La noche que ocho hombres me esperaron en el club
La primera vez que Rodrigo me lo mencionó, estábamos en la oscuridad, con las sábanas enredadas y su respiración todavía sin normalizar.
—Quiero que lo hagamos con más hombres —murmuró contra mi cuello, y por un momento pensé que lo había soñado.
No lo había soñado. Rodrigo llevaba semanas dejando caer ese comentario en los momentos menos oportunos: en el desayuno, en el coche, en mitad de una conversación sobre facturas. Tenía esa costumbre molesta y adorable de obsesionarse con algo hasta conseguirlo o hasta que yo le hacía ver que era imposible. Y yo, que lo conocía mejor que a mí misma después de seis años juntos, sabía que esta vez no iba a ser la segunda opción.
—Ya sé lo que te preocupa —dijo una noche, mientras yo leía tumbada sobre su pecho y él enrollaba con los dedos un mechón de mi pelo—. Que no sea seguro. Que no controlemos la situación. Que acabe siendo una incomodidad.
—Rodrigo.
—Déjame terminar. ¿Y si fuera capaz de resolver todo eso?
Lo miré desde abajo. Tenía esa expresión de cuando ya había tomado una decisión pero seguía fingiendo que me consultaba.
—Si pudieras resolver todo eso... no lo sé. Tendríamos que hablar.
Se le escapó una sonrisa. Debería haberme dado más miedo.
La conversación seria llegó tres semanas después, un martes por la noche. Yo estaba tumbada en el sofá con la cabeza apoyada en su regazo y él me acariciaba los pies de manera distraída, como si no estuviera tramando nada, como si no llevara semanas preparando exactamente lo que estaba a punto de decir.
—He hecho gestiones —soltó de repente, sin preámbulos.
Levanté la vista del libro.
—¿Qué clase de gestiones?
—He contactado con un club de intercambios que está a unos ochenta kilómetros de aquí. Tienen protocolo. Todo está controlado.
Me incorporé para mirarlo a la cara.
—Define «controlado».
Rodrigo lo explicó todo con la precisión de alguien que había ensayado el discurso varias veces. El club trabajaba con una clínica privada que exigía análisis completos a todos los participantes en las doce horas previas al encuentro. Tenían salas privadas reservadas específicamente para situaciones como la nuestra. Para mí, entrada y consumiciones gratuitas. Para él y los demás hombres, la entrada de pago.
—Ya han seleccionado a los demás —añadió, midiendo mis reacciones.
—¿Cuántos?
—Siete. Más yo, serían ocho en total.
Ocho. La palabra se quedó flotando en el aire del salón durante varios segundos.
No dije nada. Pensé en la noche que habíamos pasado con Adrián, en aquella habitación de hotel en la que tardé cuarenta minutos en relajarme y otros veinte en dejar de temblarme el pulso. Aquella noche Adrián me había follado por detrás mientras Rodrigo me metía la polla en la boca, y cuando me corrí lo hice tan fuerte que se me escapó un grito que todavía recuerdo. Eso había sido con una sola polla extra. Lo que Rodrigo proponía ahora eran siete pollas más, siete desconocidos vaciándose dentro y encima de mí.
Siete hombres desconocidos. Siete análisis firmados por una clínica privada. Una sala reservada a ochenta kilómetros de casa.
—Vale —dije.
Rodrigo me miró como si no me hubiera oído bien.
—Vale —repetí—. Pero necesito que todo sea exactamente como describes. Sin improvisaciones. Sin sorpresas.
Noté que le costaba un momento recuperar la compostura.
—Por supuesto —contestó—. Y cuando quieras parar, lo hacemos sin más. Yo no quiero nada de esto si tú no estás completamente segura.
—¿Cuándo sería?
—El próximo sábado.
Se me heló la sangre.
—¿Este sábado?
—Tenemos hasta el viernes por la tarde para anular sin ningún coste. Piénsatelo bien.
Asentí despacio y giré la cabeza hacia la ventana. La calle estaba vacía. Un coche pasó muy despacio bajo la lluvia.
¿En qué demonios me estaba metiendo?
No estuve segura en ningún momento del trayecto. Rodrigo conducía con las dos manos en el volante y la vista fija en la autopista mientras la radio llenaba el silencio con una emisora de canciones que ninguno de los dos escuchaba. Yo miraba pasar las luces de los demás coches y trataba de localizar el punto exacto donde la excitación terminaba y el pánico comenzaba, porque llevaba horas moviéndome por ese territorio sin nombre sin lograr fijarme en ninguno de los dos extremos. Notaba las bragas húmedas contra el asiento y me odiaba un poco por eso, por lo evidente que era mi coño respondiendo antes de que mi cabeza terminara de decidir.
Llegamos con tiempo de sobra. Cenamos en un restaurante pequeño cerca del club, pedimos vino tinto y Rodrigo habló de cosas intrascendentes con la deliberada normalidad que usaba cuando quería que yo me relajara. Una obra que habían empezado en la calle de enfrente. Un podcast que le habían recomendado. El tiempo que haría el fin de semana siguiente. Funcionó a medias, que ya era más de lo que esperaba.
El club estaba en un edificio discreto en las afueras, sin rótulos visibles desde la calle. La recepción era limpia, casi aséptica, con iluminación cálida y un encargado que comprobó la documentación y los resultados de los análisis sin levantar la voz. Todo funcionaba exactamente como Rodrigo había prometido.
En la zona de espera conocimos a los siete hombres que el club había seleccionado. Eran de edades distintas, de aspecto completamente normal. Ninguno resultó extraño ni intimidante en ese primer contacto. Tomamos algo en la barra y hablamos de lo que la gente habla cuando está nerviosa: nada en particular, nada que importe. Pero mientras charlábamos yo los miraba de reojo y les calculaba a cada uno el bulto del pantalón, imaginándome cuál la tendría más gorda, cuál me duraría más, cuál me llenaría la boca hasta hacerme lagrimear. Ese rato de conversación superficial fue lo que terminó de convencerme de que podía hacer aquello. Que eran personas. Que la situación era manejable. Que yo tenía el control de lo que iba a ocurrir.
A medianoche, uno de los responsables nos explicó el protocolo. La sala ya estaba preparada. Yo entraría primero, me pondría cómoda y, cuando estuviera lista, pulsaría el interruptor de la pared para avisarles.
La sala era grande, con las paredes revestidas de un material oscuro que absorbía el sonido. Olía a limpio, a algo neutro y sin personalidad que agradecí. Había una tarima baja en el centro cubierta con una superficie acolchada, varios cojines repartidos por el suelo y una iluminación tenue que venía de unas tiras de luz instaladas al nivel del zócalo.
Me quedé sola y respiré hondo varias veces antes de quitarme la ropa.
Me desnudé despacio, doblé la ropa sobre una silla junto a la pared y me quedé completamente desnuda tras dudar un segundo con las bragas en la mano. Al final las dejé caer también. No tenía sentido conservar nada. Me recogí el pelo, dejando al descubierto el cuello y los hombros. Me toqué los pezones un instante para ver cómo los tenía y los tenía duros como piedras, tirantes hasta doler. Me pasé dos dedos por el coño y estaba empapada, tanto que se me quedaron brillando cuando los levanté a la luz. Me chupé los dedos limpiándome de mi propio flujo y noté cómo el estómago se me contraía de anticipación. Tomé dos cojines del suelo y los coloqué delante de la tarima, en el lugar donde iba a arrodillarme. Los acomodé con cuidado, como si ese pequeño gesto de orden pudiera darme control sobre lo que venía después.
Luego pulsé el botón.
Al otro lado de la puerta había un pequeño vestidor con taquillas, así que los ocho entraron directamente sin ropa. La puerta se abrió y el espacio de la sala se contrajo de golpe.
No es que no lo esperara. Lo esperaba. Pero hay cosas que el cerebro no termina de procesar hasta que están físicamente delante de ti: ocho hombres adultos formando un semicírculo a tu alrededor, ocho pollas colgando o ya medio erectas apuntándome desde todos los ángulos, bloqueando la luz, llenando el aire con un calor que no venía de ningún radiador. El olor a piel caliente, a almizcle, a huevos limpios y polla dura, algo denso que se instaló en el fondo de la garganta y me hizo salivar sin querer.
Rodrigo estaba entre ellos, la polla ya tiesa apuntándome. Me miró durante un segundo, solo un segundo, y en ese segundo yo le hice una pregunta en silencio y él me respondió con algo que hizo con la comisura del labio derecho, un gesto pequeño que yo entendí porque llevábamos seis años aprendiendo a hablar sin palabras.
Me arrodillé sobre los cojines.
El primer hombre que se acercó tenía unos cuarenta años y llevaba un tatuaje en el antebrazo izquierdo que no llegué a distinguir bien en aquella luz. La tenía gorda, con el glande morado y una vena marcada corriendo por debajo. No dijo nada. No hacía falta. Levanté la vista y sostuve su mirada mientras cerraba los dedos alrededor de su polla y la acercaba a mis labios. La besé primero en la punta, sacando la lengua para probar la gota espesa que ya asomaba, y luego abrí la boca y me la metí entera de una vez, hasta notar el glande golpeándome contra la campanilla.
—Joder —soltó él por encima de mí, y le oí tomar aire de golpe.
Empecé a mamársela despacio, moviendo la cabeza adelante y atrás, dejando que el hilo de saliva se me cayera por la barbilla. Le agarré los huevos con la otra mano y se los masajeé mientras le comía la punta con la lengua girando alrededor del glande. Él me metió los dedos en el pelo y empezó a follarme la boca al ritmo que le apetecía, sin mucho miramiento, y yo lo dejé hacer.
Al lado noté una polla contra la mejilla. Otro se había acercado y frotaba el glande contra mi cara mientras esperaba turno. Solté la del tatuado un instante y giré la cabeza para lamérsela de arriba abajo, desde los huevos hasta la punta, antes de metérmela también en la boca. Me pasaba una y otra, chupando a dos manos, alternando lengüetazos y mamadas hondas, y notaba cómo se me llenaba la boca de sabor a semen antes incluso de que ninguno hubiera empezado a correrse.
Detrás de mí alguien se arrodilló y me abrió las piernas. Sentí una lengua caliente enterrarse entre mis nalgas y bajar hasta el coño, y luego dos dedos abriéndome mientras la lengua chupaba y lamía sin parar. Solté un gemido con la boca llena de polla y el sonido se ahogó contra el vientre del hombre que tenía delante.
—Está empapada —dijo el que estaba detrás, y se lo dijo a los demás como si fuera un dato práctico—. Se le sale.
Alguien se rió, bajo. Otro me pasó la mano por la espalda, subiendo hasta la nuca. La lengua que tenía entre las piernas fue reemplazada por un glande gordo que se restregaba de arriba abajo por mi coño, embadurnándose en mis flujos antes de empujar. Cuando entró, entró entero de una embestida, y yo escupí la polla que tenía en la boca y grité contra el muslo del hombre.
—Ah, joder, joder —murmuré, y el que me follaba por detrás me agarró de las caderas con las dos manos y empezó a metérmela con fuerza, a ritmo, haciendo que mis tetas se bambolearan hacia adelante con cada empujón.
—Abre la boca, guapa —dijo el tatuado, cogiéndome de la barbilla, y volvió a metérmela hasta el fondo.
Me follaron así, sostenida en el aire por dos pollas a la vez, una en la boca y otra en el coño, durante lo que me parecieron minutos larguísimos. Iban cambiándose sin que yo terminara de saber quién era quién. Cuando uno terminaba en el coño salía y otro entraba inmediatamente, sin darme tregua, sin dejarme cerrar las piernas. Yo notaba mi propio flujo goteándome por los muslos, mezclado con la saliva que se me caía de la boca, y no me importaba. No pensaba en nada. Solo pensaba en el ritmo, en el golpeteo, en la polla que tenía enterrada en cada momento.
Alguien me tumbó de espaldas sobre la tarima acolchada. Me abrieron las piernas del todo y uno se colocó encima de mí, metiéndomela otra vez, mientras otro me ofrecía la polla junto a la cara y yo giraba la cabeza para chupársela de lado. Un tercero me agarró una teta y empezó a apretarme el pezón entre dos dedos, tirando y retorciendo hasta que se me escapó un jadeo agudo. Un cuarto se puso al otro lado y me metió su polla en la otra mano, y yo se la meneé como pude, sin mirar, guiándome por el tacto.
—Así, muy bien —oí a Rodrigo desde algún sitio, y su voz me llegó como un ancla—. Mira lo bien que se lo toma.
El que me follaba encima aceleró. Notaba sus huevos golpeándome contra el culo con cada embestida, y yo enredé las piernas alrededor de su cintura para sostenerme y le clavé los talones en la espalda. Cuando se corrió lo hizo dentro, con un gruñido ronco, y noté el chorro caliente llenándome por dentro. Salió y otro ocupó su sitio inmediatamente, resbalando con toda la corrida del anterior, y ese empezó a follarme aún más fuerte, más rápido, haciendo que las piernas me temblaran solas.
Me corrí sin avisar. Fue de golpe, una descarga que me subió desde el coño hasta la nuca y me hizo gritar con la boca abierta y arquear la espalda. El que estaba dentro no paró, siguió metiéndomela mientras yo me contraía a su alrededor, alargándome el orgasmo hasta que tuve que empujarle con la palma abierta contra el pecho para que aflojara un segundo. No paró del todo. Aflojó apenas y siguió, más lento pero sin salir, hasta que también se corrió y descargó dentro con dos embestidas profundas.
Lo que siguió durante la hora y media siguiente fue una acumulación de sensaciones que todavía no sé ordenar del todo con palabras.
Me pusieron a cuatro patas y me follaron desde atrás por turnos, mientras yo mamaba a otros dos alternándome entre uno y otro. Me sentaron a horcajadas sobre un hombre y otro se me acercó por detrás con el glande contra la raja del culo. Escupieron saliva sobre mí y frotaron con el pulgar hasta que uno se atrevió a empujar, y yo apreté los dientes y aguanté hasta que entró. Cuando lo hizo, cuando sentí las dos pollas dentro a la vez, una en el coño y otra en el culo, se me escapó un gemido largo y agudo que no reconocí como mío.
—Tranquila, tranquila —dijo el de debajo, sosteniéndome de las caderas—. Respira.
Los dos se movieron a la vez, con un ritmo que fueron encontrando, y yo cerré los ojos y me dejé llevar por la sensación de estar completamente rellena, doblemente empalada, sin poder hacer otra cosa que aguantar y gemir. Otro se me puso delante y me metió la polla en la boca, y entonces fui tres pollas al mismo tiempo, y todos los pensamientos que me habían acompañado hasta esa noche desaparecieron.
Me corrí otra vez, y otra, perdí la cuenta. Cada uno se corría donde quería. Uno me lo hizo dentro del culo, otro me pintó la cara con chorros espesos que me cayeron sobre los párpados y las mejillas, otro se corrió sobre mis tetas y luego se agachó a esparcirlo con la propia polla. Yo abría la boca cuando se me acercaban y tragaba lo que caía dentro, y notaba el sabor pegado al paladar durante horas.
Había momentos de sobrecarga, instantes en que perdía la noción de quién era quién y necesitaba anclarme a algún detalle concreto para no sentirme completamente a la deriva: el peso de una mano sobre mi hombro, la presión de unos dedos en mi nuca, la voz de Rodrigo hablándome en voz baja desde algún punto detrás de mí. Pequeñas referencias que me recordaban dónde estaba y que lo estaba eligiendo.
Rodrigo fue el último. Cuando los demás ya estaban terminando, se acercó por detrás y me giró suavemente hasta ponerme boca arriba. Se colocó entre mis piernas, ya empapadas y goteando corridas ajenas, y me la metió despacio, mirándome a los ojos todo el tiempo. Nadie más nos tocaba en ese momento. Los otros habían dado un paso atrás. Y él me folló despacio, hasta el fondo, cogiéndome la cara con las dos manos.
—Te quiero —me dijo bajito, casi en un susurro que solo yo oí.
—Y yo —respondí, y noté que se me llenaban los ojos aunque no de tristeza.
Se corrió dentro de mí con un temblor largo, y cuando terminó no salió enseguida. Se quedó ahí, apoyado contra mi frente, respirando conmigo.
Y luego había momentos de calma inesperada, instantes en que todo se ralentizaba y yo era plenamente consciente de cada punto de contacto entre mi cuerpo y los cuerpos que tenía alrededor. El calor acumulado en la sala. El sonido de la respiración de ocho personas. La presión de las rodillas contra los cojines. La textura del aire denso y cargado que no dejaba lugar a ningún pensamiento que no fuera el momento presente.
Había algo en aquello que no me había esperado: que pudiera existir tanta quietud en el centro de algo tan intenso.
No era sumisión en el sentido de rendición pasiva. Era más parecido a soltar el control de manera deliberada, con los ojos completamente abiertos, sabiendo exactamente lo que estaba haciendo y eligiéndolo en cada momento. Rodrigo había planeado todo, había resuelto cada objeción que yo había puesto, había esperado semanas sin presionarme. Y yo había dicho que sí desde un lugar de certeza, no de miedo ni de obligación.
Eso marcaba la diferencia.
Los últimos minutos fueron los que más me quedaron grabados.
Cuando los demás terminaron, Rodrigo se acercó y se arrodilló frente a mí hasta quedar a mi misma altura. Me miró de una manera que no sé describir del todo: había algo entre la gratitud y el asombro, una ternura completamente fuera de lugar dado el contexto, pero que ahí estaba de todas formas, sin disculparse por estar.
—¿Estás bien? —preguntó en voz baja.
—Sí —respondí.
—¿De verdad?
—De verdad.
Me pasó el pulgar por el pómulo, limpiándome un rastro seco de semen que se me había quedado pegado, y me sostuvo la cara entre las manos un momento antes de besarme en la frente. Detrás de él, los demás hombres recogían su ropa en silencio y salían sin ruido.
Cuando nos quedamos solos en la sala, me senté en el borde de la tarima —notaba el goteo espeso corriéndome por dentro de los muslos— y él se sentó a mi lado. Ninguno de los dos dijo nada durante un rato. El silencio no era incómodo.
—Nunca pensé que dirías que sí —confesó al final.
—Yo tampoco —admití.
Se rió, una risa baja y sin pretensiones que me alivió más de lo que esperaba. Le apoyé la cabeza en el hombro y estuvimos así un rato, en la sala que olía a limpio y a personas que ya no estaban, hasta que un golpe suave en la puerta nos avisó de que podíamos usar los vestuarios cuando quisiéramos.
En el coche de vuelta, con la autopista casi vacía a esa hora, Rodrigo puso la mano sobre la mía y la dejó ahí durante todo el trayecto sin decir nada.
No hablamos de lo que había pasado. Era demasiado reciente, demasiado grande para caber en palabras a las dos de la madrugada en una carretera desierta.
Yo miraba los faros de los coches que venían de frente y pensaba en el momento en que había pulsado el botón de la pared, sabiendo perfectamente lo que iba a ocurrir al otro lado de la puerta, y en ningún momento de aquella noche había querido que no estuviera ocurriendo.
Eso era lo que me sorprendía. No que hubiera dicho que sí. Sino que, en ningún momento de todo aquello, había querido decir que no.