La noche que ocho hombres me esperaron en el club
La primera vez que Rodrigo me lo mencionó, estábamos en la oscuridad, con las sábanas enredadas y su respiración todavía sin normalizar.
—Quiero que lo hagamos con más hombres —murmuró contra mi cuello, y por un momento pensé que lo había soñado.
No lo había soñado. Rodrigo llevaba semanas dejando caer ese comentario en los momentos menos oportunos: en el desayuno, en el coche, en mitad de una conversación sobre facturas. Tenía esa costumbre molesta y adorable de obsesionarse con algo hasta conseguirlo o hasta que yo le hacía ver que era imposible. Y yo, que lo conocía mejor que a mí misma después de seis años juntos, sabía que esta vez no iba a ser la segunda opción.
—Ya sé lo que te preocupa —dijo una noche, mientras yo leía tumbada sobre su pecho y él enrollaba con los dedos un mechón de mi pelo—. Que no sea seguro. Que no controlemos la situación. Que acabe siendo una incomodidad.
—Rodrigo.
—Déjame terminar. ¿Y si fuera capaz de resolver todo eso?
Lo miré desde abajo. Tenía esa expresión de cuando ya había tomado una decisión pero seguía fingiendo que me consultaba.
—Si pudieras resolver todo eso... no lo sé. Tendríamos que hablar.
Se le escapó una sonrisa. Debería haberme dado más miedo.
***
La conversación seria llegó tres semanas después, un martes por la noche. Yo estaba tumbada en el sofá con la cabeza apoyada en su regazo y él me acariciaba los pies de manera distraída, como si no estuviera tramando nada, como si no llevara semanas preparando exactamente lo que estaba a punto de decir.
—He hecho gestiones —soltó de repente, sin preámbulos.
Levanté la vista del libro.
—¿Qué clase de gestiones?
—He contactado con un club de intercambios que está a unos ochenta kilómetros de aquí. Tienen protocolo. Todo está controlado.
Me incorporé para mirarlo a la cara.
—Define «controlado».
Rodrigo lo explicó todo con la precisión de alguien que había ensayado el discurso varias veces. El club trabajaba con una clínica privada que exigía análisis completos a todos los participantes en las doce horas previas al encuentro. Tenían salas privadas reservadas específicamente para situaciones como la nuestra. Para mí, entrada y consumiciones gratuitas. Para él y los demás hombres, la entrada de pago.
—Ya han seleccionado a los demás —añadió, midiendo mis reacciones.
—¿Cuántos?
—Siete. Más yo, serían ocho en total.
Ocho. La palabra se quedó flotando en el aire del salón durante varios segundos.
No dije nada. Pensé en la noche que habíamos pasado con Adrián, en aquella habitación de hotel en la que tardé cuarenta minutos en relajarme y otros veinte en que dejara de temblarme el pulso. Y eso había sido una sola persona extra. Lo que Rodrigo proponía ahora era siete.
Siete hombres desconocidos. Siete análisis firmados por una clínica privada. Una sala reservada a ochenta kilómetros de casa.
—Vale —dije.
Rodrigo me miró como si no me hubiera oído bien.
—Vale —repetí—. Pero necesito que todo sea exactamente como describes. Sin improvisaciones. Sin sorpresas.
Noté que le costaba un momento recuperar la compostura.
—Por supuesto —contestó—. Y cuando quieras parar, lo hacemos sin más. Yo no quiero nada de esto si tú no estás completamente segura.
—¿Cuándo sería?
—El próximo sábado.
Se me heló la sangre.
—¿Este sábado?
—Tenemos hasta el viernes por la tarde para anular sin ningún coste. Piénsatelo bien.
Asentí despacio y giré la cabeza hacia la ventana. La calle estaba vacía. Un coche pasó muy despacio bajo la lluvia.
¿En qué demonios me estaba metiendo?
***
No estuve segura en ningún momento del trayecto. Rodrigo conducía con las dos manos en el volante y la vista fija en la autopista mientras la radio llenaba el silencio con una emisora de canciones que ninguno de los dos escuchaba. Yo miraba pasar las luces de los demás coches y trataba de localizar el punto exacto donde la excitación terminaba y el pánico comenzaba, porque llevaba horas moviéndome por ese territorio sin nombre sin lograr fijarme en ninguno de los dos extremos.
Llegamos con tiempo de sobra. Cenamos en un restaurante pequeño cerca del club, pedimos vino tinto y Rodrigo habló de cosas intrascendentes con la deliberada normalidad que usaba cuando quería que yo me relajara. Una obra que habían empezado en la calle de enfrente. Un podcast que le habían recomendado. El tiempo que haría el fin de semana siguiente. Funcionó a medias, que ya era más de lo que esperaba.
El club estaba en un edificio discreto en las afueras, sin rótulos visibles desde la calle. La recepción era limpia, casi aséptica, con iluminación cálida y un encargado que comprobó la documentación y los resultados de los análisis sin levantar la voz. Todo funcionaba exactamente como Rodrigo había prometido.
En la zona de espera conocimos a los siete hombres que el club había seleccionado. Eran de edades distintas, de aspecto completamente normal. Ninguno resultó extraño ni intimidante en ese primer contacto. Tomamos algo en la barra y hablamos de lo que la gente habla cuando está nerviosa: nada en particular, nada que importe. Pero ese rato de conversación superficial fue lo que terminó de convencerme de que podía hacer aquello. Que eran personas. Que la situación era manejable. Que yo tenía el control de lo que iba a ocurrir.
A medianoche, uno de los responsables nos explicó el protocolo. La sala ya estaba preparada. Yo entraría primero, me pondría cómoda y, cuando estuviera lista, pulsaría el interruptor de la pared para avisarles.
***
La sala era grande, con las paredes revestidas de un material oscuro que absorbía el sonido. Olía a limpio, a algo neutro y sin personalidad que agradecí. Había una tarima baja en el centro cubierta con una superficie acolchada, varios cojines repartidos por el suelo y una iluminación tenue que venía de unas tiras de luz instaladas al nivel del zócalo.
Me quedé sola y respiré hondo varias veces antes de quitarme la ropa.
Me desnudé despacio, doblé la ropa sobre una silla junto a la pared y me quedé únicamente con la ropa interior. Me recogí el pelo, dejando al descubierto el cuello y los hombros. Tomé dos cojines del suelo y los coloqué delante de la tarima, en el lugar donde iba a arrodillarme. Los acomodé con cuidado, como si ese pequeño gesto de orden pudiera darme control sobre lo que venía después.
Luego pulsé el botón.
Al otro lado de la puerta había un pequeño vestidor con taquillas, así que los ocho entraron directamente sin ropa. La puerta se abrió y el espacio de la sala se contrajo de golpe.
No es que no lo esperara. Lo esperaba. Pero hay cosas que el cerebro no termina de procesar hasta que están físicamente delante de ti: ocho hombres adultos formando un semicírculo a tu alrededor, bloqueando la luz, llenando el aire con un calor que no venía de ningún radiador. El olor a piel caliente, a almizcle, a algo denso que se instaló en el fondo de la garganta.
Rodrigo estaba entre ellos. Me miró durante un segundo, solo un segundo, y en ese segundo yo le hice una pregunta en silencio y él me respondió con algo que hizo con la comisura del labio derecho, un gesto pequeño que yo entendí porque llevábamos seis años aprendiendo a hablar sin palabras.
Me arrodillé sobre los cojines.
El primer hombre que se acercó tenía unos cuarenta años y llevaba un tatuaje en el antebrazo izquierdo que no llegué a distinguir bien en aquella luz. No dijo nada. No hacía falta. Levanté la vista y sostuve su mirada mientras cerraba los dedos alrededor de su erección y la acercaba a mis labios.
***
Lo que siguió durante la hora y media siguiente fue una acumulación de sensaciones que todavía no sé ordenar del todo con palabras.
Había momentos de sobrecarga, instantes en que perdía la noción de quién era quién y necesitaba anclarme a algún detalle concreto para no sentirme completamente a la deriva: el peso de una mano sobre mi hombro, la presión de unos dedos en mi nuca, la voz de Rodrigo hablándome en voz baja desde algún punto detrás de mí. Pequeñas referencias que me recordaban dónde estaba y que lo estaba eligiendo.
Y luego había momentos de calma inesperada, instantes en que todo se ralentizaba y yo era plenamente consciente de cada punto de contacto entre mi cuerpo y los cuerpos que tenía alrededor. El calor acumulado en la sala. El sonido de la respiración de ocho personas. La presión de las rodillas contra los cojines. La textura del aire denso y cargado que no dejaba lugar a ningún pensamiento que no fuera el momento presente.
Había algo en aquello que no me había esperado: que pudiera existir tanta quietud en el centro de algo tan intenso.
No era sumisión en el sentido de rendición pasiva. Era más parecido a soltar el control de manera deliberada, con los ojos completamente abiertos, sabiendo exactamente lo que estaba haciendo y eligiéndolo en cada momento. Rodrigo había planeado todo, había resuelto cada objeción que yo había puesto, había esperado semanas sin presionarme. Y yo había dicho que sí desde un lugar de certeza, no de miedo ni de obligación.
Eso marcaba la diferencia.
***
Los últimos minutos fueron los que más me quedaron grabados.
Cuando los demás terminaron, Rodrigo se acercó y se arrodilló frente a mí hasta quedar a mi misma altura. Me miró de una manera que no sé describir del todo: había algo entre la gratitud y el asombro, una ternura completamente fuera de lugar dado el contexto, pero que ahí estaba de todas formas, sin disculparse por estar.
—¿Estás bien? —preguntó en voz baja.
—Sí —respondí.
—¿De verdad?
—De verdad.
Me pasó el pulgar por el pómulo y me sostuvo la cara entre las manos un momento antes de besarme en la frente. Detrás de él, los demás hombres recogían su ropa en silencio y salían sin ruido.
Cuando nos quedamos solos en la sala, me senté en el borde de la tarima y él se sentó a mi lado. Ninguno de los dos dijo nada durante un rato. El silencio no era incómodo.
—Nunca pensé que dirías que sí —confesó al final.
—Yo tampoco —admití.
Se rió, una risa baja y sin pretensiones que me alivió más de lo que esperaba. Le apoyé la cabeza en el hombro y estuvimos así un rato, en la sala que olía a limpio y a personas que ya no estaban, hasta que un golpe suave en la puerta nos avisó de que podíamos usar los vestuarios cuando quisiéramos.
***
En el coche de vuelta, con la autopista casi vacía a esa hora, Rodrigo puso la mano sobre la mía y la dejó ahí durante todo el trayecto sin decir nada.
No hablamos de lo que había pasado. Era demasiado reciente, demasiado grande para caber en palabras a las dos de la madrugada en una carretera desierta.
Yo miraba los faros de los coches que venían de frente y pensaba en el momento en que había pulsado el botón de la pared, sabiendo perfectamente lo que iba a ocurrir al otro lado de la puerta, y en ningún momento de aquella noche había querido que no estuviera ocurriendo.
Eso era lo que me sorprendía. No que hubiera dicho que sí. Sino que, en ningún momento de todo aquello, había querido decir que no.