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Relatos Ardientes

La noche que los amigos de mi hijo no se fueron

La luz del amanecer ya había atravesado las cortinas cuando Cristina abrió los ojos. Le dolía la cabeza, tenía la boca seca y tardó varios segundos en entender dónde estaba y, sobre todo, con quién.

A su izquierda, Adrián dormía con el brazo sobre su cintura y la respiración pausada de quien ha agotado cada reserva de energía. A su derecha, Iván estaba boca arriba, con una mano apoyada posesivamente sobre su pecho desnudo. Los dos tenían veintiún años. Los dos eran los mejores amigos de su hijo Mateo. Los dos llevaban pocas horas durmiendo en su cama matrimonial.

Cristina contempló el techo sin moverse. El olor de la habitación lo decía todo: sudor masculino, semen, el perfume de Adrián mezclado con el aroma más íntimo de ella misma después de horas de sexo que no tenía palabras para describir.

Dios mío. ¿Qué he hecho.

Los recuerdos llegaron por fragmentos, desordenados al principio y luego con una claridad que le cerró la garganta.

***

Emilio llevaba cuatro días en Bilbao por trabajo y no volvería hasta el jueves por la tarde. Mateo, su hijo de veinte años, había aprovechado para invitar a sus amigos a celebrar que los exámenes habían terminado. Adrián, Iván y Sergio llegaron pasadas las ocho de la noche con cervezas, una botella de ron y la energía descontrolada de quien no ha dormido bien en tres días.

Cristina había decidido quedarse un rato en el salón. Solo un rato, se dijo a sí misma. Para saludar y asegurarse de que todo estuviera en orden.

Se había puesto un vestido de lino azul marino que le llegaba a mitad del muslo. Hacía calor. Sin planéarselo demasiado, había decidido no ponerse sujetador porque la tela lo marcaba demasiado. O eso se dijo. Tenía cuarenta y cuatro años y un cuerpo que seguía siendo el que siempre había tenido: caderas anchas, pechos grandes y pesados, una cintura que aún mantenía su forma. Emilio hacía más de un año que no lo mencionaba.

Al principio la noche fue exactamente lo que debería haber sido. Pizzas, cervezas, anécdotas de la universidad y ruido suficiente para no tener que pensar en nada. Cristina escuchaba y reía. Los chicos la trataban con respeto, pero las miradas que le dirigían no eran las de quien habla con la madre de su mejor amigo.

Cuando Mateo abrió la segunda botella de vino, Sergio se levantó a servirle un vaso a ella sin que lo hubiera pedido.

—Celebra con nosotros, Cristina —dijo con una sonrisa tranquila.

Ella aceptó el vaso. Y luego aceptó otro.

La conversación fue cambiando de tono de forma casi imperceptible. Primero anécdotas más subidas de las fiestas del campus. Luego Adrián diciéndole directamente lo que le parecía su cuerpo con una franqueza que la dejó muda dos segundos. Se sentó junto a ella en el sofá sin pedir permiso, con el muslo rozando el suyo.

—No sé cómo tu marido puede irse cuatro días seguidos —dijo Adrián, mirándola de frente.

—Trabaja mucho —respondió ella, y la respuesta sonó más triste de lo que pretendía.

—Un desperdicio —murmuró él, sin apartar los ojos de los suyos.

Cristina sintió calor en las mejillas. Hacía más de un año que Emilio no le decía nada parecido. Hacía más de un año que Emilio apenas la miraba de esa forma.

Iván, desde el sofá de enfrente, sonrió sin decir nada. Sergio observaba todo con una copa en la mano y una expresión que Cristina no supo leer bien. O quizás sí supo leerla y decidió ignorarlo.

Los chupitos de tequila llegaron después del vino, sin que nadie los propusiera realmente, como si fueran la consecuencia natural de lo que ya estaba pasando en ese salón. Cristina bebió dos. El calor le bajó directo al estómago y de ahí a las piernas.

Cuando Mateo se quedó dormido en el sillón pasada la una de la madrugada, el silencio que cayó sobre el salón fue diferente. Cargado. Adrián seguía sentado junto a ella, el hombro rozando el suyo. Iván la observaba desde el sofá de enfrente con los codos apoyados en las rodillas. Sergio había recogido las botellas vacías y volvió a sentarse en el suelo, con la espalda apoyada contra la mesa baja.

Cristina debería haberse levantado entonces. Debería haber dicho que era tarde, que mañana tenía cosas que hacer, que gracias por la noche, buenas noches a todos.

No lo hizo.

La mano de Adrián encontró la suya sobre el sofá. No la agarró, solo la cubrió. Y Cristina tampoco la retiró.

***

Lo que siguió ocurrió despacio y luego de golpe.

Adrián le besó el cuello con la boca abierta. Ella inclinó la cabeza hacia el lado contrario para que pudiera llegar mejor. Iván se levantó del sofá, se arrodilló frente a ella y le puso las manos en las rodillas, separándolas con una presión que no admitía duda.

—Dinos si quieres que paremos —dijo Iván, mirándola directamente a los ojos.

Cristina los miró a los tres. Miró a Mateo, que dormía con la boca entreabierta en el sillón del fondo, ajeno a todo lo que ocurría a cuatro metros de él.

—No paréis —dijo.

Los tres tomaron esa respuesta como lo que era.

Adrián le bajó los tirantes del vestido despacio. Sus pechos quedaron al aire, el pezón derecho ya completamente erecto antes de que nadie lo tocara. Adrián lo tomó con la boca de forma directa, sin preámbulos, succionando con una presión que hizo que Cristina se aferrara al brazo del sofá.

Iván le subió el vestido por los muslos, comprobó el estado de sus braguitas con dos dedos y soltó un sonido bajo.

—Llevas rato así —dijo.

Cristina no respondió porque no podía. Iván apartó la tela a un lado y pasó el pulgar despacio por su centro. Luego introdujo dos dedos dentro de ella mientras le frotaba el clítoris con movimientos circulares y precisos. Cristina exhaló un sonido que no reconoció como suyo.

Sergio se acercó por su lado, le tomó la barbilla con la mano y la besó. Era un beso largo y lento que contrastaba perfectamente con lo que los otros dos le estaban haciendo con las manos y la boca. Cristina respondió al beso sin pensarlo.

La llevaron al dormitorio.

Caminó entre ellos con las piernas inseguras, el vestido todavía enrollado alrededor de la cintura y los pechos al aire. La tumbaron sobre la cama matrimonial con cuidado, como si supieran exactamente lo que hacían. La cama que compartía con Emilio desde hacía diecisiete años.

El pensamiento duró dos segundos. Luego Adrián le separó las piernas y bajó la cabeza entre sus muslos.

Lo que siguió fue una hora que Cristina no podría describir con precisión aunque quisiera. Adrián le hizo el sexo oral con una dedicación que la dejó completamente fuera de sí, trabajando con la lengua y los labios hasta que ella se arqueó con las manos aferradas a las sábanas y un orgasmo que le recorrió la espalda entera. Antes de que terminara de recuperarse, Iván ya estaba dentro de ella.

La penetró con embestidas lentas al principio, dejando que ella se acomodara, y luego fue aumentando el ritmo hasta que los muelles de la cama marcaban su cadencia. Cristina envolvió las piernas alrededor de su espalda para atraerlo más profundo. Sus pechos rebotaban con cada golpe; Sergio se inclinó sobre ella desde un lado y los tomó con las dos manos, apretando y amasando mientras mordía su cuello.

Los tres se movían alrededor de ella y sobre ella, alternando posiciones con una fluidez que la tenía en un estado de placer constante, sin pausas. Cuando Adrián tomaba el lugar de Iván dentro de ella, notaba la diferencia de grosor y de ritmo, y esa diferencia la excitaba aún más. Sergio le metía su polla en la boca y ella la chupaba con ganas, pasando la lengua por la base, succionando la punta con concentración.

En un momento, Adrián le preguntó si podía tomarla por detrás. No con esas palabras exactas, pero el significado era claro. Cristina dijo que sí.

Adrián entró en su ano con paciencia real, avanzando poco a poco, dejando que su cuerpo se acostumbrara antes de continuar. El ardor inicial cedió rápido y dio paso a una sensación de plenitud que hizo que Cristina apretara los puños contra las sábanas. Cuando empezó a moverse de verdad, con embestidas profundas y controladas, ella le pidió que fuera más fuerte.

Hubo un momento en que los tres la tenían al mismo tiempo: Iván dentro de ella por delante, Adrián en su ano, Sergio sujetándole la cabeza con las manos mientras ella lo chupaba. El estiramiento, la presión simultánea, la sensación de no tener ningún espacio para pensar en nada la hicieron gritar de una forma que tuvo que ahogar contra el hombro de Iván.

—Más —dijo ella, con la voz irreconocible.

Se corrió varias veces. Perdió la cuenta después de la tercera.

Los tres chicos se corrieron en distintos momentos y de distintas formas. Cristina los sintió vaciarse, calientes y espesos, dentro y sobre ella. Sergio fue el último, cubriéndole el cuello y los pechos con las últimas sacudidas mientras ella aún jadeaba con los ojos cerrados.

Se quedaron los cuatro tumbados en la cama durante un rato largo, sin hablar.

Sergio se marchó pasadas las cinco de la mañana. Adrián e Iván se quedaron dormidos a su lado.

***

Cristina salió de la cama con cuidado de no despertarlos y fue al baño. Cerró con llave, abrió el grifo de la ducha y se miró en el espejo durante varios segundos antes de entrar.

Los chupetones en el cuello y los pechos no iban a desaparecer en un día. Las piernas le temblaban ligeramente. El maquillaje cubriría parte del daño, no todo.

Se duchó durante veinte minutos. Se lavó el pelo dos veces, el cuerpo tres, como si frotando con suficiente fuerza pudiera borrar algo más que la evidencia física. Luego se puso la bata, bajó las escaleras despacio y preparó café.

Mateo ya estaba despierto, sentado en la isla de la cocina con un bol de cereales y el móvil en la mano. Levantó la vista cuando ella entró.

—Hola, mamá. ¿Dormiste bien?

—Sí —dijo Cristina, acercándose a la cafetera sin mirarlo a la cara—. Bebí demasiado vino y me fui a la cama pronto. Me duele un poco la cabeza.

—Se te ven unas marcas raras en el cuello —dijo él, frunciendo el ceño—. ¿Te picó algo?

—El collar —respondió ella, llevándose la mano al cuello instintivamente—. Me olvidé quitármelo y me rozó mientras dormía.

Adrián e Iván bajaron veinte minutos después, perfectamente normales, sirviéndose café y comiendo tostadas como si la noche anterior hubiera sido una velada sin mayor importancia. Cristina colocó el pan en la tostadora sin levantar la vista. Cuando sus ojos cruzaban los de ellos por un instante, encontraba algo que la obligaba a mirar de inmediato hacia otro lado.

En un momento, mientras Mateo se levantaba para coger más leche de la nevera, Adrián se inclinó sobre la isla y le susurró a Cristina sin mover apenas los labios:

—Cuando tu marido se vaya de viaje otra vez, ya sabes dónde estamos.

Cristina no respondió. Giró la cara hacia la cafetera y esperó a que el café terminara de caer.

Cuando los tres se marcharon al gimnasio, la casa quedó en silencio.

Cristina se sentó en el taburete, con las dos manos alrededor de la taza, y contempló la mesa durante un largo rato sin pensar en nada concreto. O eso se decía a sí misma. En realidad pensaba en todo, en un orden que no era capaz de organizar.

Emilio llegó esa tarde. La besó en la mejilla, dejó la maleta en el pasillo y se sirvió un vaso de agua sin preguntarle cómo había estado.

—¿Todo bien por aquí? —dijo desde la cocina.

—Todo bien —respondió Cristina desde el salón.

Esa noche, cuando su marido se quedó dormido a su lado antes de las once, Cristina miraba el techo a oscuras. La culpa estaba ahí, sí. Pero también estaba la otra cosa, esa que no sabía nombrar bien. No arrepentimiento exactamente. Algo más físico, más concreto, más difícil de ignorar.

Dos días después recibió un mensaje de un número que no tenía guardado:

«La próxima vez que estés sola, avísanos.»

Lo leyó tres veces. Luego guardó el número con un nombre cualquiera, sin significado, de los que no llaman la atención si alguien coge el móvil.

No respondió nada.

Pero tampoco lo borró.

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Comentarios (7)

jorge_69

excelente!!! uno de los mejores que lei en mucho tiempo

Elisa77

Por favor que haya segunda parte, justo cuando empieza lo bueno termina jaja. Muy bueno!

RosaLuz

Esa tension inicial me atrapo, el ambiente esta muy bien logrado. Felicitaciones

Adrian Molina

ja el titulo ya lo dice todo, tremendo. Sigue escribiendo!

CarmenD

Me encanto como lo narraste, se siente muy real. Espero mas relatos tuyos

TomaNoche

la frase del principio me engancho desde el primer momento, cumplio todas las expectativas

Lautaro_V

que situacion jajaja, las miradas lo dicen todo sin necesidad de decir nada mas. Muy bien escrito

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