió de pie, luego sentada, luego tumbada boca arriba sobre la cama. Sus manos me separaron los muslos para encuadrar mejor —eso dijo— y cuando su boca encontró el interior de mis piernas, ya no protesté.

Empezó besándome por dentro del muslo, subiendo con una lentitud calculada, dejando que su barba incipiente me arañara la piel para que yo notara cada centímetro que le faltaba llegar. Cuando su lengua pasó por primera vez sobre mi coño, plana y ancha, de abajo hacia arriba, me arqueé sin quererlo. Marcos se rió bajito contra mi carne.

—Mírate —murmuró—. Estás empapada, Laura.

Y volvió a lamer. Me abrió los labios con dos dedos, dejándome expuesta del todo, y clavó la lengua ahí donde yo estaba más abierta antes de subir a mi clítoris y encerrarlo entre los labios. Chupó con una succión firme, sin dejar de mover la punta de la lengua en pequeños círculos, y yo empecé a jadear alto, sin poder frenarlo.

Su lengua sabía exactamente lo que hacía. Me dedicó tiempo, sin prisa, explorando cada reacción mía como si estuviera aprendiendo un idioma. Cuando metió dos dedos dentro de mí y los curvó hacia arriba mientras seguía chupándome el clítoris, sentí cómo algo se rompía por dentro. Mis manos encontraron solas las sábanas para aferrarme cuando la presión aumentó, y me corrí con un gemido gutural que no intenté contener, las caderas levantadas, los muslos tensos alrededor de su cabeza, apretándolo contra mí mientras el orgasmo me sacudía en oleadas largas.

Él no paró. Siguió lamiendo mientras me corría, alargándolo, tragándose todo lo que salía de mí. Cuando por fin levantó la vista, tenía la barbilla brillante y una sonrisa tranquila.

—¿Ves? —dijo, pasándose el dorso de la mano por la boca—. Tu cuerpo lo quería.

Se incorporó y se quitó la camiseta. Tenía el torso trabajado, marcado en el estómago. Se desabrochó el cinturón, se bajó los vaqueros junto con el bóxer y su polla saltó fuera, gruesa, dura y ya goteando por la punta.

—Espera —intenté—. Esto no estaba en lo que hablamos.

—Lo sé. Pero esta noche no estoy solo.

No entendí esa última frase hasta que se abrió la puerta.

***

El hombre que entró tendría unos 38 años, varios centímetros más alto que Marcos, con los hombros anchos y una barba de varios días que le daba un aspecto serio y algo severo. Se parecían en los rasgos —la misma mandíbula, los mismos ojos oscuros y directos— pero donde Marcos era juvenil y suave, este tenía una densidad distinta, más pesada.

—Mi hermano Rodrigo —dijo Marcos, como si fuera presentación suficiente.

Rodrigo entró sin prisa, me miró durante varios segundos sin decir nada —desnuda, con las piernas todavía separadas y el coño abierto y brillante de saliva a la vista—, luego fue hacia la botella de vino, se sirvió una copa y se sentó en la silla del rincón con la calma de quien llega a su propio salón.

—No me habías dicho que sería así —le dijo a su hermano, sin apartar los ojos de mí.

—¿Te parece bien?

—Más que bien. Mira qué tetas. Mira cómo respira.

Yo tenía el corazón desbocado. Estaba desnuda en una cama de hotel con dos desconocidos, uno de los cuales acababa de aparecer sin que nadie me hubiera avisado. La parte sensata de mí decía que cogiera la ropa, me disculpara con calma y me marchara. Pero Marcos se sentó a mi lado, con la polla dura pegada al muslo, y me habló en voz baja, casi al oído.

—Con los dos te pago el doble de lo acordado. Esta noche sales de aquí con lo que necesitas para saldar todo lo que debes. Solo tienes que quedarte y dejar que te follemos bien.

Cerré los ojos un momento.

Cuando los abrí, no me levanté.

***

Rodrigo se quitó la ropa con la misma calma con la que había entrado: sin prisa, sin mirarme todo el tiempo, como si no necesitara demostrar nada. Cuando bajó los calzoncillos, su polla apareció más gruesa que la de su hermano, con un glande ancho y las venas marcadas a lo largo del tronco. Ni él ni yo dijimos nada al respecto, pero por dentro se me apretó todo.

Mientras tanto, Marcos volvió a mi lado, su boca en mi cuello, sus manos amasándome las tetas, los dedos pellizcándome los pezones hasta que se me escapó un gemido agudo. Reactivó lo que había empezado antes de que su hermano llegara, y para cuando Rodrigo se acercó a la cama yo ya estaba otra vez con las piernas abiertas por instinto.

Los dos se repartieron mi cuerpo con una coordinación que sugería que no era la primera vez que hacían algo así juntos. No había necesidad de palabras. Marcos me sujetó por los hombros, empujándome contra la almohada, mientras Rodrigo se colocaba entre mis muslos y me los separaba con las palmas, empujando hacia fuera con firmeza para dejarme completamente abierta.

Se pasó el glande por mis labios varias veces, ensuciándose con lo mojada que estaba, restregándomelo contra el clítoris hasta que empecé a mover las caderas buscándolo. Sólo entonces empujó. Entró de una sola embestida, hasta el fondo, y el aire me salió solo de los pulmones en un gemido roto.

—Joder, qué apretada estás —gruñó, ya moviéndose—. Me cago en todo.

Marcos aprovechó el momento para arrodillarse junto a mi cara, con la polla a la altura de mi boca. No hizo falta que me pidiera nada. Giré la cabeza, saqué la lengua y él se metió solo entre mis labios, deslizándose hasta el fondo mientras yo cerraba la boca a su alrededor y empezaba a chupar. Su mano me sujetó del pelo, guiándome el ritmo, y yo dejé que me follara la boca al mismo tiempo que Rodrigo me embestía por debajo.

—Eso es —murmuró Marcos, mirándome desde arriba—. Mámasela bien.

Los dos se coordinaron por instinto. Cuando Rodrigo empujaba dentro, Marcos empujaba en mi boca. Cuando salían, salíamos los tres al mismo tiempo. Yo era el espacio central de esa coreografía, atravesada por los dos hermanos a la vez, sin margen para pensar en nada más allá de recibir, tragar y gemir alrededor de la polla que tenía en la boca.

Así estuvimos un tiempo que no supe medir. Los dos hermanos me movían, me giraban, me recolocaban cuando querían cambiar. Yo dejé de pensar en el dinero. Dejé de pensar en la ropa tirada junto a la silla. Solo existían las sensaciones: el peso de Rodrigo sobre mí, el sabor salado del pre-semen de Marcos en la lengua, el chapoteo mojado cada vez que Rodrigo entraba hasta el fondo, el calor acumulado en el cuarto.

En algún momento Marcos me sacó su polla de la boca y bajó a chuparme un pezón mientras Rodrigo seguía embistiéndome. Me mordió, con cuidado pero con intención, y esa combinación —el mordisco arriba, la polla gruesa moviéndose dentro— me disparó el primer orgasmo. Me corrí con las caderas levantadas, apretando a Rodrigo con las piernas alrededor de la cintura, gimiendo tan alto que Marcos se rió contra mi teta.

—Ni siquiera he empezado, Laura —dijo Rodrigo sin frenar el ritmo—. Aguanta.

El segundo orgasmo llegó pocos minutos después, y fue más intenso que el primero. Rodrigo cambió el ángulo, se apoyó en los codos por encima de mí y empezó a follarme más despacio pero más profundo, dando embestidas largas que tocaban un punto dentro de mí que hacía que se me nublara la vista. Le clavé los dedos en la espalda, arrastré las uñas y me corrí con un grito que él ahogó con su boca, mordiéndome el labio inferior al mismo tiempo. Apretó sus caderas contra las mías y se detuvo unos segundos, inmóvil, dejándome sentir cada centímetro suyo pulsando dentro.

—Buena chica —murmuró.

Esas dos palabras me atravesaron de una manera que no esperaba.

***

Me pusieron boca abajo. Marcos me metió una almohada bajo las caderas para levantarme el culo, y Rodrigo volvió a su sitio detrás de mí. Su polla entró de nuevo con un chapoteo mojado y de un solo empujón, esta vez con un ángulo distinto que me hizo enterrar la cara en la sábana y morderla.

Marcos se colocó frente a mi cara, arrodillado, y me levantó la barbilla con dos dedos hasta que abrí la boca. Volvió a metérmela hasta el fondo, esta vez sin cuidado, follándome la garganta con embestidas rítmicas mientras su hermano me embestía por atrás. Yo me atragantaba a ratos, se me caía la saliva por la comisura, y ninguno de los dos frenaba por eso.

—Mira cómo la toma —le dijo Rodrigo a su hermano, dándome una nalgada seca que me arrancó un gemido ahogado alrededor de la polla que tenía en la boca—. Le encanta.

—Ya lo sé —jadeó Marcos—. Se lo he notado desde que ha entrado por la puerta.

El ritmo entre los dos era asimétrico —uno lento y profundo, el otro más urgente y superficial— y esa combinación hacía imposible concentrarse en ninguno de los dos por separado. Solo existía el conjunto: la polla gruesa hundiéndose una y otra vez en mi coño, la otra abriéndose paso en mi garganta, las manos en mis caderas y en mi pelo, las nalgadas ocasionales que me dejaban la piel del culo caliente y roja.

Los sonidos que salían de mí eran casi irreconocibles. No tenían que ver con actuación ni con cumplir ningún papel. Eran la respuesta directa de un cuerpo que se había rendido sin avisar, que había tomado sus propias decisiones mucho antes de que mi cabeza terminara de procesarlo todo.

Me corrí una tercera vez, con Rodrigo hundido hasta la raíz y Marcos empujándome hasta el fondo de la garganta al mismo tiempo. Fue un orgasmo distinto, sordo y largo, que me dejó las piernas temblando y sin fuerza.

Marcos fue el primero en llegar. Se salió de mi boca en el último momento, se agarró la polla y se corrió a chorros sobre mi espalda, largos hilos calientes que cayeron desde la nuca hasta el arco de la cintura mientras él gruñía con los dientes apretados. Rodrigo aguantó unos minutos más, subió el ritmo hasta que la cama entera crujía debajo de nosotros, y cuando estuvo a punto se salió y se corrió sobre mis nalgas y en la parte baja de mi espalda, mezclando su corrida con la de su hermano.

Se retiró despacio, y me dejó tumbada boca abajo con las piernas todavía temblorosas, el coño abierto y palpitante, y la espalda cubierta de semen. Nadie dijo nada durante varios minutos. Solo se oía nuestra respiración y el sonido amortiguado del tráfico a través del cristal.

***

Marcos fue el primero en hablar.

—¿Estás bien?

—Sí —dije. Era verdad, aunque no terminaba de entender por qué.

Rodrigo fue al baño y volvió con una toalla húmeda. Me limpió la espalda él mismo, con una delicadeza extraña, pasándola despacio por cada centímetro donde había semen enfriándose, y luego me la dejó al lado sin hacer comentarios, sin aspavientos, y esa normalidad me desconcertó más que cualquier otra cosa de esa noche.

Me duché sola. Bajo el agua caliente sentí las marcas que me habían dejado: los pezones sensibles, la piel del culo todavía caliente, el escozor entre las piernas de haber sido follada tan a fondo, tan seguido. Cuando salí, los dos hermanos estaban sentados en los sillones del rincón, hablando en voz baja con los vasos de vino en la mano. Marcos sacó el teléfono, abrió la aplicación del banco y me enseñó la pantalla antes de confirmar la transferencia. El número era exactamente el doble de lo acordado originalmente.

—Tú decides si volvemos a vernos —dijo—. Sin ninguna presión.

Cogí el bolso, me puse el abrigo y salí al pasillo. El ascensor tardó más de lo normal, y mientras esperaba me miré en el espejo metálico de la puerta. Tenía el pelo ordenado a pesar de todo. Los labios ligeramente hinchados. Y en los ojos una expresión que no era vergüenza —aunque esperaba que lo fuera— sino algo más parecido a la calma que sigue a una larga tensión acumulada.

¿Qué acabo de hacer?

El ascensor llegó. Entré.

***

Pasaron dieciséis días antes de que respondiera al siguiente mensaje de Marcos. Para entonces había pagado la mayor parte de lo que debía, y me había repetido varias veces que aquella noche había sido un desliz, una decisión tomada bajo presión que no tenía por qué repetirse.

Pero sabía que mentía. Lo supe en cuanto abrí el chat y vi su nombre en la pantalla.

Lo que me detuvo esas dos semanas no fue el arrepentimiento. Fue el tiempo que necesité para admitir algo que me incomodaba bastante más: que una parte de mí quería volver. Que había pensado en las manos de Rodrigo, en la boca de Marcos, en la voz grave diciéndome "buena chica", más veces de las que estaba dispuesta a reconocer. Que la Laura que había entrado temblando al hotel y la que había salido dos horas después con la espalda todavía pegajosa bajo el vestido no eran del todo la misma, y que la segunda me resultaba, de maneras que todavía no terminaba de entender del todo, más honesta que la primera.

Escribí una sola frase: ¿Cuándo tenéis disponibilidad?

La respuesta llegó en menos de un minuto.

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Comentarios(9)

paris

excelente!!! se me hizo cortisimo, quiero mas

DiegoMR

Por favor una segunda parte, quede con muchas ganas de saber como siguio la noche

Marta_lectura

La tension del principio esta muy bien lograda, te atrapa desde las primeras lineas. Muy buen trabajo

CarlosNoc

jajaja el titulo me engancho al instante y el relato no decepciono para nada

CuriosaNet22

y como te sentiste al otro dia? me imagino que con sentimientos encontrados jaja

Rodri_BA

tremendo relato!!! de los mejores que lei en mucho tiempo

LuciaNov

me gusto como describiste esa sensacion de incertidumbre al principio, se siente muy real

Roberto_MX

buenisimo, sigue escribiendo. Ya sos de mis favoritos aca

MatiasC

lo lei dos veces en serio. La forma en que armaste la tension antes de que entrara el segundo... muy bien logrado. Esperando el proximo

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