Cuando dos parejas decidieron compartirlo todo
La propuesta llegó de boca de Lucas, como siempre llegaban sus ideas más arriesgadas: entre copa y copa, con esa sonrisa suya de quien sabe exactamente lo que está diciendo aunque finja que no.
Era el último viernes del mes. Los cuatro mantenían ese ritual desde hacía casi seis años: cenar en casa de alguien, abrir una botella que se convertía en dos, quedarse hablando hasta que la madrugada o el cansancio los obligaba a marcharse. La de esa noche no parecía diferente. El mismo comedor, las mismas sillas de siempre, la misma luz cálida sobre la mesa llena de platos. Pero había algo en el ambiente que llevaba horas distinto, y todos lo sabían, aunque ninguno lo había nombrado.
—¿Y si alguna vez lo probáramos? —dijo Lucas, mirando el fondo de su copa.
Nadie respondió de inmediato. Sofía dejó el tenedor sobre el plato con una precisión que parecía ensayada. Elena, la mujer de Lucas, se quedó muy quieta. Andrés miró a su amigo, que ahora sí levantaba la vista y los observaba a los tres con esa calma suya que no era indiferencia sino exactamente lo contrario.
El silencio duró lo suficiente para que todos entendieran que la pregunta era real.
***
Fueron Elena y Sofía las que dieron el primer movimiento, aunque no con palabras.
Elena se levantó sin aspavientos. Recogió su copa y fue a la cocina. De vuelta, pasó junto a Sofía, la miró un instante —solo un instante— y continuó hacia el pasillo. Sofía la observó un momento y fue tras ella. Las dos mujeres desaparecieron por el fondo del corredor. Primero se oyó cerrarse una puerta. Luego otra.
Andrés y Lucas se quedaron solos en el comedor.
—Bueno —dijo Andrés.
Lucas asintió muy despacio.
—Bueno.
Se levantaron y empezaron a recoger los vasos sin ponerse de acuerdo. Durante un rato los dos se movieron alrededor de la mesa en silencio, llevando cosas a la cocina, aclarando copas bajo el grifo. Era un silencio raro: no incómodo, pero cargado de todo lo que no se estaba diciendo.
—Andrés —dijo Lucas al fin.
—Ya lo sé —respondió antes de que pudiera continuar.
—¿Qué sabes?
—Lo que ibas a decir. Que llevamos demasiados años como para arriesgarnos a estropearlo todo en una noche.
Lucas frunció el ceño levemente, pero sonrió.
—Algo así, sí.
Andrés apoyó las manos en la encimera y miró a su amigo.
—¿Y si no lo estropeamos?
Lucas lo miró un momento largo.
—¿Y si lo cambiamos para siempre?
—También puede pasar eso.
—¿Te parece bien cambiar algo que funciona?
Andrés tardó en responder. La verdad era complicada. Lo de los cuatro —la amistad, los seis años de cenas y viajes y confidencias— funcionaba. Pero había algo más que también llevaba tiempo funcionando debajo de todo lo demás, en silencio, sin nombre. Y las dos mujeres acababan de cruzar un pasillo hacia habitaciones separadas, lo cual decía bastante sobre lo que ellas pensaban.
—Creo que ya lleva tiempo cambiado —dijo—. Solo que nadie lo había dicho en voz alta hasta esta noche.
Lucas lo consideró. Bajó la vista un instante, como ordenando algo por dentro, y luego la levantó.
—¿Crees que Sofía…?
—Sofía ya está en ese dormitorio —dijo Andrés—. Sofía lo tiene muy claro.
Lucas miró hacia el pasillo.
—Elena también —murmuró.
El silencio que siguió no era de duda. Era de esos silencios que en realidad son una decisión ya tomada. Lucas asintió muy despacio, como si terminara de cruzar algo invisible, y señaló con la cabeza hacia el fondo del corredor.
—Entonces.
Cada uno tomó su camino.
***
Andrés se detuvo frente a la puerta del dormitorio de invitados. No llamó. Giró el pomo y entró.
Elena estaba junto a la ventana. La persiana estaba bajada pero no del todo, y entre las lamas entraba una franja de luz de la calle que le cruzaba los hombros. Se había quitado el jersey de la cena y llevaba solo una camiseta fina de tirantes, de las que normalmente no dicen nada y que en ese momento lo decían todo.
No se giró enseguida. Sabía que era él.
—Pensé que tardarías más —dijo.
—Lucas necesitaba pensar en voz alta —respondió Andrés—. Yo ya había terminado de pensar.
Entonces sí se dio la vuelta. Lo miró con esa expresión suya que él nunca había sabido descifrar del todo: mitad calma, mitad algo que no era calma en absoluto.
—¿Desde cuándo? —preguntó.
Era una pregunta honesta. Se la merecía.
—Desde la despedida de soltero de Lucas —respondió Andrés—. Saliste a buscarlo al bar y te encontré a mí. Nos miramos tres segundos más de lo que debíamos y luego cada uno siguió su camino como si nada.
Elena asintió, sin sorpresa.
—Yo desde antes —dijo.
—¿Desde cuándo?
—Desde que vinisteis al apartamento nuevo a ayudarnos con la mudanza. Estabas colgando un cuadro y no pude dejar de mirarte. Pensé algo que no debería haber pensado.
—¿El qué?
—Pensé en tu polla dentro de mí mientras Lucas estaba en el cuarto de al lado montando la estantería.
Guardaron silencio. Era el silencio de quien por fin deja de cargar con algo.
—¿Y Sofía? —preguntó Elena.
—La quiero —respondió él, sin dudar.
—Y yo a Lucas. —Tampoco dudó—. Esto no cambia eso. Esta noche quiero que me folles como llevas seis años queriendo hacerlo. Sin frenos.
Andrés se preguntó si era verdad lo del cariño. Luego se preguntó por qué importaba tanto saberlo esa noche. Y luego dejó de preguntarse cosas.
Dio dos pasos hacia ella. Elena no se movió. La distancia entre ellos era la de un brazo extendido.
—¿Tienes miedo? —preguntó ella.
—Un poco.
—Bien. Yo también. —Sonrió, y en esa sonrisa había algo que él no había visto antes en ella, o que había visto y no se había permitido reconocer del todo.
Andrés le apartó un mechón de la cara. Ella no lo esquivó. Sus ojos no se apartaron de los suyos.
Se besaron. Fue un beso cuidadoso al principio, de los que tantean y preguntan, y luego dejó de serlo. La lengua de Elena entró en su boca con una urgencia que llevaba años guardada, y él le mordió el labio inferior mientras le agarraba la nuca con una mano. Las manos de ella encontraron el borde de su camiseta y tiraron hacia arriba. Él le apartó los tirantes de los hombros y le bajó la camiseta hasta la cintura de un solo tirón. Elena no llevaba sujetador. Sus tetas eran más pequeñas que las de Sofía, más firmes, con los pezones oscuros ya duros de puro deseo.
—Chúpamelos —le pidió con voz ronca—. Llevo años imaginándome tu boca ahí.
Andrés se agachó y se metió un pezón entero en la boca. Lo lamió despacio primero, dibujando círculos con la lengua alrededor de la areola, y luego lo apretó entre los dientes hasta que ella gimió. Con la otra mano le amasaba el otro pecho, pellizcándole el pezón entre el pulgar y el índice. Elena echó la cabeza hacia atrás y se agarró a su pelo, presionándole la cara contra su carne.
—Más fuerte —susurró—. Muérdemelas más fuerte.
Él obedeció. Le pasó la lengua por el esternón, entre los dos pechos, bajando por el vientre mientras le desabrochaba los vaqueros. Elena levantó las caderas para ayudarle y él se los bajó junto con las bragas, de un solo tirón, hasta los tobillos. Ella se los sacó a patadas y quedó completamente desnuda contra la ventana, la franja de luz de la calle cruzándole ahora los pechos y el vientre plano.
Andrés se arrodilló delante de ella. Le abrió los muslos con las manos y hundió la cara en su coño. Elena estaba ya empapada. Su olor era distinto al de Sofía, más intenso, más ácido, y a él le dio un vuelco la polla dentro de los pantalones al notarlo. Le pasó la lengua entera de abajo arriba, lento, desde la entrada del coño hasta el clítoris, y ella soltó un gemido largo que retumbó contra el cristal.
—Joder —dijo Elena, agarrándose a las cortinas para no caerse—. Joder, Andrés.
Él le chupó el clítoris entre los labios, tirando de él con suavidad, y luego le metió dos dedos en el coño de golpe. Elena abrió las piernas más y le empujó la cara contra su sexo. Andrés notaba cómo se le contraían las paredes del coño alrededor de sus dedos, cómo empezaba a temblarle todo el cuerpo. La lamía con hambre acumulada de seis años, chupándole los labios menores, ensartándola con la lengua, volviendo al clítoris para lamérselo rápido, en pequeños toques que la hacían gritar.
—Voy a correrme —jadeó ella—. No pares, no pares, no…
Se corrió contra su boca con un espasmo largo, agarrándole el pelo con las dos manos y aplastándole la cara contra su coño mientras las piernas le temblaban. Andrés siguió lamiéndola durante todo el orgasmo, bebiéndose los flujos que le corrían por los dedos, hasta que ella lo apartó porque no aguantaba más.
La llevó hacia la cama despacio. Elena se dejó caer sentada en el borde, con las mejillas encendidas y el pelo revuelto, y lo miró mientras él terminaba de quitarse la ropa. Cuando Andrés se bajó los calzoncillos y la polla saltó hacia fuera, dura y goteando, Elena se mordió el labio.
—Es más grande de lo que me imaginaba —murmuró—. Y ya te aviso que me la he imaginado mucho.
Le agarró la polla con una mano y se la metió en la boca sin más ceremonia. Andrés soltó un gruñido cuando notó la calidez húmeda envolviéndolo. Elena chupaba con ganas, hasta el fondo, sacándola entera para lamerle el glande y luego volviendo a tragársela hasta la garganta. Con la otra mano le acariciaba los testículos, apretándoselos con cuidado. Le miraba desde abajo mientras se la mamaba, y esa mirada —la mujer de su mejor amigo, arrodillada, con su polla en la boca— era casi más de lo que podía soportar.
—Para —le dijo—. Para o me corro ya.
Elena sacó la polla de la boca con un chasquido y sonrió.
—No quiero que te corras en mi boca todavía. Fóllame. Ahora.
Se tumbó de espaldas en la cama, abriendo las piernas, y él fue ella quien tiró de él hacia abajo. Andrés se colocó entre sus muslos y se pasó la polla por los labios del coño, empapándose de sus flujos.
Hubo un momento, cuando la tuvo debajo y el glande empezó a hundirse en ella por primera vez del todo, en que los dos se quedaron quietos un instante. Andrés la miró. Ella le sostuvo la mirada. No había duda en sus ojos, ni arrepentimiento, ni miedo. Solo la misma tensión acumulada de seis años que por fin encontraba un sitio donde ir.
La penetró despacio, centímetro a centímetro, hasta que la tuvo entera dentro. Elena cerró los ojos un segundo y luego los abrió.
—¿Bien? —preguntó él en voz baja.
—Sí —respondió, y le clavó los talones en el culo para que se hundiera más—. Fóllame fuerte. No me trates como si me fuera a romper.
Andrés empezó a embestirla con ganas. La cama chirriaba bajo el peso de los dos, y Elena le rodeaba la cintura con las piernas, ayudándole a entrar hasta el fondo con cada golpe. Le mordía el cuello, le arañaba la espalda, le decía cochinadas al oído que Andrés jamás había pensado que fueran a salir de esa boca.
—Así, así, más adentro. Más fuerte. Rómpeme el coño, Andrés, llevo años esperando esto.
***
Fue entonces cuando lo oyeron.
Primero un murmullo. Casi nada. Podría haber sido la calle o los vecinos de arriba. Pero los dos lo identificaron enseguida, y ninguno de los dos fingió que no.
El sonido volvió. Más claro esta vez. Un ritmo inconfundible. La cama del dormitorio de al lado. Y por encima del golpeteo del cabecero contra la pared, la voz de Sofía —la voz de su mujer— gimiendo el nombre de Lucas.
Elena detuvo la mano que tenía en la nuca de Andrés. Los dos escucharon en silencio durante unos segundos. Se oía todo. Cada embate. Cada jadeo. Sofía pidiéndole a Lucas que se la metiera más adentro, que no parara.
Andrés no intentó analizar lo que sentía. Había esperado algo parecido a los celos o a la culpa, pero lo que llegó fue otra cosa: algo cercano al alivio, y a la vez una excitación que le hizo endurecerse todavía más dentro de Elena. Escuchar a Sofía disfrutando a menos de tres metros, con otro hombre, mientras él estaba con la mujer de ese hombre, le puso la polla como una piedra.
—¿Estás bien? —le preguntó a Elena.
—Sí —respondió ella con una sonrisa oblicua—. Mejor que bien. ¿Los oyes? Lucas siempre folla así, en silencio hasta el final. Es Sofía la que grita.
—Sofía nunca grita conmigo.
—Pues está gritando ahora.
Elena le empujó del hombro y le hizo rodar. Se puso encima de él a horcajadas y volvió a ensartarse la polla hasta el fondo. Ahora ella marcaba el ritmo, subiendo y bajando sobre su verga con las manos apoyadas en el pecho de Andrés, las tetas botando con cada movimiento. Se agarró un pezón con una mano y con la otra empezó a frotarse el clítoris mientras cabalgaba.
—Ya no hay vuelta atrás —murmuró.
—Tampoco hace falta volver —dijo Andrés.
Le agarró las caderas y empezó a embestir desde abajo, hundiéndose en ella con toda la fuerza que tenía. Los gemidos de Elena se mezclaban con los de Sofía a través de la pared, y llegó un momento en que Andrés no distinguía cuál de las dos mujeres jadeaba más fuerte. Todo lo demás quedó afuera, al otro lado de las paredes.
La hizo darse la vuelta y ponerse a cuatro patas al borde de la cama. Se colocó detrás y le volvió a meter la polla de un solo empujón. Elena arqueó la espalda y hundió la cara en la almohada para ahogar el grito. Andrés la agarró del pelo con una mano, tirándole la cabeza hacia atrás, y con la otra le dio una palmada en el culo que le dejó la marca roja de los dedos.
—Más —jadeó Elena—. Más fuerte, dámela toda.
Le clavaba las embestidas hasta el fondo, con el sonido húmedo de los cuerpos chocando y el chirrido de la cama sumándose al ritmo idéntico que llegaba desde el otro cuarto. Con el pulgar le acarició el ojo del culo, apretando apenas, y notó cómo Elena se ponía todavía más tensa alrededor de su polla.
—¿Ahí también? —preguntó él con voz ronca.
—Ahí también. Otro día. Esta noche córrete dentro de mi coño.
Andrés la folló hasta que ella se corrió por segunda vez, temblando entera, apretándole la polla con unos espasmos que le arrancaron el orgasmo a él también. Se hundió hasta el fondo una última vez y se corrió dentro con un gruñido que le nació de la boca del estómago, descargando chorros de semen caliente contra el fondo de ese coño que llevaba seis años queriendo. Elena se dejó caer boca abajo sobre las sábanas y él se derrumbó encima de ella, todavía dentro, notando cómo la corrida se le escapaba lentamente entre los muslos.
Lo que siguió duró mucho y duró poco, como pasan esas cosas cuando los relojes desaparecen. Andrés recordaría después detalles concretos: la curva de la espalda de Elena cuando se dio la vuelta, el modo en que decía su nombre con una voz que nunca antes le había escuchado, el sabor salado de su coño en la lengua, la marca roja de sus dedos en el culo de ella, y la calidad del silencio que llenó el cuarto cuando por fin los dos dejaron de moverse, con el eco todavía en el pasillo de los últimos jadeos de Sofía al otro lado de la pared.
***
Elena habló primero, cuando la oscuridad ya era completa y la calle estaba callada.
—¿Qué hacemos mañana?
No era «qué hemos hecho», sino «qué hacemos». Tiempo presente, tiempo futuro. Andrés lo notó y lo agradeció.
—Desayunamos juntos —dijo.
—¿Como si nada?
—Como lo que somos. Cuatro personas que se conocen bien y que acaban de conocerse un poco mejor.
Elena lo pensó un momento.
—Lucas va a hacer algún comentario horrible en cuanto se siente a la mesa.
Andrés soltó una carcajada baja, casi en silencio.
—Con toda seguridad.
—¿Y Sofía?
—Sofía va a poner cara de que nada ha pasado durante el desayuno entero. Y luego, cuando ya estemos recogiendo, lo va a contar todo con pelos y señales.
Elena se rió también. Una risa genuina, de esas que relajan todo.
—Nos conocemos demasiado bien —murmuró.
—Sí.
Guardaron silencio un rato más. El techo seguía siendo el mismo techo, pero algo en el cuarto había cambiado, y los dos lo sabían, y ninguno de los dos necesitaba llamarlo de ninguna manera todavía.
—Andrés —dijo ella al cabo de un momento.
—¿Qué?
—Me alegra que lo hayamos hecho.
Andrés lo pensó. No mucho tiempo, porque la respuesta ya estaba allí desde antes.
—A mí también —dijo.
Y era verdad.