Saltar al contenido
Relatos Ardientes

Cuando dos parejas decidieron compartirlo todo

4.7 (15)

La propuesta llegó de boca de Lucas, como siempre llegaban sus ideas más arriesgadas: entre copa y copa, con esa sonrisa suya de quien sabe exactamente lo que está diciendo aunque finja que no.

Era el último viernes del mes. Los cuatro mantenían ese ritual desde hacía casi seis años: cenar en casa de alguien, abrir una botella que se convertía en dos, quedarse hablando hasta que la madrugada o el cansancio los obligaba a marcharse. La de esa noche no parecía diferente. El mismo comedor, las mismas sillas de siempre, la misma luz cálida sobre la mesa llena de platos. Pero había algo en el ambiente que llevaba horas distinto, y todos lo sabían, aunque ninguno lo había nombrado.

—¿Y si alguna vez lo probáramos? —dijo Lucas, mirando el fondo de su copa.

Nadie respondió de inmediato. Sofía dejó el tenedor sobre el plato con una precisión que parecía ensayada. Elena, la mujer de Lucas, se quedó muy quieta. Andrés miró a su amigo, que ahora sí levantaba la vista y los observaba a los tres con esa calma suya que no era indiferencia sino exactamente lo contrario.

El silencio duró lo suficiente para que todos entendieran que la pregunta era real.

***

Fueron Elena y Sofía las que dieron el primer movimiento, aunque no con palabras.

Elena se levantó sin aspavientos. Recogió su copa y fue a la cocina. De vuelta, pasó junto a Sofía, la miró un instante —solo un instante— y continuó hacia el pasillo. Sofía la observó un momento y fue tras ella. Las dos mujeres desaparecieron por el fondo del corredor. Primero se oyó cerrarse una puerta. Luego otra.

Andrés y Lucas se quedaron solos en el comedor.

—Bueno —dijo Andrés.

Lucas asintió muy despacio.

—Bueno.

Se levantaron y empezaron a recoger los vasos sin ponerse de acuerdo. Durante un rato los dos se movieron alrededor de la mesa en silencio, llevando cosas a la cocina, aclarando copas bajo el grifo. Era un silencio raro: no incómodo, pero cargado de todo lo que no se estaba diciendo.

—Andrés —dijo Lucas al fin.

—Ya lo sé —respondió antes de que pudiera continuar.

—¿Qué sabes?

—Lo que ibas a decir. Que llevamos demasiados años como para arriesgarnos a estropearlo todo en una noche.

Lucas frunció el ceño levemente, pero sonrió.

—Algo así, sí.

Andrés apoyó las manos en la encimera y miró a su amigo.

—¿Y si no lo estropeamos?

Lucas lo miró un momento largo.

—¿Y si lo cambiamos para siempre?

—También puede pasar eso.

—¿Te parece bien cambiar algo que funciona?

Andrés tardó en responder. La verdad era complicada. Lo de los cuatro —la amistad, los seis años de cenas y viajes y confidencias— funcionaba. Pero había algo más que también llevaba tiempo funcionando debajo de todo lo demás, en silencio, sin nombre. Y las dos mujeres acababan de cruzar un pasillo hacia habitaciones separadas, lo cual decía bastante sobre lo que ellas pensaban.

—Creo que ya lleva tiempo cambiado —dijo—. Solo que nadie lo había dicho en voz alta hasta esta noche.

Lucas lo consideró. Bajó la vista un instante, como ordenando algo por dentro, y luego la levantó.

—¿Crees que Sofía…?

—Sofía ya está en ese dormitorio —dijo Andrés—. Sofía lo tiene muy claro.

Lucas miró hacia el pasillo.

—Elena también —murmuró.

El silencio que siguió no era de duda. Era de esos silencios que en realidad son una decisión ya tomada. Lucas asintió muy despacio, como si terminara de cruzar algo invisible, y señaló con la cabeza hacia el fondo del corredor.

—Entonces.

Cada uno tomó su camino.

***

Andrés se detuvo frente a la puerta del dormitorio de invitados. No llamó. Giró el pomo y entró.

Elena estaba junto a la ventana. La persiana estaba bajada pero no del todo, y entre las lamas entraba una franja de luz de la calle que le cruzaba los hombros. Se había quitado el jersey de la cena y llevaba solo una camiseta fina de tirantes, de las que normalmente no dicen nada y que en ese momento lo decían todo.

No se giró enseguida. Sabía que era él.

—Pensé que tardarías más —dijo.

—Lucas necesitaba pensar en voz alta —respondió Andrés—. Yo ya había terminado de pensar.

Entonces sí se dio la vuelta. Lo miró con esa expresión suya que él nunca había sabido descifrar del todo: mitad calma, mitad algo que no era calma en absoluto.

—¿Desde cuándo? —preguntó.

Era una pregunta honesta. Se la merecía.

—Desde la despedida de soltero de Lucas —respondió Andrés—. Saliste a buscarlo al bar y te encontré a mí. Nos miramos tres segundos más de lo que debíamos y luego cada uno siguió su camino como si nada.

Elena asintió, sin sorpresa.

—Yo desde antes —dijo.

—¿Desde cuándo?

—Desde que vinisteis al apartamento nuevo a ayudarnos con la mudanza. Estabas colgando un cuadro y no pude dejar de mirarte. Pensé algo que no debería haber pensado.

Guardaron silencio. Era el silencio de quien por fin deja de cargar con algo.

—¿Y Sofía? —preguntó Elena.

—La quiero —respondió él, sin dudar.

—Y yo a Lucas. —Tampoco dudó—. Esto no cambia eso.

Andrés se preguntó si era verdad. Luego se preguntó por qué importaba tanto saberlo esa noche. Y luego dejó de preguntarse cosas.

Dio dos pasos hacia ella. Elena no se movió. La distancia entre ellos era la de un brazo extendido.

—¿Tienes miedo? —preguntó ella.

—Un poco.

—Bien. Yo también. —Sonrió, y en esa sonrisa había algo que él no había visto antes en ella, o que había visto y no se había permitido reconocer del todo.

Andrés le apartó un mechón de la cara. Ella no lo esquivó. Sus ojos no se apartaron de los suyos.

Se besaron. Fue un beso cuidadoso al principio, de los que tantean y preguntan, y luego dejó de serlo. Las manos de Elena encontraron el borde de su camiseta y tiraron hacia arriba. Él le apartó los tirantes de los hombros y pasó las manos por su espalda, notando la textura tibia de su piel —diferente a la de Sofía, no mejor ni peor, solo diferente, con toda la carga eléctrica que tiene lo diferente cuando llevas años pensando en ello sin permitirte hacerlo.

La llevó hacia la cama despacio. Elena se sentó en el borde y lo miró mientras él terminaba de quitarse la ropa. Luego fue ella quien tiró de él hacia abajo.

Hubo un momento, cuando la tuvo debajo y sus cuerpos se encontraron por primera vez del todo, en que los dos se quedaron quietos un instante. Andrés la miró. Ella le sostuvo la mirada. No había duda en sus ojos, ni arrepentimiento, ni miedo. Solo la misma tensión acumulada de seis años que por fin encontraba un sitio donde ir.

La penetró despacio. Elena cerró los ojos un segundo y luego los abrió.

—¿Bien? —preguntó él en voz baja.

—Sí —respondió, y atrajo su boca hacia la suya.

***

Fue entonces cuando lo oyeron.

Primero un murmullo. Casi nada. Podría haber sido la calle o los vecinos de arriba. Pero los dos lo identificaron enseguida, y ninguno de los dos fingió que no.

El sonido volvió. Más claro esta vez. Un ritmo inconfundible. La cama del dormitorio de al lado.

Elena detuvo la mano que tenía en la nuca de Andrés. Los dos escucharon en silencio durante unos segundos.

Andrés no intentó analizar lo que sentía. Había esperado algo parecido a los celos o a la culpa, pero lo que llegó fue otra cosa: algo cercano al alivio, a la certeza de que aquello estaba bien, de que los cuatro habían tomado la misma decisión y nadie se había quedado solo en ese umbral.

—¿Estás bien? —le preguntó a Elena.

—Sí —respondió ella—. Mejor que bien.

El sonido de la otra habitación continuó, amortiguado por la pared pero claro. Elena lo miró.

—Ya no hay vuelta atrás —murmuró.

—Tampoco hace falta volver —dijo Andrés.

Se inclinó sobre ella y retomaron donde lo habían dejado. Las caderas de Elena se movieron al encuentro de las suyas, y todo lo demás quedó afuera, al otro lado de las paredes.

Lo que siguió duró mucho y duró poco, como pasan esas cosas cuando los relojes desaparecen. Andrés recordaría después detalles concretos: la curva de la espalda de Elena cuando se dio la vuelta, el modo en que decía su nombre con una voz que nunca antes le había escuchado, y la calidad del silencio que llenó el cuarto cuando por fin los dos dejaron de moverse.

***

Elena habló primero, cuando la oscuridad ya era completa y la calle estaba callada.

—¿Qué hacemos mañana?

No era «qué hemos hecho», sino «qué hacemos». Tiempo presente, tiempo futuro. Andrés lo notó y lo agradeció.

—Desayunamos juntos —dijo.

—¿Como si nada?

—Como lo que somos. Cuatro personas que se conocen bien y que acaban de conocerse un poco mejor.

Elena lo pensó un momento.

—Lucas va a hacer algún comentario horrible en cuanto se siente a la mesa.

Andrés soltó una carcajada baja, casi en silencio.

—Con toda seguridad.

—¿Y Sofía?

—Sofía va a poner cara de que nada ha pasado durante el desayuno entero. Y luego, cuando ya estemos recogiendo, lo va a contar todo con pelos y señales.

Elena se rió también. Una risa genuina, de esas que relajan todo.

—Nos conocemos demasiado bien —murmuró.

—Sí.

Guardaron silencio un rato más. El techo seguía siendo el mismo techo, pero algo en el cuarto había cambiado, y los dos lo sabían, y ninguno de los dos necesitaba llamarlo de ninguna manera todavía.

—Andrés —dijo ella al cabo de un momento.

—¿Qué?

—Me alegra que lo hayamos hecho.

Andrés lo pensó. No mucho tiempo, porque la respuesta ya estaba allí desde antes.

—A mí también —dijo.

Y era verdad.

Valora este relato

4.7 (15)

Comentarios (10)

PatricioM

excelente!!! muy bien escrito, se nota que tenes experiencia

Renato_BA

quede con ganas de mas, espero que haya segunda parte pronto

NightRider77

la tension del inicio es perfecta, no hace falta decir nada para que ya te imagines todo lo que sigue. segui escribiendo!

vane_mtz

me recordo a algo parecido que viví hace años jaja. muy bien contado, felicitaciones

Emmanuel

y como sigue? espero ansioso el proximo capitulo

CarlosCali

jajaja eso del silencio al principio lo dice todo. buenisimo

Marta_K

el ritmo es genial, no te aburris en ningun momento. mas por favor!

SilencioNocturno

increible como con tan pocas palabras ya te metiste en la cabeza. 10/10

rodrigo_pam

uno de los mejores que lei aca en mucho tiempo. gracias por compartir

Paty_23

que bueno!!! me encanto

Deja un comentario

Iniciar sesión o crear cuenta

Elegí cómo querés continuar.